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TÍO JULIO VENDRÁ A COMER

GEOVANNYS MANSO


Cuando vi a mi madre pidiendo permiso para ausentarme del aula, pensé que la Abuela Irene había muerto. Si pensé en una causa tan terrible, es porque mi madre siempre fue enfática: «Usted faltará a la escuela el día que en esta familia muera alguien. Y punto...» Ya estaba casi al llorar, cuando ella me besó, muy alegre, muy festiva, muy cara de novia, y me dijo: «No te preocupes, que no ha muerto nadie. Lo que sucede es que tío Julio vendrá a comer hoy». La abuela Irene me mostró el telegrama en cuanto llegué. Tío Julio advertía que sí, que vendría a comer hoy. Nada como la Navidad para reunirse con su familia. Ya explicaría —sin ánimos de ser perdonado—, su ausencia de tantos años. Lo cierto es que nunca había visto a mi familia de esta manera: mi madre cantaba en la cocina y abuela leía y releía aquel telegrama, sobre todo su frase final: «Les mando un beso». Acto seguido, besaba ella misma aquella hoja amarillenta con el nombre de Julio casi saliéndose del contorno. Media hora después, decidieron que si tío Julio venía a comer, la ocasión merecía un festín, un menú irrepetible que recordara por el

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resto de sus días. Uno de esos menús que no encontraría en ningún restaurante del mundo. «En ninguno», exclamaron a coro. El menú incluía varios tipos de carne, vinos extraños, entrantes y salientes, sopas, dulces primorosos, viandas hervidas y fritas, cervezas nacionales, café de las montañas de Guantánamo. «Todo exquisito», repetía mi madre. Cuando quedó conformado en su totalidad, mi madre y mi abuela se miraron, temerosas y las escuché murmurar algunas tristezas referentes a la escasez del dinero, a nuestra pobreza visceral y otros avatares de la vida cotidiana. Pero la abuela Irene recalcó que si Julio venía a comer, su familia podía hacer algunos sacrificios y ofrecerle una comida que recordara siempre, incluso cuando regresara a París, a su vida literaria, a sus libros y a todo aquello que lo ataba tanto a Europa, sin tiempo para visitar a su familia, aquí, del otro lado del Atlántico. Todos cooperamos de una manera u otra. La abuela Irene nos demostró en escasos segundos, que muchos objetos decorativos de la casa, eran eso, solo objetos decorativos, elementos prescindibles, sobre todo si se trataba de prepararle una cena a Julio, su Julio. Mi madre entregó sus ahorros y varios vestidos que, dijo, para qué seguir guardando si ella y todos sabían que ese pretendiente suyo no 3


aparecería jamás, y suspiró como solo ella sabía hacerlo. También yo doné una cadena de oro que el abuelo Humberto me había regalado años atrás, así como un reloj que mi padre, antes de abandonarnos, me confesara había pertenecido al padre del padre de su padre; es decir, una prenda de tremendas resonancias familiares, que no lo perdiera, que no lo vendiera nunca, pero al parecer mi padre no imaginó que tío Julio regresaría a comer hoy, así que con gusto y algunas lágrimas, entregué todo a mi madre, quien me besó, asegurándome que Julio, algún día, me dedicaría un cuento, que podía aprovechar la ocasión para mostrarle aquellas historias que yo escribía escondido en el baño los fines de semana. «Deja que Julio se entere que tiene un epígono en casa...» Algunos vecinos también fueron generosos, realizaron una colecta en toda la cuadra que incluyó dinero, algunos objetos no menos prescindibles, y aprovecharon la ocasión para preguntar por las últimas obras publicadas por tío Julio, un hombre famosísimo, según Olga, nuestra vecina más cercana. Olga enfatizó que tío Julio jamás había escrito nada superior a su libro de los cronopios. «Qué manera de reírme», decía Olga. Mi madre dijo que no, que su libro de los cronopios, sin dejar de ser un libro inmenso, no podía compararse a sus grandes novelas, sobre todo a Los premios, a Rayuela, y su 4


preferida: 62: modelo para armar. Olga comentó que las novelas de Julio eran medio ilegibles, boutades de su exquisita inteligencia, que los cuentos no, que sus cuentos lo llevarían al cielo, que si Julio no hubiese escrito aquellos cuentos que le ponían la carne de gallina, a ella, y a todos los lectores del mundo, no fuera el Julio que es hoy, un escritorazo, tan grande como Vargas Vila, dijo. Mi madre no quiso continuar aquella discusión, sobre todo porque quedaba mucho por hacer y ahorita se aparecía Julio por ahí, con su apetito de siempre, su cigarro en la mano, y quien sabe, incluso trae su saxofón. «Qué tío tan simpático el tuyo, Bruno», me dijo Olga, y se fue, no sin antes advertir que la molestaran si necesitábamos algo. Para mí, lo más divertido fue ver cómo la cocina se llenaba de olores, de sabores, de ajíes, cebollas, ajos, salsas, jugos, sofritos, empanadas, carnes en distintos procesos, mieles, y un sinfín de bebidas, alcoholes, aguas. Todo un festín, verdaderamente. La mesa fue engalanada con manteles coloridos, fue removido el polvo de las paredes, de los cuadros, las vitrinas, a mí me enviaron a cortarme el pelo, mi madre salió a sesión de manicura y la abuela Irene fue peinada como una de esas modelos del cine hollywoodense, una belleza realmente la abuela Irene, si el tío Julio la veía así, no podría regresar a París, sentenciaba mi madre, quien volvió a mencionar sus 5


libros favoritos del tío Julio, preguntándose si vendría con «la ucraniana», una mujer preciosa y si se habría quitado la maldita barba, a lo que abuela Irene ripostó que para qué, que tío Julio con su barba era un primor, un hombre hermosísimo, que quitarse aquella barba de escritor era como convertirse en médico de la familia o abogado de un bufete colectivo. A las siete de la tarde, imaginamos que tío Julio estaba por llegar. La mesa era un sitio rebosante de placer. Se me prohibió estar cerca, por el temor de que mis dedos contaminaran la disposición perfecta de los platos, los cubiertos, las copas, las velas. Entonces salimos al patio delantero: mi madre, la abuela Irene, algunos vecinos y parientes, dirigentes gubernamentales que, enterados de la visita de uno de los escritores más respetados por la izquierda europea, llegaron para manifestar su apoyo al tío Julio. Allí estuvimos, creo, hasta las 9 o las 10 de la noche. Ya sabíamos que tío Julio tenía esa extraña costumbre parisina de cenar tardísimo y esa otra extraña vocación literaria para llegar tarde a toda reunión, fuese social, gubernamental, e incluso, familiar, así que, cruzado el umbral de las 10, nos dispusimos a esperar a Julio, quien seguramente aparecería con su sonrisa de siempre, muy cercano a la media noche, con cientos de regalos y mil cuentos de sus visitas a las 6


grandes capitales de todo el mundo. Si algo recordaba mamá del tío Julio, eran sus anécdotas, siempre pródigas en pequeños detalles que solo él sabía concatenar. Una fiesta, repetía mi madre, conversar con Julio, que a estas horas ha de andar entre el aeropuerto y la casa, triste, muy triste por hacer esperar tanto a la abuela Irene, quien, un poco cansada, pero muy feliz, dijo que mejor esperaba a tío Julio sentada a la mesa, rebosante de carnes, ensaladas y velas que se apagaban a la menor brisa. Los funcionarios gubernamentales, justo a las 12, pidieron disculpas gubernamentales y se marcharon, recalcando que al día siguiente regresarían para abrazar al intelectual más íntegro de nuestro continente. Un poco después, la mayor parte de los vecinos se disculparon conmigo y con mi madre, diciéndonos que también mañana pasarían por casa para saludar a Julio, para pedir algún autógrafo, o simplemente para conocerlo, enfatizaron aquellos más jóvenes que solo lo habían visto en las revistas y reportajes televisivos. Sería la una de la madrugada cuando mi madre y yo, únicos sobrevivientes de la comisión que se congregó horas atrás en el patio delantero, entramos a casa. Allí estaba la abuela Irene, imperturbable, en una esquina de la mesa. 7


—Seguramente vendrá mañana —dijo mi madre, conciliatoria. —Sí —dijo la abuela Irene—, mañana vendrá. Si Julio pasó un telegrama diciendo que venía a comer a casa, vendrá. —Si no pudo venir hoy —repitió mi madre, buscando una justificación plausible a la ausencia del tío Julio—, es porque se le presentó algún problema con el vuelo. Esos aeropuertos, según me han dicho, suspenden sus salidas por cualquier motivo: una nube de cenizas de algún volcán, una tormenta, o algún desperfecto técnico de una de sus naves. —Por supuesto —recalcó la abuela Irene—, algo muy grave tuvo que sucederle a Julio para que no llegara a tiempo a la cena. Mi madre dijo que lo mejor era guardar la comida que por el calor podía descomponerse. Que si Julio llegaba mañana, ya inventarían cualquier otro menú para recibirlo, que en definitiva él no era demasiado comilón. Que siendo la hora que era, casi las dos de la madrugada, lo mejor era acostarse. —De esta mesa no me muevo, hasta que aparezca Julio por esa puerta —dijo enfática y con tono patriarcal la abuela Irene. —Ah, vamos, mamá: ¿qué sentido tiene esperar a Julio sentada ahí? No sea terca, vamos... Pero la abuela Irene, inmutable, repitió sus palabras: 8


—No me van a convencer. No hasta que Julio aparezca para abrazarme. No hasta que Julio llegue para cenar. Mi madre me miró como buscando apoyo, pero moví mis hombros para advertirle que ante la terquedad de la abuela Irene, qué podía hacer un chiquillo como yo. Y ella comprendió. Comprendió que lo más sensato, lo más diplomático en aquellos momentos, era dejar a la abuela Irene allí, sentada, porque seguramente, cuando pasaran algunas horas, regresaría a su habitación para dormir, o tal vez para llorar la ausencia de Julio. —Bueno, si te quieres quedar ahí, está bien. Bruno y yo vamos a dormir. —Y con un gesto de su mano derecha, me pidió que la ayudara a recoger la mesa. Cuando nos acercamos, la abuela Irene nos miró y señalándonos con su dedo índice, exclamó: —Esta mesa nadie la toca hasta que Julio no se siente en ella. Si quieren irse a dormir, háganlo, pero de aquí no me voy; ni la mesa, ni todo lo que hay en ella, será tocado por nadie, salvó por Julio. Mi madre murmuró que la abuela no se sentía bien. Que fuera a mi cuarto y la dejáramos sola. Que no me preocupara, que ella velaría junto a la abuela, hasta que tuviera sueño. Cuando desperté sobre las ocho de la mañana, no vi a mi madre en su cuarto. Tampoco encontré a la abuela Irene, así que sospeché 9


que ambas se habían despertado muy tempranito, por si tío Julio, con el atraso de los aviones, había llegado finalmente. Mi madre, dormida sobre un sofá de mimbre, despertó cuando le pregunté si ya el desayuno estaba listo. Me preguntó por la abuela Irene, pero le dije que no la había visto. Entonces fuimos hasta el comedor y allí la encontramos, en la esquina de la mesa, mirando hacia la puerta de entrada. Esperando a Julio. —Mamá, ¿no va a desayunar con nosotros? —le preguntó mi madre. Pero la abuela Irene dijo que no. Que ya había aclarado que no se paraba de esa mesa, hasta que Julio llegara para cenar. Me sobresaltó encontrar la mesa rebosante, con sus olores intactos, sus carnes tibias, sus bebidas frías, sus manteles impecables, sus velas encendidas. Mi madre me aclaró que seguramente, mientras ella dormía, la abuela había calentado los guisos y bisteces, había enfriado las cervezas y refrescos, devolviéndole a la mesa aquella gracia que la definió doce horas atrás. Idea verosímil que ambos aplaudimos.

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Regresé a la escuela con la alerta de que si escuchaba que mi tío Julio había llegado para comer, pidiera permiso inmediatamente y regresara a casa. Pero la alerta nunca llegó y volví como siempre, a las cinco, para encontrar a la abuela Irene allí, en la esquina de la mesa. Regresé para descubrir que la mesa era el esplendor mismo, aun plena de olores y sabores, salsas tibias, helados, refrescos, velas encendidas y manteles pulcrísimos. Mi madre, por supuesto, no tenía explicación. Esta vez la abuela, aseguraba, no se había movido ni un segundo de su sitio. Ella había insistido, incriminándole su mala actitud, su terquedad sin límites, pero la abuela fue tan enfática como la primera vez y le recordó lo que ya sabíamos, que no se movía de aquella mesa hasta que Julio llegara a cenar, como lo había prometido en su telegrama. Quizás por eso, por la terquedad de la abuela Irene, decidió escribirle a Julio, reclamarle alguna explicación, ahora que ya la Navidad era un recuerdo, febrero se nos diluía entre las manos y la abuela Irene, imperturbable, serena y patriarcal, continuaba allí, sentada, en la esquina de la mesa, preguntando si ya Julio había llegado, si ya Julio había llegado para cenar con su familia.

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La respuesta de Julio, si mal no recuerdo, llegó en abril o mayo. Pedía diez mil disculpas, pero muchas razones se interpusieron entre él y sus deseos reales de venir a cenar a casa: motivos políticos, literarios, el lanzamiento en París de una nueva novela, su apoyo irrestricto a los conflictos que se sucedían en Nicaragua. «No podrían comprenderme. No podrían comprenderme», repetía el tío Julio en su carta. «Pero haré todo lo posible para viajar en verano, en agosto tal vez, o septiembre. Nada es seguro. Nada es seguro...» La muerte de la abuela Irene no nos sobresaltó demasiado. Ocurrió una mañana de octubre, una de esas mañanas cualquieras, de frío otoñal y niebla y pocas nubes. La abuela Irene miraba hacia la puerta y, sospecho, descubrió que Julio no llegaría. O tal vez sí, pero sus fuerzas claudicaban y lloró: lloró de impotencia, de rabia, de saber que cuando Julio entrara por esa puerta, sus ojos y sus brazos no estarían abiertos para esperarlo, para tocar su barba y transitar callados por todos los rincones de la casa. Lloró por la ausencia de Julio, lloró por saber que una enorme pasión lo seducía, lo clausuraba, lo multiplicaba; y esa pasión, precisamente esa pasión, le impedía estar allí, junto a ella, en aquella mesa donde tantas veces fueron felices y se abrazaron y hablaron del futuro, de ese futuro que ya no existe sino en su memoria cansada de tanta ausencia. 12


Todo estaba listo para el traslado de la abuela Irene, que seguía allí, sentada, como si nada hubiese sucedido, esperando aun a Julio, como el primer día. Nunca supe cuándo mi madre se sentó a la mesa. Cuándo ocupó aquella silla, tan cerca de la abuela Irene, y tomó su mano, multiplicando la espera, multiplicando aquella ausencia que absorbía cada espacio de aquella casa que solo esperaba a Julio, su regreso definitivo, para cenar juntos, en familia, y recordar una gran zona de nuestro pasado. Nunca supe cuándo decidí sentarme a su lado, y abrazarla, repitiéndole que no se preocupara, que seguramente Julio vendría a cenar mañana y todos estaríamos otra vez reunidos, riéndonos de tanta ausencia, de tanta espera, de tanto abrazo postergado. Nunca

supe

cuándo

nuestras

miradas

quedaron

allí,

suspendidas, esperando a que la puerta se abriera y apareciera Julio con su barba, sus cuentos fabulosos, sus novelas tremendas, para contagiarnos a todos de su pasión, de su enorme pasión hacia todo aquello que ahora nos parecía innombrable...

SANTA CLARA/

ABRIL DE

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Tío julio vendrá a comer