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cual fue bastante insólito. Michael estaba tan furioso que se echó a llorar en el fondo del autobús del equipo. Más adelante explicó: «En ese momento tomé la decisión de que jamás volvería a suceder algo así». Mi reacción fue más moderada. Reconozco que fue un fracaso difícil de asimilar, uno de los peores encuentros que he tenido que dirigir. En cuanto las aguas volvieron a su cauce, me percaté de que el dolor de una derrota humillante había electrizado como nunca antes al equipo: los Bulls comenzaban a transformarse en una tribu.

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