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También tuve la sensación de que podía apelar a una nueva fuente de energía, que existía en mi interior y de la que hasta entonces no había sido consciente. A partir de ese momento me sentí lo bastante seguro como para volcarme en cuerpo, mente y alma en lo que amo…, y ha sido esta certeza, tanto como lo demás, el secreto de mi éxito deportivo. Siempre me he preguntado de dónde procedía esa energía y si podría aprender a usarla por mi cuenta, no solo en la pista de baloncesto, sino en el resto de mi existencia. Esa fue una de las cosas que buscaba cuando emprendí el viaje de autodescubrimiento. No sabía dónde iba ni qué escollos encontraría en el camino, pero me sentí alentado por las siguientes líneas de Ripple, de Grateful Dead: No hay camino, ni sencilla carretera, entre el alba y la oscuridad de la noche; si sigues adelante es posible que nadie te siga, ya que esa senda es solo para tus pasos. Francamente, ya había realizado todo un recorrido. Dado que tanto mi padre como mi madre eran pastores, mis hermanos y yo teníamos que ser doblemente perfectos. Los domingos acudíamos dos veces a la iglesia, por la mañana para oír el sermón de mi padre y por la tarde para escuchar el de mi madre. También teníamos que asistir a un servicio en mitad de la semana y ser los mejores alumnos de la escuela dominical, que estaba a cargo de mi madre. Por la mañana orábamos antes de desayunar y por la noche memorizábamos pasajes de la Biblia. Mamá y papá se conocieron en el seminario de Winnipeg en el que estudiaban para pastores. Habían llegado por caminos distintos. Mi padre, Charles, era un hombre alto, guapo, de pelo rizado, ojos oscuros y comportamiento tranquilo y discreto. Nuestros antepasados tories habían escogido el bando equivocado en la guerra estadounidense de la Independencia y, una vez terminada la contienda, se trasladaron a Ontario, donde el rey Jorge III les concedió tierras que se convirtieron en la granja familiar de los Jackson. Mi padre siempre soñó con asistir a la universidad pero, tras suspender las pruebas de acceso (en gran medida debido a problemas de salud), dejó los estudios en octavo y se puso a trabajar en la granja. En ese período también pasó una temporada como leñador en la bahía de Hudson. Cierto día, mientras ordeñaba vacas en el establo, experimentó repentinamente la llamada del Señor. Mi madre, Elisabeth, era una mujer carismática, impactante, de ojos azules cristalinos, pelo rubio y marcadas facciones germánicas. Se crio en Wolf Point, Montana, donde el abuelo Funk había trasladado a la familia después de la Primera Guerra Mundial para evitar el marcado sentimiento antigermánico de Canadá. Todos sus hermanos fueron los primeros de su promoción en la escuela secundaria, pero mamá no pudo serlo por dos décimas de punto, ya que tuvo que saltarse seis semanas de clases para trabajar en la cosecha. Años después, dando clases en una escuela con una sola aula, asistió a una reunión del renacimiento del pentecostalismo y quedó convencida. Con poco más de treinta años, mamá se estableció como predicadora ambulante en las pequeñas poblaciones del este de Montana. Mi padre ya había enviudado cuando comenzaron a salir. Su primera esposa había muerto pocos años antes, embarazada de su segundo hijo. La primogénita era mi hermanastra Joan. Mis padres se

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MOTIVACION

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