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Jekyll o míster Hyde) haría acto de presencia en una noche determinada. Las cosas finalmente cambiaron durante el séptimo partido, que tuvo lugar en Los Ángeles. Decidimos comenzar el juego con una defensa agresiva, lo que elevó nuestro rendimiento a otro nivel. De repente Pau plantó cara y realizó bloqueos decisivos; Kobe defendió al estilo Jordan, cortó líneas de pase y robó balones; Fish y Farmar aunaron fuerzas para contener a Brooks, y Andrew se convirtió en una fuerza imparable en la zona, ya que anotó catorce puntos con seis rebotes y dos tapones. Logramos reducir el porcentaje de lanzamiento de los Rockets al 37 por ciento, los superamos en rebotes por 55-33 y alcanzamos la victoria por 89-70. Después del partido, Kobe reflexionó sobre las consecuencias de lo que acabábamos de conseguir: «El año pasado, por estas fechas, todos nos calificaban de imbatibles y en las finales mordimos el polvo. Prefiero ser el equipo que está allí, al final de las finales, no ahora». Nos quedaban unas cuantas lecciones que aprender antes de llegar a ese punto, pero me alegré de haber superado nuestro problema de doble personalidad. ¿O todavía lo teníamos? Nuestro adversario en las finales de la Conferencia Oeste, los Denver Nuggets, representaba otra clase de amenaza. Contaban con grandes lanzadores, incluido Carmelo Anthony, al que Kobe había apodado el Oso, y dos jugadores que en el pasado nos habían hecho mucho daño: el base Chauncey Billups y el ala-pívot Kenyon Martin. En el primer encuentro los Nuggets jugaron muy duro y sobrevivimos por los pelos gracias al heroico empujón en el último momento de Kobe, que en el último cuarto anotó dieciocho de sus cuarenta puntos. En el segundo partido desperdiciamos una ventaja de catorce puntos y perdimos por 106-103. Quedé decepcionado por la falta de entusiasmo y la floja defensa aplicada por Bynum en ese enfrentamiento, por lo que en el tercer encuentro incluí a Odom en la alineación inicial a fin de contar con más energía atlética en pista. Reconozco que nos ayudó, pero lo que más me impresionó fue la resiliencia del equipo en los últimos minutos del encuentro. Durante un tiempo muerto del final del último cuarto, Fish reunió al equipo y pronunció uno de sus discursos más edificantes: «Este es un momento en el que podemos definirnos. Un momento en el que podemos adentrarnos en ese destino». Sus palabras causaron impacto. Quedaba un minuto y nueve segundos cuando Kobe, que marcó 41 puntos, encestó un triple por encima de J. R. Smith, lo que nos llevó a ponernos por delante, 96-95. En los últimos treinta y seis segundos, Trevor Ariza robó un saque de banda de Kenyon Martin y garantizó la victoria. Claro que la serie aún no había terminado. En el cuarto encuentro los Nuggets nos apisonaron y en el siguiente nos las vimos y nos las deseamos. El punto de inflexión tuvo lugar en el último cuarto del quinto partido, en el que pusimos en práctica un plan para volver contra los Nuggets su propia agresividad. En lugar de evitar los marcajes dobles, hicimos que Kobe y Pau atrajesen a los defensores, lo que creó posibilidades interiores para Odom y Bynum, y en cuanto los Nuggets intentaron tapar esos agujeros, Kobe y Pau se lanzaron al ataque. Ganamos por 103-94 y dos días después rematamos la serie en Denver.

Esperábamos enfrentarnos nuevamente con los Celtics en las finales del campeonato, pero Orlando los venció en una reñida serie a siete partidos en las semifinales de la Conferencia Este y luego ganó a

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MOTIVACION

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