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cuarenta y nueve victorias. De todas maneras, aún no estaba lo bastante seguro como para compartir ese apunte. Mi mayor preocupación se centró en encontrar la forma de sustituir los más de treinta puntos que Michael promediaba por partido. Como la retirada de Jordan se produjo bien entrado el año, Jerry Krause no dispuso de muchas opciones. Contrató a Pete Myers, un escolta fiable que era agente libre (y exjugador de los Bulls), sólido defensor, pasador excepcional y digno ejemplo de la ofensiva triangular. En sus siete años en la NBA solo había promediado 3,8 puntos por partido, nada que ver con las cifras que alcanzaba Jordan. Toni Kukoc parecía más prometedor y, tras un largo cortejo, Jerry finalmente lo convenció de que se incorporase a los Bulls. Kukoc, ala-pívot de 2,07 metros de altura, considerado «el mejor jugador del mundo fuera de la NBA», era un lanzador genial que había promediado diecinueve puntos por encuentro en la liga profesional italiana y había contribuido a que el equipo nacional croata se hiciese con la plata en Barcelona 92. Toni aún no había sido puesto a prueba en la NBA y me pregunté si sería lo bastante resistente como para soportar los castigos. Realizamos dos incorporaciones más: el base Steve Kerr y el pívot Bill Wennington; ambos parecían interesantes, pero había que ver si firmarían grandes números. Estaba claro que sería muy difícil llenar el vacío dejado por Jordan.

En la pretemporada invité a George Mumford, psicólogo deportivo y profesor de meditación, a reunirse con nosotros en el campamento de entrenamiento y dar a los jugadores un minitaller sobre la forma de hacer frente al estrés producido por el éxito. Michael anunció su retirada pocos días antes de la llegada de George y el equipo sufrió una crisis de identidad. Por consiguiente, George habló de los dos aspectos de cualquier crisis: peligro y oportunidades. Explicó que si tienes la actitud adecuada puedes lograr que la crisis se vuelva a tu favor. Se planteó la posibilidad de crear para el equipo una nueva identidad que sería aún más fuerte que la anterior. De repente los jugadores se animaron. Los antecedentes de George eran interesantes. Había jugado al baloncesto en la Universidad de Massachusetts y compartido habitación con Julius Erving, uno de los grandes de la NBA, y con Al Skinner, entrenador del Boston College. Había sufrido una grave lesión que le obligó a dejar el equipo. Durante la recuperación manifestó interés por la meditación y estuvo varios años estudiando en el Insight Meditation Center de Cambridge. Posteriormente se dedicó a encontrar nuevas formas de integrar la meditación, la psicología y el desarrollo organizacional. Cuando lo conocí trabajaba con Jon Kabat-Zinn, fundador de la clínica para la reducción del estrés en la facultad de medicina de la Universidad de Massachusetts y pionero de la investigación sobre los efectos de la atención plena (mindfulness) en la gestión del dolor y la salud global. George tuvo el don de desmitificar la meditación y explicarla con palabras que para los jugadores tuvieron sentido. También mostró una percepción intuitiva de las cuestiones a las que se estos enfrentaban gracias a su amistad con el Dr. J y otros atletas de élite. Yo ya había dado a conocer la meditación plena a la mayoría de los jugadores, por lo que sabían lo mucho que podía ayudarlos a mejorar su capacidad de interpretar lo que ocurría en la pista y a reaccionar más eficazmente. George quería que pasasen al siguiente nivel. Estaba convencido de que el entrenamiento en plenitud los ayudaría a estar más focalizados como individuos y a ser más generosos como equipo. En los últimos años la expresión «atención plena» ha quedado tan diluida que ha perdido gran

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