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alejándola mientras defendía, y esta cayó en manos de Don Nelson, que realizó un lanzamiento desde la línea de tiros libres que tocó la parte posterior del aro, flotó por el aire y entró milagrosamente en la canasta. Los Celtics se adelantaban por 108-106. West, que había jugado genialmente a lo largo de la serie y se convirtió en el primer y único baloncestista de un equipo perdedor al que nombraron jugador más destacado de las finales, quedó traumatizado. «Me pareció injusto que diéramos tanto, que jugáramos hasta que ya no nos quedaban fuerzas en el cuerpo y que no pudiésemos ganar —le contaba años después al escritor Roland Lazenby. Creo que la gente no entiende el trauma que supone perder. No se imagina lo triste que puede hacerte sentir, sobre todo a mí. Me sentí fatal. Incluso llegué al extremo de querer abandonar el baloncesto». West no lo dejó. Tres años después logró un anillo de campeonato, si bien no fue contra los Celtics, sino contra mi equipo, los Knicks. La maldición de los Celtics se cernió sobre la franquicia como un globo de los que no pudieron soltar hasta mediada la década de 1980, fecha en la que los Lakers de los años dorados vencieron a Boston dos de las tres finales que disputaron. La rivalidad entre ambos equipos era un elemento tan importante en la tradición de los Lakers que, en cierta ocasión, Magic Johnson confesó que iba con Boston cuando ese equipo no jugaba contra los Lakers porque, como apunta el escritor Michael Wilbon, «solo los Celtics saben los que se siente al estar en lo más alto del mundo del baloncesto durante toda la existencia de la franquicia».

Al comenzar el séptimo partido de 2010, las estadísticas no estaban de nuestra parte. A lo largo de las décadas, los Lakers se habían enfrentado cuatro veces a los Celtics en el séptimo encuentro de una final y siempre habían perdido. En esa rotación jugábamos en casa y dos días antes habíamos ganado claramente el sexto encuentro por 89-67. Ahora teníamos más armas que en 2008, sobre todo gracias al pívot Andrew Bynum, que en dicho año no había podido jugar debido a una lesión de rodilla. También habíamos fichado a Ron Artest, uno de los mejores jugadores defensivos de la liga. Quien más me preocupaba era Rasheed Wallace, que ocupaba el puesto de Kendrick Perkins, el pívot lesionado. En defensa Wallace no era tan fuerte como Perkins, si bien representaba una impresionante amenaza ofensiva que con anterioridad nos había causado muchos problemas. Por eso no quise dar nada por hecho. Según las pautas de los Lakers, la temporada 2009-10 no había presentado muchos incidentes. El peor contratiempo se produjo antes del comienzo de la temporada, cuando Trevor Ariza, que había desempeñado un gran papel en el intento de conquistar el campeonato de 2009, abandonó el equipo para convertirse en agente libre. También era un magnífico lanzador exterior bajo presión, tanto desde las esquinas como desde otros puntos de la cancha. Durante las vacaciones, las negociaciones entre el representante de Trevor y los Lakers llegaron a un punto muerto, por lo que Mitch Kupchak habló seriamente con Artest, cuyo contrato con los Rockets estaba a punto de expirar. Por su parte, antes de que se firmara el acuerdo, Ron anunció en Twitter que se incorporaba a los Lakers. Desconcertado por ese giro de los acontecimientos, Trevor firmó con Houston como agente libre y posteriormente fue traspasado a Nueva Orleans.

De Artest me gustaban su corpulencia (medía 2,01 metros y pesaba 118 kilos), su fuerza y su juego

Once anillos phil jackson  

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