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En cuanto se iniciaron los play-offs, los jugadores pasaron a otro nivel. Al menos esa fue la sensación que dio cuando en las primeras rondas batimos a Atlanta y a Cleveland. Luego nos enfrentamos a los Knicks en Nueva York y perdimos dos encuentros seguidos. En esa ocasión, el aspirante a matarreyes fue John Starks, un escolta veloz, muy agresivo y con un letal lanzamiento de tres que daba infinitos problemas a Jordan en la defensa. En el segundo partido, cuando solo quedaban 47 segundos, Starks voló por encima de Michael y de Horace y en sus narices encestó un mate que situó a los Knicks cinco puntos por delante. Pat Riley describió la jugada de Starks como «un signo de exclamación». A nuestro regreso a Chicago, mostré a los jugadores el vídeo de ese mate y dije a Michael que teníamos que impedir que Starks penetrase en nuestra defensa y que debíamos cortar sus pases al poste hacia Ewing. Ese comentario llamó la atención de Jordan. En su caso, los desafíos no se limitaban a la pista de baloncesto. Esa misma semana Dave Anderson, columnista de The New York Times, reveló que habían visto a Michael apostando en Atlantic City el día del segundo partido y se preguntó si esa excursión a altas horas de la noche había afectado su rendimiento. De repente, un ejército de reporteros se presentó en el lugar donde entrenábamos e hizo preguntas específicas sobre los hábitos como jugador de Michael, algo que él consideró ofensivo, por lo que dejó de hablar con los medios de comunicación, conducta que también adoptaron sus compañeros de equipo. Me pareció que ese artículo era ridículo. Declaré a los periodistas: «No necesitamos toques de queda. Estamos hablando de adultos. Hay que hacer otras cosas en la vida porque, de lo contrario, la presión resulta excesiva». Lamentablemente, la situación no se desactivó. Poco después, el empresario Richard Esquinas publicó un libro en el que sostenía que Michael le debía 1,25 millones de dólares por apuestas que había perdido al golf. Michael negó que las pérdidas fueran tan altas y más adelante se publicó que había llegado a un acuerdo con Esquinas por trescientos mil dólares. Afloraron otras historias, según las cuales turbios buscavidas del mundo del golf habían desplumado a Michael de sumas considerables. Aparecieron más reportajes y James Jordan, padre de Michael, salió en defensa de su hijo: «Michael no tiene problemas con el juego, sino con la competitividad». Por suerte, ninguna de esas cuestiones influyó en el equipo. En todo caso, contribuyeron a que todos centrasen su energía en lo que tenían entre manos. Michael explotó en el tercer partido, y luego frenó a Starks y condujo a los Bulls a una victoria aplastante en el cuarto encuentro. «Lo grandioso de este equipo es que todos tenemos el ardiente deseo de ganar —declaró Cartwright. Realmente detestamos perder. Salimos a la pista con esa actitud. Odiamos perder y, cuando tienes tíos así, hacen lo que sea con tal de vencer».

La serie siguiente, las finales del campeonato contra Phoenix, se anunciaron como el enfrentamiento entre Michael y Charles Barkley, que ese año había aflorado como superestrella tras ganar el premio al jugador más valioso y pilotar a los Suns hasta un balance de 62-20, que lo llevó a encabezar la liga. Yo no estaba muy preocupado por Barkley porque nuestros jugadores conocían la mayoría de sus jugadas de cuando había formado parte de los 76ers. Me parecía mayor la amenaza que representaba el base Kevin Johnson, que encabezaba el relampagueante contraataque de su equipo, clave de un ataque que les llevaba a anotar muchos tantos. También me preocupaba el escolta Dan

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