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distantes. Lo más importante es que se respetaban profundamente. Por desgracia, los dioses del baloncesto no cooperaron. Lesionado Harper, nos costó más trabajo frenar el ataque de los Sonics y perdimos los dos encuentros siguientes. Con ventaja en la serie por 32, regresamos a Chicago decididos a acabar las finales en el sexto partido. El encuentro estaba previsto para el día del padre, fecha muy emotiva para Michael, por lo que su juego ofensivo se resintió. Por otro lado, nuestra defensa fue insuperable. Harper participó en ese partido y anuló a Payton, mientras Jordan anulaba genialmente a Hersey Hawkins, que solo anotó cuatro puntos. De todas maneras, el jugador que robó el partido fue Dennis, con diecinueve rebotes y un montón de recuperaciones en ataque en lanzamientos fallidos. En determinado momento del último cuarto, Dennis le pasó a Michael en una puerta atrás que situó a los Bulls a 64-47 cuando todavía quedaban seis minutos y cuarenta segundos de juego. Una vez realizado el tiro, Michael vio que Dennis avanzaba hacia el otro extremo de la pista y ambos se desternillaron de risa. Cuando sonó el pitido final, Michael nos abrazó rápidamente a Scottie y a mí, corrió al centro de la cancha para coger la pelota y se retiró a los vestuarios para evitar las cámaras de televisión. Cuando llegué lo vi en el suelo, hecho un ovillo y con la pelota abrazada contra el pecho mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Michael dedicó el partido a su padre. «Probablemente este ha sido el momento más duro para mí en el baloncesto —afirmó. Me han venido un montón de cosas al corazón, a la cabeza… Tal vez mi corazón no estaba orientado hacia el sitio donde me encontraba, aunque creo que en lo más profundo lo estaba hacia lo que para mí era más importante: que mi familia y mi padre no estuvieran aquí para verlo. Me siento feliz de que, a su manera, el equipo me sacara a flote, ya que ha sido una época dura para mí». Fue un momento muy emotivo. Cuando recuerdo aquella temporada, no es el final lo que más destaca, sino el partido que en febrero perdimos con los Nuggets y que puso fin a nuestra racha ganadora de dieciocho encuentros. Llaman «el sueño de los corredores de apuestas» a esa clase de enfrentamientos porque el día anterior habíamos volado de Los Ángeles a Denver y no tuvimos tiempo de aclimatarnos al cambio de altitud. Los Nuggets habían perdido más partidos de los que habían ganado, pero en el primer cuarto tuvieron un 68 por ciento de aciertos en los lanzamientos y cogieron una sorprendente ventaja de treinta y un puntos. En esa situación muchos equipos se habrían venido abajo, pero nos negamos a rendirnos. Hicimos de todo: nos volvimos grandes, nos volvimos pequeños, movimos el balón, lanzamos triples, aceleramos el ritmo, lo redujimos y, mediado el cuarto período, nos adelantamos gracias a un mate de Scottie Pippen acróbatico y potente. Michael lideró la remontada y en el tercer cuarto anotó veintidós puntos, pero no se trataba de un espectáculo individual, sino de un emocionante acto de perseverancia por parte de todos y cada uno de los integrantes del equipo. A pesar de que en los últimos segundos perdimos por 105-99, los jugadores abandonaron la pista con la sensación de que habían aprendido algo importante sobre sí mismos. Descubrieron que, por muy calamitosa que sea una situación, de alguna manera encontrarían el valor para luchar hasta el final. Aquella noche los Bulls encontraron su corazón.

Once anillos phil jackson  

MOTIVACION

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