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Si hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, soy como bronce que suena o como címbalo que retiñe. Y si tengo el don de profecía y conozco todos los misterios y todo el saber; y tengo tanta fe como para mover montañas, pero no tengo amor, nada soy.

Michael escribió un poema corto. Fue muy conmovedor. Alabó la dedicación de todos y añadió que albergaba la esperanza de que el vínculo que habíamos establecido durase eternamente. Añadió: «Nadie sabe qué nos depara el futuro, pero terminemos bien el presente». Fue muy emotivo oír cómo un grupo de curtidos jugadores de la NBA se mostraba ante los demás con tanta ternura. Cuando terminaron de hablar, pedí a Michael que introdujese su mensaje en un bote de café. A continuación apagamos las luces y prendí fuego a sus palabras. Jamás olvidaré aquel momento, el aura serena de la sala, el fuego que ardió en la oscuridad y la intensa intimidad que compartimos estando juntos en silencio y viendo cómo se apagaban las llamas. Creo que el vínculo entre nosotros nunca fue tan intenso. En la última semana de la temporada regular perdimos dos partidos, incluido un encuentro en casa con los Pacers. Aunque en la Conferencia Este nos habíamos asegurado la ventaja de ser locales, esa derrota me llevó a plantearme varias preguntas cuando comenzaron los play-offs. Mi preocupación principal tenía que ver con el cansancio. Michael y Scottie jugaban muchos minutos y yo no sabía si nuestro banquillo sería lo bastante resistente como para concederles el espacio que necesitarían cuando el partido estuviera avanzado. Nuestra estrategia al comienzo consistía en jugar una defensa dura, conservar las energías y hacer participar a Michael en los últimos minutos. Un elemento positivo fue la reaparición de Kukoc, que la temporada anterior había sufrido mucho de fascitis plantar y que en ese momento jugó tan bien que Sam Smith propuso que el gran trío de los Bulls incluyese a Toni en lugar de a Rodman. En cuanto a Dennis, me preocupaban su incoherencia y su dispersión, sobre todo porque ya no contábamos con Brian Williams como reserva. Con el fin de fortalecer la defensa interior, traspasamos al alero Jason Caffey y recuperamos a Dickey Simpkins, jugador más corpulento y agresivo, así como exjugador de los Bulls, de quien esperábamos que ayudase a Dennis y a Luc a cerrar la zona. Tras un lento comienzo en los dos primeros partidos, que Bernie Lincicome, del Chicago Tribune, caracterizó como «zombies driblando», finalmente eliminamos a los New Jersey Nets en la primera ronda. En la serie siguiente, los Charlotte Hornets nos sorprendieron en el segundo enfrentamiento y nos batieron en un potente cuarto período liderado por nuestro exjugador B. J. Armstrong. El hecho de que B. J. nos superase inspiró a los nuestros, sobre todo a Michael, que estalló y remató a los Hornets en cinco encuentros. Los Pacers fueron nuestros siguientes adversarios y no se rindieron con tanta facilidad. Formaban un equipo poderoso, a las órdenes de Larry Bird, el gran exjugador de los Celtics, que contaba con uno de los mejores lanzadores de la liga, Reggie Miller, y con una sólida línea de ataque liderada por el pívot Rik Smits. En una de las sesiones del club del desayuno, a Michael, a Scottie y a Harp se les ocurrió una creativa estrategia para neutralizar a los bases de los Pacers. Propusieron que Pippen marcara al base Mark Jackson porque en el pasado lo había hecho muy bien y que Harper se encargase de Miller porque era muy competente pasando bloqueos. Por su parte, Michael se encargaría del escolta Jalen Rose o del alero Chris Mullin, con lo cual ahorraría la energía que consumía persiguiendo a Reggie en defensa.

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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