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hockey sobre hielo que juega en el mismo estadio. Kobe estaba deprimido y tardó bastante en dirigirse a las duchas. Mientras permanecíamos en el vestuario, Ron Artest, que en aquellas fechas jugaba con los Sacramento Kings, se acercó y nos dijo que en el futuro le gustaría formar parte de los Lakers. Poco sabíamos que dos años después, en las finales, Artest desempeñaría una función decisiva cuando nos enfrentásemos a los Celtics. La pesadilla continuó incluso después de dejar el pabellón. Las calles se habían llenado de alborotados seguidores de los Celtics, que maldijeron a los Lakers e intentaron volcar el autobús del equipo cuando un atasco nos obligó a detenernos. Un forofo se subió al parachoques delantero, me miró cabreado y me hizo la peineta. Me molestó que la policía de Boston no hiciese nada por alejar a la muchedumbre, aunque al final agradecí ese alboroto porque sacó del letargo a cuantos viajaban en el autobús, que se comprometieron a regresar a Boston y devolvérsela a los Celtics con la misma moneda. No hay nada más eficaz que una derrota humillante para focalizar la mente. Una vez que regresamos a Los Ángeles, mi antiguo compañero en los Knicks, Willis Reed, llamó para consolarme por la vergonzosa derrota ante Boston. Repuse que, en mi opinión, nuestros jugadores tenían que crecer y asumir la responsabilidad de lo que había pasado en las finales. —Supongo que dejaste que tus chicos fueran a morir en el séptimo partido para que aprendiesen algo de esa espantosa sensación —comentó Reed. —Así es, porque nadie comprende realmente lo que significa a no ser que lo sufra —añadí. A partir de ese momento, no fue necesario convencer de nada a los jugadores. Cuando en octubre regresaron a Los Ángeles para el campamento de entrenamiento de la temporada 2008-09, detecté en sus ojos un brillo hasta entonces inexistente. «No hay experiencia que retuerza tanto las entrañas como llegar a las finales de la NBA y perder —afirma Fish. Nos fuimos de vacaciones cuestionándolo todo porque habíamos estado muy cerca y todavía seguíamos muy lejos. Creo que esa derrota nos obligó a plantearnos si era eso lo que realmente queríamos». La respuesta fue radicalmente afirmativa. Desde el primer día los Lakers se convirtió en un equipo de posesos. «No estábamos dispuestos a que nada nos frenase —añade Fish. Nos daba igual lo que hubiera que afrontar y no nos importaban los altibajos, ya que sabíamos que tanto mental como físicamente éramos lo bastante fuertes como para resolverlo. Y así fue». Durante el campamento de entrenamiento conversamos sobre lo que habíamos aprendido en los play-offs y que en el futuro podría resultarnos útil. Los jugadores comentaron que se habían dado cuenta de lo buenos que podíamos ser y también comprendieron que no habíamos jugado con la intensidad física necesaria para ganarlo todo. Cuando Boston nos arrasó, Pau fue etiquetado de «blando», pero sabíamos que no era cierto. De todas maneras, si pretendíamos ganar el campeonato teníamos que modificar esa percepción. Quedé impresionado por la fría determinación de los jugadores. La temporada anterior habían dado un paso de gigantes en lo que se refiere al dominio del sistema triangular. En esta, e inspirados por la derrota compartida, ahondaron en su compromiso para volverse más integrados e invencibles como equipo. Es esto lo que a menudo describo como «bailar con el espíritu». Al mencionar al espíritu no me refiero a nada religioso, sino a ese sentimiento profundo de camaradería que se desarrolla cuando un grupo de jugadores se compromete a apoyarse mutuamente a fin de lograr algo más grande que ellos

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