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presionó para sustituir a John Paxson como base titular. B. J. insistió en que era mejor ordenador del juego que Paxson y que lo superaba en el control del balón. Sin embargo, se había mostrado reacio a adoptar el triángulo ofensivo porque pensaba que entorpecería sus posibilidades de realizar las elegantes jugadas individuales que lo caracterizaban. Le respondí que agradecía su entusiasmo, pero que prefería que compartiese minutos con Paxson debido a que John trabajaba mejor con los titulares y a él lo necesitábamos para dinamizar a los suplentes. Además, el equipo fluía mejor si John formaba parte de la alineación. Mi decisión no le hizo la menor gracia, pero captó el mensaje. Años más tarde, después de demostrar que podía organizar el ataque y jugar de forma cooperativa, lo nombramos titular del equipo. Una de las labores más difíciles de los entrenadores consiste en evitar que los jugadores que no son estrellas afecten la química del equipo. Casey Stengel, gerente de los New York Yankees, decía: «El secreto de la gerencia consiste en mantener a los tíos que te detestan lejos de los que aún no han tomado una decisión». En baloncesto, los que te odian suelen ser los que no juegan tantos minutos como suponen que merecen. Dado que he sido suplente, sé lo irritante que puede ser morirte de aburrimiento en el banquillo en medio de un encuentro decisivo. Mi estrategia consistió en mantener a los reservas tan involucrados como fuera posible en el desarrollo del juego. Tex decía que, si el triángulo ofensivo funcionaba bien, el equipo debía jugar como si se tratase de «los cinco dedos de una mano». Por lo tanto, cuando entraban en el terreno de juego, los suplentes debían fundirse como una sola pieza con los jugadores que ya estaban en la pista. En los primeros años empleé una rotación de diez jugadores (cinco titulares y cinco reservas) a fin de que los segundos pasasen suficiente tiempo en la cancha como para sincronizar con el resto del equipo. Entrada la temporada, reducía la rotación a siete u ocho atletas, aunque intentaba incorporar a los restantes reservas siempre que podía. En ocasiones los jugadores que no son estrellas ejercen una influencia sorprendente. Valga como ejemplo Cliff Levingston, ala-pívot suplente que jugó limitados minutos durante la temporada 1990-91, pero floreció en los playoffs porque estuvo perfectamente a la altura del ataque de los de Detroit. No soy de abrazar ni acostumbro a repartir fácilmente alabanzas. De hecho, algunas personas me consideran distante y enigmático. Mi estilo consiste en mostrar aprecio con gestos sutiles: una señal de reconocimiento con la cabeza aquí y un apretón en el brazo allá. Lo aprendí de Dick McGuire, mi primer entrenador en los Knicks, quien después de los partidos solía acercarse a mi taquilla y me aseguraba en voz baja que me tenía en cuenta y que en el próximo encuentro intentaría concederme más minutos. Como entrenador, he intentado transmitir a cada jugador que me preocupo por él como persona, no solo como factótum del baloncesto. El gran regalo que me hizo mi padre consistió en enseñarme a ser sinceramente compasivo al tiempo que me ganaba el respeto de los demás. Papá era un hombre alto, majestuoso, de porte distinguido, sonrisa cálida y mirada tierna que lo llevaba a parecer confiable, cuidadoso y un poco misterioso. Se semejaba a los retratos que he visto de George Washington, un hombre de hablar suave, modesto y que controlaba totalmente las situaciones. De pequeño, a menudo me situaba junto a mi padre y despedía a los miembros de la iglesia cuando se retiraban del servicio. Había quienes decían que me parecía a él en la dignidad de mi postura corporal. No tengo duda de que, como entrenador, me he beneficiado de mi estructura considerable y de mi voz grave y resonante. Cuando hablo con los jugadores, no necesito levantar la cabeza para mirarlos: podemos hablar cara a cara.

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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