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fue una motivadora remontada que incluyó un osado tiro en suspensión de Harper cuando solo faltaban 29,9 segundos para el fin del partido. Lo más destacable de la segunda victoria fue el rendimiento perfecto de Shaq, con nueve sobre nueve desde la línea de tiros libres, el mejor que había tenido en los play-offs. A partir de ahí y cuando la mente de los jugadores se llenó de sueños con anillos, los Blazers nos arrasaron en el par de encuentros siguientes y la serie quedó empatada a tres. Nada funcionaba. En la mitad del sexto partido perdíamos por quince puntos y Fox se puso furioso. —¡Otra vez más de lo mismo! —se lamentó en alusión al historial de los Lakers, que solían derrumbarse en los play-offs. A todo el mundo se le ha puesto cara de tonto. ¿Qué haremos? ¿Permitiremos que los árbitros decidan cómo tenemos que jugar? ¿Seremos pasivos y dejaremos que nos derroten o nos levantaremos y les plantaremos cara? ¿Nos ayudaremos los unos a los otros? —Será mejor que le digas que se calle —me aconsejó Tex. —No —contesté. Alguien tiene que decir estas cosas. No era el entrenador, sino un jugador del equipo, quien tenía que hacer esas puntualizaciones. ¿Ya he dicho lo mucho que detesto los séptimos encuentros? Pues este fue extraordinariamente desafiante. Los Blazers estaban en racha e hicimos tremendos esfuerzos por contenerlos. En el tercer período despegaron y anotaron dieciocho puntos en siete posesiones; repentinamente vimos que perdíamos de dieciséis puntos y nos hundíamos. Si he de ser sincero, pensé que ya nos habíamos ahogado. Pedí tiempo muerto e intenté instilar vida a nuestros aturdidos y confusos soldados. Entonces sucedió algo estupendo: el equipo se encontró a sí mismo. Los Blazers nos acribillaron con bloqueos y continuación en la parte superior porque Shaq se negaba a abandonar su zona de confort y a que lo pillasen persiguiendo jugadores como Stoudamire o Smith. En momentos como aquel, Shaq solía sumirse en una espiral descendente contra sí mismo, actitud que en el pasado le había afectado durante los grandes partidos. Se trataba del ejemplo perfecto de poner una cabeza sobre otra. Le dije de forma inequívoca que había llegado su momento. Necesitaba abandonar la zona y, pasara lo que pasase, cortar los bloqueos y continuación. Manifestó su acuerdo inclinando la cabeza. Otra cosa que necesitábamos era dejar de tratar de enviar el balón a Shaq, que estaba rodeado de forma infranqueable y solo había anotado dos tiros de campo en los tres primeros cuartos. Teníamos un montón de jugadores libres y los Blazers nos desafiaban a que convirtiésemos los lanzamientos que nos ofrecían. «Olvidaos de Shaq. Cuatro tíos lo rodean. Lanzad, simplemente lanzad», aconsejé. El ataque se produjo desde todos los ángulos. Brian Shaw, que sustituía a Harper, se desplegó, encestó varios triples clave, ayudó a que Shaq anotara mucho y luchó con Brian Grant por un rebote importante. Kobe comenzó a practicar algunas de las jugadas que le aconsejamos. Liderada por un Shaq envalentonado, nuestra defensa cortó el paso a los principales lanzadores de los Blazers. En determinado momento, conseguimos un parcial de 25-4. Quedaba menos de un minuto para el final del partido e íbamos cuatro puntos por delante cuando Kobe se dirigió a la canasta y sorprendió a todo el mundo: lanzó un maravilloso alley-oop a Shaq, a medio metro por encima del aro, y este atrapó para machacar la canasta. Fue gratificante ver que finalmente esos dos hombres se unían para realizar una jugada coordinada a la perfección que dejó el encuentro fuera del alcance de nuestros adversarios. Ese pase simbolizó la distancia que Kobe y Shaq habían recorrido desde aquella inquietante reunión del equipo durante el invierno, en la que sus egos

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