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Di el visto bueno al proyecto, que funcionó bien. Obligó a los Pacers a 46 pérdidas de balón en los dos primeros encuentros, por lo que conseguimos una ventaja de dos partidos en la serie. Concluido el segundo enfrentamiento, Larry se quejó a la prensa del juego físico de Pippen. En consecuencia, en el siguiente encuentro Scottie tuvo enseguida problemas con las faltas. Luego Larry fastidió nuestra estrategia defensiva cuando cambió a Jackson por Travis Best, que era más veloz. Eso nos obligó a modificar el plan y a asignar a Harp (o a Kerr) a defender a Best y a emparejar a Michael con Miller. En el último cuarto, Reggie consiguió salvar los bloqueos, ganar un poco de espacio y marcar trece puntos rumbo a la victoria de los Pacers por 107-105. Los últimos segundos del cuarto encuentro me recordaron la final de los Juegos Olímpicos de 1972 porque fueron totalmente caóticos. Ganábamos 94-93 y quedaban 4,7 segundos cuando hicieron falta a Scottie, que falló los dos tiros libres. En ese momento Harper y Miller tuvieron un altercado: Ron arrojó a Reggie sobre nuestro banquillo y comenzó a golpearlo. Posteriormente ambos jugadores fueron multados y Rose, que se había sumado a la refriega, fue castigado con un partido de suspensión. A mí también me multaron por comparar a los árbitros con los de los Juegos Olímpicos de 1972, que con una falta inoportuna invalidaron el triunfo del equipo estadounidense. Cuando la situación se calmó, Reggie apartó a Michael de un empujón con ambas manos, recibió un saque de banda y marcó un triple cuando solo quedaban 0,7 segundos para el final. En el quinto encuentro apelamos a nuestra arma más letal, la defensa, y en Chicago cortamos el paso a los Pacers por 106-87, lo que nos colocó con una ventaja de 3-2 en la serie. «Esta noche ha habido un predominio inesperado —afirmó Michael. Si todos estamos concentrados y jugamos a nuestra manera, podemos jugar realmente al baloncesto». De momento todo iba bien. Dos días después, los Pacers volvieron a empatar la serie en Indianápolis, en otro partido cuyo arbitraje fue dudoso. Solo quedaba un minuto y veintisiete segundos cuando Hue Hollins, la vieja némesis de Scottie, le sancionó con una falta técnica que permitió que Miller empatase el partido a 87. Con los Pacers dos puntos por delante en los últimos segundos, Michael se dirigió a la canasta y cayó. Todos pensamos que le habían hecho falta, pero los árbitros miraron para otro lado. Y así acabó el encuentro. ¿Sería ese el final del imperio de los Bulls? Nunca me han gustados los séptimos encuentros; puede pasar cualquier cosa. Si perdíamos, también significaba que sería el último partido de Michael. Antes del mismo hablé con los jugadores sobre la perspectiva de la derrota. Expliqué que podíamos perder y que lo importante era jugar haciendo el esfuerzo que correspondía y sin dejarse dominar por el miedo a ser vencidos. Michael lo entendió. En su caso, perder no era una opción. En uno de los círculos que formó el equipo, M. J. declaró con expresión fría y decidida: «No perderemos este partido». Nada se consigue fácilmente. Michael se esforzó y solo anotó nueve de veinticinco tiros. Al ver que sus lanzamientos en suspensión no daban resultado, se inventó canastas saltando hacia el aro en medio de varios jugadores y sacando faltas. Acabó con veintiocho puntos duramente conseguidos, diez de los cuales marcó desde la zona de tiros libres. También consiguió nueve rebotes y dio ocho asistencias. La determinación de Michael fue contagiosa, sobre todo para el banquillo. Toni marcó 21 puntos, Kerr anotó once y Jud Buechler logró cinco rebotes en once minutos. Nuestro trabajo en los tableros fue la clave de aquel partido. Aunque aquella noche solo tuvimos un 38,2 por ciento de aciertos en el

Once anillos phil jackson  

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