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despliega ante tus ojos como si fuera un relato. Con el propósito de reforzar la conciencia, me gustaba tener a los jugadores pendientes de lo que sucedería a continuación. Durante un entrenamiento estaban tan apáticos que decidí apagar las luces y hacer que jugasen a oscuras…, tarea nada fácil cuando intentas coger un pase estratosférico de Michael Jordan. En otra ocasión, tras una derrota bochornosa, decidí que realizaran las prácticas en el más absoluto de los silencios. Algunos entrenadores pensaron que estaba loco, pero a mí me importaba que los jugadores despertasen, aunque solo fuera un instante, para ver lo nunca visto y oír lo nunca oído.

Prepararse para los play-offs es como hacerlo para ir al dentista. Sabes que la visita no será tan mala como supones, pero no puedes dejar de obsesionarte. Todo tu ser se dirige hacia ese hecho. Con frecuencia la ansiedad se apodera de mí en plena noche y me quedo en la cama pensando y repensando nuestra estrategia para el siguiente partido. A veces, por muy de madrugada que sea, apelo a la meditación para desencallar mi mente y aliviarme tras la andanada de conjeturas. He descubierto que la forma más eficaz de hacer frente a la ansiedad consiste en estar seguro de que te encuentras lo más preparado que puedes para lo que está por venir. Mi hermano Joe suele decir que la fe es una de las dos cosas que suelen ayudar a plantar cara al miedo. La otra es el amor. Joe asegura que has de tener fe en que has hecho todo lo posible para estar seguro de que las cosas se resolverán…, sin tener en cuenta el resultado final. Hay una anécdota que me encanta sobre la manera en la que Napoleón Bonaparte elegía a sus generales. Se dice que, tras la muerte de uno de sus grandes militares, Napoleón encomendó a uno de los oficiales del Estado Mayor que encontrase sustituto. Varias semanas después, el oficial regresó y describió al hombre que, en su opinión, era el candidato perfecto en virtud de su conocimiento de las tácticas militares y de su brillantez como gestor. Cuando el oficial terminó de hablar Napoleón lo miró y comentó: «Todo eso está muy bien pero ¿tiene suerte?». Tex Winter me llamaba «el entrenador más afortunado del mundo». No creo que la suerte tenga mucho que ver. Es verdad que un jugador puede sufrir una lesión y que el equipo puede verse abocado a una calamidad, pero estoy convencido de que si has tenido en cuenta todos los detalles, son las leyes de causa y efecto, más que la suerte, las que determinan el resultado. Está claro que, en un partido de baloncesto, son muchas las cosas que es imposible controlar. Precisamente por ese motivo la mayor parte del tiempo nos centrábamos en lo que sí podíamos controlar: el movimiento de pies adecuado, el espacio apropiado en pista, el modo adecuado de mover la pelota. Cuando juegas como hay que hacerlo, para los jugadores el partido tiene sentido y ganar es un resultado posible. Existe otra clase de fe que es más importante si cabe: la fe en que, a cierto nivel que supera la comprensión, todos estamos conectados. Por eso hago que los jugadores se reúnan solos y en silencio. El hecho de que un grupo permanezca junto, en silencio y sin distracciones permite que sus miembros resuenen mutuamente de formas profundas. Como aseguró Friedrich Nietzsche: «Los hilos invisibles son los vínculos más fuertes». A lo largo de mi carrera, en varias ocasiones he visto cómo se formaban esos vínculos. El profundo sentimiento de conexión que se genera cuando los jugadores actúan de común acuerdo es una fuerza enorme que puede anular el miedo a perder. Esa fue la lección que los Bulls estaban a punto de

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MOTIVACION

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