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Moscas

Geovannys Manso


LA

PRIMERA MOSCA

—MUY

BIEN LO ADVERTIMOS MI MADRE Y

yo—, trazó una

línea oblicua entre el punto A (borde superior de la espumadera metálica) y el B (fuente

de

sopa

ubicada

al

centro

de

la

mesa),

antes

de

ahogarse

irremediablemente entre tachinos, ajíes, granos de comino, fideos y la duodécima parte de un gramo de aceite que bastó para el sofrito. Eufóricos ante el descubrimiento vectorial, explicamos —mi madre y yo— el terrible suceso, sin dejar de lamentar la agónica muerte del coleóptero. No tardó mi padre en explicarnos que resultaba improbable, por no decir imposible, que una mosca —insecto díptero, no «coleóptero»— trazara una línea oblicua, pues su vuelo es siempre errático, en zigzag, evadiendo toda predicción en su desplazamiento aéreo. Los presumibles equívocos enmudecieron a mi madre quien enfatizó que, inverosímil o no, aquella mosca díptera era fiel heredera de la imprescindible evolución de toda especie, así que muy bien podía ser coleóptera, para luego jurar por su hijo que su desplazamiento fue en línea oblicua, y el equivocado — por ende— era él, mi padre. De carácter apacible, pero poco dado a ser contrariado, y menos en definiciones científicas, mi padre observó a mi madre con cara de depredador hambriento; suspiró, tratando de encontrar un sosiego que no halló en ningún sitio de su cuerpo, sucediéndose

—de inmediato y de mediato— tal cantidad de


acontecimientos, que intentaré enumerarlos en la medida que mi memoria aún temblorosa lo permita: 1. El primer tachino, catapultado por mi padre, se fragmentó en la frente de mi madre, que ajena a tal agresión sorbía un extenso fideo amarillento. Éste la acusó de menospreciar sus maestrías en aerodinámica animal, y con ello, le restaba su categoría docente, todo dicho en un tono conminatorio, algo chabacano y bastante rústico. 2. El primer tenedor, lanzado a unos 45 km por hora, alcanzó a mi padre en su clavícula derecha, al tiempo que mi madre vertía toneladas de heces fecales sobre los antepasados de su esposo, recordándole que él sabía de aerodinámica animal, tanto como ella de gramática latina. 3. La primera fuente se estrelló contra la meseta de la cocina de puro milagro, pues su destino original no era otro que el tórax de mi madre, cuya agilidad le permitió evadir el disparo encarnecido de quien, hasta ese momento, había sido la persona más dócil y apacible de la circunscripción. Así, surcaron los aires de nuestro hogar un sinnúmero de objetos que jamás imaginaron serían propulsados a velocidades insospechadas. 4.El primer vecino irrumpió en nuestro hogar seguido del presidente del CDR, la señora de la FMC, de un joven comunista y tres pioneritos, quienes intentaron separar a los contendientes. Para entonces, visibles magulladuras, heridas y golpes evidenciaban que mi madre porfiaba en la línea oblicua como único desplazamiento posible de la mosca, idea muy contraria a la de mi padre,


para quien el zigzag, la errancia y la no-predicción, resultaban elementos insoslayables del insecto díptero. 5.El primer policía, ayudado por el primer vecino, el presidente del CDR, la señora de la FMC, el joven comunista —para entonces los tres pioneritos habían abandonado la casa—, así como por un segundo policía, arrestaron a mis padres por escándalo público y desacato a la autoridad. En el trayecto a la estación, tanto mi padre como mi madre intentaron convencer a soldados, sargentos y tenientes de la errada opinión del otro y de la culpabilidad de los hechos, deseándose la peor de las suertes y la peor de las noches. 6.El primer juez dictó la sentencia una semana después: trescientos pesos de multa y una amonestación pública ante todos los miembros de nuestro CDR, aclarando que su incumplimiento provocaría una multa mayor y muy probablemente, la cárcel. Cumplida la sentencia, mi padre se posesionó del cuarto pequeño al final del pasillo, mi madre cerró con llave su habitación matrimonial, por lo que me vi en la obligación de tocar a sus puertas, indagando si querían algo, si les apetecía esto, o aquello; esto o lo otro. Sus respuestas, unánimes, se concentraron en el NO como única posibilidad de diálogo. 7.El primero en abandonar la casa fue mi padre, tras declarar que prefería marcharse pues no podía convivir con una mujer tan necia, tan dotada de una ignorancia pétrea. Mi madre aprovechó la ocasión para gritar falsedades, para reclamarle diez mil tristezas acumuladas durante tantos años de matrimonio, agregando que con gusto firmaría todo documento donde se hiciera palpable la disolución de aquella unión fallida e intrascendente; que por su parte, reafirmaba


lo expresado en el juzgado, en la casa, y en cuanto sitio le fue posible: «...la mosca voló en línea oblicua del punto A (borde superior de la espumadera metálica) al B (fuente de sopa ubicada al centro de la mesa), y jamás vi que lo hiciera en zigzag, de manera errática, o no predictiva, como afirma aquel sujeto...» 8.El primer amante de mi madre llegó a casa una noche que yo intentaba ver una película de Woody Allen. Tras abrazarme y recordarme que pretendía ser como un padre, un verdadero padre para mí, me dio cinco dólares, me pidió — muy gentilmente— que abandonara la casa y que de ser posible no regresara hasta las dos de la madrugada, pero que si podía quedarme en casa de alguna «jevita», no volviera. Me recordó que a mi retorno me estarían esperando otros cinco dólares. 9.La primera noche la pasé en la terminal intermunicipal. La segunda, en la terminal de trenes. La tercera, en el parque. La cuarta conocí a Sonia, amiga de Virgilio, amigo de Frank, amigo de Teresa. Teresa me propuso «asociarnos». Me confesó que no le gustaba robar sola, que la noche era inmensa y larga como una novela de Thomas Mann. Robamos un reloj, una cartera, una cadena y amaneció. Robamos algo distinto cada noche y siempre amaneció: lentamente, segundo tras segundo, como un fotograma de cine silente. De algún modo, Teresa me conmovió. Algo en ella correspondía a un ideal que yo me había trazado siglos atrás: su belleza ecuánime, su mirada, sus gestos intespectivos denunciaban un carácter singular que mucho le debía a lo mejor del cine negro


que yo tanto admiraba. Nuevamente se reencontraban Lauren Bacall y Hunphrey Bogart. 10.El primer gesto de mi madre y su amante me demostró que volver no era una opción permisible. Teresa susurró algunas palabras que solo pude comprender tiempo después. Supe, aquella misma tarde, que un primer émbolo obliteró una arteria importante, importantísima de mi padre y que apenas alcanzó a decir: «Malditas moscas», palabras que confirmaron su estado agónico y de delirio premorten.

La segunda mosca —bien lo advertimos Teresa y yo— trazó una curva perfectísima desde el punto A (mi hombro izquierdo) al B (pestillo superior de la puerta de salida). Entonces le dije que en cuanto llegáramos a su cuarto me recordara leerle un texto de Augusto Monterroso, aquel que comienza diciendo: «Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas...», y salimos a la noche, con la seguridad de que ésta sería tan larga e inmensa como el extraño vuelo de algunos insectos dípteros.

Moscas  

Cuento

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