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todas maneras, nunca esperé que aceptasen al cien por cien mis propuestas. El mensaje que quería transmitir era que me preocupaba lo suficiente por ellos en tanto individuos como para buscarles un libro que tuviese un significado específico para cada uno… o que, como mínimo, los hiciese reír. Otro modo de superar los límites consistió en invitar a expertos para que viniesen y enseñaran yoga, taichi y otras técnicas mentecuerpo a los jugadores. También invité a conferenciantes, incluidos un nutricionista, un detective secreto y un carcelero para mostrarles nuevos modos de pensar ante problemas de difícil resolución. A veces, cuando recorríamos distancias cortas (por ejemplo, cuando íbamos de Houston a San Antonio), los metíamos a todos en el autobús para que tuviesen la oportunidad de ver cómo era el mundo más allá de las salas de espera de los aeropuertos. Cierta vez, tras una dolorosa derrota ante los Knicks en una serie de los play-offs, sorprendí al equipo cuando me los llevé a dar un paseo en el transbordador de Staten Island en vez de someterlos a otra serie de entrevistas extenuantes con la prensa neoyorquina. En otra ocasión organicé la visita a un ex compañero con el que yo había jugado al baloncesto, el senador Bill Bradley. Nos presentamos en su despacho de Washington, donde nos dio una charla sobre baloncesto, política y cuestiones raciales. Acababa de pronunciar un resonante discurso en el Senado (poco después de que Rodney King fuese agredido por agentes de la policía de Los Ángeles), durante el cual golpeó cincuenta y seis veces el micrófono con un lápiz para simbolizar los puñetazos que King recibió. En una de las paredes de su despacho colgaba la foto del tiro en suspensión que falló durante el séptimo partido de las finales de la Conferencia Este de 1971, encuentro que acabó definitivamente con la esperanza de los Knicks de repetir como campeones aquel año. Bill la conservaba como recuerdo de su falibilidad. Esas actividades no solo nos fortalecieron como individuos, sino como equipo. Steve Kerr, que se incorporó a los Bulls en 1993, afirma: «Una de las mejores cosas de nuestros entrenamientos era que se apartaban de lo rutinario. Si en la NBA tienes un entrenador que cada día repite lo mismo y las prácticas son iguales, todo envejece con rapidez. Nuestras reuniones comunitarias eran realmente importantes. Nuestro equipo se unió de formas en las que jamás lo hicieron los demás equipos en los que he jugado». Para Paxson, nuestras aventuras más allá de la rutina del baloncesto se volvieron trascendentes. «Daba la sensación de que pertenecíamos a algo realmente importante. Nos sentíamos buenos chicos porque intentábamos jugar de la forma adecuada. Parecía que formábamos parte de algo mayor que el deporte propiamente dicho. Esa percepción se reforzó cuando empezamos a ganar, ya que los seguidores nos transmitieron lo importante que era para ellos. Todavía hay personas que se acercan y me cuentan dónde estaban cuando ganamos el primer campeonato y por qué para ellos fue un momento de un valor incalculable. Jugábamos como había que hacerlo, y eso es lo que sueña la gente».

«Trascendentes» no es exactamente la palabra que emplearía para describir a los Bulls cuando a finales de abril comenzaron los play-offs. Nos habíamos arrastrado a lo largo de la temporada debido a la ausencia de Cartwright y otros jugadores lesionados. Aunque ganamos la división, terminamos con 57 victorias, diez menos que el año anterior. Además, en los play-offs ya no contaríamos con la ventaja de jugar en casa, como había sucedido la temporada anterior.

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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