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extremo del banquillo. —¿Estás dentro o fuera? —pregunté. —Fuera —repuso Scottie. Su respuesta me sorprendió, pero el reloj se puso en marcha y pedí a Pete Myers que hiciese el pase a Kukoc, que anotó la canasta ganadora. Abandoné la pista rumbo al vestuario sin saber muy bien cómo reaccionar. El comportamiento de Scottie era insólito. Hasta entonces jamás había puesto en duda mis decisiones. De hecho, lo consideraba el jugador de equipo por definición. Deduje que la presión de no haber resuelto el encuentro en la posesión previa de balón lo había afectado. Temí que si en ese momento lo criticaba con mucha dureza, Scottie se sumiría en una ofuscación que podría durar días. Me estaba quitando las lentillas en el baño cuando oí que Bill Cartwright mascullaba en la ducha y aspiraba grandes bocanadas de aire. —Bill, ¿estás bien? —pregunté. —No puedo creer lo que Scottie ha hecho —respondió. Al cabo de unos minutos reuní a los jugadores en el vestuario y concedí la palabra a Bill. —Escucha, Scottie, lo que has hecho ha sido una tontería —aseguró sin apartar la mirada del cocapitán. ¡Y pensar en todo lo que hemos pasado en este equipo! Se presenta la oportunidad de hacer las cosas por nosotros mismos, sin Michael, y con tu egoísmo la fastidias. En mi vida me había sentido tan decepcionado. Se quedó de pie con los ojos llenos de lágrimas y todos mantuvimos un atónito silencio. En cuanto Bill terminó de hablar, hice que el equipo rezase un padrenuestro y me dirigí a la rueda de prensa. Los jugadores se quedaron en el vestuario y repasaron la situación. Scottie se disculpó por haberlos dejado en la estacada y reconoció que estaba frustrado por la forma en que el partido había acabado. Algunos compañeros también expresaron lo que sentían. «Creo que así nos purificamos como equipo —comentó Kerr más tarde. Limpiamos nuestro sistema de algunas cosas y volvimos a comprender cuáles son nuestros objetivos. Lo más delirante es que nos ayudó». Ahora hace gracia ver la forma en la que los medios de comunicación plantearon la cuestión. Mostraron una actitud altamente moralizadora y me aconsejaron que hiciese de todo, salvo encarcelar a Scottie. Con toda probabilidad, como mínimo la mayoría de los entrenadores lo habrían castigado, pero llegué a la conclusión de que ser punitivo no era la mejor manera de resolver el problema. Al día siguiente, Scottie me aseguró que el incidente estaba olvidado y ahí acabó la historia. Por su actitud durante las prácticas supe que apenas le daba importancia. Hubo quienes aplaudieron mi estrategia de gestión de la situación. La verdad es que no pretendía ser inteligente. En medio del fragor del partido, intenté centrarme en el momento y tomar decisiones de acuerdo con lo que estaba ocurriendo. En lugar de afirmar mi ego y enardecer todavía más las cosas, hice lo que era necesario: busqué a alguien que lanzase el balón e intentara conseguir la victoria. Más tarde, en vez de tratar de arreglar la situación por mi cuenta, dejé que los jugadores resolviesen el problema. Actué intuitivamente y dio resultado. El equipo cobró vida en el siguiente encuentro. Scottie dirigió el juego, sumó veinticinco puntos, ocho rebotes y seis asistencias en el camino hacia una victoria por 95-83 que empató la serie a dos. «De repente pareció que celebrábamos el festival del amor —comentó Johnny Bach una vez concluido el encuentro. Pero fue en Chicago más que en Woodstock».

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