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y zapatillas de marca. Declaró que estaba orgulloso de los triunfos que los Lakers habían logrado en el pasado y que le apetecía volver a ganar un campeonato. —Creo que podrá ganar tres, tal vez cuatro campeonatos —repuse. —¿En serio? —preguntó sorprendido. Buss quedó impresionado por mi descaro. Posteriormente comentó que era la primera vez que un entrenador ponía el listón tan alto a comienzos de la temporada. Pero yo no estaba alardeando.

Fue un verano extraño. Poco después de mi regreso a Montana tras las reuniones con la organización de los Lakers, mi hija Chelsea vino de visita con su novio y se rompió el tobillo en un accidente con una moto de montaña, de modo que pasó ocho semanas escayolada. Como le costaba desplazarse, pidió la baja en su trabajo en Nueva York y decidió hacer la recuperación en Montana, donde mi hijo Ben y yo la cuidamos. June también pasó unas semanas para echarle una mano. Cierto día Shaq apareció por casa sin anunciarse. Se había desplazado a Montana para actuar en un concierto de rap en la cercana Kalispell. Cuando llegó yo no estaba en casa, así que June lo hizo pasar. A mi regreso, vi que Shaq saltaba en una cama elástica instalada junto al lago, lo que causó sensación en el barrio. De repente, montones de embarcaciones llenas de curiosos se congregaron en la bahía, cerca de casa, para mirar boquiabiertos a ese gigantón que volaba por los aires. Shaq no los decepcionó. Después de la exhibición en la cama elástica, se dedicó a realizar volteretas hacia atrás en el muelle y, por último, dio un intrépido paseo en moto acuática por la bahía. Como ya se había mojado, pedí a Shaq que me ayudase a desplazar un árbol enorme que una tormenta reciente había derribado en el jardín. Verlo trabajar fue impresionante. Cuando terminamos, el deportista comentó: «Entrenador, seguro que nos divertimos un montón». Esa era la esencia de Shaq: la diversión. Cuando llegó la hora de preparar las maletas y viajar en coche a Los Ángeles, experimenté ansiedad ante mi nueva vida. Me preocupaba qué les ocurriría a mis hijos ahora que me había convertido en padre soltero y me mudaba a una ciudad nueva y desconocida. Para facilitar esa transición, mis hijas Chelsea y Brooke me grabaron un popurrí de canciones que hacían referencia a los nuevos comienzos. Habían pasado más de veinticinco años desde la última vez que recorrí las carreteras secundarias de California. Atravesaba Sierra Nevada cuando sonó la versión soul de Amazing Grace, interpretada por Willie Nelson. Me dejé llevar por la emoción; frené, apagué el motor y me eché a llorar. Contemplé las cumbres californianas iluminadas por el sol y tuve la sensación de que dejaba atrás un oscuro capítulo de mi vida y me dirigía hacia algo nuevo y brillante. Mis hijas lo habían comprendido y esa grabación era su modo de decir: «Sigue andando, papá, vive la vida y no te encierres». Mis primeros días en Los Ángeles fueron mágicos. Un amigo me consiguió una casa muy bonita y espaciosa en Playa del Rey, no lejos del aeropuerto y de las futuras instalaciones de práctica de los Lakers. Mi nuevo hogar contaba con espacio más que suficiente para huéspedes. Pocas semanas después y con gran alegría por mi parte, Brooke, que acababa de graduarse en la Universidad de Colorado, se trasladó a casa para ayudarme y se quedó a fin de realizar un posgrado en psicología. Durante la primera semana que pasé en Los Ángeles, Bruce Hornsby, amigo compositor que me había

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