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Capítulo trece El último baile Cuando las pautas se rompen afloran mundos nuevos. TULI KUPFERBERG

Cuando estuve con los Knicks, Dave DeBusschere me enseñó una importante lección. En la temporada 1971-72, los Knicks incorporaron a Jerry Lucas como recambio de Willis Reed, que luchaba con las lesiones. Jerry era un polifacético ala-pívot de 2,06 metros, gran reboteador, hábil pasador y poseedor de un buen tiro exterior. Antes de que llegase, Dave no tenía una gran opinión de Jerry. Lo consideraba un ególatra excéntrico, más interesado en acrecentar sus promedios de puntos y de rebotes que en ganar partidos. Cuando Lucas se incorporó a los Knicks, Dave encontró la manera de colaborar con él. Le pregunté cómo había hecho para cambiar tan rápidamente de parecer y contestó: «No permitiré que mis sentimientos personales se interpongan en la consecución de nuestro objetivo como equipo». Durante los dos últimos años de mi trabajo con los Bulls había sentido exactamente lo mismo en relación con Jerry Krause. Aunque habíamos tenido diferencias, respetaba su inteligencia para el baloncesto y disfruté trabajando con él en la creación de los equipos campeones. Sin embargo, nuestra relación se había agriado lentamente tras el desacuerdo de hacía tres años a raíz de Johnny Bach. Además, las negociaciones por mi contrato habían llegado a un desagradable punto muerto durante la temporada 1996-97. Como sucede con la mayoría de las relaciones, ambos contribuimos a su deterioro. Me dejé llevar por la necesidad de proteger a toda costa la intimidad y la autonomía del equipo, mientras Jerry hizo denodados esfuerzos por recuperar el control de la organización. Esa clase de conflicto es habitual en el mundo deportivo y, lamentablemente para nosotros, nuestras diferencias se airearon en un gran escenario público. Si vuelvo la vista atrás, creo que mi forcejeo con Jerry me enseñó cosas sobre mí mismo que de otra forma no habría aprendido. El Dalái Lama lo denomina «el don del enemigo». Desde la perspectiva budista, batallar con enemigos te ayuda a desarrollar una mayor compasión y tolerancia hacia los demás. «Para practicar sinceramente y desarrollar la paciencia necesitas que alguien te haga daño deliberadamente. Por lo tanto, esas personas nos ofrecen verdaderas oportunidades de practicar estas cualidades. Ponen a prueba nuestra fuerza interior de una forma en que ni siquiera puede hacerlo

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MOTIVACION

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