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hizo cargo del programa masculino de Kansas State, puso en práctica el triángulo ofensivo y transformó a los Wildcats en un equipo regular del torneo NCAA. A lo largo de aquel período, Jerry Krause, por entonces ojeador, pasó mucho tiempo en Manhattan (Kansas) aprendiendo estrategia baloncestística con Tex. En determinado momento, Jerry comentó a Tex que, si alguna vez se convertía en gerente general de una franquicia de la NBA, se apresuraría a contratarlo. Tex no dio la menor importancia a esas palabras. Años después entrenaba a la Universidad Estatal de Luisiana cuando en ESPN vio la noticia de que habían nombrado a Krause gerente general de los Bulls y dijo a su esposa Nancy que la próxima llamada telefónica sería de Jerry. Estaba en lo cierto. Desde que empecé a entrenar en la CBA, he buscado un sistema ofensivo parecido al generoso movimiento del balón que solíamos emplear con los Knicks en el campeonato. Probé con el sistema flexible (ataque veloz y fluido, muy popular en Argentina y Europa), pero me resultó limitado. Me desagradó el modo en el que los jugadores se distanciaban entre sí y, si la situación lo exigía, era imposible interrumpir el ataque y hacer otra cosa. Por contraposición, el triángulo no solo requería un alto grado de generosidad, sino que era lo bastante flexible como para permitir a los jugadores una amplia creatividad individual, lo cual me parecía perfecto. El nombre «ofensiva triangular» o «triángulo ofensivo» procede de una de sus características clave: el triángulo lateral formado por tres jugadores en el lado de la pista donde se encuentra la pelota. Prefiero pensar en el triángulo como «el tai chi de cinco hombres», ya que supone que la totalidad de los jugadores se mueven al unísono como respuesta a la forma en la que se sitúa la defensa. La idea no consiste en oponerse de frente a la defensa, sino en «leer» o interpretar lo que hace y reaccionar consecuentemente. Por ejemplo, si los defensores se apiñan en torno a Michael Jordan, a los cuatro jugadores restantes se les presentan diversas opciones. Basta con que sean agudamente conscientes de lo que ocurre y estén lo bastante coordinados para moverse como un todo a fin de aprovechar los huecos que la defensa ofrece. Es aquí donde interviene la música. Si todos se mueven con armonía, detenerlos resulta prácticamente imposible. Uno de los principales conversos al triángulo ofensivo, aunque tardó en hacerlo, fue Kobe Bryant, que adoraba la imprevisibilidad del sistema. «Era difícil jugar contra nuestros equipos porque los adversarios no sabían cómo reaccionaríamos —afirma Kobe. ¿Y por qué no lo sabían? Pues porque ni siquiera nosotros sabíamos lo que haríamos en determinado momento. Todos interpretábamos la situación y reaccionábamos en consecuencia. Formábamos una gran orquesta». Existen muchos errores conceptuales sobre el triángulo. Algunos críticos consideran que, para que funcione, necesitas jugadores de la talla de Michael y de Kobe. A decir verdad, lo contrario es precisamente lo cierto. El triángulo no se diseñó para las superestrellas, que encuentran modos de anotar cualquiera que sea el sistema empleado, sino para los restantes jugadores del equipo, que no son capaces de generar sus propios lanzamientos. También ofrece un papel decisivo a todos los jugadores durante el ataque, acaben o no anotando puntos. Otro error sostiene que el triángulo ofensivo es demasiado complejo como para que la mayoría de los jugadores lo aprendan. De hecho, una vez que dominas los fundamentos, resulta más asequible que los ataques más complejos que hoy prevalecen. Lo principal que tienes que saber es cómo pasar el balón e interpretar adecuadamente a los defensores. En cierta época, casi todos los jugadores aprendían esas habilidades en la escuela secundaria o en la universidad, pero no podemos decir lo mismo de muchos atletas jóvenes que hoy se incorporan a la NBA. Por lo tanto, hemos tenido que

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