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jugadores, el asesino experimentado que interpreta Harvey Keitel da instrucciones a dos mafiosos (Samuel L. Jackson y John Travolta) sobre la forma de limpiar el escenario de un asesinato muy horripilante. En mitad de la faena dice: «No empecemos todavía a chuparnos las pollas». Desde que los Magic nos humillaron en los play-offs de 1995, habíamos puesto nuestras miras en la revancha. De hecho, habíamos reconstruido el equipo pensando básicamente en un enfrentamiento con Orlando. El primer encuentro fue toda una decepción. Nuestra defensa resultó demasiado infranqueable. Dennis contuvo a Horace Grant, razón por la cual en la primera parte del partido no anotó y solo logró un rebote. Luego Horace sufrió una hiperextensión del codo en un choque con Shaq y pasó el resto de la serie fuera de la pista. También anulamos a dos jugadores que la temporada anterior nos habían hecho mucho daño: Dennis Scott (cero puntos) y Nick Anderson (dos puntos). Ganamos por 121-83. Los Magic reaccionaron en el segundo partido, pero doblegamos su espíritu cuando en el tercer período compensamos los dieciocho puntos de desventaja y acabamos venciendo. También se vieron afectados por las lesiones de Anderson (de muñeca), de Brian Shaw (de cuello) y de Jon Koncak (de rodilla). Los únicos Magic que representaron una amenaza como anotadores fueron Shaquille O’Neal y Penny Hardaway, pero no bastó. La serie concluyó, como correspondía, con una anotación relámpago de Michael que llegó a los cuarenta y cinco puntos en el cuarto partido. Las probabilidades de que nuestro siguiente rival, los Seattle SuperSonics, ganaran las finales del campeonato eran de nueve a una. Sin embargo, se trataba de un equipo joven y talentoso que esa temporada había ganado 64 partidos y que podía crearnos problemas con su creativa defensa presionante. La clave consistía en impedir que sus estrellas, el base Gary Payton y el ala-pívot Shawn Kemp, estuvieran en recha y nos superasen. Decidí que Longley se encargara de Kemp a fin de aprovechar la corpulencia y la fortaleza de Luc y encomendé a Harper la misión de cubrir a Payton. Al principio pareció que la serie terminaría rápidamente. Animados por nuestra defensa y por los veinte rebotes de Rodman en el segundo encuentro, ganamos los dos primeros partidos en Chicago. Dennis también batió una de las plusmarcas de las finales de la NBA gracias a sus once rebotes en ataque. Aquella noche Harper volvió a lesionarse la rodilla y la mayor parte de los tres partidos siguientes tuvo que permanecer en el banquillo. Afortunadamente, después del segundo partido los Sonics cometieron un error táctico y cogieron el vuelo de regreso a Seattle el mismo viernes por la noche, después del encuentro, en vez de esperar hasta el sábado por la mañana, como hicimos nosotros, para emprender el viaje con más tranquilidad. El domingo por la tarde los Sonics todavía parecían cansados y los batimos por 108-86. En esa coyuntura se intensificó el debate acerca de si los Bulls eran el mejor equipo que había existido. Ignoré casi toda esa cháchara, pero me alegré cuando Jack Ramsay, ex entrenador de los Portland Trail Blazers, afirmó que los Bulls contaban con esa clase de defensa que «desafía cualquier período de tiempo». En mi opinión, los Bulls se parecían, sobre todo, al equipo de los New York Knicks de la temporada 1972-73. Al igual que los Bulls, aquellos Knicks eran un conjunto formado principalmente por recién llegados. Se trataba de jugadores muy profesionales y, aunque les gustaba jugar juntos, fuera de la pista no compartían mucho tiempo. A principios de la temporada yo les había dicho a los Bulls que, siempre y cuando mantuviesen unidas sus vidas profesionales, me daba igual lo que hicieran el resto del tiempo. Nuestros jugadores no estaban muy unidos, pero tampoco tan

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