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sintieron atraídos por una profunda conexión espiritual más que por el elemento romántico. Ambos estaban cautivados por el movimiento pentecostal, que se había extendido rápidamente por las zonas rurales durante las décadas de 1920 y 1930, cuya idea fundamental radica en que es posible encontrar la salvación conectando directamente con el Espíritu Santo. También quedaron prendados por la profecía, que aparece en el Apocalipsis, de la segunda venida de Cristo, y hablaron de lo importante que era prepararse espiritualmente para Su llegada porque podía suceder en cualquier momento. Su mayor temor era no estar bien con Dios. «Si hoy murieras, ¿te reunirías en el cielo con tu Hacedor?», solía preguntar mi madre. Esa era la principal cuestión en nuestra casa. Mis padres también observaban a pies juntillas las enseñanzas de san Pablo sobre la necesidad de separarte de la sociedad materialista, estando en este mundo pero sin formar parte de él. No nos permitían ver televisión, ir al cine, leer cómics ni asistir a bailes…, ni siquiera podíamos reunirnos con los amigos de la escuela en la taberna del pueblo. Joan no podía ponerse pantalones cortos ni bañador y, fuéramos donde fuésemos, mis hermanos y yo teníamos que ponernos camisas blancas, salvo cuando practicábamos deportes. Hace poco le pregunté a Joe qué lo asustaba de pequeño y respondió que se rieran de él en la escuela cuando se equivocaba. Los demás chicos nos tomaban el pelo implacablemente, nos llamaban «apisonadoras sagradas» y se burlaban de lo que consideraban un estilo de vida extraño y anticuado. Yo debía de tener once años cuando mi madre me anunció que había llegado el momento de que «buscase ser imbuido del Espíritu Santo». Mis hermanos y mi hermana ya habían sido «bautizados» en el Espíritu Santo y tenían don de lenguas. Este era un aspecto importante del pentecostalismo. Durante años había visto a otras personas pasar por ese ritual, pero nunca fue algo que yo quisiese experimentar. Mis padres querían realmente que lo hiciera y todos los domingos por la noche, después del servicio, oraban conmigo mientras yo buscaba activamente el don de lenguas. Tras un par de años de oraciones y súplicas devotas, llegué a la conclusión que eso no era lo mío. Desesperado, busqué actividades escolares que me apartasen de una vida prácticamente dedicada a la iglesia. Actué en obras de teatro, canté en el coro, trabajé en una carroza de la clase y desempeñé la función de anunciante deportivo del programa escolar de radio. Cursaba el último año de la escuela secundaria cuando mi hermano Joe me llevó por primera vez al cine, a ver Siete novias para siete hermanos, mientras mis padres asistían a una conferencia. Mi verdadero salvador fue el baloncesto. En tercero medía 1,95 metros, pesaba 72,5 kilos y empecé a mejorar realmente como jugador. La estatura y los brazos largos me proporcionaron una ventaja enorme y aquel año promedié 21,3 puntos por partido, lo que contribuyó a que mi equipo, Williston High, llegase a la final del campeonato estatal de Dakota del Norte. Habíamos perdido dos veces con nuestro gran adversario, Rugby, durante la temporada regular. En ambos partidos me metí en un buen lío, motivo por el cual el entrenador Bob Peterson se decantó por la defensa zonal en el último encuentro. Logramos contener a Paul Presthus, mi rival de la escuela secundaria, pero Rugby lanzó lo suficientemente bien como para ganar por doce puntos. Lo que me gusta del baloncesto es lo interconectado que está todo. Se trata de una compleja danza de ataques y contraataques, por lo que era mucho más intenso que cualquier otro de los deportes que practicaba. Además, requería un alto nivel de sinergia. Para triunfar, necesitas confiar en todos los que están en la pista, no solo en ti. Es lo que le proporciona cierta belleza trascendente que me resultó profundamente gratificante.

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MOTIVACION

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