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habían colisionado. Desde entonces habían buscado una forma mutuamente satisfactoria de colaborar que culminó en ese lanzamiento espectacular y definitivo. Aquel momento fue un punto de inflexión decisivo para nuestro nuevo equipo.

Las finales del campeonato contra los Indiana Pacers no serían tan transformadoras como nuestra batalla con los Trail Blazers, pero tampoco estuvieron exentas de peligros. Los Pacers eran el equipo con mejor tiro de la liga y tenían muchas formas de complicarnos la vida. La principal amenaza era el escolta Reggie Miller, famoso por su sobrecogedora habilidad para salir de bloqueos y realizar tiros en suspensión de los que sirven para decidir el resultado de un encuentro. También contaban con el alero Jalen Rose, un artista en el uno contra uno; con el pívot Rik Smits, impresionante lanzador de tiros en suspensión; con el base Mark Jackson, sólido en el poste; con los polifacéticos ala-pívots Dale Davis y Austin Croshere, así como con un aguerrido banquillo en el que figuraban Sam Perkins, el genio de los triples, y el superveloz base Travis Best. Para colmo, Indiana disponía de uno de los mejores conjuntos de preparadores de la NBA, en el que figuraban Dick Harter, gurú de la defensa; Rick Carlisle, coordinador del ataque, y Larry Bird, el entrenador principal. Comenzamos con buen pie. En el primer partido, jugado en Los Ángeles, Shaq apabulló a los Pacers con 43 puntos y diecinueve rebotes, mientras que Miller se desinfló y solo anotó uno de dieciséis lanzamientos. El partido quedó sentenciado enseguida. Dos días más tarde, repetimos y vencimos a los Pacers con otra virtuosa actuación de Shaq y sendos veintiún puntos por parte tanto de Rice como de Harper. La otra cara de la moneda fue que en el primer tiempo Kobe se torció el tobillo y todo apuntaba a que también se perdería el partido siguiente. Indiana reaccionó y se alzó con la victoria en el tercer encuentro, que tuvo lugar en Indianápolis. Eso no fue lo más importante. Después del primer enfrentamiento, Christina, la esposa de Rice, se quejó a los periodistas de que yo no daba suficientes minutos en pista a Glen y la prensa se cebó con ese comentario. Ella comentó con Bill Plaschke, columnista del Los Angeles Times: «Si fuera yo, ya me habría convertido en Latrell Sprewell II» (en alusión a Latrell Sprewell, entonces estrella de los Warriors, que había golpeado y agarrado del cuello a su entrenador, P. J. Carlesimo). Fue un comentario totalmente fuera de lugar, pues lo cierto es que Glen y yo ya habíamos hablado de limitar sus minutos de juego en determinadas situaciones y él había estado de acuerdo con ello. Glen manejó magistralmente bien a los medios y, aunque apoyó a su esposa, en público no defendió sus acusaciones. De hecho, tenía algo más urgente de lo que preocuparme: el tobillo de Kobe. Antes del inicio del tercer partido, él me rogó que lo pusiera en pista, pese a que el dolor lo estaba matando. Después de ver que se ponía dificultosamente de puntillas en el pasillo contiguo al vestuario, decidí que era demasiado arriesgado y lo obligué a permanecer en el banquillo. Tres noches más tarde, la del cuarto encuentro, Kobe seguía muy dolorido, pero insistió en jugar. Fue su gran noche. Casi todo el enfrentamiento estuvo muy igualado; en el primer minuto del tiempo suplementario Shaq tuvo que volver al banquillo porque estaba cargado de faltas, así que Kobe lo sustituyó y encestó ocho de nuestros dieciséis puntos, consiguiendo la victoria por 120-118. Una vez acabado el encuentro, Shaq corrió al parqué y abrazó a su compañero, al que ahora llamaba su «pequeño gran hermano».

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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