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que en el encuentro final porque, si focalizas toda tu atención en el futuro, el presente pasa de largo. Lo más importante era conseguir que los jugadores alcanzasen una profunda inteligencia grupal a fin de trabajar juntos de forma más armoniosa. En El segundo libro de la selva, de Rudyard Kipling, hay una sección que sintetiza la clase de dinámica de grupo que quería que los jugadores creasen. Durante la temporada 1990-91 se convirtió en la consigna del equipo: Esta es la ley de la selva, tan antigua y verdadera como el cielo; que el lobo que la respete prospere y que el lobo que la transgreda muera. Al igual que la enredadera que rodea el tronco del árbol, la ley va para aquí y para allá… Porque la fuerza de la manada está en el lobo y la fuerza del lobo está en la manada. Cuando comencé a jugar con los Knicks, estuve un par de veranos como estudiante graduado en psicología en la universidad de Dakota del Norte. En ese período, estudié la obra del psicólogo Carl Rogers, cuyas ideas innovadoras sobre el poder personal han ejercido una poderosa influencia en mi perspectiva del liderazgo. Rogers, uno de los fundadores de la psicología humanística, fue un psicólogo clínico renovador que, tras años de experimentar, desarrolló varias técnicas eficaces para alimentar lo que denominó «el yo real» en lugar del yo idealizado en el que pensamos que tendríamos que convertirnos. Estaba persuadido de que la clave radicaba en que el terapeuta crease con el cliente una relación que no se centra en resolver el problema, sino en fomentar el crecimiento personal. Según Rogers, para que esto suceda el terapeuta tiene que ser lo más honrado y auténtico posible y considerar al cliente una persona de valía incondicional, sea cual sea su condición. En su obra más influyente, El proceso de convertirse en persona, escribe que la paradoja «consiste en que, cuanto más dispuesto estoy simplemente a ser yo mismo con toda la complejidad de la vida y cuanto más dispuesto estoy a comprender y a aceptar las realidades de mí mismo y del otro, más parecen estimularse los cambios». En opinión de Rogers, es casi imposible que alguien cambie a menos que acepte totalmente quién es. Tampoco desarrollará relaciones fructuosas con otros a no ser que descubra el sentido de su propia experiencia. Afirma: «Cada persona es una isla en sí misma, en un sentido muy real, y solo podrá construir puentes hacia otras islas si, ante todo, está dispuesta a ser ella misma y se permite ser ella misma». No pretendo ser terapeuta, pero el proceso que Rogers describe no se diferencia mucho de lo que he intentado hacer como entrenador. En vez de meter por la fuerza a cada persona en roles predeterminados, siempre he intentado fomentar un entorno en el que los jugadores prosperen como individuos y se expresen creativamente en el marco de la estructura del equipo. Nunca me interesó convertirme en el mejor amigo de los jugadores y, de hecho, me parece importante guardar ciertas distancias. De todas maneras, intenté desarrollar con cada uno una relación sincera, cuidadosa y basada en el respeto mutuo, la compasión y la confianza. La clave está en la transparencia. Lo único que los jugadores no soportan es un entrenador que no sea sincero e íntegro con ellos. En mi primer año como entrenador de los Bulls, B. J. Armstrong

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MOTIVACION

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