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Me reuní con Shaq, Harper y Kobe antes de mi primera temporada con los Lakers para anunciar que ese sería el equipo de Shaq y que el ataque se organizaría a través de él. Añadí que Kobe sería el líder en la pista, relación parecida a la que en época anterior habían mantenido Kareem y Magic. Me pareció que Kobe todavía no estaba en condiciones de ser cocapitán, así que asigné esa posición a Ron y le pedí que cumpliese la función de mentor de Kobe para que este aprendiera a convertirse en un líder. Quería dejarlo todo claro desde el primer momento para que no existiese la menor ambigüedad en cuanto a las funciones, sobre todo con Kobe. A decir verdad, no tuvimos ocasión de poner a prueba esa estructura porque Kobe se fracturó la mano derecha en el primer partido de la pretemporada y hasta diciembre estuvo de baja. Elegimos a Brian Shaw, base artesano, corpulento y polifacético, para que sustituyera a Kobe mientras se recuperaba y el equipo comenzó a unirse, consiguiendo 12-4 en el primer mes. Nuestra primera derrota fue ante los Trail Blazers, que hicieron un buen trabajo a la hora de detener a nuestros bases, sabotear nuestros ataques y hacer falta a Shaq cada vez que cogía un balón. Más tarde pregunté a Scottie, que jugaba en los Trail Blazers, qué opinaba de nuestro equipo, a lo que respondió con retintín: «Me parece que vuestro triángulo parece más bien un cuadrado». Entrado el mes y durante un partido contra los Nets, propuse una jugada a la que llamábamos home run, pero Horry no se enteró, por lo que no llegó a buen puerto. Cuando pregunté qué había pasado, Robert respondió: «No recibí tu llamada». Como sabía que procedía de una familia religiosa, en ese momento hice una alusión bíblica: «Las ovejas le siguen porque conocen su voz». Añadí que «todo consiste en reconocer la voz del amo y responder a su llamada». Salley me preguntó a qué me refería con esa afirmación políticamente incorrecta y respondí que se trataba de una parábola según la cual las ovejas conocen la voz de su amo, que Jesús empleó para explicar la comprensión que sus discípulos tenían de la voluntad de Dios. En las semanas posteriores a aquel incidente, los jugadores me tomaron el pelo cada vez que los convoqué al corrillo que formábamos antes de los entrenamientos diciendo: «Sí, amo». Kobe regresó el 1 de diciembre y el equipo continuó en racha durante ese mes de enero. Sin embargo, el ataque no fluía tanto como antes. Kobe tuvo dificultades para aceptar el triángulo y a menudo hizo lo que le dio la gana, actitud que molestó a sus compañeros. Muchos me dijeron que no les gustaba jugar con él porque no respetaba el sistema. Yo ya había vivido esa misma situación con Michael, pero Kobe, que acababa de cumplir veintiún años, no era tan maduro ni tan amplio de miras como Jordan. En el supuesto de que los hijos estén destinados a realizar los sueños incumplidos de sus padres, Kobe fue un caso digno de libro de texto. Su padre, Joe «Jellybean» Bryant, había sido un ala-pívot de 2,06 metros de los legendarios Philadelphia 76ers de la década de 1970. En cierta ocasión Bryant padre afirmó que practicaba la misma clase de juego que Magic Johnson, pero la NBA no estaba preparada para su estilo recreativo. Tras jugar en dos equipos más, terminó su carrera en Italia, donde Kobe se crio. Benjamín de tres hermanos (y el único varón), Kobe fue el ojito derecho de la familia y nada de lo que hacía estaba mal. Logró más de lo previsto, era inteligente y talentoso y poseía dotes naturales para el baloncesto. Dedicó muchas horas a imitar las jugadas de Jordan y de otros, que estudiaba en las filmaciones que sus parientes le enviaban desde Estados Unidos. Tenía trece años cuando la familia

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MOTIVACION

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