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escogerlo en el quinto lugar de la ronda del draft de 1987. Scottie estaba muy aferrado a su posición tradicional de alero y tuvo dificultades para encajar en esa función porque no era un gran lanzador exterior. Sin embargo, poseía la rara habilidad de coger un rebote, sortear el trasiego de jugadores y llegar a la otra punta de la pista para atacar la canasta. En la práctica, proteger a Michael convirtió a Scottie en un magnífico defensor. Cuando comencé a trabajar con él, lo que más me impresionó fue su capacidad de interpretar lo que ocurría en la cancha y reaccionar de manera consecuente. En la escuela secundaria había sido base y todavía tenía la mentalidad de compartir la pelota. Michael siempre intentaba anotar, mientras que Scottie parecía más interesado en cerciorarse de que la ofensiva en conjunto llegaba a buen fin. En ese aspecto, era más parecido a Magic Johnson que a Michael Jordan. Durante mi segundo año como entrenador principal, me inventé una nueva posición para Scottie, la de «base-alero», y me encargué de que compartiese con los bases el trabajo de subir la pelota, experimento que dio mucho mejor resultado del esperado. Esta transformación abrió una faceta de Scottie que jamás se había explotado y lo convirtió en un magnífico jugador multidimensional, con capacidad para abrir juego al vuelo. Como él mismo dice, ese cambio «me convirtió en el jugador que quería ser en la NBA». Scottie terminó segundo del equipo con 17,8 puntos, 7,3 rebotes y 2,5 robos de balón en la temporada 1990-1991; al año siguiente fue nominado como miembro del mejor quinteto defensivo de la NBA. El efecto que ejerció en el equipo fue poderoso. Convertir a Scottie en base le hizo tener la pelota tanto como Michael y permitió que M. J. se desplazase a los laterales de la línea de tres puntos y desempeñara diversos papeles ofensivos, incluido el liderazgo del ataque en transición. Ese cambio también creó posibilidades para otros jugadores, ya que Scottie era más ecuánime que Michael en su forma de distribuir el balón. De repente se puso en marcha una dinámica de grupo novedosa y más colaboradora.

Por aquel entonces, la mayoría de los entrenadores suscribían la teoría del entrenamiento mental postulada por Knute Rockne. Antes de los partidos intentaban acelerar con palabras de ánimo a sus jugadores. Ese enfoque funciona si eres linebacker. Cuando jugué con los Knicks descubrí que, cada vez que estaba demasiado excitado mentalmente, esa actitud ejercía un efecto negativo en mi capacidad de permanecer centrado si me veía sometido a presión. Por eso hice lo contrario. En lugar de acelerar a los jugadores, desarrollé diversas estrategias para ayudarlos a serenar sus mentes y fortalecer la conciencia a fin de que entrasen en el campo de batalla seguros de sí mismos y con poder. Lo primero que hice con los Bulls consistió en enseñar a los jugadores una versión reducida de la meditación plena, basada en las prácticas zen que yo llevaba años realizando. No lo convertí en una cuestión de principios. Durante los entrenamientos, permanecíamos sentados alrededor de diez minutos, por regla general antes de una sesión de pase de vídeos. Algunos jugadores lo consideraban extraño y otros aprovechaban ese rato para echar una cabezadita. Accedieron porque sabían que la meditación era un elemento importante en mi vida. En mi opinión, conseguir que los jugadores estuvieran tranquilos y juntos durante diez minutos fue un buen punto de partida. Algunos jugadores, en especial B. J. Armstrong, se interesaron seriamente por la meditación y siguieron estudiando por su cuenta.

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MOTIVACION

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