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Tex Winter solía decir que nuestros anillos habían sido desencadenados por un partido en el que habíamos dominado totalmente a nuestros adversarios. El sexto encuentro tuvo esas características. Dominamos en el primer cuarto, superamos claramente a los Celtics por 89-67 y volvimos a empatar la serie. Por su parte, el espíritu de Boston permaneció prácticamente intacto. Al inicio del séptimo partido salieron decididos a luchar y consiguieron una ventaja de seis puntos. Mediado el tercer cuarto, los Celtics acrecentaron la diferencia hasta los trece, por lo que decidí hacer algo atípico y solicité dos tiempos muertos. En esa ocasión no podía quedarme cruzado de brazos y esperar a que a los jugadores se les ocurriese una solución: necesitaba movilizar urgentemente la energía. El problema consistía en que Kobe estaba tan desesperado por ganar que había abandonado el triángulo ofensivo y vuelto a sus antiguas costumbres de pistolero, pero se sentía tan presionado que fallaba. Le aconsejé que confiase en el sistema: «No tienes que hacerlo todo solo. Permite que el juego te llegue». Este es el ejemplo clásico del momento en el que es más importante prestar atención al espíritu que al marcador. Poco después, oí que Fish elaboraba con Kobe un plan para volver a introducirlo en el ataque en cuanto abandonase el banquillo y volviera a la cancha. Kobe cambió el chip, todo volvió a fluir y paulatinamente redujimos la ventaja de los Celtics. La clave estuvo en el triple de Fish cuando quedaban seis minutos y once segundos de partido, que puso el marcador 64-64 y que desencadenó un parcial de 9-0 que permitió que nos adelantásemos por seis puntos. Los Celtics se situaron a tres puntos gracias al triple de Rasheed Wallace, a falta de un minuto y veintitrés segundos, pero Artest respondió inmediatamente con otro triple y acabamos ganando por 83-79. La belleza de ese partido estaba en su descarnada intensidad. Fue como ver que dos pesos pesados veteranos que habían luchado con todas sus armas regresaban al cuadrilátero por última vez y que se esforzaban hasta que sonaba la última campana. Las emociones se desbordaron cuando acabó el partido. Kobe, que aseguró que esa victoria era, «con mucho, la más dulce», se subió de un salto a la mesa del marcador, se regodeó con las aclamaciones de los seguidores, extendió los brazos y dejó que la lluvia de confeti púrpura y dorada cayese sobre él. Fish, que solía ser el estoicismo personificado, volvió a llorar en el vestuario cuando abrazó a un Pau Gasol también con los ojos llenos de lágrimas. Magic Johnson, que había participado en las celebraciones de cinco campeonatos, confesó a Micke Bresnahan, de Los Angeles Times, que jamás había visto semejante manifestación de emociones en el vestuario de los Lakers. «Creo que por fin comprendieron la historia de la rivalidad y lo difícil que resultaba vencer a los Celtics». Aquella fue la victoria más gratificante de mi carrera. La temporada había sido ardua, salpicada de incoherencias y de lesiones engorrosas, pero al final los jugadores se convirtieron en un ejemplo de valor y de trabajo en equipo. Me conmovió ver cómo Pau superaba el estigma de «blandito» que durante dos años lo había perseguido y la forma en la que Fish luchó después de ser calcinado por Ray Allen. También fue enternecedor ver que Ron maduraba, desempeñaba una función clave a la hora de contener a Pierce y realizaba los lanzamientos correctos justo cuando los necesitábamos. Posteriormente declaró: «No me imaginaba que ganar ese trofeo me haría sentir tan bien. Ahora me parece que soy alguien».

Once anillos phil jackson  

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