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camino desde sus primeros tiempos en los Lakers, cuando le dijo a Mark Ziegler, reportero del San Diego Union-Tribune: «No se qué significa zen, pero me gustaría ser un hombre zen. Espero que me permita flotar. Siempre he soñado con flotar». Lo que más me preocupaba de Ron era si aprendería el triángulo ofensivo con la rapidez necesaria. Al igual que Dennis Rodman, a Ron le costaba mantener la concentración. La solución de Dennis consistía en trabajar día y noche en el gimnasio para quemar esa energía agotadora. Como le costaba ceñirse a una pauta de ejercicios, Ron se dedicó a practicar tiros en suspensión. El único problema radicó en que cada día lanzaba con un estilo distinto. Eso influyó en su rendimiento en los partidos. A veces parecía tocado por la gracia y todo entraba, pero otras era imposible saber qué sucedería. Durante una sesión de entrenamientos propuse a Ron que escogiera un tipo de lanzamiento y se limitara a practicarlo, pero me entendió mal. —¿Por qué siempre te metes conmigo? —preguntó. —No creo que me haya metido contigo. Solo pretendo ayudarte —respondí. Aunque ninguno de los dos habló con tono colérico, el entrenador asistente Brian Shaw me llevó a un aparte y me advirtió: —Phil, estás pisando terreno pantanoso. Quedé muy sorprendido. Solo había querido apoyar a Ron. A Brian le preocupaba que el jugador interpretase erróneamente mi lenguaje corporal (acercarme y hablar en voz baja) y lo considerara una forma de agresión. Después de ese incidente me di cuenta de que la mejor manera de comunicarme con Ron consistía en ponerlo todo de forma positiva, no solo las palabras que empleaba, sino mis ademanes y mis expresiones faciales. Al final aprendió a usar el sistema triangular y, con la ayuda de Kobe y de otros compañeros, se integró en el ADN del equipo.

Ron no fue la única duda de la temporada 2009-10. El deterioro físico de Kobe fue otra de las preocupaciones de la temporada. En diciembre, durante un partido contra los Timberwolves, se rompió el índice de la mano con la que lanzaba, pero decidió saltarse la operación y dejar que soldase solo, decisión de la que más tarde se arrepintió. Como no podía ser de otra manera, esa lesión tuvo un efecto negativo en su porcentaje de lanzamientos; sus números bajaron varias categorías. En febrero se agudizó su torcedura de tobillo y accedió a descansar tres partidos con el fin de recuperarse. Kobe estaba orgulloso de su férrea resiliencia y detestaba perderse partidos. A decir verdad, las dos temporadas anteriores había jugado los 208 encuentros disputados. Sin embargo, tenía que recuperarse y el descanso proporcionó al equipo la oportunidad de jugar sin él. Cabe añadir que ganaron esos tres partidos contra adversarios de peso. En abril, justo cuando volvía a encontrar el ritmo, la rodilla derecha de Kobe, que hacía años que le causaba molestias, se inflamó y lo obligó a perderse dos partidos. Esa lesión lo afectaría durante los play-offs y tuvo que ver con sus desconcertantes problemas de tiro en los finales de temporada. El único elemento favorable del problema de rodilla de Kobe fue el efecto positivo que ejerció en nuestra relación. La temporada anterior, cuando esa rodilla empezó a fallarle, lo autoricé a no forzarse en los entrenamientos e incluso le permití saltarse algunos para que no perdiera fuerzas en la pierna.

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