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través de la meditación, el recogimiento y una forma extática de canto y reverencia que denominan «zikers». Joe se sintió atraído por el aspecto físico de esa práctica y por los movimientos repetitivos, parecidos a los de la danza y destinados a modificar la conciencia. Tras participar en los rituales durante varias semanas, llegué a la conclusión de que el sufismo no era el camino adecuado para mí, ya que iba en busca de una práctica que me ayudase a controlar mi mente hiperactiva. Varios años después, contraté a Joe para que me ayudase a construir una casa en el lago Flathead de Montana. Una vez erigida la estructura, nos pusimos en contacto con un albañil para que nos ayudara a terminar el trabajo. Este había estudiado zen en el monasterio del monte Shasta, en el norte de California, y tenía una actitud serena y centrada, así como un enfoque pragmático y serio del trabajo. Me interesaba profundizar en el zen desde que había leído Zen Mind, Beginner’s Mind (Mente zen, mente de principiante), el clásico de Shunryu Suzuki. Este maestro japonés, que desempeñó un papel decisivo en la introducción del budismo zen en occidente, habla de aprender a abordar cada momento con una mente curiosa y libre de prejuicios. «Si está vacía, tu mente siempre está preparada y abierta a todo. En la mente del principiante hay muchas posibilidades, mientras que en la del experto escasean». Aquel verano Joe y yo nos unimos al grupo de nuestro amigo y una vez por semana comenzamos a practicar en grupo la zazen, la meditación sentada. Lo que me atrajo de la práctica zen fue su simplicidad intrínseca. No incluía entonar mantras ni visualizar imágenes complejas, como otras prácticas que había probado. El zen es pragmático y realista y está abierto a la exploración. No te obliga a ceñirte a determinado conjunto de principios ni a creer en algo; a decir verdad, alienta a que sus practicantes lo cuestionen todo. El maestro zen Steve Hagen escribe: «El budismo consiste en ver. Consiste en saber más que en creer, tener esperanzas o desear. También se relaciona con no tener miedo a examinar nada, ni siquiera el programa personal de cada ser humano». Las instrucciones de Shunryu Suzuki sobre el modo de meditar son sencillas: 1. Siéntate con la espalda recta, los hombros relajados y la barbilla hacia dentro, «como si sostuvieras el cielo con la cabeza». 2. Sigue la respiración con la mente a medida que el aire entra y sale como una puerta de batiente. 3. No intentes detener el discurrir de tu pensamiento. Si surge una idea, permite que llegue, déjala ir y vuelve a tu respiración. La propuesta no consiste en tratar de controlar la mente, sino en permitir que los pensamientos aparezcan y desaparezcan espontáneamente una y otra vez. Cuando cojas un poco de práctica, los pensamientos flotarán como nubes pasajeras y su capacidad de dominar la conciencia disminuirá. Según Suzuki, la meditación te ayuda a hacer cosas «con una mente sencilla y clara», sin «nociones ni sombras». Cuando realizan algo, la mayoría de las personas tienen dos o tres ideas rondando en la cabeza, lo cual deja «restos» de pensamientos que provocan confusión y de los que es difícil desprenderse. «Con el propósito de no dejar restos, al hacer algo tienes que hacerlo con todo tu cuerpo y con toda tu mente, debes concentrarte en lo que haces —escribe. Deberías hacerlo completamente, lo mismo que una buena fogata». Me llevó años de práctica aquietar mi mente agitada y en el proceso descubrí que, cuanto más

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