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nuestro gurú», afirma. En términos estrictos, no llamaría «enemigo» a Jerry, aunque es indudable que nuestros conflictos pusieron a prueba mi fuerza interior. Coincidíamos en la mayoría de las cuestiones relacionadas con el baloncesto, pero teníamos visiones contrapuestas sobre el modo de tratar a las personas. Yo intentaba ser lo más abierto y transparente posible, mientras Jerry tendía a ser cerrado y reservado. En cierta medida, fue víctima del sistema, pues en la NBA resulta difícil establecer buenos acuerdos si no eres cauteloso a la hora de compartir información. Jerry no era muy hábil como comunicador, razón por la cual cuando hablaba con los jugadores podía parecer falso o, peor aún, engañoso. Lo compadecí porque sabía que, en el fondo, no era un Maquiavelo despiadado, que era la imagen que los periodistas solían dar de él. Jerry solo pretendía demostrar al mundo que era capaz de crear un equipo campeón sin basarse en Michael Jordan y estaba deseoso de que así ocurriera. A mediados de la temporada 1996-97, Jerry Reinsdorf, el propietario de los Bulls, propuso que Krause y mi representante, Todd Musburger, elaboraran los términos básicos de mi nuevo contrato. Solicitamos un aumento por el cual mi salario sería comparable al que otros entrenadores como Pat Riley y Chuck Daly percibían en esas fechas. A pesar de mi historial, Krause tenía dificultades para verme a ese nivel y las negociaciones fracasaron. Debo reconocer que Jerry Reinsdorf se dio cuenta de que no era justo que yo tuviera que hacerme cargo de los play-offs (la época en la que se deciden la mayoría de los puestos de entrenador) sin saber si la temporada siguiente tendría trabajo. Por eso accedió a que otros clubes me contactaran y poco después varios equipos, Orlando incluido, se mostraron interesados. Pero yo todavía no estaba en condiciones de dejar los Bulls. Poco después de los play-offs, Reinsdorf voló a Montana y llegamos a un acuerdo por un año que resultó satisfactorio para los dos, ya que quería volver a reunir a todos para intentar ganar otro anillo. Ese mismo verano, aunque en fecha posterior, consiguió trabajosamente acuerdos de un año con Jordan (por 33 millones de dólares) y con Rodman (por 4,5 millones de dólares, más incentivos hasta un máximo de diez millones) por lo que la nómina de los jugadores (menos Scottie) en la temporada 1997-98 ascendió a 59 millones de dólares. La única duda que quedaba por resolver era la del futuro de Pippen. Scottie no tuvo un buen verano. Durante los playoffs se había lesionado un pie y tenía que pasar por el quirófano, motivo por el cual estaría dos o tres meses fuera de juego. Estaba en el último año de su contrato de siete temporadas y se sentía cada vez más molesto por el bajo salario que recibía en relación con lo que cobraban otros jugadores de la liga. En 1991, Scottie había firmado una ampliación de contrato por cinco años a razón de dieciocho millones de dólares, decisión que en su momento le había parecido correcta. Desde entonces, en la NBA los salarios se habían disparado y ya había, como mínimo, cien jugadores que cobraban más que Scottie, incluidos cinco compañeros de equipo. A pesar de que muchos lo consideraban el mejor jugador de la NBA que no se apellidaba Jordan, Scottie tendría que esperar un año más, hasta la finalización del contrato, para sacar partido de su rendimiento. Mientras tanto, también existía la posibilidad remota de que lo traspasasen.

Para empeorar un poco más la situación, Krause amenazó con emprender acciones legales si Scottie participaba en su partido benéfico anual y se arriesgaba a lesionarse de nuevo el pie. Esa actitud enfureció a Scottie, que comentó que tenía la sensación de que Krause lo trataba como si fuese

Once anillos phil jackson  

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