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la sabiduría del momento presente. Los integrantes del equipo de la temporada 1993-94 fueron especialmente receptivos. Querían demostrar al mundo que podían ser algo más que el reparto de secundarios de Michael y ganar el campeonato por sí mismos. Aunque no tenían tanto talento como otros equipos que he entrenado, sabían intuitivamente que la mejor opción consistía en vincularse con tanta cohesión como fuese posible. En un primer momento pareció que el partido inaugural de la temporada, celebrado en casa, sería profético. Varios jugadores sufrieron lesiones (incluidos Scottie, John Paxson, Scott Williams y Bill Cartwright) y a finales de noviembre nuestro récord era 6-7. Sin embargo comencé a detectar indicios de que el equipo empezaba a cohesionarse, lo que incluyó victorias en el último minuto en los encuentros contra los Lakers y contra los Bucks. Cuando Scottie se reincorporó, el equipo entró en erupción y ganó 13 de los 14 partidos siguientes. En la pausa del All-Star, íbamos 34-13 y en vías de ganar sesenta encuentros. Scottie era el líder ideal para ese equipo. Al comienzo de la temporada y con el propósito de dejar las cosas claras, cogió la enorme taquilla de Michael, pero en su honor he de decir que no intentó convertirse en un clon de M. J. «Scottie no ha intentado ser lo que no es —comentó Paxson en su momento. No ha intentado anotar treinta puntos por partido. Simplemente juega como juega Scottie Pippen, lo que significa repartir balones. Es la pauta de siempre: los grandes jugadores mejoran a los demás. Scottie indudablemente lo ha conseguido». Como muestra valga un botón: Horace y B. J. entraron por primera vez en el equipo All-Star; Toni floreció como un gran lanzador en los momentos finales, y Kerr y Wennington se convirtieron en unos anotadores fiables. Entrenar a Toni supuso todo un desafío para mí, ya que estaba acostumbrado al estilo europeo más libre y se sintió frustrado por las limitaciones del triángulo ofensivo. Le resultó imposible entender por qué yo concedía tanta libertad a Scottie y a él le agarraba de la muñeca cada vez que realizaba la misma jugada. Intenté explicarle que tal vez parecía que Scottie actuaba libremente, cuando en realidad cada uno de sus movimientos estaba dirigido a que el sistema funcionase más eficazmente. Cuando Toni se desmadraba era imposible saber qué ocurriría a continuación. Toni era del todo imprevisible en la defensa, hecho que enloquecía a Scottie y a otros jugadores. Con el fin de acrecentar su nivel de atención plena, desarrollé una forma específica de lenguaje de signos que nos ayudara a comunicarnos durante los partidos. Si se apartaba del sistema, yo le lanzaba una mirada y esperaba a que me hiciese una señal de reconocimiento. Ahí radica la esencia del entrenamiento: señalar los errores a los jugadores y lograr que te den a entender que saben que han hecho algo mal. Si no reconocen el error el partido está perdido. Tras la pausa del All-Star, los Bulls caímos en una crisis de la que no salimos hasta marzo. Terminamos la temporada con una racha de 17-5 y un balance convincente: 55-27. La eclosión continuó a lo largo de la primera ronda de los play-offs con Cleveland, equipo al que barrimos por 3-0. En Nueva York nos atascamos y perdimos los dos primeros encuentros de la serie. El tercer partido tuvo el final más disparatado de todos los encuentros que me ha tocado entrenar, pero también supuso un punto de inflexión decisivo para el equipo. Patrick Ewing condujo la pelota por la pista y lanzó un gancho que empató el marcador a 102. Pedí tiempo muerto y diseñé una jugada en la que Scottie se internaba y pasaba el balón a Kukoc para el último lanzamiento. A Scottie no le gustó y, cuando rompimos el círculo, se fue contrariado a un

Once anillos phil jackson  

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