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temporada 1997-98. Michael explica: «Podía gritarle y me entendía, pero esa actitud no afectaba su seguridad en sí mismo». La única persona por la que no necesitó preocuparse fue Kerr. La pelea había forjado un vínculo sólido entre ambos jugadores. «A partir de ese día Michael me miró con otros ojos —reconoce Steve. Jamás volvió a meterse conmigo, nunca más me avasalló y también empezó a confiar en mí en la cancha». Michael apostilla: «Siento el máximo respeto por Steve porque, en primer lugar, se vio inmerso en una situación en la que, en realidad, no tenía la menor posibilidad de ganar. Y en segundo, porque se mantuvo firme. Cuando empecé a pegarle me devolvió el golpe. Eso me enfureció. De todas maneras, es de allí de donde procede el respeto mutuo». Desde la perspectiva de Michael, el segundo triplete de campeonatos fue más difícil que el primero debido a las personalidades en juego. La mayor parte de los jugadores de los primeros equipos campeones llevaban varios años juntos y así habían librado muchas batallas. Como sostiene M. J.: «Subíamos la cuesta y caíamos, y volvíamos a caer hasta que remontábamos como grupo». La segunda vez, la mayoría de los jugadores no se conocían bien, a pesar de lo cual todo el mundo esperó que ganaran desde el principio. «Creo que en el segundo triplete necesitamos a Phil más que en el primero —reconoce Michael ahora. En el primero los egos todavía no se habían asentado y en el segundo tuvimos que entrelazar diversas personalidades y los egos eran realmente potentes. Phil tuvo que unirnos como hermandad».

La piezas encajaron maravillosamente bien. No teníamos un pívot dominante, como los Celtics de la década de 1960 y otros grandes equipos del pasado, si bien los Bulls contaron con un extraordinario sentido de la unidad, tanto en ataque como en defensa, y un poderoso espíritu colectivo. Todo lo que hicimos estuvo destinado a reforzar dicha unidad. Siempre insistí en realizar entrenamientos estructurados, con una programación clara que los jugadores recibían de antemano. También comenzamos a organizar otros aspectos del proceso grupal para crear un sentido del orden. En líneas generales, no apelé a la disciplina como arma, sino como forma de inculcar armonía en la vida de los jugadores. Era algo que había aprendido tras años de práctica de la atención plena. Aquella temporada pedimos a los jugadores que se presentasen en las instalaciones de entrenamiento a las diez de la mañana para realizar cuarenta y dos minutos de ejercicios de resistencia y calentamientos. Michael optó por comenzar antes en su casa con Tim Grover, su entrenador personal, y aquel año invitó a Scottie y a Harper a participar del programa, que denominaron «el club del desayuno». A las diez también asistían a los calentamientos para las prácticas, que comenzaban a las once. Nos centramos en refinar nuestras aptitudes con el triángulo, así como nuestros objetivos defensivos del próximo partido o de las semanas siguientes. Luego pasábamos a la parte ofensiva, incluido el entrenamiento en toda la pista. A menudo incorporaba a Pip o a M. J. a la segunda unidad para averiguar qué influencia ejercía su presencia en los entrenamientos. Después descansaban y practicaban lanzamientos; nuestro preparador físico, Chip Schaefer, les recargaba las pilas con zumos de frutas recién preparados. Si teníamos que realizar una gira, subíamos a la sala del equipo a celebrar una breve sesión de vídeos. Al principio, como si se tratara de un juego, Dennis intentó saltarse las reglas. Una de las normas estipulaba que los jugadores tenían que presentarse en los entrenamientos con los cordones de las

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