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No pretendía convertir a los Bulls en monjes budistas, sino que me interesaba lograr que adoptasen un enfoque más pleno de nuestro deporte y de las relaciones que tenían entre ellos. En el fondo, la plenitud consiste en estar presente en el momento al máximo posible, sin dejarse arrastrar por pensamientos del pasado o del futuro. Según el maestro zen Suzuki, cuando hacemos algo «con la mente simple y clara…, nuestra actividad es fuerte y directa. Cuando hacemos algo con la mente embrollada con otras cosas, personas o la sociedad, nuestra actividad se torna muy compleja». Como en una ocasión señaló el escritor John McPhee, para triunfar en el baloncesto es necesario tener una percepción muy sutil del lugar donde estás y de lo que ocurre a tu alrededor en cualquier momento dado. Pocos son los jugadores que nacen con esta capacidad (Michael, Scottie y Bill Bradley, por mencionar unos pocos) y casi todos tienen que adquirirla. Tras practicar la meditación durante años descubrí que, cuando te involucras plenamente en el momento, empiezas a desarrollar una conciencia mucho más profunda de lo que ocurre justo aquí y ahora. Y, en última instancia, esa conciencia conduce a una mayor sensación de unidad, que es la esencia del trabajo en equipo. En cierta ocasión John Paxson me envió un artículo de la Harvard Business Review porque, según dijo, había hecho que se acordara de mí. Titulado «Parábolas de liderazgo» y firmado por W. Chan Kim y Renée A. Mauborgne, el artículo se componía de una serie de antiguas parábolas que se centraban en lo que los autores denominaron «el espacio nunca visto del liderazgo». La historia que llamó la atención de Paxson fue la de un joven príncipe a quien su padre envía a estudiar con un gran maestro chino la forma de convertirse en un buen gobernante. La primera tarea que el maestro le encargó consistió en pasar un año a solas en el bosque. Cuando el príncipe regresó, el maestro le pidió que describiera lo que había oído y el joven repuso: «Oí el canto de los cuclillos, el frufrú de las hojas, el aleteo de los colibríes, el chirrido de los grillos, el soplido de la hierba, el zumbido de las abejas y el susurro y el grito del viento». Cuando el príncipe terminó de hablar, el maestro le aconsejó que regresara al bosque y estuviese atento a otros sonidos que pudiera percibir. Por lo tanto, el príncipe regresó a la arboleda y allí estuvo varios días con sus noches, preguntándose a qué se refería el maestro. Una mañana comenzó a detectar tenues sonidos que jamás había percibido. A su regreso, el príncipe comunicó al maestro: «Cuando presté más atención, oí lo nunca oído: el sonido de las flores cuando se abren, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la hierba libando el rocío matinal». El maestro asintió. «Oír lo nunca oído es una disciplina necesaria para convertirse en buen gobernante —aseguró el maestro. Solo cuando aprende a prestar atención a los corazones de las personas, a oír los sentimientos que no comunican con la palabra, los dolores sin expresar y las quejas no habladas, el gobernante puede albergar la esperanza de inspirar confianza al pueblo, comprender si algo está mal y satisfacer las necesidades verdaderas de los ciudadanos». Oír lo nunca oído… Se trata de una aptitud que todos los miembros del grupo necesitan, no solo el líder. En el caso del baloncesto, los estadísticos cuentan las asistencias que realizan los jugadores o los pases que conducen a anotar puntos; por mi parte, siempre me ha interesado más que los jugadores se centren en el pase que conduce al pase que conduce a los puntos. El desarrollo de esa clase de conciencia requiere tiempo pero, una vez que la consigues, lo invisible se torna visible y el partido se

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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