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en los que las llaves de las taquillas no funcionaban, faltaban las toallas, hacía un calor insoportable y no podíamos abrir las ventanas. En cada partido de esa serie nos asignó un vestuario distinto y en el último, el del séptimo encuentro, nos metió en una portería, un cubículo sin taquillas y con el techo tan bajo que muchos tuvimos que agacharnos para cambiarnos. En lugar de desmoralizarnos, como sin duda deseaba Auerbach, la estratagema del vestuario nos enfureció tanto que nos crecimos todavía más. Hasta entonces, nadie había derrotado a los Celtics en su cancha en el séptimo partido, pero estábamos muy seguros de nosotros porque, al principio de la serie, habíamos dominado a Boston con nuestro bloqueo de los jugadores ofensivos. La víspera del gran encuentro vimos una filmación del sexto partido y noté que Jo Jo White nos asfixiaba con sus bloqueos. Meminger, que cubría a Jo Jo, se puso a la defensiva y Holzman explotó: «Me importan un bledo los bloqueos. Encontrad el modo de esquivarlos y detened a ese tío. No os quejéis de los bloqueos, haced vuestro trabajo». Al día siguiente, Dean pareció convertirse en un poseso. Desde el primer momento se acercó a Jo Jo y le cortó el paso, anulando eficazmente el plan de juego ofensivo de los Celtics. Poco después, Dean cobró vida en el otro lado de la cancha, rompió la barrera de los Celtics y en la segunda mitad encadenamos un parcial decisivo: 37-22. Boston ya no se recuperó y el marcador final fue de Knicks, 94 - Celtics, 78. Nunca había visto a Red Holzman tan feliz como aquella noche en el cubículo de Boston. Para él fue muy significativo derrotar a Auerbach en su propia salsa. Radiante de alegría, se acercó a mí y comentó con sonrisa irónica: «Phil, por si no lo sabes, en ocasiones la vida es un misterio y a veces no es tan fácil distinguir la diferencia entre el bien y el mal. Sin embargo, este es uno de esos momentos en los que el bien ha triunfado claramente sobre el mal». La serie del campeonato contra los Lakers resultó decepcionante. Aunque en el primer partido nos sorprendieron, a partir de ahí pusimos fin a su racha y ganamos en cinco encuentros. Fue penosa la celebración realizada en Los Ángeles una vez terminado el partido: solo unos cuantos reporteros de pie a la espera de titulares. No me importó lo más mínimo. Por fin tenía un anillo que podía considerar mío.

La temporada siguiente, 1973-74, fue una de las mejores de mi carrera. Adopté la función de sexto hombre y obtuve un promedio de 11,1 puntos y 5,8 rebotes por partido. Por otro lado, el equipo estaba inmerso en una transformación que me preocupaba. La característica distintiva de los Knicks del campeonato era el vínculo extraordinario entre los jugadores y la manera desinteresada en la que actuábamos como equipo. Dicho vínculo fue muy intenso durante nuestro avance hacia el primer campeonato, en 1970. En 1971, tras la llegada de Earl Monroe, Jerry Lucas y Dean Meminger, la química del equipo cambió y se estableció un nuevo lazo, de naturaleza más estrictamente profesional, pero no por ello menos eficaz. Fuera de la cancha no compartíamos mucho tiempo, pero en el parqué nos fundíamos magníficamente. El equipo estaba viviendo un cambio radical y en esa ocasión su efecto sería más disgregante. En la temporada 1973-74 nos esforzamos por resistir, pero con Reed, Lucas y DeBusschere acosados por las lesiones, entramos cojeantes en las finales de la Conferencia Este contra los Celtics, después de haber sobrevivido a duras penas a la serie de siete partidos contra los Bullets. El momento

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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