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problema. Necesitábamos el revulsivo de talentos más experimentados para convertir a ese equipo en un contendiente viable. Algunos jugadores jóvenes que yo esperaba que se convirtiesen en campeones no habían resistido en situaciones críticas. No fui el único que perdió la paciencia. Kobe estaba furioso porque la franquicia no había realizado cambios significativos de plantilla desde el traspaso de Shaq a Miami. Después del quinto encuentro, declaró a la prensa que estaba harto de ser «un espectáculo individual», marcar cincuenta puntos por partido y perder. «No me gusta. Deseo ganar. Quiero ganar campeonatos y quiero ganarlos ahora. Por lo tanto, [los Lakers] tendrán que tomar decisiones». No se trataba de una amenaza gratuita. Después de los play-offs me preguntó si habíamos progresado en la incorporación de nuevos talentos. Respondí que habíamos hablado de agentes libres y que pensábamos en jugadores que tal vez estuviesen disponibles pero, de momento, no se había cerrado ningún trato. «Me parece que tendré que hacer algo al respecto», opinó Kobe. Varias semanas después y enfurecido por el artículo que Mark Heisler publicó en Los Angeles Times, en el que una «fuente bien informada de los Lakers» afirmaba que era el responsable del enredo creado tras la salida de Shaq, Kobe dio a conocer públicamente su descontento en una entrevista radiofónica con Stephen A. Smith, de ESPN. Criticó al doctor Buss por no ser claro sobre la dirección que quería que el equipo siguiera y exigió su traspaso. Posteriormente habló con otros periodistas, confirmó su deseo de jugar en otro club y añadió que estaba dispuesto a rescindir la cláusula de no traspaso de su contrato con tal de que ocurriera. A decir verdad, durante una sesión de entrenamiento con la selección olímpica de 2008, no dio indicios a los periodistas acerca de si vestiría o no de púrpura y oro cuando en octubre empezara el campamento de entrenamiento. Existía en perspectiva una firme posibilidad de traspaso suficientemente atractiva como para que Kobe cambiara de parecer y se quedase. Estoy hablando del pívot Kevin Garnett, de los Minnesota Timberwolves. Albergaba la esperanza de que Garnett fuera un buen compañero para Kobe y de que su incorporación a la alineación contribuyese a tranquilizarlo y lo motivase para volver a comprometerse con el equipo. Además, contar con Garnett nos permitiría llevar a cabo otro intento de conseguir el campeonato. El traspaso se suspendió en el último momento, ya que Boston hizo una oferta que Minnesota y Garnett consideraron más atractiva. Años después el jugador reconoció que, en gran medida, no estuvo a favor del acuerdo con Los Ángeles debido a la insatisfacción de Kobe con el equipo. La perspectiva de traspasar a Kobe nos parecía catastrófica. Es casi imposible obtener el mismo valor cuando cedes a un jugador de su categoría. El mejor acuerdo al que puedes llegar es aquel que te permite hacerte con un par de sólidos titulares y tal vez una buena elección del draft, pero no una estrella comparable. De todas maneras, aquel verano el doctor Buss se reunió con Kobe en Barcelona y accedió a recibir propuestas de traspaso de otros equipos, siempre y cuando Kobe dejara de hablar descaradamente del tema con la prensa. Al cabo de uno o dos meses sin novedades, Kobe y su representante solicitaron autorización para llegar ellos mismos a un acuerdo y sostuvieron varias conversaciones con los Chicago Bulls, pero ninguno de sus intentos llegó a buen puerto. Justo antes del inicio de la temporada 2007-08, el doctor Buss, Jim Buss, Mitch Kupchak y yo mantuvimos varios encuentros con Kobe y su representante para hablar de posibles intercambios. Desde la perspectiva empresarial ninguna de esas propuestas tenía sentido, de modo que el doctor Buss pidió a Kobe que continuara a la espera de mejores ofertas. El dueño de los Lakers explicó sus

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