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arbitral era tan malo que imaginaba que ganar nos resultaría imposible. Eché la culpa a los árbitros y en la segunda mitad me expulsaron; los Knicks cogieron carrerilla y ganaron 93-86. Mi faceta de chico malo afloró en las entrevistas posteriores al encuentro, cuando dije: «Supongo que probablemente se están relamiendo en las oficinas de la NBA en la Quinta Avenida. Me imagino que les gusta que la serie vaya 2-2. La “orquestación” no me agrada… Sin embargo, podrían fijarse en los árbitros que envían. Y si acaban siendo siete partidos, todos estarán realmente felices». A Riley le encantó. Acababa de proporcionarle lo que necesitaba. Al día siguiente informó a los periodistas de que yo insultaba a su equipo. «He formado parte de seis equipos de campeones y en trece ocasiones he estado en las finales. Sé cómo hay que comportarse en un campeonato. El hecho de que se queje y proteste por el equipo arbitral es un insulto a lo mucho que se esfuerzan nuestros chicos por jugar y a lo mucho que desean ganar… En eso consisten los encuentros del campeonato. Tienen que aceptar sin rechistar a todos los que llegan». La prensa neoyorquina se entusiasmó con esas declaraciones. Un día después, los periódicos publicaron montones de artículos sobre Phil el Quejica. Hasta entonces los seguidores del equipo de Nueva York me habían tratado como a uno más de la familia, a pesar de que entonces yo trabajaba para el enemigo. Tras las palabras santurronas de Riley empezaron a silbarme y abuchearme por la calle. Fue extraño, pero comprendí que ya no podía decir nada para modificar lo ocurrido, por lo que ganar sería la mejor venganza. Necesitamos siete partidos. Mis amigos lakotas me aconsejaron que «contara golpes» con Riley antes del séptimo encuentro y lo hice. Al pasar junto al banquillo de los Knicks, me detuve, extendí la mano a Pat y dije: «Ofrezcamos un buen espectáculo». Pat asintió, ligeramente perplejo al ver que le dirigía la palabra. Tal como se desplegó la situación, el juego fue un buen espectáculo de Michael Jordan. Poco después de iniciado el encuentro, Xavier McDaniel empujó a Scottie, que todavía se recuperaba de su torcedura de tobillo, de modo que Michael intervino e hizo frente al ala-pívot, más fuerte y de mayor envergadura, hasta que este retrocedió. Quedé tan impresionado por la forma en que Michael defendió a su compañero de equipo que más adelante colgué junto al escritorio de mi despacho una foto de la mirada fija que había dirigido a su contrincante. En el tercer cuarto, Jordan bloqueó a McDaniel con uno de los mejores giros que he visto en mi vida. Comenzó cuando Michael marcó un tiro en suspensión, robó la pelota interior de los Knicks y se dirigió a la canasta para anotar rápidamente una canasta de dos puntos. Xavier le arrancó el balón de las manos y bajó por la pista para marcar lo que parecía una bandeja fácil…, si exceptuamos que Jordan le pisaba los talones y le quitaba la pelota desde atrás en el preciso momento en el que McDaniel se disponía a tirar. Esa jugada destruyó el espíritu de los Knicks, que ya no volvieron a acercarse en el marcador. Una vez terminado el encuentro, Riley sintetizó elegantemente lo que los Bulls habían hecho: «Jugaron como lo que son».

Se diga lo que se diga, nada fue fácil. Tras ganar otra serie muy reñida a Cleveland, en la final del campeonato nos enfrentamos con los Portland Trail Blazers, endurecidos por los play-offs. Se trataba de un equipo veloz, dinámico y encabezado por Clyde Drexler, al que diversos observadores que no vivían en Chicago consideraban tan bueno como Jordan. Nuestro plan consistía en jugar una fuerte defensa de transición y obligarlos a vencernos con sus tiros exteriores. El plan de M. J. consistía en

Once anillos phil jackson  

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