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ejercicios con el propósito de aumentar su resistencia y fortalecer su torso y la parte inferior de su cuerpo. Como de costumbre, Michael fue sumamente disciplinado a la hora de realizar los ejercicios y se presentó en el campamento de entrenamiento mucho más vigoroso y fuerte, sobre todo en la zona de los hombros y los brazos. Michael adoraba los desafíos. Por lo tanto, lo reté a que imaginase una nueva forma de vincularse con sus compañeros de equipo. Esperaba que los compañeros rindiesen a su mismo nivel, pero en la liga solo había un puñado de jugadores capaces de estar a su altura. Lo alenté a que echara un vistazo a su papel en el equipo e intentase buscar maneras de servir de catalizador para que todos jugasen al unísono. No le ordené lo que tenía que hacer, sino que me limité a pedirle que pensase en el problema desde otra perspectiva, básicamente haciendo preguntas acerca del impacto que tal o cual estrategia podía tener en el equipo. «¿Qué pensarían Scottie u Horace si hicieras esto?», le preguntaba. Lo trataba como a un igual y paulatinamente Michael comenzó a cambiar de manera de pensar. Si le permitía resolver el problema por su cuenta, estaba más dispuesto a aceptar la solución y a no repetir en el futuro la misma conducta contraproducente. Al recordar aquella época Michael dice que ese enfoque le gustó porque «me permitió ser la persona que necesitaba ser». A veces yo le decía que tenía que ser agresivo y fijar el tono del equipo, mientras que otras le planteaba: «¿Por qué no intentas que Scottie haga esto para que los defensores lo persigan y tú puedas atacar?». Por regla general, intenté conceder a Michael el espacio necesario para que encontrase el modo de integrar sus ambiciones personales y las del equipo. «Phil sabía que para mí era importante ganar el título de máximo anotador, pero yo quería hacerlo de una manera que no afectase al funcionamiento del equipo», reconoce Michael ahora. De vez en cuando Michael y yo teníamos una discusión, habitualmente cuando criticaba una de sus jugadas dictadas por el ego. Sin embargo, nuestros roces jamás se convirtieron en disputas graves. «Recuperar la tranquilidad me llevaba cierto tiempo —reconoce Michael. Tal vez tenía que mirarme al espejo e intentar comprender qué era exactamente lo que Phil decía. Me figuro que él hacía lo mismo. Cada vez que topábamos nuestro respeto mutuo iba en aumento». Estoy totalmente de acuerdo. Otro jugador que aquella temporada dio un salto significativo fue Scottie Pippen. Evidentemente, estaba acostumbrado a los pasos de gigante. El menor de doce hermanos, Scottie, se crio en Hamburg, Arkansas. Su familia no tenía mucho dinero, en parte porque su padre había quedado incapacitado a causa de un accidente cerebrovascular que sufrió cuando trabajaba en una fábrica de papel. Scottie era el niño bonito de la familia. Aunque no recibió ofertas de becas, se inscribió en la universidad de Arkansas Central y estudió realizando trabajos diversos y actuando como gerente del equipo deportivo universitario. Su debut como jugador no becado del equipo de estudiantes de primer año no fue espectacular: promedió 4,3 puntos y 2,9 rebotes por encuentro. A lo largo del año siguiente creció diez centímetros, alcanzó el metro noventa y cinco y, tras jugar con ahínco todo el verano, regresó a la universidad en mucha mejor forma que cualquiera de sus compañeros de equipo. «Siempre fui un buen manejador del balón —reconoce Scottie. Eso significó una gran ventaja cuando crecí porque había que ser pívot para ocuparse de mí. Además, en la liga no había tíos tan grandes». Scottie, que cuando se graduó ya medía dos metros, alcanzó una media de 26,3 puntos y 10 rebotes por partido y en el último año de universidad fue nombrado, por consenso, All-American. Jerry Krause, que lo había visto jugar hacía mucho, realizó unos pocos pero hábiles cambios a fin de

Once anillos phil jackson  

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