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Wizards, pero, con sus 2,11 metros y sus 122 kilos, tenía un buen uno contra uno y poseía la fuerza y la velocidad imprescindibles para defender a los principales pívots de la liga. Solo mucho después nos enteramos de que no confiaba para nada en su tiro exterior. Durante un partido contra Detroit, Kobe se acercó sonriente al banquillo y me dijo: «Phil, será mejor que saques a Kwame. Acaba de pedirme que no le pase el balón porque podrían hacerle una falta y tendría que lanzar un tiro libre». Otro jugador que en principio parecía prometedor pero carecía de fortaleza mental fue Smush Parker. Aunque el veterano Aaron McKie y el europeo recién llegado Sasha Vujacic parecían más fuertes, en el campamento de entrenamiento Smush los superó y anotó veinte puntos en tres de los cuatro primeros encuentros de la temporada regular, motivo por el cual lo nombramos base titular. Era un jugador ligero, astuto, hábil para esquivar a sus marcadores y atacar la canasta y para defender con solidez por toda la pista. Aunque con un lanzamiento irregular, su juego vivaz contribuyó a cargar de energía los ataques y aquella temporada nos ayudó a comenzar con buen pie. Smush había tenido una infancia difícil, que lo dejó emocionalmente frágil y limitó su capacidad de relacionarse con los demás. Era muy joven cuando su madre murió de sida. Cuando todo iba bien, se convertía en el jugador más enérgico en pista, pero cuando la presión se incrementaba le costaba no desmoronarse. Era una bomba de relojería a punto de estallar.

Entretanto, Kobe siguió destacando. Como el equipo aún no dominaba el sistema, durante la primera parte de la temporada le dije que se soltara…, y respondió con unas anotaciones dignas de los libros de historia. Durante la temporada regular marcó más de 40 puntos en veintitrés partidos y promedió el máximo de su carrera, 35,4 puntos. El momento culminante fue los 81 puntos que marcó en enero, en el enfrentamiento con los Toronto Raptors en el Staples Center. En el tercer cuarto los Raptors ganaban por dieciocho puntos, así que se cabreó y en la segunda mitad marcó 55 puntos y lideró al equipo a la victoria por 122-104. Los 81 de Kobe se convirtieron en la segunda anotación más elevada de la historia de la NBA, tras el legendario partido de 1962 en el que Wilt Chamberlain anotó cien puntos. Lo que diferenció la actuación de Kobe fue la variedad de lanzamientos que realizó desde toda la cancha, incluidos siete triples, que en la época de Wilt no existían en la NBA. Por situar en perspectiva la actuación de Kobe, baste decir que la puntuación máxima que Michael Jordan alcanzó en un partido fue de 69 puntos. Desde sus tiempos de rookie, la cuestión de si Kobe se convertiría en «el siguiente Michael Jordan» había sido objeto de infinitas especulaciones. Como el juego de Kobe había madurado, ya no parecía una cuestión frívola. Hasta Jordan ha dicho que Kobe es el único jugador con el que es posible compararlo y estoy totalmente de acuerdo. Ambos poseen una capacidad competitiva extraordinaria y son casi insensibles al dolor. Tanto Michael como Kobe han jugado algunos de sus mejores encuentros en condiciones terribles, ya fuera por intoxicación alimentaria o por huesos rotos, condiciones que habrían sacado de la pista al resto de los mortales. Su increíble resiliencia ha hecho posible lo imposible y permitido que, pese a estar rodeados de defensores, tanto uno como otro realizasen lanzamientos decisivos para ganar un encuentro. Dicho esto, sus estilos son distintos. Michael era más propenso a esquivar a sus atacantes con su poder y su fuerza mientras que, con frecuencia, Kobe intenta librarse de aglomeraciones masivas por medio de la astucia. En mi condición de entrenador, sus diferencias me interesan más que sus semejanzas. Michael era

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