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mismos, sin tener en consideración los riesgos. Esa clase de compromiso con frecuencia implica compensar las debilidades de los compañeros, despotricar cuando es necesario y proteger al jugador que es acosado por el adversario. Cuando un equipo se compromete en esos términos, lo notas en el modo en el que los jugadores mueven el cuerpo y se relacionan entre sí, tanto dentro como fuera de la pista. Juegan con gozoso abandono y hasta cuando se pelean lo hacen con dignidad y respeto. Los Lakers de la temporada 2008-09 formaron un equipo de esas características y su espíritu se fortaleció a medida que avanzaba la temporada. No fue el equipo más talentoso ni el más dominante físicamente que yo haya entrenado, pero los jugadores alcanzaron una profunda conexión espiritual que, de vez en cuando, les permitió hacer milagros en la cancha. Algo que me gustaba mucho de esa versión de los Lakers era que un buen puñado de jugadores habían crecido juntos y aprendido a jugar del modo correcto. Para entonces se conocían lo suficientemente bien como para sincronizar sus movimientos de tal forma que desconcertaban a sus adversarios. Un jugador que reflejaba el espíritu del equipo fue Luke Walton. Hijo de Bill Walton, miembro del Hall of Fame, Luke había bebido de las fuentes de la sabiduría del baloncesto desde su más tierna infancia. Tras estudiar en la Universidad de Arizona, los Lakers lo eligieron en el draft de 2003, pero tuvo dificultades para encontrar su sitio porque no encajaba en el perfil al uso de los aleros. No poseía un tiro en suspensión letal ni estaba dotado para crear sus propios lanzamientos, aunque le encantaba mover el balón y jugar correctamente al baloncesto. Era excelente a la hora de bascular el flujo del juego de un lado a otro de la pista, actividad decisiva en el triángulo ofensivo. Muchos entrenadores no atribuyen gran valor a esas habilidades, pero yo alenté a Luke a que se desarrollase en esa dirección. Al final se convirtió en uno de los mejores facilitadores del equipo. Como tantos jugadores jóvenes, Luke era emotivo y solía encerrarse en sí mismo y no hablar con nadie durante días si había jugado mal o el equipo había perdido debido a un error suyo. Intenté transmitirle que la mejor manera de apearse de la montaña rusa emocional consiste en coger el camino del medio y no entusiasmarse demasiado cuando ganas ni deprimirte en exceso si juegas mal. Con el paso del tiempo, Luke maduró y se serenó. Para reaccionar, algunos jugadores necesitan un toque suave y otros, como Luke, algo más revulsivo. A veces lo irritaba a propósito para ver cómo reaccionaba. En otros momentos, durante los entrenamientos lo ponía en situaciones difíciles para comprobar si era capaz de gestionar la presión. «Fue frustrante —recuerda Luke—, porque no siempre entendí qué hacía Phil o con qué intención. No estaba dispuesto a explicarlo. Quería que lo averiguaras por tu cuenta». Al cabo de un par de años, Luke se dio cuenta de que había asimilado lo que le enseñamos y comenzó a jugar de forma más natural e integral. Otro componente del equipo que en esa época también se convirtió en un jugador más completo fue Kobe. Desde el regreso de Fish, Kobe había desarrollado un estilo de liderazgo más incluyente que fructificó en la temporada 2008-09. Hasta entonces, Kobe había liderado mayormente con el ejemplo. Había trabajado más que nadie, casi nunca se perdía un partido y esperaba que los compañeros jugasen a su nivel. No había sido la clase de cabecilla que se comunica eficazmente y logra que todos estén en sintonía. Cuando hablaba con sus compañeros, hacía comentarios como este: «Pásame el maldito balón. Me importa un bledo que me marquen dos defensores».

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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