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hacer nada que pusiese en peligro el vínculo de confianza que yo había desarrollado con el equipo. Casi todos los jugadores estaban resentidos con Jerry por una u otra razón. Empecemos por Michael. Durante su segundo año en los Bulls, Michael se rompió el pie izquierdo y tuvo que permanecer en el banquillo casi toda la temporada. En determinado momento, insistió en que estaba totalmente recuperado, pero Jerry se negó a permitirle jugar hasta que los médicos le dieron el alta definitiva. Cuando Michael protestó, Jerry le respondió que los directivos habían tomado esa decisión porque el jugador era de su propiedad, metedura de pata lamentable que indispuso a Michael y que a partir de entonces empañó su relación con Krause. Otros jugadores también tenían sus más y sus menos con Jerry. No les gustaba que, para quedar bien, exagerase sus logros como ojeador. Se molestaron cuando se obsesionó con reclutar a Toni Kukoc, un prometedor alero croata que, según las previsiones de Jerry, sería el próximo Magic Johnson, a pesar de que Toni jamás había jugado un partido de la NBA. Scottie y Michael consideraron que los coqueteos de Jerry con Toni, que posteriormente firmó con los Bulls, eran un insulto a sus propios jugadores y se desvivieron por aplastar a Kukoc y al equipo nacional croata en los Juegos Olímpicos de 1992. Más que por cualquier otra cosa, los jugadores estaban hartos de los constantes intentos de Jerry por salir con ellos y ser uno más del grupo. Lo cierto es que su cuerpo bajo y regordete no ayudaba. Michael lo apodó Migajas debido a sus modales no muy perfectos en la mesa y con frecuencia se burlaba de su peso y de otras excentricidades cuando viajaba con nosotros en el autobús de los Bulls. Esa clase de tensiones en un equipo siempre me ha causado incomodidades. De pequeño detestaba todo tipo de discordias. Mis hermanos mayores, que se llevaban menos de dos años, se peleaban constantemente y yo era el conciliador. Mi padre los disciplinaba con el cinturón y recuerdo haber estado sentado en lo alto de la escalera del sótano y echarme a llorar al oír cómo los azotaba. Mi modo de entenderme con Jerry consistió en mantener un tono ligero. Sabía que su reacción desmedida ante The Jordan Rules era producto del sentimiento de que no recibía los honores que merecía por haber creado un gran equipo. Lo comprendía. Puesto que no podía resolver esa cuestión, con un toque de humor y de compasión intenté que pensase en otra cosa. También procuré que nuestra relación fuese lo más profesional posible. A medida que aumentó la fama del equipo, se acrecentó la grieta entre Jerry y yo, pero la profesionalidad nos sustentó. A pesar de las turbulencias, conseguimos mantenernos centrados y cumplimos con nuestro trabajo.

Con los jugadores la situación fue distinta. Les dije que dejaran de prestar atención a las distracciones, ya procedieran de los medios de comunicación, de Krause o de cualquier otra fuente, y se centrasen en ganar el segundo campeonato. Con ese propósito, redoblé mis esfuerzos de convertir los entrenamientos en un santuario alejado del caos del mundo exterior. «Éramos un equipo muy popular, por lo que teníamos que defendernos y protegernos mutuamente —afirma Scottie. No podíamos permitir que la gente trajera amigos a las prácticas y molestase pidiendo autógrafos. Si no puedes tener la libertad de la vida con tus compañeros de equipo, ¿dónde la conseguirás?». Cuando el equipo volcó su atención hacia dentro, el vínculo entre los jugadores volvió a formarse. Por emplear las palabras de Michael, el «yo» se transformó lentamente en un poderoso «nosotros» y el

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MOTIVACION

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