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Dejando huella Dieciocho visiones sobre las enfermeras geriรกtricas


Dejando huella Dieciocho visiones sobre las enfermeras geriรกtricas


Dedicado a todas aquellas enfermeras y enfermeros que abrieron paso en el cuidado a las personas mayores, a quienes lucharon para hacer posible la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica y a todas las personas que seguirán dejando huella en el futuro.

Autora y coordinación editorial

Gemma Bruna Fotografía

Laura Guerrero Edición y corrección lingüística

textosBCN Diseño gráfico

Ortega i Palau, SL Impresión y encuadernación

Gràfiques Cuscó, SA Agradecimientos

La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica quiere agradecer la colaboración de todas las personas, instituciones y entidades que, de forma desinteresada, han hecho posible la elaboración de este libro, coincidiendo con el 30 aniversario de la celebración de sus congresos: Juan Manuel Fernández, María Mercedes Ferrín, Misericordia García, Victoria García, Maria Teresa Giner, Ramon Ibars, Lourdes Jiménez, Fernando Martínez, Rosa Martínez, José Manuel Mayán, María Margarita Menéndez, Mari Paz Mompart, José Luis Oliver, Josep París, Anna Sabadell, Xènia Sist, Javier Soldevilla, Nerea Suárez y María Zamora. Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona, Facultad de Enfermería de Santiago de Compostela, Fundación Santa Eulalia, Centro Polivalente para Personas Mayores El Cristo y Axel Hotel Madrid. Nota de la autora

Este libro no hubiera sido posible sin la colaboración de todos los testimonios que se han brindado a expresar sus vivencias y reflexiones ni tampoco de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, que ha facilitado al máximo este proyecto. © de los textos: Gemma Bruna © de las fotografías: Laura Guerrero

© de la edición: Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica Jacint Verdaguer, 32, bajos. 08902 Hospitalet de Llobregat (Barcelona)

Depósito legal: B 7973-2018 En este libro, cuando se hace referencia a la enfermera, debe entenderse que se incluye a profesionales de ambos sexos, siguiendo las recomendaciones del Consejo Internacional de Enfermeras.


Índice En los 30 años de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica Mari Paz Mompart García

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Dejando huella y abriendo camino Fernando Martínez Cuervo

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Dieciocho visiones y una pizarra María Margarita Menéndez Ramon Ibars Rosa Martínez Maria Teresa Giner Xènia Sist Josep París Lourdes Jiménez María Mercedes Ferrín José Luis Oliver Nerea Suárez Juan Manuel Fernández María Victoria García María Zamora José Manuel Mayán Javier Soldevilla Misericordia García Fernando Martínez Anna Sabadell

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La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica Tres décadas de vida

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Las Juntas Directivas de la SEEGG Miembros de las juntas directivas de 1988 a 2018

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En los 30 años de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG) ha cumplido 30 años y ha elaborado el libro de testimonios que ustedes tienen en sus manos. La idea se concreta en la presentación de variadas experiencias en relación con el cuidado de la persona mayor desde diferentes ópticas, las de los propios ciudadanos mayores, de las enfermeras asistenciales, de las gestoras y de las educadoras, aportando así una visión panorámica enriquecedora y plural de la situación. Sus páginas no nos ofrecen solo un punto de partida para la reflexión sobre los aspectos particulares de ese cuidado, sus demandas y soluciones, sino también sobre la propia esencia de la sociedad científica y su impacto. La enfermería geriátrica es un campo de especial interés para la sociedad actual, embarcada en un proceso de envejecimiento gradual, cargado de expectativas y también de amenazas. Es bien sabido que el colectivo de personas mayores presenta unas características muy especiales en cuanto a sus necesidades de cuidados, y es evidente que las enfermeras han de estar en la primera línea de la respuesta a esas necesidades. Nuestra formación, los valores presentes en la profesión e incluso las

estructuras organizativas nos ponen en la mejor de las situaciones si queremos aprovechar este campo de actuación privilegiado. En este panorama, cabe preguntarnos para qué sirve una sociedad científica en el mundo enfermero de hoy y cuáles son su ámbito y finalidad, tanto para los propios profesionales como para las personas a las que van destinados los cuidados y las instituciones sanitarias y políticas. Pese a la escasa tradición del asociacionismo profesional en nuestro entorno, es necesario destacar, en primer lugar, que una agrupación voluntaria de personas que se dedican a un determinado tipo de trabajo por el que sienten especial interés es un elemento dinamizador del entorno profesional y posible generador de avances científicos y prácticos. Pero no solo eso, otra de las importantes consecuencias del funcionamiento de una asociación profesional y científica es el papel de representación del grupo de sus afiliados ante la sociedad y las instituciones, de manera que sea un referente para los temas relacionados con su área de interés. Es así cómo los campos de acción de una sociedad científica se multiplican en la realidad actual: por un lado, esta sociedad constituye un elemento de cohesión para sus miembros de manera que se sientan identificados y apoyados en sus acciones profesionales. Por otro, significa un elemento de referencia para los profesionales, que pueden acudir a la asociación para obtener información y participar con su opinión en los temas que se debatan en interés general promoviendo innovación y buena práctica. También son un referente

social al que pueden recurrir las instituciones para obtener opinión, asesoría y, en su caso, apoyo en las decisiones que se propongan en el área de actuación profesional, derivando de esa posición referente un auténtico liderazgo ante los ciudadanos. Así, estos últimos pueden reconocer más claramente el aporte enfermero a la atención en las declaraciones y tomas de posición referidas a cualquier aspecto del cuidado, ya sea de organización, de práctica excelente o de la educación necesaria. Conseguir el mejor cuidado para las personas mayores ha sido desde sus comienzos una de las líneas de trabajo de la SEEGG, y a ello han estado dedicadas muchas de sus actividades, incluidas, como se ha señalado, las de opinión sobre la mejor formación para llevarlas adelante. Este libro y las reflexiones y opiniones que contiene dan fe de ello. Dicha aportación se suma a los resúmenes de la actividad que la sociedad científica presenta en los congresos, siempre cargados de ideas innovadoras y productivas. El lema de este año, “Dejando huella”, que se recoge en el título de este libro, es una declaración de intenciones acerca del futuro de la SEEGG en el compromiso con los cuidados, con el liderazgo social y con la mejor calidad de la atención. Solo falta desear que la lectura de estas páginas sea estimulante para todos los que se dedican con esfuerzo a la atención a las personas mayores desde las áreas asistenciales, organizativas o educativas. María Paz Mompart García Profesora titular (jubilada) de la Universidad de Castilla-La Mancha, Toledo 5


Dejando huella y abriendo camino

Coincidiendo con los 30 años de nuestro primer congreso, la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica ha querido, con este libro, rendir tributo a todas las enfermeras que han dedicado y dedican su labor profesional a dignificar la atención a la persona mayor y en especial a todas las enfermeras que han trabajado por el desarrollo de la profesión y de la especialidad. También quiere aportar una visión actual y de futuro de lo que somos hoy como colectivo profesional. Las enfermeras geriátricas y gerontológicas nos encargamos del cuidado de las personas mayores, de su familia, de sus cuidadores y del entorno comunitario. Les brindamos apoyo para que desarrollen actividades, tareas y roles según sus necesidades, capacidades y deseos, y para que mejoren su bienestar emocional y funcional promoviendo un envejecimiento adecuado. Demográficamente España envejece, y en las próximas décadas veremos cómo se duplica el número de mayores de 65 años y cómo se triplican los mayores de 80 años. La enfermería geriátrica tiene un campo amplísimo para recorrer, porque somos una especialidad ya no de futuro sino de presente.

Este libro es un recorrido por el sentir de cuatro personas mayores, que reivindican ser escuchadas para poder decidir y desarrollar su proyecto de vida. Pero también de catorce enfermeras dedicadas al cuidado de las personas mayores, que nos hemos prestado para ofrecer una visión reflexiva sobre el cuidado, sobre nuestra profesión y sobre nuestros propios valores profesionales. En todos los perfiles personales hay un objeto central: una pequeña pizarra que ha servido a todos los testimonios para reflexionar sobre los valores del cuidado y que, de hecho, es el objetivo intrínseco de nuestra propia profesión, la enfermería. Detrás de todos estos testimonios no solo se esconde la voz de las personas mayores que día a día siguen recordándonos que tienen un papel activo en la sociedad, sino también de los miles de enfermeras, entre las que están las socias de la SEEGG, que creen en la fuerza que tenemos como colectivo profesional y en la necesidad de ser cada día más visibles. Fernando Martínez Cuervo Presidente Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica

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Dejando huella Dieciocho visiones y una pizarra

¿Qué se esconde detrás de la mirada de una enfermera que cuida personas ancianas? ¿Cuáles son los deseos de una persona mayor? Estas son preguntas que los 18 testimonios de este libro logran responder a través de sus perfiles, unidos por la presencia permanente de una pizarra, símbolo del valor del cuidado enfermero,


María Margarita Menéndez

Enfermera de la Unidad de Agudos en el Hospital Monte Naranco de Oviedo

“Mis abuelos me enseñaron el valor de cuidar”

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e pequeña, esta enfermera de mirada dulce pero que esconde una gran fuerza interior se recuerda en casa de su abuela Asunción —quien estuvo diez años con demencia y en una situación de dependencia— y su tío abuelo Pepe, que sufría cierta discapacidad intelectual pero que aprendía rápido a realizar cualquier tarea, si antes se le enseñaba. Su madre se erigió como la principal cuidadora de su abuela y María Margarita Menéndez (Oviedo, Asturias, 23 de agosto de 1986) desde pequeña la ayudaba en todo lo que podía para que su carga fuera menor. Ahora reconoce que “fue duro pero muy reconfortante saber que estaba siendo bien atendida en casa”. Su tío abuelo, que falleció con 101 años de edad, le transmitió su ternura y también la fuerza del cuidado. “Durante muchos años me vino a buscar al colegio, de pequeña me ayudaba en el baño y cuando él se hizo mayor, y se volvió más torpe por la edad, entonces era yo quien le acompañaba a él. Primero 10

me ayudó a mí y después yo le ayudé a él. Cuando ya era un abuelo centenario le solía preguntar: ‘Cuando tenga un hijo, ¿lo irás a buscar al colegio como a mí?’. Y entonces, él, con aquella inocencia que siempre le acompañó, afirmaba con la cabeza: ‘Claro que sí’”.

“La sensibilidad y el trato con los mayores los aprendí en casa” Ahora, si alguien le pregunta por qué se hizo enfermera, ella duda un instante, pero después sabe qué responder. “Seguramente el gusto por cuidar fue entrando poco a poco, sin darme cuenta. La sensibilidad por los mayores la aprendí en casa. Mis abuelos son los responsables, en cierto modo, de que yo haya sido enfermera geriátrica. Gracias a ellos soy quien soy”. Ahora, cuando reflexiona sobre ello, sabe desmenuzar los orígenes de lo que en su momento le condujo a elegir su profesión, pero con

18 años de edad no lo tenía demasiado claro, aunque sí que siempre supo que se dedicaría a algún estudio vinculado con la rama científica. Pocos meses antes de la prueba de selectividad, en una de las ferias que organizan las universidades, se paró delante de un stand de una facultad de Enfermería y le explicaron cómo la enfermera tenía la capacidad para acompañar al paciente y de ayudarle a cambiar sus hábitos, y mejorar así su salud y su bienestar. Tanto le atrajo que, al volver a casa, dijo: “Mamá, ¿y si fuera enfermera?”. —Si ello te gusta… —le replicó su madre, aduciendo el coraje y la valentía que, a su entender, se requiere para entrar en la profesión. —Creo que sí —le contestó ella. En la facultad empezó con las primeras prácticas. De aquella experiencia recuerda a Antonio, un hombre mayor, con diabetes, que tenía bajadas de azúcar y a quien ella, como estudiante, le cogió bastante cariño. Un día, de manera inesperada, falleció y no pudo reprimir sus lágrimas delante de la familia de aquel paciente. Entonces, una enfermera “me dijo que tenía que espabilar porque si nos pusiéramos a llorar por todos los que se mueren estaríamos listas”. “Fue muy dura conmigo. Creo que con los años aprendes a afrontarlo, pero si cuando estás en la carrera sales demasiado endurecida, algo está pasando”. Las primeras experiencias con la muerte impactan de manera especial. “Con los años te vas puliendo y aprendes a gestionarlo. Hay que ser lo suficientemente empática para ser capaz de entender al paciente y a su familia, y ponerte en su lugar, pero no puedes sufrir con cada


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persona que muere como si fuera un amigo, porque entonces no podrías atender al resto”. Al finalizar la carrera empezó a trabajar, al principio con contratos de una semana, después de quince días. Recuerda especialmente el verano de 2007, cuando hizo sustituciones como enfermera de atención primaria en pueblos alejados de la capital, como Grado, Belmonte o Somiedo. “Era un entorno muy distinto al mío, una zona rural, donde las personas a las que atendías te traían nueces, avellanas o manzanas como muestra de agradecimiento”. Para una enfermera acostumbrada a la ciudad, la experiencia de llegar a estos municipios fue toda una aventura, pues desconocía sus calles y el vecindario. Aun así, cuando se desplazaba al domicilio de los pacientes, muchos de ellos ancianos, eran los propios familiares quienes se ofrecían a venirla a buscar al centro de salud para acompañarla a realizar los cuidados. Y esto no se olvida. De todas aquellas experiencias, también cuando estuvo en los servicios de Cardiotorácica, Neurología o Traumatología del Hospital Universitario Central de Asturias, las que más le reconfortaban eran aquellas en las que había una persona mayor como protagonista. “Siempre he tenido predilección por este colectivo. Un anciano te puede transmitir el cariño y la dulzura de un niño, pero sobre todo tiene la templanza y la sabiduría de una persona experimentada con la vida”. “Los mayores tienen un recorrido vital, a veces sorprendente, y en ocasiones afrontan mejor el proceso de enfermedad que sus familiares, porque saben que la vida tiene un límite”. 12

Al finalizar sus estudios de Enfermería quiso ahondar primero en la profesión, y enlazando contrato tras contrato fue cogiendo experiencia. El hecho de no tener empleo fijo la empujó en 2012 a prepararse para las pruebas que la condujeron, finalmente, a elegir la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica.

“Cuando trato con los mayores es cuando me siento más enfermera porque puedo desplegar todas mis capacidades” Asegura que no tenía nada planificado. “Me dejé llevar por la intuición e hice más caso al corazón que a mi cabeza, aunque creo que también elegí este camino por la experiencia vivida con mis abuelos. Ahora, que ya no están, me digo: “¡Esto va por ellos!”. Al final se me fueron abriendo puertas y ahora sé que estoy donde quería estar”. Durante aquellos dos años como residente hizo rotaciones en distintos servicios de atención primaria, en varias unidades y consultas del propio hospital de Monte Naranco —en cuya Unidad de Agudos trabaja actualmente— y en las residencias de Santa Teresa y El Cristo. En la consulta de Deterioro Cognitivo del Hospital Monte Naranco, en la que se atendía a personas con demencia, pudo comprobar, ya desde su mirada enfermera, algo que ella misma había vivido en su casa: el peso con el que cargan los familiares. Por todo ello, cuando al final de su formación como especialista tuvo que decidir sobre su

proyecto, decidió que lo centraría en analizar la efectividad de la intervención enfermera para disminuir la sobrecarga de los cuidadores informales en ancianos con dependencia. En muchas ocasiones, el rol del cuidador —muchas veces familiares de los enfermos— sigue permaneciendo oculto. “Está en tierra de nadie y a veces se nos olvida que para el enfermo es fundamental. De manera errónea se llega a tildar a los familiares de personas dependientes como superdemandantes, pero si nos fijáramos bien veríamos que muchos esconden cuadros de ansiedad y depresión porque están privados de tiempo libre y se encuentran volcados en el cuidado. Solo necesitan nuestro apoyo y ayuda”. Ante un anciano con una enfermedad avanzada, “la familia es la que pregunta, la que cuestiona y la que quiere saber. Tenemos que trabajar y seguir centrando nuestro esfuerzo para que la familia comprenda, pueda resolver sus dudas, esté a gusto y entienda el porqué de cada cosa. Hay que explicarle todo lo que estamos haciendo y ganarnos a la familia, que esté de nuestro lado, porque haciendo esto nos ponemos también del lado del paciente”. Desde que en 2014 terminó la especialidad, si algo tiene claro esta enfermera es que hay que seguir trabajando para fortalecer su reconocimiento. “Todavía no está reconocida la categoría profesional, pero si realmente queremos avanzar habrá que ir en esta dirección. ¿Qué sentido tiene que con el título de especialista en Enfermería Geriátrica y Gerontológica me mandaran a trabajar en cuidados pediátricos, como me pasó a mí? Esto es un sinsentido”.


Actualmente, en la Unidad de Agudos trabaja enlazando sustituciones, igual que antes hizo en múltiples servicios y en distintos ámbitos de atención. “Ser enfermera no consiste en aprender un poco de todo y hacerlo a base de equivocarte, porque no podemos jugar con las personas ni con algo muy importante y que a la vez puede llegar a ser muy frágil, que es su salud”. Ahora, al fin, después de diez años como enfermera, “ya siento que controlo más mi trabajo del día a día, pues he ganado experiencia”. A lo largo de esta década ha aprendido muchas lecciones, pero siempre tiene muy presente la persona que ingresa sola al hospital o con poco apoyo familiar. “Sabes que a veces te espera para que le sigas aportando optimismo y cuida-

dos. Entonces te hace sentir que merece la pena ser enfermera”.

“Hay que reforzar la especialidad y reconocer la categoría profesional. No somos profesionales para todo” ¿Pero qué le falta a la profesión para seguir creciendo? “Deberíamos reconocernos más entre nosotras, creernos realmente que tenemos un papel importante y que hay que contribuir para que nuestra aportación sea más visible de cara al ciudadano”, asegura esta enfermera, quien defiende el rol imprescindible que tienen las sociedades científicas para mejorar

la formación, el desarrollo profesional y contribuir también a potenciar la investigación. Si hoy tuviera un papel en blanco, le encantaría gestionar una pequeña residencia, con diez o quince plazas, rodeada de un jardín con árboles, que aceptara que los residentes pudieran llevar sus mascotas y donde se organizaran actividades para potenciar la actividad de la persona, vinculadas con la historia de vida de cada anciano. “Si hay personas que trabajaron con su huerto o mujeres que pelaron patatas, ¿por qué no pueden seguir haciéndolo a pesar de tener limitadas sus capacidades y de estar en una residencia?”, se pregunta. Y lo más importante, antes de planificar su futura residencia: preguntaría a los futuros mayores con qué sueñan.

Si me transporto al futuro creo que me encantaría ser cuidada como yo intento hacerlo ahora como enfermera, desde el respeto, el cariño y promoviendo la atención hacia la capacidad de decisión. Las personas ancianas son personas ante todo y no podemos decidir por ellas. Nuestro objetivo nunca debe ser el de obligar a cambiarles sus hábitos, porque no son niños y tienen una personalidad muy marcada. La EMPATÍA es clave para acercarnos a los mayores, porque con este valor incluyes la capacidad de escucha, la amabilidad, la paciencia y la obligación que tienes, en cada momento, de ponerte en su lugar. Si las enfermeras dejamos huella en el anciano es porque estamos en esta fase de la vejez, y porque en casos de dependencia podemos llegar a ser sus manos y sus pies.

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Ramon Ibars

“Nadie creyó que sería capaz de cuidar a mi mujer durante nueve años”

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os conocimos con 18 años de edad mientras hacíamos teatro amateur en Lleida, la ciudad que me vio nacer el 8 de septiembre de 1934. Los dos éramos muy jóvenes y ella era muy guapa. Al poco tiempo de entrar a formar parte del grupo escénico La Talía, formado por chicos y chicas (algunos de los cuales estaban casados y otros, como nosotros, solteros), el director nos propuso montar la obra Los Gavilanes, una zarzuela para la que debíamos formar cuatro parejas.

te de distribución de varias empresas fabricantes de televisores, lavadoras y, más tarde, de neveras.

Yo, que entonces era muy tímido, se lo propuse a Dolors, que tenía algunos años más que yo y ya estaba casada. Al ver la selección, Fina, ni corta ni perezosa, me espetó: “¿Así que a ti te gustan más las casadas que las solteras?”. Y entonces, la primera no dudó ni un solo instante y me dijo: “Ibars, vete con ella”. Y así fue como empezó nuestra historia. Fue la primera y única mujer.

Siendo actor amateur gané premios y trofeos por las múltiples obras de teatro en las que participé, y durante 25 años he sido Lluquet, uno de los protagonistas de los Pastorets, la obra tradicional navideña que en Cataluña se representa en todos los teatros. Actuábamos entonces en La Violeta, el local que teníamos en Lleida. Todos los domingos estrenábamos una obra distinta y la ensayábamos durante toda la semana. Lo mejor del teatro es el aplauso final del público o escuchar cómo se ríe, cuando haces una comedia, o como alguien, desde el patio de butacas, coge el pañuelo para enjuagarse las lágrimas, si se trata de un drama. La reacción del público te llena por dentro y entonces sientes una gran satisfacción interior que lo invade todo.

El teatro ha sido parte de mi vida, aunque yo trabajé primero como administrativo en un almacén de vino, después como contable en una tienda de electrodomésticos, y después como agente comercial y como representan-

Nos casamos en 1960 y nos vinimos a vivir a este piso sin ascensor, primero con mis padres y mi hermano. Tuvimos un hijo, que vive con su mujer y mi nieta en Barcelona, y una hija, que es enfermera en el Hospital

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Arnau de Vilanova de Lleida y experta en el tratamiento de úlceras por presión. Ella tiene un carácter fuerte, como el mío. Hace una década tuve que abandonar el teatro porque mi vida se paró en seco. El día 21 de febrero hizo nueve años. Estábamos en la mesa, a punto de acabar de comer, cuando mi mujer se levantó para ir a buscar el postre en la cocina. Llevaba un plato en la mano y, antes de desplomarse al suelo, solo pudo advertirme que se estaba mareando. Ya nunca más se pudo levantar por ella misma. Yo no sabía qué hacer y sólo atiné en llamar a mi hija, quien me dijo que avisara inmediatamente a una ambulancia. Cuando llegó el equipo de emergencias, casi al mismo tiempo que mi hija, mi mujer todavía hablaba.

“Siempre pensé que lograría recuperarse del ictus, nunca perdí la esperanza” Fue la primera vez que por boca del médico escuché la palabra ictus. Entonces no sabía qué era. “Su madre ha tenido un ictus”, le aclararon a mi hija. “Pues bien, sea lo que sea, los médicos la curarán”, pensé confiado. Nos llevaron directamente al Hospital Arnau de Vilanova. Recuerdo que tuve que firmar un papel en el que daba mi permiso para que a Fina le hicieran una prueba, en la que el médico ya me avisó que se podía morir. Al salir, mi hija ya me anunció que su madre estaba muy mal. Al llegar a la habitación, el médico le preguntó a mi mujer:


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—¿Cómo se llama? —Josefa Moncasi Palmira —le contestó. —¿Cuántos años tiene? —74 años —le volvió a replicar. —¿Dónde vive? —Vivo en la calle doctor Combelles —le dijo. Fueron sus últimas palabras, porque ya nunca más volvió a hablar. Siempre pensé que lograrían curarla, pero su cuerpo no respondió como yo esperaba. Primero se le paralizó la parte derecha y durante los primeros cinco días en el hospital, no era capaz ni de aguantarse con su propio cuerpo. Al llegar a la habitación, el médico me dijo que sólo cabía esperar. Y pasó un día, pasaron dos y llegamos al tercer día, y entonces el doctor me aconsejó que esperáramos una semana más y después diez días. Pasaron tres meses y al fin me dijo que al cabo de un año podríamos saber si finalmente se podría recuperar un poco más. Mi hija fue explicándome la enfermedad de mi mujer y después el médico me confirmó que Fina iría quedando con el cuerpo paralizado. Fueron nueve años muy duros pero yo nunca perdí la confianza. Ni cuando mi hija me dijo, ya en los últimos tiempos, que su madre estaba muy enferma. No la quise creer, no lo podía creer. Yo nunca la pude ver como una enferma. Tras sufrir el ictus, estuvimos dos largos meses en el hospital. Allí, una fisioterapeuta me aseguró: “No te preocupes, yo haré que Fina vuelva a andar. Lo conseguí con mi padre, que estaba peor”. Y un día me anunció: “Ramon, entra y verás”. Y entonces, vi a mi mujer que se sostenía de pie y me eché a llorar. Otro día 16

consiguió hacer dos pasos y después hasta pudo andar un poquito.

yo cuidaba de mi mujer, una mujer se encargaría de llevar la casa. A todo no podía llegar.

La ingresamos seis meses en una residencia privada, mientras íbamos adaptando nuestro piso. Yo iba todos los días a verla, almorzábamos juntos. Siempre tuve muy claro que allí no la podía dejar y que a partir de aquel momento yo tenía, yo debía cuidar de ella, porque sé que si hubiera pasado al revés, ella lo hubiera hecho por mí.

Los primeros años de la enfermedad todavía salíamos con los amigos y me la llevaba con el coche y la silla de ruedas. Después ya fue imposible. Mí día a día como cuidador era siempre el mismo. Me levantaba por la mañana, la duchaba en el plato de ducha, le daba el desayuno, la sentaba en la butaca y después me arreglaba yo. Al mediodía salía una hora a pasear mientras ella se quedaba con la señora que nos ayudaba en casa. Era mi rato de esparcimiento, pero muchas veces acababa llorando en la calle, porque mi cerebro no conseguía desconectar. Solo pensaba en Fina. ¿Qué hará? ¿Cómo se sentirá? Y entonces regresaba a casa, comíamos y nos pasábamos la tarde mirando la televisión.

“Siempre tuve claro que debía cuidarla porque ella habría hecho lo mismo por mí” El fisioterapeuta me enseñó cómo levantar a Fina y a ella le tuvieron que enseñar a comer otra vez, pero nunca volvió a recuperar el habla, solo emitía sonidos y nunca entendió que nosotros no pudiéramos comprenderla. Yo más o menos captaba lo que quería transmitirnos. Después, cuando se fue volviendo cada vez más sorda y empezó el deterioro neurológico, todo se volvió más difícil, más complicado. Al principio, el mundo se me vino abajo, y mi vida de siempre se rompió en mil pedazos. Abandoné mi cargo en la Junta Directiva del Colegio de Agentes Comerciales, en el Aplec del Cargol (encuentro gastronómico muy típico en Lleida), la organización de la Vuelta Ciclista de Lleida y también tuve que dejar atrás el teatro. Cuando tuvimos el piso preparado, Fina volvió a su casa. Contratamos a María, que se convirtió para nosotros en una auténtica ama de casa. Llegamos a este acuerdo con mi hija: si

Al principio de caer enferma mi mujer, en rehabilitación coincidí con Ernest Ros, un hombre que acababa de sufrir un ictus. Él me convenció para crear la Associació de Familiars i Malalts de l’Ictus de Lleida (Asociación de Familiares y Enfermos de Ictus). Nos pusimos a trabajar y conseguimos aunar esfuerzos con dos enfermeras, una fisioterapeuta, un psicólogo, un neumólogo, un logopeda y un médico rehabilitador. Nuestro objetivo es claro: formar una red de voluntarios para ayudar a los familiares de personas con ictus, orientarles sobre la enfermedad y ofrecer charlas y conferencias para dar a conocer esta afección. No llegamos al centenar de socios, pero con el dinero que recibimos ofrecemos servicios básicos de fisioterapia y logopedia a los enfermos. Hoy sigo yendo todos los martes por la tarde.


A lo largo de estos nueve años, la familia siempre me ha acompañado, tanto mis hijos como mi hermano y mi cuñada. Hubo amigos, como Dolors y Mari Carmen, que todos los miércoles por la tarde, mientras duró la enfermedad de mi mujer, tuvieron la agenda reservada para nosotros. Nunca fallaron. Todavía hoy mis amigos no se explican cómo he podido cuidar de mi mujer durante tanto tiempo, porque yo, debo reconocerlo, tengo un carácter de roble. Siempre la quise tener a mi lado, hasta el último momento, que murió en mis brazos. Ahora todo el mundo me dice: “¿Cómo puede ser? ¡Ramon, lo has hecho!”. Y yo les digo que hice lo que tenía que hacer. Nada más. Estoy satisfecho, pese a los momentos de nervios,

de enfados, de instantes en que me sentía desbordado o en los que perdía la paciencia.

“Su muerte me ha dejado un enorme vacío. Sé que no la volveré a ver más y esto me hunde” Nos dejó hace seis meses y todavía hoy siento un vacío enorme. A veces cuando estoy en la butaca levanto la mano para palpar la suya. Todos los días salgo a pasear, leo mis periódicos y miro la televisión. Estos últimos meses, con la ayuda de los amigos he vuelto a participar en el Aplec del Cargol y tengo claro que hay que salir a la calle. Tengo 83 años, aunque no lo aparento, y sé que estoy en la recta final, pero

la muerte no me da miedo, porque voy a irme con mi mujer. Hace poco participé como figurante en una compañía de teatro profesional, en la que actuaba de abuelo, y hoy me han vuelto a llamar para otro proyecto amateur. El teatro cómico siempre se me dio bien. Cuando estamos en cenas y fiestas con amigos, todo el mundo sabe que al finalizar explicaré algún chiste o un verso y les haré reír a todos, porque con esto soy la leche. Me lo paso fenomenal, me gusta hacer felices a las personas. Me sale de dentro porque me va, el teatro me llena. Quién sabe si subiendo encima del escenario vuelvo a recuperar la ilusión…

Yo no cuidaría a un enfermo ni por todo el dinero del mundo. Para ser enfermera, como mi hija, hay que ser de una pasta especial. Yo las admiro por lo que hacen. En la residencia vi en qué situación estaban los ancianos y ahora sé que hay que tener mucho coraje para gestionar todo aquello y seguir al día siguiente sin derrumbarte. Y las enfermeras no se vienen abajo, porque son unas profesionales. Yo sería incapaz. Hoy llevo, en uno de mis dedos, su anillo de boda y el mío, los dos mismos que ella, a lo largo de nuestra vida de casados, siempre se había colocado en su dedo corazón. Cuidar como intenté cuidarla yo sólo se hace por CARIÑO.

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Rosa Martínez

Directora en la Fundación Santa Eulalia. Residencia asistida y centro de día en Hospitalet de Llobregat (Barcelona)

“Soy enfermera para ayudar a sacarte esta fuerza que tienes en tu interior”

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sta enfermera es esencialmente enérgica y siente su profesión como algo que le nació de muy adentro, años atrás. Si de algo se muestra convencida ahora y tras toda su trayectoria es que volvería a elegir esta opción una y otra vez, 50 millones de veces si fuera necesario. Parece que afronta la vida de cara, al igual que cuando se coloca delante del objetivo de la cámara. Apuesta por la naturalidad, mostrándose como es, sin miedos ni posturas forzadas. Rosa Martínez (Barcelona, 27 de mayo de 1964) eligió que sería enfermera a los 18 años de edad. “Mi padre cayó enfermo, estuvo un mes en la Unidad de Cuidados Intensivos y falleció al poco tiempo, y aquello fue el desencadenante que me llevó a elegir mi opción profesional. Me fui de cabeza a estudiar Enfermería y aposté fuerte por ello”. El día antes de entrar en el aula en la Escuela Universitaria de Enfermería Vall d’Hebron, donde estudió, ya tenía conciencia de lo que suponía ser enfermera. “Es algo completamente vocacional, se siente, son estas ganas de estar al lado de alguien, pero no sólo de

cuidar, sino también de atender, escuchar, ayudar y acompañar en el día a día”.

“Ser enfermera es vocacional, son las ganas que sientes de estar, de atender, de cuidar y acompañar” Esto es lo que todavía hoy sigue sintiendo cuando cada mañana entra por la puerta de la Fundación Santa Eulalia, donde trabaja en la residencia asistida y en el centro de día en Hospitalet de Llobregat (Barcelona). El interés por las personas ancianas se le despertó cuando todavía era estudiante. Por aquel entonces vivía en el mismo edificio que su abuela, una mujer autónoma con la que mantenía una buena relación, y también en la escuela tuvo una buena profesora de Enfermería Geriátrica que le hizo coger el gusto por la asignatura. “Empecé en 1986 como auxiliar enfermera en el Hospital Vall d’Hebron, en la Unidad de Lesionados Medulares y de Sépticos y allí ya vi que quienes más me gustaban eran las personas mayores”.

Un año más tarde, ya como enfermera, trabajó haciendo sustituciones en el Servicio de Urgencias del Hospital Comarcal Sant Antoni Abat en Vilanova i la Geltrú (Barcelona). Lo recuerda como si fuera ahora: “Entraba en aquellas salas de enfermos crónicos en las que habían de seis a ocho camas, algunos de ellos postrados con llagas, y yo pensaba: ‘no deberíamos hasta este tremendo deterioro’”. Afortunadamente la situación ha cambiado mucho, pero esta es la realidad que se vivía hace años en algunos centros. Tras su primera experiencia profesional, Rosa Martínez decidió entrar en el mundo de las residencias y en 1991 empezó a trabajar en la Fundación Santa Eulalia, donde vivió todo el proceso hacia la profesionalización. Atendían 37 usuarios, en la residencia asistida, y 12 personas más, en el centro de día.

“Entré a trabajar aquí en 1991, en una fundación todavía regentada por religiosas y viví todo el cambio hacia la profesionalización” Estaba ella sola y todo por hacer, pero no se asustó. “Yo estudié con el modelo de enfermería de Virginia Henderson, que potenciaba muchísimo la autonomía de la persona, y lo primero que requería era dar unos fundamentos de enfermería al centro de día y a la residencia en la que trabajo actualmente”, rememora. Primero empezó con el centro de día, uno de los primeros que hubo en España, constru19


yendo la historia de vida de cada usuario, la historia de enfermería, creando cada registro, porque no había nada, absolutamente nada. “Elaboré una historia de vida adaptada a las personas mayores y me basaba en las 14 necesidades de la vida diaria de Virginia Henderson. Les hacía entrevistas para detectar no sólo qué se podía satisfacer y cuáles eran sus necesidades sino también detectar sus capacidades para poder potenciarlas”.

“Ante la muerte, lo importante es que como enfermera haya podido acompañar a la persona de la mejor manera posible” El empuje de esta enfermera para extender este modelo, que sigue funcionando hoy en día, no se quedó aquí. “Aparte de atender al usuario, contactamos con su familia para que estos cuidados que recibía en el centro de día pudieran continuar en casa, insistiendo en la importancia de ayudar, por ejemplo, a que siguiera comiendo solo o que mantuviera su máxima autonomía con una readaptación del baño”. También empezó a formar el personal del centro. Entonces, todos los martes y los jueves, ella misma organizaba talleres de formación sobre aquellos temas que le habían propuesto de antemano los mismos profesionales. Hace ya casi tres décadas desde su primer día como enfermera asistencial en esta organización, pero desde entonces no ha parado de crecer profesionalmente, siempre en el ámbi20

to del cuidado de personas mayores. “Aquí he desplegado todos los ámbitos vinculados con la enfermería: la investigación, la docencia, la gestión y la asistencia. He hecho investigaciones, presentado ponencias en varios congresos, me he formado, he sido docente, tenemos alumnos en prácticas, gestiono proveedores, personal y también sigo como enfermera asistencial”. Su lista de tareas es interminable. “Ahora he asumido funciones de directora y gestiono personal, pero no me quedo encerrada en el despacho. Subo a planta para comprobar cómo han ido los cambios de turno, pregunto al personal si necesita algo, y si hay que valorar a un residente antes de derivarlo al hospital lo hago”. Tras todos estos años como enfermera en la Fundación Santa Eulalia asegura que lo más importante para ella no es hacer un seguimiento del tratamiento o de la patología de la persona mayor, aunque evidentemente es importante, sino “atenderla con la dignidad que se merece”. “Estoy aquí para acompañar a la persona mayor y para ayudarle a sacar esta fuerza que tiene en su interior que le permitirá superar los obstáculos e ir hacia adelante”. Ser enfermera le ha ayudado a afrontar las cosas con naturalidad y serenidad, también la muerte, que forma parte de su profesión. “Morir moriremos todos y lo importante, cuando te encuentras ante una persona que está al final de su vida, es que pueda afrontarlo sin dolor, con serenidad y con alguien que le acompañe. Es importante saber que como enfermera lo has hecho lo mejor posible”.

“De las personas mayores me gusta lo que aprendo y los momentos de complicidad” Rosa Martínez asegura que todo ello no le cuesta gestionarlo como profesional, ya que es una enfermera experimentada pero no deja de ser una mujer de carne y hueso. ¿Cómo gestiona trabajar tan cerca de la muerte? “Forma parte de mi profesión, pero tampoco me he hecho una coraza impenetrable, porque tengo mi sensibilidad. Las enfermeras también sufrimos nuestro propio duelo profesional. Ante la pérdida de un paciente, lo importante es reunirnos todos los profesionales que hemos hecho el seguimiento para poder afrontar la pérdida”. Para Rosa Martínez, una buena enfermera debe ser “objetiva y conocer las características del colectivo de personas con el que trata”. “Con los mayores hay que detectar sus peculiaridades, identificar qué quieren, qué necesitan y conjugarlo todo sin imponer, respetando su autonomía, para que la persona pueda salir adelante con todo su potencial y teniendo en cuenta también sus limitaciones”. Cuidar y atender personas de edad avanzada puede llegar a atrapar, y esta enfermera lo sabe muy bien. “En muchos casos, las enfermeras somos la ayuda que necesitan para que ellos puedan salir adelante, con sus propias fortalezas y debilidades. Te tratan con confianza y de ellos aprendes auténticas lecciones de vida: algunos son hombres y mujeres fuertes, que han vivido una guerra, muchas


dificultades, pero han salido adelante y ahora necesitan ser atendidos con la máxima dignidad posible”. La llegada de la vejez no siempre es fácil de aceptar, especialmente cuando se produce el deterioro. En ocasiones, hay personas que pueden llegar a tener brotes de agresividad, causados por enfermedades degenerativas o por demencias. Aun así, esta enfermera es capaz de ver el lado positivo. “Siempre hay algún momento o un instante de ternura y de complicidad, algo que me encanta de las personas mayores”. ¿Pero cómo se ve la atención al anciano por parte del resto de la profesión? Rosa Martínez, quien actualmente es tesorera de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica

y Gerontológica (SEEGG), habla sin tapujos. “Hay todavía mucho desconocimiento entre las mismas enfermeras y algunas todavía lo ven como un ámbito de segunda división, aunque ha ido cambiando”.

La atención y el cuidado a la persona mayor son muy complejos, porque hay características que son específicas por el hecho de envejecer. Si un niño pequeño requiere de una atención específica, ¿por qué no debería tenerla una persona mayor?”.

“La SEEGG nos permite a todas las enfermeras especialistas hacer un frente común”

Como vicepresidenta de la Comisión Nacional de la Especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, organismo que asesora al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad a la hora de desarrollar la especialidad, ve indispensable seguir avanzando en este camino y reconocer puestos de trabajo específicos para las enfermeras especialistas. “Hay que dar valor a la especialidad en toda su globalidad porque, si no, apaga y vámonos”.

Precisamente, uno de los objetivos de la SEEGG es ser un punto de encuentro y juntar a todas las enfermeras geriátricas “para hacer frente común, intercambiar experiencias, crecer profesionalmente y estar al día en todo lo que se está trabajando en este ámbito”.

La EMPATÍA es para mí uno de los valores que nunca deberíamos perder a la hora de cuidar. La refuerzo todos los días cuando estoy en contacto con las personas, cuando las atiendo, porque es clave que nos cuiden teniendo en cuenta nuestras necesidades y preferencias y hacerlo sin imposiciones. Así es como me gustaría ser atendida el día que sea mayor. Si algún día, ya de anciana, sufro una demencia, espero que me pongan mi pieza de música preferida, poder degustar aquel sabor o que me vistan con aquella ropa predilecta de mi armario. Y como enfermera me gustaría que las personas mayores me recuerden porque he estado a su lado desde la implicación.

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Maria Teresa Giner “Quiero volver a andar para recuperar mi independencia”

H

ace cuatro años que vivo en esta pequeña habitación de esta residencia de Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Al principio, cuando vine, solo quería morirme porque en el último brote de esclerosis múltiple, enfermedad que acarreo hace ya muchos años, me lo pasé mal, muy mal. Pero ahora estoy mucho mejor. Soy una mujer dura, que controla todo aquello que explica, también mis emociones. Ejercí como abogada durante 18 años. Había empezado a los 14 años de edad a trabajar en las oficinas de una empresa textil y más tarde de una fábrica eléctrica situada en una de las zonas industriales de Barcelona. Durante aquellos años que estuve en las oficinas, como administrativa, viví muchos conflictos laborales de cerca, porque mi hermana y todas mis amigas trabajaban en la fábrica y yo me sentía parte de estas reivindicaciones. Era la década de 1980 y nosotros trabajábamos fuera del convenio laboral y no teníamos representación sindical. Si los empleados de la fábrica convocaban paros en el trabajo, me unía a ellos, pese a

estar en las oficinas. Entonces recuerdo que todavía era muy joven, solo tenía 19 años de edad y a mi lado había mujeres ya muy mayores que también decidían parar. Estas valientes sí que se la jugaban, porque si las despedían seguro que iban al paro pero seguro que, por su edad, ya nadie las querría contratar para un nuevo empleo.

“Ser abogada fue mi pasión, se me abrió mi vocación en la empresa donde trabajaba a raíz de las reivindicaciones laborales” En medio de todo aquel ambiente decidí empezar a estudiar Derecho y compaginé durante varios años mi trabajo con la universidad. La matrícula y todos los estudios me los pagué yo de mi bolsillo, pues mi familia era humilde. Nací el 25 de agosto de 1946 en Sants, un barrio de tradición obrera de Barcelona. Soy la pequeña de tres hermanos —los dos ya fallecieron— y mis padres no tenían dinero. Mi abuela fue también una mujer con

muy pocos recursos. Solo sabía hablar en catalán, y durante la posguerra pasó mucha hambre. En su casa eran 16 hermanos. Ser abogada fue mi pasión, se me abrió mi auténtica vocación por todas las reivindicaciones laborales que había vivido en la empresa. Nada me daba miedo, sabía que, pese a todo, tenía que luchar por mi hermana y también por mis amigas de la fábrica. Cuando me titulé, en 1992, toqué los ámbitos de penal, civil y laboral, pero lo que realmente me atrapó fue convertirme en abogada del turno de oficio. En aquella época me hubiera gustado escribir todas las historias que viví y que ahora guardo en mi memoria. ¡Me gustaba tanto! Recuerdo cuando me llamaban a la una de la madrugada para ir a asistir a algún detenido. Quienes más me impactaban eran los más jóvenes, como aquel chico nacido en el Prat de Llobregat que fue detenido por robar una bicicleta. No tenía padres y estaba bajo la custodia de su abuela.

“Me hubiera gustado escribir todas las historias que viví durante los 18 años que estuve en el turno de oficio” Al llegar, yo sabía que no les podía decir lo que debían declarar, pues estaba bajo la mirada atenta de la policía, que controlaba todos mis comentarios. Esto era muy difícil, pero aquel niño fue muy avispado. —¿Por qué robaste la bicicleta? —le preguntó el agente policial. 23


—Para quedármela —le contestó sin ningún tipo de acritud. Y entonces, yo, sin que se me notara demasiado, le dije en voz baja: “Para usarla y devolverla…”. —Señora letrada, esto usted no lo puede decir. Como siga así vamos a llamar a su colegio profesional —me replicó aquel policía, al advertir mi chivatazo. —Pero señor, ¡si no me estaba diciendo nada! —le espetó el chico, que ya se había dado cuenta de mis intenciones.

“Me tuve que jubilar anticipadamente porque mis piernas ya no daban más de sí” Esta historia forma parte de mi archivo de anécdotas personales de aquella época. Estuve en el turno de oficio todo lo que me dejó mi enfermedad, que se me declaró al cumplir los 38 años de edad. Aun así, la esclerosis múltiple me permitió muchas temporadas de tranquilidad, entre brote y brote, y las supe aprovechar hasta el final. Entonces pedía ayuda a familiares y alguna vez a los propios traductores para que me acompañaran, porque en aquellos años en los juzgados no había ascensores y para ir a ver a los detenidos debía bajar cuatro pisos. Pero hubo un momento, al cumplir los 63 años, antes de lo previsto, en que ya no pude más. Mis piernas no daban más de sí. Me vi obligada a dejar atrás mi carrera, mi vocación. 24

Nunca me había importado tener dinero, tampoco lo necesitaba, porque cobraba de los casos que tenía y, por suerte, nunca me faltaron clientes. A todos ellos les facilitaba diálogo, pero también me gustaba gestionar los casos con rectitud. En aquel entonces yo vivía sola en un piso cercano a esta residencia en la que estoy ahora. A lo largo de toda mi vida me había ido comprando muchos libros que, debido al ritmo de trabajo que llevaba, no había podido leer. Y pensé: “Teresa, ahora es el momento”. Pero entonces sufrí un nuevo brote y se me rompió todo. Pese a que mi hijo pequeño me ofreció ir a vivir a su casa, yo tuve claro que él debía seguir con su vida y su familia. Buscamos entonces una residencia cerca de su casa y después fui a parar al centro donde vivo actualmente. Sentí que ir a una residencia es lo que debía hacer. Lo hice por mis dos hijos, pero también porque a mí me gusta tener mi espacio, decidir y hacer lo que me apetece.

“Deshacerme de mis libros para ir a vivir a la residencia fue uno de los peores momentos” Pero entonces vino lo peor. Decidimos que debía alquilar mi piso para poder pagar todos los gastos y me tuve que ir desprendiendo de todos mis libros. ¿Qué hacer con todos los que tenía y que poco a poco había ido comprando y coleccionando para mi biblioteca particular?

Algunos los tiramos, otros los dimos y, al final, solo me pude llevar unos pocos. Algunos de estos títulos copan ahora la pequeña estantería que tengo en mi habitación. Podemos encontrar libros muy variados, pero los hay de Pablo Neruda, Miguel Hernández o Miquel Martí i Pol, poetas cuyas obras me aportan realismo, pero que también me ayudan a imaginar todo aquello que no se ve pero se siente.

“Todavía tengo ánimos para seguir interesándome por las cosas” Mi vida en la residencia está muy marcada por los horarios de las comidas. Todas las mañanas, después de levantarme y desayunar, voy a buscar el periódico —tenemos uno en catalán y otro en castellano—. Me lo combino con otra señora, a quien también le gusta leer la prensa. Y cuando ella acaba recorto las páginas que me interesan, las guardo y las voy leyendo poco a poco. Todavía tengo ánimos para seguir interesándome por las cosas, aunque la política me cansa, porque estoy muy decepcionada. Todos los sábados, desde que vine a vivir a la residencia, me desplazo con mi silla de ruedas hasta un bar cercano, me tomo mi cortado y me pido mi pasta, con la que me regalan tres más. Una se la doy a Tonet, un señor de 90 años de edad que vive en la habitación de al lado, y las otras pastas se las regalo a Núria y a Consuelo. Por la mañana, a la hora de vestirme, me cambio sola la parte de arriba, las cuidado-


ras me ayudan a asearme y también en el momento de la ducha. El día anterior me preparo todos mis enseres, la ropa que me pondré al día siguiente, el champú, el desodorante y el suavizante de pelo. Cuando me levantan, cojo todo lo necesario y nos vamos al baño.

“El futuro no me da miedo, aunque evidentemente lo veo limitado” En los últimos años estoy mucho mejor, pero lo que más me ha ayudado ha sido reencontrarme con el que fue mi compañero de vida durante 20 años. Hace cinco años nos volvimos a llamar y desde entonces nos vemos

todos los domingos y salimos a pasear. Él me ha ayudado a volver a la vida, porque al final el amor siempre es clave. Antes de sufrir mi último brote, en el que me quedé sin movilidad en las piernas ni en los brazos y también perdí momentáneamente la visión, con Vicenç nos íbamos a caminar durante cuatro o cinco horas todos los domingos, para estar en contacto con los árboles y la naturaleza, algo que ahora echo en falta.

pueda mover con cierta comodidad, y esto me facilita mucho la vida. Dos días a la semana voy al Hospital Vall d’Hebron para que me enseñen a caminar. Nadie sabe si podré recuperar la movilidad pero yo sigo yendo. Lo más importante es volver a andar, recuperar la autonomía y mi plena independencia. Espero poder conseguirlo, pero a estas alturas no sueño nada. Sigo controlando las situaciones, también mi vida.

Cuando pienso en el futuro no me da miedo, aunque evidentemente lo veo limitado. Todavía tengo ganas de salir, de comprarme nuevos libros y de seguir leyendo y aprendiendo de todo, aunque últimamente me lloran los ojos. Vicenç conoce todas las estaciones de metro que están adaptadas para que yo me

Las enfermeras y las cuidadoras me atienden muy bien, pero a mí lo que me gusta es pasar desapercibida y que me ayuden lo mínimo posible, por lo que intento no pulsar mucho el avisador que tengo justo encima de la cama. En mi casa me levantaba, hacía los pedidos de compra por internet y subía y bajaba con la silla de ruedas a la calle. No quiero que me cuiden, quiero caminar, ir por el mundo sola y recobrar mi total INDEPENDENCIA.

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Xènia Sist

un sello especial, y también durante aquella etapa empezó a trabajar como auxiliar, en el turno de noche, en el hospital.

Jefa del Área de Enfermería del Paciente Crítico y de la Unidad de Geriatría de Agudos del Hospital General de Granollers (Barcelona)

“Con la persona mayor se está perdiendo el trato de usted, y le debemos un respeto por lo que fue y es ahora”

N

os abre las puertas de su casa para dirigirnos hasta el salón, donde durante un par de horas nos explicará qué es y cómo se siente una enfermera como ella, mujer ocupadísima, que además de gestionar varias áreas del Hospital General de Granollers (Barcelona), con un centenar de profesionales, hacer la tesis doctoral y formar parte de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica (SEEGG), es madre de dos niñas pequeñas. Durante cinco años ha llevado un ritmo estresante con “tesis, trabajo, niñas y la SEEGG que me ha llevado a preguntarme si realmente quería eso”, asegura. Al fin, cuando llega la sesión de fotografías, se sienta en un sillón para dejarse acariciar por el sol que entra por el cristal de la ventana de su comedor. Simplemente sigue las indicaciones de la fotógrafa y se deja guiar. “Hay que disfrutar el momento”, se dice para sus adentros, un lema que aprendió ya hace muchos años atrás y del que todavía guarda alguna que otra huella en una parte de ella 26

misma, poco visible para la mayoría de las personas que trabajan con ella. Meses más tarde se volverá a repetir una escena parecida, pero en el exterior, junto a un parque cercano a la Sagrada de Familia y a los antiguos pabellones modernistas del Hospital de Sant Pau, en la capital catalana. Esta es la ciudad que vio crecer a Xènia Sist (Barcelona, 26 de marzo de 1975) y por la que todavía se siente cautivada cuando se trata de hablar de la genialidad del arquitecto Antoni Gaudí o de artífices del Modernismo como Lluís Domènech i Montaner.

“Las enfermeras no vamos a salvar vidas, porque no curamos, cuidamos” El entorno histórico del antiguo Hospital de Sant Pau —ahora reconvertido en un recinto modernista abierto al público— es para esta enfermera un referente. Estudió en la entonces Escuela de Enfermería, lo que imprime

En aquel centro, que ella sigue considerando su casa, también realizó sus primeras prácticas como estudiante de Enfermería y allí, con 19 años de edad, tuvo su primer contacto con la muerte, aunque no presenció el momento final. “Fue una sensación rara. Vi la cara de una mujer ya mayor con el rostro muy relajado. Y me acuerdo del silencio y de cómo las enfermeras comentaban la situación, con el máximo respeto y con tranquilidad”. Fue durante su primera semana de prácticas que aquella aspirante a enfermera asegura haber vivido su primera crisis. “Casi me desmayé cuando vi como un médico cosía un punto que le había saltado a un paciente. Yo no veía nada, ni la herida ni la sangre, solo la cara de aquella persona, que se notaba que estaba sufriendo”. Entonces, se preguntó: “¿Serviré para esta profesión?”. “Más tarde descubrí que no me marea la sangre, sino que me conmueve ver sufrir a otra persona cuando no le toca y, en aquel momento, se podría haber evitado”. De hecho, la pasión por ser enfermera había nacido de su interior muchos años antes de entrar en la escuela de Sant Pau. “No me gusta hablar de vocación enfermera, pero para estudiar Enfermería se requiere una implicación, un sentimiento y tener una visión humanista en el cuidado de la persona. No vamos a salvar vidas, porque no curamos, cuidamos. Es mi bandera”.


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Con solo dos años, ya le decía a su madre que quería ser “fiambrera”. “Entonces me gustaban aquellas enfermeras que salían al pasillo de la sala de espera para anunciar: ‘El siguiente, por favor’”. Meses antes, en casa de sus abuelos le hicieron una fotografía con un disfraz con el delantal de enfermera y la capa, vestuario que ya forma parte del pasado histórico de la profesión.

“Siempre quise ser enfermera, y aún hoy me paso el día reivindicando mi profesión” El día en que Xènia Sist consiguió su título universitario sus padres le regalaron enmarcada una vieja fotografía suya, de muy pequeña, disfrazada con el atuendo de enfermera de la que ella ni se acordaba. “Siempre quise ser enfermera, lo he tenido claro toda la vida y aún hoy me paso el día reivindicando mi profesión”. Tras una etapa de dos años, ya como enfermera en Urgencias, donde aprendió la técnica y a tomar decisiones rápidas, decidió marcharse a Inglaterra para aprender inglés y abrir nuevos horizontes. Entró a trabajar en el Frenchay Hospital, en Bristol, un centro público con unas mejores condiciones y una ratio de pacientes por enfermera que nada tenía que ver con la que ella había vivido en Barcelona. ¿Pero en qué momento empezó a interesarse por el cuidado de la persona mayor? Fue en el momento de su retorno definitivo, cuando se fue a trabajar al Hospital de Mataró (Bar28

celona) y le asignaron las áreas de Medicina Interna y Geriatría de Agudos.

mí me ponen a pie de cama y simplemente soy feliz”.

El centro montó una Unidad Geriátrica de Agudos, dirigida a aquellas personas mayores a las que se les hacía un seguimiento por parte de un equipo formado por un médico y una enfermera para ayudar a la prevención de toda su fragilidad con el objetivo de seguirlas de cerca y ayudarlas antes de recibir el alta.

Le gusta estar en contacto con las personas mayores, trabar un vínculo de confianza e interesarse por sus historias de vida, pero aunque empatice con ellas se intenta proteger para evitar hacer propios los problemas ajenos. Es por esto que nunca olvida trabajar con el uniforme; todavía hoy, siendo gestora, se sirve del mismo atuendo, porque es una ayuda en forma de coraza.

La sorpresa de esta enfermera fue mayúscula, porque en aquel momento, en su hospital, habían montado un dispositivo idéntico al que había conocido en el hospital de Bristol. Durante aquella etapa en Mataró empezó a entrar en el mundo de la investigación, algo que le apasiona y que le ha llevado a hacer su tesis doctoral y a convertirse en la primera enfermera doctora del centro en el que trabaja actualmente.

“La confianza que la enfermera traba con el paciente hace romper ciertas barreras que quizá él no desea”

Fue también en aquellos años cuando pasó a asumir tareas vinculadas con la gestión, que al principio seguía compaginando con la asistencia hasta que ganó la plaza de coordinadora, tras formarse en este nuevo ámbito.

Actualmente, como jefa del Área de Enfermería del Paciente Crítico y de la Unidad de Geriatría de Agudos, sigue teniendo una visión privilegiada del trato y el cuidado que se ofrece a las personas mayores. “Para cuidar, la enfermera debe ser empática y ser cuidadosa con la comunicación. A veces escucho hablar de la persona mayor como el abuelo, y se está perdiendo el trato de usted. Hay que tratarla con respeto por lo que ha sido y por lo que es actualmente. La confianza que la enfermera traba con el paciente hace romper ciertas barreras que quizá la persona no desea”.

Al dar el salto para ir a trabajar al Hospital General de Granollers, para ocupar su actual cargo de gestión, se distanció del contacto diario con el paciente, que todavía hoy añora. “Me gusta mucho la gestión, pero a

¿Qué le falta hoy en día al colectivo enfermero? Xènia Sist lo tiene claro, clarísimo: “Creer y entender su propia profesión, tener confianza en nosotras mismas y defender nuestro rol autónomo. Nos falta responsabilidad

“Me gusta mucho la gestión, pero me ponen a pie de cama y soy feliz”


en la toma de decisiones y poder argumentar todo lo que hacemos”. Ahondar en la investigación y especialmente registrar todos los actos que se llevan a cabo es una de las vías para justamente poder argumentar y lograr la ansiada visibilidad de la que tanto hablan la mayoría de las enfermeras. ¿Pero por dónde empezar? En su momento optó por centrarse en su tesis doctoral sobre la prevención de la fragilidad. Y es que cuidarse es siempre básico. “La prevención geriátrica no puede empezar a los 70 años de edad, sino a los 50. A través de un ensayo clínico demostré que si la persona incorpora ejercicio físico se deteriora más despacio”.

“Todos llegaremos a ser personas mayores y requeriremos del cuidado enfermero” Hoy en día casi todas las unidades de los hospitales son geriátricas. “Todos aspiramos a ser personas mayores y deberemos ser cuidados por enfermeras. Cuando yo llegue a esta edad me gustará que me cuiden y que me cuiden bien”. “¿Por qué, entonces, no luchar por la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, que todavía es invisible, poco reconocida y la hermana pobre de todas las especialidades?”, se pregunta.

Estas son las enfermeras que cuidan a la persona en la fase final de la vida y que dejan huella, porque quien recibe sus cuidados sabe que ellas estarán a su lado hasta el último suspiro. Para Xènia Sist, actual vocal de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, sociedad que también tiene presente a las auxiliares enfermeras, lograr la visibilidad de esta especialidad es una de las claves que debería llevar al pleno reconocimiento. “Debemos conseguirlo, porque es a través de esta especialidad que se trabaja a fondo lo que yo siempre he querido desarrollar como enfermera: el cuidar y el prevenir”.

La enfermera que cuida de la persona mayor debe actuar con FLEXIBILIDAD, ser abierta de miras, aceptar al otro y no prejuzgar. Seguramente es un valor que deberían cumplir todas las enfermeras, pero cuando se trata de atender a este colectivo de población, con toda una historia de vida y unas vivencias de largo recorrido, esta cualidad es indispensable. Así es también cómo me gustaría que me cuidaran cuando llegue el momento. Quiero que, aparte de esto, me traten con respeto, siendo yo y no considerándome un número, desde la empatía, dando respuesta a mis deseos y preferencias, y teniendo en cuenta la experiencia vivida y mi propio entorno.

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Josep París

rían ir al velatorio. Es un tema que como sociedad no tenemos resuelto”.

Director de desarrollo corporativo de Servicios Funerarios de Barcelona – Mémora

“Hemos matado a la muerte”

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aja a la calle con paso decidido, para situarse a pocos centímetros del carril bici de su ciudad y dejarse retratar sin temor. A Josep París (Barcelona, 10 de agosto de 1963) las novedades en la vida no le dan miedo, al menos aparentemente, aunque como enfermero con una larga trayectoria en la gestión le gusta tenerlo todo controlado. En 2011, tras 24 años trabajando en el ámbito sanitario, dio un salto más: se fue a trabajar al sector funerario para aportar su mirada enfermera, humanizar el final de la vida e intentar poner en contacto dos mundos que tradicionalmente se han dado la espalda: los ámbitos sociosanitario y sanitario con el funerario. “Existe una línea que separa el ámbito sanitario y el funerario: el profesional de la salud deja el difunto en un mortuorio y, en la mayoría de los casos, no sabe qué pasa después. Y entonces llega el profesional funerario, quien desconoce qué pasaba y cómo era la persona fallecida y sus allegados”, explica de manera didáctica. La labor de este enfermero, especialista en geriatría, consiste justamente en intentar que esta línea sea una franja en la 30

que convivan profesionales de ambos ámbitos y que conozcan qué hacen.

Por todo ello, desde su empresa han empezado a crear herramientas de sensibilización sobre el proceso del final de la vida o lo que, en otras palabras, es el último tramo que nos llevará indefectiblemente hasta la muerte. “Porque morir, morimos todos, pero antes de morir hay un proceso de final de vida de la persona, y a su alrededor no solo está su familia sino también los profesionales que les acompañan”, apunta.

“Todavía hoy nos preguntamos si los niños deben ir al velatorio” “Nos hemos dado cuenta de que como sociedad vivimos de espalda a la muerte, porque aunque está presente en los medios de comunicación, pronto pasamos página. Es como si hubiéramos matado a la muerte, porque la ocultamos y nos seguimos preguntando, todavía hoy, si los niños debe-

Todos tenemos miedos y tabúes. Todavía hoy recuerda sus primeros años como estudiante de Enfermería, él, que escogió aquellos estudios un poco por rebote, dejándose llevar por un impulso. Inicialmente no tenía ningún interés por estar cerca de las personas, y los primeros meses en la facultad tenía claro que se dedicaría a hacer análisis clínicos para estar al lado de las máquinas y no de los pacientes.

“En mi caso se demuestra que ser enfermera se hace, no se nace” Pero a los 20 años, cuando todavía estaba estudiando la carrera, su visión dio un giro inesperado y se le rompieron los esquemas. Un sábado de 1985 empezó a trabajar como auxiliar en el Instituto Guttman, centro especializado en la rehabilitación de personas con lesión medular, daño cerebral adquirido y otras discapacidades. “El primer impacto fue tremendo: vi a personas de mi edad con las capacidades limitadas, jóvenes que habían quedado tetrapléjicos por un accidente de tráfico o, peor aún, por intento de suicidio”, rememora. Salió tan desencajado emocionalmente que al día siguiente su padre lo acompañó hasta la puerta del centro para cerciorarse de que regresaba a su puesto de trabajo de fines de semana. Entonces descubrió lo que realmente podía aportar, primero como auxiliar y, luego, ya


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titulado, como enfermero. “Yo podía ser las manos y las piernas de aquella persona, podía ser su prolongación. Es impactante ver cómo estas personas parapléjicas pueden llegar a jugar a baloncesto en sillas de ruedas y pueden hacer posible lo que a muchos nos parecería imposible. Tener limitadas las capacidades no tiene que ver con perder la autonomía”. Su experiencia demuestra que se puede ser enfermera sin vocación: “Mi caso es un ejemplo: uno como profesional se hace, no se nace. De no querer estar al lado de las personas, nada más empezar me encantó todo el ámbito del paciente crónico y, al final, acabé en las antípodas de lo que yo pensaba”.

“Tener limitadas las capacidades no tiene que ver con perder la autonomía” Tras finalizar sus estudios, eligió trabajar en el Hospital de Mollet del Vallès (Barcelona), donde empezó como enfermero en el Servicio de Diálisis, en el turno de noche. Al cabo de unos años, siendo todavía muy joven, pasó a ser supervisor de la Unidad de Diálisis y también compartía la supervisión de la Unidad de Medicina Interna. “Me dieron esta oportunidad, me pareció una proyección interesante, no tuve miedo y acepté. Nunca perdí el contacto con el paciente y siempre pisé el suelo, porque me gustaba pasar visita con las enfermeras y los médicos”. Como supervisor de la Unidad de Medicina Interna participó en el diseño de una Unidad 32

de Convalecencia de media y larga estancia, dirigida a personas que estaban una media de dos meses ingresadas. Allí contactó por primera vez con la atención de las personas mayores. Al cabo de poco salió a concurso público la gestión de una nueva residencia pública, y la misma sociedad que gestionaba el Hospital de Mollet constituyó una asociación sin ánimo de lucro para presentar el proyecto. Una vez más, Josep París participó en aquella iniciativa, ya como enfermero experto en pacientes con dependencia. Nunca se imaginó que llegaría a ser su futuro director, pero ganaron el concurso y le ofrecieron el puesto. Y una vez más aceptó el reto.

“La vida de la persona que llega a la residencia se reduce a lo que lleva en su maleta” Estuvo siete años gestionando la residencia Santa Rosa, en la que intentó potenciar al máximo el rol autónomo de la enfermera y fortalecer su protagonismo. “Teníamos enfermera las 24 horas del día, era la responsable del plan de cuidados y la líder de todo el equipo interdisciplinar —formado por un médico, un fisioterapeuta, una trabajadora social y un terapeuta ocupacional—”. En este ámbito la enfermera “se puede desarrollar al 100 %”, es decir “desplegar todo su cuerpo de conocimientos, sin intervención de otros profesionales”. Si hay alguna imagen que todavía mantiene en su retina es la de personas de 70 u 80 años de edad que llegaban a la residencia con una o dos maletas, en las que cargaban

toda su vida. A lo largo de los años “vamos acumulando ropa, fotografías, libros y papeles, y luego, en un momento determinado, porque ingresas en una residencia, debes tomar la decisión de desprenderte de todo ello e ingresar únicamente con una maleta”. Hay personas mayores que han pasado a formar parte de su memoria como enfermero para siempre. Como la de María Jiménez, una mujer que llegó al centro con una bolsa de supermercado, en la que llevaba todos sus enseres, y con 52 pesetas (0,32 euros) en la libreta de ahorros del banco. Al entrar, lo primero que hizo fue besar a todo el personal y darle las gracias por haberla acogido. “A esta señora, que era poeta, le gestionamos la pensión y le ayudamos a publicar un libro”, rememora. Del trato con las personas mayores aprendió a ser paciente y a tener presente que “por bien que te vaya la vida, todo puede cambiar, y que hay que dar valor a todas las historias que los ancianos llevan consigo”. En 2002 hizo un nuevo paso adelante profesional y se presentó a una candidatura, presidida por la enfermera Mariona Creus, para entrar a gobernar el Colegio Oficial de Enfermeras y Enfermeros de Barcelona. Ganaron y compatibilizó el cargo de gerente con el de secretario y tesorero de la junta de gobierno. Su objetivo fue claro: “preparar un colegio fuerte y potente en el que las enfermeras se sintieran representadas, desplegar al máximo los servicios profesionales y convertirlo en un espacio necesario para representar la profesión”.


“La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica ha tenido un papel fundamental en el reconocimiento de la especialidad” Hasta 2010 fue miembro de la comisión que, en el marco del Ministerio de Sanidad, desarrolló el plan formativo de la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, junto con otros miembros, socios también de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), de la que también participa desde sus inicios. “La especialidad costó mucho de

reconocer y allí la SEEGG ha tenido un papel fundamental. Hay que seguir dando un impulso a la especialidad para que sean las enfermeras especialistas las que planifiquen y lideren el cuidado de las personas mayores”, apunta. Y socialmente también hay mucho trecho por recorrer. Algunas personas todavía no se atreven a hablar de la vejez ni tampoco a planificarla. “No solo es cuestión de planificarlo económicamente sino de tener claro qué se quiere hacer en la etapa previa, cuando llega la jubilación, y la persona, habitualmente todavía con un buen estado de salud, dispone de tiempo para poder dedicarse a aquello que siempre le gustó y a atender lo que la escritora Rosa Regàs denomina vocaciones ocultas”.

Para trasladar estas reflexiones sobre el envejecimiento y el final de vida, Josep París creó en 2012 el blog Cata de vida (www.catadevida. com). Fue una manera de crear un rincón que se erigiera como un pequeño altavoz para todas aquellas personas que piensan sobre ello pero que no se atreven a escribirlo. A veces, seguramente, por el propio tabú que hay detrás. Porque si algo tiene claro este enfermero, que se autodenomina profesional en permanente construcción, es que hoy en día vivimos en la era del consumo rápido, en la que todo aquello que nos parece que no tiene utilidad lo podemos eliminar. “Seamos sinceros, vivimos de espaldas a la vejez, como si nunca fuéramos a llegar a viejos”, apostilla.

¡Pobre enfermera, la que tenga que cuidarme cuando sea mayor! Soy consciente de que cuando pase al lado del paciente seré mucho más crítico a la hora de valorar a las enfermeras. Ahora se habla mucho del modelo centrado en la persona como si fuera una novedad, pero me parece un concepto vintage, porque en 1984, cuando yo estudiaba Enfermería, ya hablábamos de ello. Hacer sentir que la persona está en el centro, ser tolerante y sobre todo promover el RESPETO son siempre las claves para una buena atención.

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Lourdes Jiménez Profesora de la Facultad de Enfermería de Soria

“Las oportunidades para la enfermera que se dedica al cuidado de la persona mayor son infinitas” Al empezar los estudios de Enfermería, la mayoría de las aspirantes se sienten atraídas por ámbitos de la disciplina en los que habitualmente no se incluye el cuidado de personas mayores. ¿Para qué negarlo? Esta enfermera, de gestos prudentes, mente reflexiva y hablar tranquilo, es consciente y, por eso, intenta captar la atención de los alumnos cuando entra en el aula. El primer día de clase, Lourdes Jiménez (Tudela, Navarra, 15 de julio de 1962), profesora de la asignatura de Enfermería Geriátrica de la Facultad de Enfermería de Soria, les pide, por un momento, que “cambien el chip”; anuncia que “van a hablar de viejos” y pregunta qué saben y cómo les ven. Y de aquella primera reflexión sale una lluvia de ideas, inicialmente con aspectos negativos, fruto de lo que refleja la sociedad. Pero de repente, la audaz profesora les toca la fibra sensible preguntándoles por sus abuelos. ¡Y zas!, se les enciende la bombilla. “Entonces empiezan a hablar de sabiduría, experiencia y dicen de las personas mayores que son cariñosas y amables”. 34

Tras finalizar este debate, propone a sus alumnos un nuevo ejercicio para el próximo día de clase, consistente en fijarse dónde ven a los mayores. Al final logran verlos con sus nietos, haciendo gestiones en el banco, en la terraza de un bar o en el supermercado, en sitios que los mismos jóvenes frecuentan. “Quiero que se den cuenta de que la vejez es mucho más de lo que ven”.

“La vejez es mucho más que lo que se ve” Como a muchas otras, a esta enfermera le mueve la pasión por su profesión, se le nota al hablar. No escogió este camino por casualidad, pero inicialmente tampoco lo hizo porque tuviera una gran vocación. Su madre falleció de pequeña y en aquel entonces echó en falta por parte del profesional que le atendió “un trato más humanizado con la familia”. “Me propuse que esto no podía suceder”. Seguramente aquella experiencia tan personal, pero también el hecho de tener tres primas enfermeras, quienes le animaron a elegir

esta opción, influyeron en su decisión. “Me enseñaron lo importante que es la superación y me mostraron que habían elegido una opción en la vida que les hacía felices”. Antes de acceder a la entonces Escuela Universitaria de Enfermería Dr. Sala de Pablo de Soria, facultad en la que hoy es profesora, tuvo que realizar unas pruebas de acceso, que incluían una semana de prácticas.

“En 1984, las enfermeras todavía no podíamos impartir asignaturas en muchas escuelas universitarias” Le asignaron la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital General de esta ciudad y allí vivió una de las experiencias más duras, la del primer contacto con la muerte. “Entró una niña de 15 meses, que había sido atropellada por su tío tras poner el coche marcha atrás y no percatarse de la presencia de la pequeña”. El desenlace fue “triste, tremendo”, pero con el apoyo de las enfermeras aquellas estudiantes lograron gestionarlo. Finalmente, ingresó a la escuela y desde el principio le gustaron todas las materias de la carrera, que en aquel entonces ya era diplomatura universitaria. “Me encontré con que la formación no era solo técnica, sino que también te enseñaban a acompañar y cuidar a la persona. Y esto me acabó llenando”. Ya con el título universitario se fue a Madrid, donde trabajó durante un año y medio como enfermera asistencial, pero en 1984 regresó a Soria para cubrir una baja por maternidad


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en la escuela donde había estudiado. De esta manera, inició su larga trayectoria como docente, que, desde entonces, le ha permitido vivir de manera muy directa la transformación de los estudios de Enfermería. “Al principio entré como monitora, ayudaba a los estudiantes en su práctica clínica, pero las asignaturas teóricas las daban médicos con el título de doctor y tampoco había enfermeras responsables de las asignaturas”, explica. Lourdes Jiménez empezó poco a poco, pero de manera firme, a abrirse camino. En aquel entonces, “algunas tuvimos que pelear para entrar en la junta de profesores”, rememora. Pero con esfuerzo, perspicacia y sin abandonar nunca, finalmente lograron su primer objetivo. Cuando por fin consiguió ser responsable de una asignatura, empezó con la materia de Enfermería Médico-Quirúrgica, pero a ella, lo que de verdad le atraía, era la geriatría, ámbito que había conocido en su etapa como enfermera en el Hospital Central de Cruz Roja de Madrid.

“Del ámbito geriátrico me atrajo el hecho de ver a la persona mayor con todas sus capacidades” “Me gustó esta visión holística, el hecho de poder ver a la persona con todas sus capacidades, no solo valorar lo que le falta, sino especialmente lo que tiene. También me atrajo el trabajo en equipo. Hasta aquel momento no había visto compañeros médicos con esta 36

necesidad de comunicación con el resto de los profesionales”. Así fue como Lourdes Jiménez, siendo ya profesora de la Escuela de Enfermería, entraba en el aula, con los estudiantes, para asistir a las clases de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, que entonces impartía el médico Isidoro Ruipérez. Cuando finalmente aquella asignatura logró incorporarse en los planes de estudios, ella se formó adecuadamente para acabar, por fin, dando clases de esta materia.

Años antes, esta enfermera hizo algo poco usual, que demuestra la honestidad y la valentía de esta mujer. En 1990 decidió pedir un año de excedencia, que finalmente se convirtieron en dos, y cambiar las aulas por el ámbito asistencial. Trabajó haciendo sustituciones en centros de atención primaria del ámbito urbano y rural. “De repente pensé que no podía estar enseñando algo que no había vivido porque el sistema sanitario estaba cambiando mucho y necesitaba moverme”.

“El perfil de la persona mayor está cambiando y las instituciones deben saber adaptarse a sus necesidades”

Fue en aquel momento cuando empezó a tomar contacto con la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), que acababa de nacer. “Participé en los talleres docentes de la SEEGG, lo que me dio mucha seguridad, porque a partir del año 1990 la asignatura de Enfermería Geriátrica pasó a ser obligatoria y no optativa, por lo que se tuvo que elaborar un nuevo plan de estudios”. Tuvo la oportunidad de compartir y buscar apoyo en enfermeros referentes en el ámbito de la docencia como Javier Soldevilla y Misericordia García, pero también con Esperanza Ballesteros, Pilar Torres, Marilia Nicolás, Cristina Castanedo o María Victoria García.

Lourdes García analiza los cambios que ha experimentado durante estos años el modelo sanitario y social en España, y reconoce que, por encima de todo, “hay que modificar el sistema sanitario, porque procede de la década de los años 60”. “La población cambia a pasos agigantados, también el perfil de las personas mayores, y hay equipos de profesionales e instituciones sanitarias y sociales que están haciendo un gran esfuerzo para adaptarse a sus necesidades, pero hay que seguir en ello”.

En 2006 pasó a ser directora de la escuela, cargo que desempeñó hasta 2013. Su etapa al frente de la dirección coincidió primero con la incorporación de la escuela al campus universitario de Soria y, más tarde, con la transformación de los estudios de Enfermería —de la diplomatura universitaria al grado actual—.

Ella tiene esperanza en el cambio y así se lo transmite a sus alumnos, a quienes les contagia las ganas de transformación, también desde el ámbito de la enfermería geriátrica. “Las personas mayores lo que necesitan son principalmente cuidados, y allí la enfermera tiene unas grandes oportunidades, son infinitas”.


“Si asume este papel de liderazgo, que le corresponde, con la capacidad de innovación y creatividad que tiene, puede generar servicios que todavía hoy no existen en todo el mapa español para atender a este grupo de población”. Se trataría, por ejemplo, de crear dispositivos, gestionados por enfermeras, que ofrezcan tutelaje y cuidados a la persona mayor una vez recibe el alta del hospital y antes de que vuelva a su domicilio. Para lograr estos cambios, confía en la fuerza del colectivo enfermero, pese a que “nos falta creernos el potencial que tenemos dentro de las instituciones”. “Aportamos un importante valor añadido a la sociedad y no sabemos proyectarnos ni tampoco vender lo que hacemos, nos falta visibilidad”.

“Las enfermeras aportamos un importante valor añadido a la sociedad, pero no sabemos darle visibilidad” Esta enfermera, de aspecto dulce pero de convicciones firmes y empuje, ha estudiado a fondo el cuidado invisible, con el Grupo Aurora Mas de Investigación en Cuidados e Historia de la Enfermería de la Universidad de Zaragoza.

corrientes humanistas del pensamiento enfermero, que quedaron desterradas durante la dictadura franquista. Hoy en día, por suerte, en España hay decenas, centenares y miles de Aurora Mas. Algunas son ya luchadoras incansables y otras solo deben proponerse asumir nuevos retos, ser insistentes en su empeño, no darse por vencidas y que les dejen brillar.

En el momento de su creación, este equipo, impulsado por la doctora Concha Germán, quiso sacar a relucir la figura de esta enfermera de la Segunda República española, formada en salud pública y defensora de las

Cojo la tiza entre mis dedos para condensar en una única palabra el valor de cuidar de las enfermeras dedicadas al cuidado de las personas mayores. ¿Por dónde empezar? De repente, se me ocurre una idea que daría para una larga reflexión. Las enfermeras que atendemos a personas mayores debemos actuar desde la COMPASIÓN, es decir, poniéndonos en el lugar del otro, detectando qué le está pasando, cómo se está sintiendo, para finalmente poderlo cuidar. Y después hay que actuar también CON PASIÓN, porque… ¿qué haríamos en la vida si no actuáramos desde el optimismo, la implicación y la positividad?

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María Mercedes Ferrín “La vejez es un estorbo terrible pero hay que asumirla”

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ace casi cuatro años que vivo en esta residencia de ancianos de Oviedo. Nací en Vigo y mi etapa de infancia y de juventud estuvo vinculada al mar. Me gustaban los deportes náuticos, era balandrista, nadadora y cuando era joven practicaba la pesca deportiva. De hecho, antes de casarme y después de hacer la carrera de perito mercantil, fui secretaria del club náutico de mi ciudad. Todavía hoy cuando veo el mar me devuelve momentos de felicidad, como cuando de pequeña iba los domingos de verano con mis hermanos y mis primos en el balandro que tenía mi tío. “¡Todos al agua!”, nos decía cuando ya estábamos bien entrados en el mar. Y entonces nos zambullíamos dentro hasta cubrirnos por completo.

“Pasear alrededor del mar es mi pastillita de la felicidad” Para mí el mar es un placer, siempre remé, siempre nadé. Verlo ahora y poder pasear junto a la orilla es mi pastillita de la felicidad, aunque, claro está, las montañas de Asturias 38

también me gustan, pero Galicia siempre fue y será mi tierra. El mar siempre será el mar. Vine a la vida en 1933 y fui la pequeña de tres hermanos. Crecí en un ambiente intelectual y con una mentalidad abierta, mi padre era ingeniero y mi madre era maestra y profesora de piano y de solfeo. Ambos eran personas instruidas. En la familia de mi padre había muchos militares y, por parte de mi madre, todos eran músicos y escritores. De joven estudié en la escuela de Artes y Oficios de Vigo y me dieron una beca para irme a Madrid, pero mis padres se opusieron y me insistieron en la necesidad de que hiciera unos estudios que me permitieran ganarme la vida. Si finalmente yo quería ser pintora lo tendría que hacer como algo extra. Elegí entonces convertirme en perito mercantil, y cuando estaba a punto de acabar la carrera mi padre se puso enfermo, lo que me obligó a ponerme a trabajar. Aun así me pude titular. En mi casa me inculcaron que debía tener una ilustración, y que hombres y mujeres debíamos valernos por nosotros mismos y sin depender de nadie. Se trataba de una visión

que no era muy típica en la España de aquella época, en la que ser mujer, como pronto acabaría comprobando en la vida, no era lo mismo que ser hombre. En 1961 me casé con Manuel Moret, compositor y músico que trabajaba con una orquestra propia en Marruecos, país que entonces todavía era un protectorado francés. Tras la boda nos fuimos a vivir al barrio francés de Casablanca. Recuerdo el ambiente que se respiraba y especialmente los escotes que las mujeres francesas lucían en la misa de Navidad, lo que a una española como yo, con una madre tan católica como la mía, le llamaba mucho la atención. El cura nos decía: “Piensen que para ellas se trata de un vestido de gala, no se apuren”. Ahora que ya han pasado tantos lustros, recuerdo aquellos años como una época muy bonita. Vivíamos en un ambiente en el que todo era distinto y nos relacionábamos con personas vinculadas al mundo de la música y de la intelectualidad de la ciudad, pues aquel era el entorno en el que se movía mi marido, que siempre fue un hombre muy culto. Aprendí a hablar con la gente y a comprender a otras personas que tenían criterios muy distintos a los míos, y también a ser más flexible. En 1966 regresamos a España y a mi marido le diagnosticaron un aneurisma de aorta y ciertos problemas respiratorios, que le acompañarían hasta el final de sus días. Su situación de salud le obligó a dejar atrás su etapa laboral, con lo que yo, que entonces ya tenía mis cuatro hijos, me tuve que poner a trabajar, algo que si mi marido no se hubiera puesto enfermo habría hecho seguro pero sin las prisas a las


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que finalmente me condicionó aquella situación. Me presenté para cubrir puestos como administrativa interina a todas las administraciones que pude. Allí caté la dureza no solo de las pruebas de acceso, sino sobre todo de los obstáculos que suponía el hecho de ser una mujer casada.

“En la España de los años 60 y 70 se te cerraban las puertas a la hora de trabajar por el hecho de ser mujer” En una ocasión, para acceder a un puesto de trabajo en una caja de ahorros, nos presentamos, entre muchas otras personas, una mujer licenciada en Derecho, que se quería separar de su marido porque la apaleaba, y yo. Ella sacó el primer puesto, mientras que yo conseguí el segundo, pero cuando llegamos al momento final se nos dijo que al estar casadas no nos podían aceptar. Así era la España de aquellos años. Y, claro está, me quedé sin mi plaza, pero seguí luchando como una loca. Nada era fácil y todo eran impedimentos. Si ibas a una empresa y presentabas tu experiencia y tus credenciales te aceptaban, pero si al final te preguntaban si estabas casada y tenías hijos se acababa todo para ti, porque se te cerraban las puertas. Aun así seguí adelante. Estuve de interina muchos años y finalmente me presenté a unas oposiciones como auxiliar administrativa en Asturias. Tras ganar la plaza, separamos a la familia y mi marido se quedó por unos años en Vigo, con mis hijos mayores, 40

y yo me vine aquí con mis dos hijos pequeños y mi hermana, que por aquel entonces se había puesto enferma y necesitaba de alguien que la cuidara. Tras lograr el traslado a Vigo me volví a mi ciudad natal y seguí cuidando de mi marido, además de mi madre, que cayó enferma de Alzheimer. Trabajaba como podía, aunque en aquel momento yo ya tenía una salud muy quebradiza, pues me habían diagnosticado una poliartritis reumatoide que me ocasionaba múltiples fracturas. Cuando cumplí 60 años de edad, nuestro médico de cabecera nos advirtió que aquello no podía seguir de aquella manera, pues mi marido estaba continuamente ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital. —Mercedes, ustedes necesitan un sitio en el que se les pueda cuidar a los dos —me dijo el doctor. La verdad es que yo llevaba una mochila muy cargada, de muchos años, de saltar muchos obstáculos. A mí me dieron la invalidez y aquel médico nos buscó una residencia en Pontevedra, donde mi marido y yo estuvimos viviendo durante siete años, hasta que él, en 2011, falleció en el hospital mientras le estaban practicando una broncoscopia. Estuve toda mi vida trabajando, coticé en la Seguridad Social más de 40 años y me gané que el día de mañana yo no haya tenido que ser una carga para mis hijos y haya podido tener una plaza en una residencia para que puedan dar respuesta a mis necesidades. A lo largo de cinco años estuve cuidando a mi

madre con Alzheimer y durante toda mi vida hice lo mismo con mi marido enfermo. Siempre me prometí a mí misma que lo que yo sufrí no lo se lo haría pasar a mis hijos. Por todo ello, mi marido y yo, cuando llegó el momento, decidimos ingresar en una residencia, un sitio en el que seguir con nuestra vida en común y donde se nos atendiera. Inicialmente mis hijos no lo comprendieron y nos insistieron para que fuéramos a sus casas, pero la decisión estaba tomada. Pese a que en la residencia teníamos un médico encantador y unas enfermeras que eran un cielo, yo debía seguir estando pendiente de mi marido, que continuamente iba siendo ingresado en el hospital. Finalmente caí en una depresión, de la que empecé a salir tras su muerte y después del año en el que estuve viviendo en Marín con mis dos nietos mayores. Los tres alquilamos un piso muy riquiño. Para mí aquellos meses fueron sanadores y una manera de cambiar de aires. Estuve muy acompañada por mi familia y me sentí cuidada por los míos. Pero yo sabía que a mis nietos finalmente debía dejarles libres. Tras este paréntesis, finalmente me vine a esta residencia de Oviedo, donde vivo actualmente, porque está situada justo al lado de la casa de uno de mis hijos. Aquí dispongo de mi habitación, que da a una terracita llena de plantas. He luchado por tenerla y defender mi terreno, porque tenerlas es media vida. Todas los días, después de arreglar un poco mi habitación y antes de desayunar, me encuentro con Manuela, que ya tiene 89 años de edad y que está un poco mermada físicamente, pero las dos damos un montón de vueltas alrededor de la residencia.


Si hace mal tiempo seguimos con nuestro paseo, pero entonces lo damos por dentro del centro. Somos dos mujeres andarinas, especialmente ella.

“Lo peor de la vejez sería perder la cabeza y dejar de saber quién soy” Después de desayunar me voy a la biblioteca a leer la prensa y luego me dirijo a mi taller de pintura, donde me relajo pintando mis cuadros, algunos de ellos inspirados en paisajes marineros. A media mañana me voy a una zona cercana a la residencia, enfrente de las facultades, donde hablo con otras señoras que están sentadas en los bancos con sus cui-

dadoras. Hasta el año pasado iba a la Universidad de Personas Mayores, donde asistía a clases de literatura, política, derecho… pero lo que más me gustaba era debatir. Me encanta seguir aprendiendo, pero finalmente, muy a pesar mío, lo tuve que dejar. Estar en una residencia sin tener nada que hacer debe ser espantoso. Lo más importante es tener el tiempo ocupado, porque quienes no hacen nada y se aburren caen en la trampa de criticar a los demás. Y este es el auténtico mal en muchos centros geriátricos. Estos días de otoño, en los que el sol empieza a caer más temprano, es una delicia ver cómo los árboles del paseo se impregnan de colores cobrizos. No le temo a la muerte, aunque me da rabia que tengamos que morirnos y que

no podamos regresar a la juventud, a la época en la que teníamos 15 años, y ser felices. Porque digámoslo claro: la vejez es un estorbo terrible, pero hay que asumirla y yo creo que ya la lo he hecho. Estuve un tiempo en una silla de ruedas, pero para mí lo peor es perder la cabeza. Si este es mi futuro tengo claro que no lo quiero. Deseo seguir comprendiendo las cosas, seguir leyendo y continuar sabiendo quien soy. Ahora que estoy flojita de salud, voy viviendo. Sigo siendo positiva, aunque también terca como una mula. Procuro no ir nunca por detrás, sino hacer las cosas por delante sin hacer daño a nadie. Aunque ya tengo mis años, nunca he dejado de ser quien soy: una mujer combativa.

En la residencia siempre he intentado luchar para mejorar la vida de todos los ancianos. Echo en falta tener un médico de manera permanente y esta actualmente es una de mis reivindicaciones. En su momento también batallé para que nos pusieran una enfermera de noche porque mi principal preocupación es que cuando alguien se encuentra mal esté en las mejores manos. La buena enfermera es aquella que hace todo lo que puede para que yo me sienta tan bien como sea posible. Si me dice que está ocupada, a mí no me vale. Lo importante es que me diga: “Mercedes, aquí estoy”. Sé que muchas veces deben lidiar con situaciones que les superan, pero valoro y aplaudo que me cuiden con IMPLICACIÓN.

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José Luis Oliver

Enfermero jubilado de la Unidad de Geriatría. Hospital Perpetuo Socorro de Albacete

“Yo sigo construyendo una catedral”

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os citamos una mañana soleada de otoño en Barcelona, una ciudad que conoció cuando de joven estuvo trabajando como enfermero en la sanidad privada, ámbito en el que nunca más volvió a ejercer, simplemente por convicción y principios. A sus 65 años de edad y cuando solo hace algunos meses que ha dejado atrás su etapa profesional, sigue siendo un defensor de la sanidad pública, que, a su entender, “debe ser gratuita, universal y accesible a todo el mundo”. A este enfermero, que lleva su pelo liso recogido en forma de coleta —muestra, tal vez, de espíritu independiente y rebelde—, le encanta reflexionar y ahondar en cada una de sus respuestas. Como alma libre que es, no se ciñe a las preguntas y decide construir su propio relato, sin ataduras, para entrar en una espiral de disertaciones que, finalmente, le permitirán explicar cómo siente y cómo ve su profesión. Su discurso está tan impregnado de pensamientos —los propios y los que pidió prestados de los autores de sus lecturas— que en el pie de firma de su correo electrónico 42

él incluye, antes de su nombre y apellidos, una cita que da que pensar. “Nadie debería ser nombrado para una posición directiva si su visión se enfoca sobre las debilidades, en vez de sobre las fortalezas de las personas”. Son palabras de Peter Drucker (1909-2005), considerado un gurú de la gestión y de la dirección participativa por objetivos. Todavía hoy es uno de sus máximos referentes.

“Sentía que no quería trabajar para ganar un montón de dinero, sino para cambiar las cosas” José Luis Oliver (Pinoso, Alicante, 1952) descubrió su interés por la enfermería de la mano de una prima materna, Consuelo Poveda, quien durante el primer curso de sus estudios decidió irse a vivir a Valencia, en casa de sus tíos y su primo. “Durante aquel año de convivencia en casa, me contaba lo que hacía en la escuela de Enfermería, sus prácticas y lo que

iba descubriendo. Estoy convencido de que ella fue el detonante”. Inicialmente, lo suyo no fue una vocación por cuidar de los demás. Su conciencia profesional y especialmente sus ansias de cambiar el sistema se le fueron despertando con el tiempo. Empezó su trayectoria a los 20 años de edad y desde entonces ha abierto y cerrado un sinfín de etapas, lo que le ha permitido aprender y crecer profesionalmente. Pero aquel sentimiento interno que le impulsaba a ver el mundo de manera distinta nació en 1975, poco tiempo después de salir de la facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, donde estudió para ser ayudante técnico sanitario (ATS), título que, posteriormente, con la entrada de los estudios de Enfermería en la universidad, homologó por el de enfermero. “Sentía que quería hacer algo diferente, no trabajar porque sí, para ganar un montón de dinero, sino para cambiar las cosas. Y tenía claro que quería trabajar para la sanidad pública, para mejorarla y aportar un cambio en el sistema”. Tras una primera etapa en el Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca, en Murcia, finalmente se trasladó a Albacete. Eran los principios de la década de los años 80, una etapa de cambios políticos en España en la que todo estaba un poco por construir y repensar. José Luis Oliver llegó a su nueva ciudad y aterrizó en la antigua Residencia sanitaria Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Albacete. De repente se le cayó el mundo a los pies. “No podía imaginar que en este país existiera un hospital con aquellas características: arquitectónicas, de baja dotación


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de personal y de tan pocos recursos de todo tipo”. Lejos de amedrentarse, aquello le despertó sus ansias de mejorar la sanidad en Albacete. Porque, al fin y al cabo, se dijo: “Si estás mejorando la sanidad en Albacete la estás mejorando en todo el mundo”. “Esta conciencia de cambiar el sistema está en tu quehacer cotidiano y en que las actividades que hagamos, como profesionales, las intentemos hacer lo mejor que podamos, pero también en una motivación para poder modificar las cosas”.

“Una enfermera debe hacerse visible y ganarse la credibilidad de todos los profesionales” El edificio de aquella antigua residencia sanitaria se cerró para trasladarse al Hospital General de Albacete, por lo que finalmente pudo aumentar sus recursos y dotaciones de personal. Este avance implicó también cambios organizativos y la convocatoria de plazas para supervisores de enfermería, también en la Unidad de Digestivo. Aunque él no trabajaba en dicha unidad sus compañeros le propusieron para presentarse al cargo, y él, finalmente, aceptó y se hizo con el puesto de supervisor. Empezó a catar el mundo de la gestión en 1987. Asegura que entonces puso la unidad “patas arriba”, porque intentó “inculcar a todo el equipo enfermero la necesidad de trabajar de manera organizada, siguiendo un plan de trabajo planificado y acordado con todas las enfermeras y auxiliares”. Aquella nueva 44

manera de trabajar, que al principio levantó ampollas en algunos profesionales, acabó por cambiar las dinámicas de todo el hospital. Unos meses más tarde, fue nombrado adjunto a la dirección enfermera y, posteriormente, director enfermero, cargo que ocupó hasta 1994. En todos los casos nunca se amilanó. “Una enfermera debe hacerse visible y ganarse la credibilidad de los compañeros, llámese enfermero o auxiliar, celador, señora de la limpieza, paciente, cuidador, familiar o médico. Y la credibilidad se gana día a día haciendo lo que crees que debes hacer en base a la evidencia científica y las premisas profesionales”. A principios de la década de los años 90, participó —junto con el director médico y después gerente del hospital, Antonio Marrón— en la elaboración de un plan estratégico para mejorar la sanidad de Albacete. A raíz de un máster en gestión que realizó, empezó a estudiar a fondo las futuras necesidades de la población española y pronto comprendió que lo que se requería era impulsar la aparición de profesionales expertos en geriatría. Así fue como en el hospital se contrataron los dos primeros médicos geriatras. Tras dejar atrás la dirección enfermera, decidió volver a las “trincheras” y trabajar como enfermero en Urgencias. Posteriormente, desde la dirección, le propusieron la idea de montar, junto con un médico especialista, un equipo de valoración geriátrica que atendía a los pacientes mayores de 75 años de edad ingresados en el hospital. Poco a poco su interés por la atención a las personas mayores fue calando. “Empecé a darme cuenta de las necesidades que realmente tiene ese grupo de

la población, las personas de edad más avanzada, y del poco caso que, en general, les hace el sistema sanitario”. “El cuidado y la atención a las personas mayores son muy agradecidos. Acompañamos a los ancianos a morir en paz, y la familia, que ya tiene más asumida la situación, te agradece haber sabido apoyar y aliviar a su ser querido”.

“La enfermera gerontológica debe ir a la calle, a los centros cívicos y al domicilio de la persona mayor” “La persona mayor siempre va a necesitar una atención específica y no necesariamente desde el entorno hospitalario, sino también desde los centros sociosanitarios y en el ámbito comunitario. Las enfermeras y los médicos especialistas en geriatría deben salir a la calle, ir a los centros cívicos y entrar en el domicilio de los ancianos”. Si de alguna aportación está absolutamente satisfecho es de la creación de la Unidad Docente Multiprofesional de Geriatría, de la que fue tutor y coordinador, y de la consulta de enfermería que impulsó en 1998 desde la Unidad de Geriatría del Hospital Perpetuo Socorro de Albacete. Esta consulta, a la que se puede acceder vía teléfono, correo electrónico y visitas presenciales, funciona a demanda de las familias, mayoritariamente de personas ya de edad avanzada y con enfermedades neurodegenerativas. “Yo quería ayudar cuando el problema surge y no obligar a la familia a tener que esperar para recibir atención o resolver sus dudas”.


Esta iniciativa, que en su momento fue pionera, sigue cosechando un gran éxito. En los últimos dos años, y cuando este enfermero estaba al frente de la consulta, se atendía a una media de 2.000 casos. José Luis Oliver, quien también colaboró en la formación de alumnos de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Castilla-La Mancha, hace meses que dejó atrás su carrera profesional. No ha cosechado ningún reconocimiento por parte de su organización, pero sí que ha obtenido el premio más importante al que puede aspirar un profesional. En 2010, la Asociación de Familiares de Alzheimer de Castilla-La Mancha lo galardonó con el premio al hombre del año. ¿Qué más se puede pedir? Pese a los obstáculos, este enfermero asegura que sigue confiando en el cambio para lograr

un mundo mejor. “Yo sigo construyendo una catedral”, asegura rememorando una parábola del escritor y filósofo Miguel de Unamuno, que posteriormente Peter Drucker trasladó al mundo de la empresa. Cuenta la historia que un señor iba andando tranquilamente por la montaña y se encontró a tres picapedreros, a los que se aproximó para preguntarles qué estaban haciendo. —Estoy aquí picando piedra, ganándome el sustento para mis hijos —le responde el primero de ellos. —Estoy tallando la mejor piedra del mundo —le replica el segundo hombre. —Yo estoy construyendo una catedral —le contesta finalmente el último picapedrero. Estos picapedreros responden a los tres perfiles de profesionales de cualquier orga-

nización: hay personas que van a trabajar únicamente para ganarse el sueldo y que no se involucran en nada, después hay quien se cree que es el mejor y desprecia a los demás y, por último, hay quien tiene esta visión de estar colaborando en la creación de una catedral, de un gran proyecto. “El sistema público de salud nunca va a acabar de construirse porque todo se puede mejorar, pero no por esto debemos desanimarnos ni dejar de tener esta visión de ir hacia delante”, recuerda. José Luis Oliver siempre ha actuado así ante las adversidades. Y no piensa desistir. Todavía hoy se recoge el cabello en forma de coleta, una coleta que, de momento, no tiene intención de cortarse.

Cuando sea mayor y lo necesite exigiré que me cuide una enfermera especialista en geriatría y gerontología, la profesional más preparada para ofrecer este nivel de cuidados. Entonces me gustará que me traten con respeto y que se interesen por conocer mis gustos o preferencias. A la hora de acercarte como enfermero a una persona mayor se requiere, ante todo, tener una actitud de COMPRENSIÓN. Comprensión para entender lo que le pasa, ponerse en su lugar y valorar sus auténticas necesidades. Solo de esta manera lograrás empatizar con la persona anciana para ganarte su credibilidad y establecer una confianza que te permitirá, en definitiva, poder ayudarle.

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Nerea Suárez

Directora del Centro Sociosanitario Argixao de la Fundación Matia en Guipúzcoa

“La persona mayor tiene capacidad de decisión hasta el final”

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ntra en el salón de este pequeño hotel del centro de Madrid pisando fuerte, con determinación, y se enfrenta a la cámara como si lo hubiera hecho toda su vida. Se atreve con el objetivo, lo mira fijamente, sin miedo, como si jugara con él. “Clic, clic, clic”. Y mientras, ella, quien en todo momento se mueve guiada por la fotógrafa, se aísla de todo lo que pasa a su alrededor. Poco después, cuando le preguntan por alguna experiencia vinculada con un paciente, frunce el ceño y no duda en corregir: “En general, el término paciente debería desterrarse del diccionario, ya que es considerar a la persona como un individuo pasivo, que espera que el otro le haga las cosas y que rehúye ser una persona activa. En el acto de cuidar, cada uno tiene su rol, aunque, con matices, se produce un intercambio: yo te doy, tú me das, yo colaboro y tú colaboras, y los dos somos personas”. Nerea Suárez (San Sebastián, 24 de diciembre de 1972) es desde 2014 directora del Centro Sociosanitario Argixao de Matia Fundazioa, en Guipúzcoa, donde empezó ya hace muchos años trabajando como auxiliar enfermera. Y empezar desde abajo marca, está claro. 46

De pequeña ya le gustaba el trato con las personas, aunque siempre se había imaginado en el mundo de la enseñanza. Pero la influencia de su tía Arancha, enfermera de profesión, fue determinante. Tanto que a los 16 años de edad ya no quiso esperar más e hizo un curso de auxiliar. En el momento de las prácticas vio clarísimo que quería ser enfermera, aunque no empezó con los estudios de Enfermería hasta años más tarde. En 1995 entró a trabajar como auxiliar en una residencia de la Fundación Matia, organización creada en el siglo xix con la vocación de atender a personas en situación de envejecimiento y discapacidad, y que ahora intenta trabajar en el modelo centrado en la persona, pero no en base a dar respuesta a sus necesidades sino en promover sus capacidades. Esta enfermera empezó, pues, desempeñando uno de los roles profesionales que “más contacto tienen con las personas, en este caso mayores”, estando a pie de cama, leyendo sus miradas, palpando sus manos. Y ello le sentó bien, porque a los ancianos “nunca les he visto con una actitud paternalista: yo les doy, pero ellos también me dan mucho a mí”.

A su entender, “las auxiliares son un pilar fundamental para el trabajo de atención a las personas mayores que se realiza dentro de las instituciones”. Ella lo sabe mejor que nadie, pero ahora, que se ocupa de un cargo de gestión, se empeña en romper el trabajo por tareas e intenta que las auxiliares estén al servicio de las necesidades de los residentes, no al revés. Por conocimiento sabe hasta dónde se puede llegar.

“Empecé siendo auxiliar en la misma fundación donde hoy soy directora de uno de sus centros sociosanitarios” “Si una auxiliar me dice que no puede salir a la terraza con el anciano porque debe abrir las camas a los residentes, yo simplemente le digo: ‘¿Y si lo haces diez minutos más tarde, qué pasa?’. Decir ‘no puedo hacer esto porque tengo que hacer lo otro’ no me vale. En un centro como el que yo dirijo no tenemos que trabajar por tareas, y aunque debe haber ciertas rutinas que aporten bienestar y confort a las personas, el día a día de todos es diferente y no un trabajo de fábrica”. Al finalizar su carrera, en el año 2000, esta enfermera se incorporó a la Unidad de Cuidados Paliativos de la Fundación Matia, un hospital de paliativos y de rehabilitación dirigido a los ancianos. Y allí vivió una experiencia que le enseñó una gran lección para toda la vida. Conoció muy de cerca a un hombre, ya mayor, que en su pasado había sido cura y había ido


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a misiones, pero que finalmente había colgado los hábitos para casarse con su mujer, con la que tuvo varios hijos. “Me acuerdo que me tocó estar con él en sus últimos días e hizo un proceso admirable: cada día quedaba con uno de sus hijos, se despedía y al día siguiente ya no quería volver a verle y, entonces, se despedía del siguiente”.

“Aquel hombre, cuando ya estaba al final, dedicó un día para despedirse de cada hijo. Fue una muestra de coraje y templanza” Su cuerpo ya estaba muy agotado, dolorido, y cuando se hubo despedido de todos, aquel sábado por la tarde pidió que lo empezaran a sedar. Todavía hoy, cuando Nerea Suárez lo explica, algo se le remueve por dentro. “Admiré su templanza y su capacidad para asumir su situación, para afrontarla. Él —y desde fuera nos puede parecer bueno o malo— decidió en qué momento quiso dejar de tener contacto con cada miembro de la familia. Y hubo que respetarlo porque simplemente era su decisión”. Esta historia, con la que todavía se emociona al rememorarla, fue una muestra de un “yo decido mis tiempos y decido hasta el final”. “Esto no tiene nada que ver con la eutanasia, y en este caso claramente aquel hombre no era un paciente, sino una persona activa y colaboradora que estaba diciendo cómo quería morir y ser cuidada hasta el último momento. Tú, como enfermera, le dabas lo que él nece48

sitaba y lo que te pedía en cada momento. Esta era la relación”. El caso de este hombre fue de una extrema madurez y coraje. Fue una elección para morir en paz y hacerlo desde sus ideas, y para ello contó con el respeto de toda su familia. No siempre es así. “Hay familias que tienen una actitud paternalista cuando la persona mayor se convierte en dependiente y piensan que no tiene capacidad de decisión, y esto no es así”. A su entender, la persona mayor “tiene capacidad de decisión, de hacer y deshacer hasta el último momento, y la familia debe respetarlo, le guste o no le guste”. ¿Pero también ocurre lo mismo cuando la persona mayor sufre una demencia que poco a poco le va deteriorando el cerebro? Esta enfermera lo tiene claro. “La persona tiene capacidad de decisión hasta el final, aunque sea muy pequeña. Aunque tenga Alzheimer, si sabes cómo es, podrás detectar qué le proporciona bienestar y ella te podrá responder a través de los estímulos si le gusta o no. “¿Te gusta esta luz?”, “¿quieres estar conmigo?”. En ocasiones, son cuestiones muy sutiles y hay que interpretar las miradas o los silencios”. Nerea Suárez sabe que lo suyo es el contacto con las personas mayores, lo tiene claro desde hace mucho tiempo. “Me aportan mucho, me dan bienestar y tranquilidad”. Junto a ellas, “llegas a entender que el proceso del envejecimiento es algo natural”. Como gestora le ha ido bien, aunque al principio le costó. La soledad típica de quien dirige la ha sentido pocas veces. “Yo no soy gestora de moqueta, porque vivo en la tierra, sé y conoz-

co qué pasa a mi alrededor. Me gusta trabajar en equipo, pero a la vez tampoco me cuesta tomar decisiones, por esto me siento bien en mi trabajo, porque va con mi forma de ser”.

“La enfermera todavía no se cree que pueda investigar” Actualmente, esta enfermera, que es miembro de la Red de Investigación Cualitativa en Salud del Instituto de Salud Carlos III y colaboradora del Instituto Joanna Briggs en España para la investigación enfermera, está haciendo su tesis doctoral basada en la creación de escalas para evaluar el grado de atención a la persona mayor. Es una acérrima defensora de la necesidad de que las enfermeras hagan investigación. “La enfermera todavía no se cree que lo pueda hacer, pero en cualquier ámbito se puede realizar un pequeño trabajo basado en la actividad diaria y publicarlo”. Aún hoy en día existe la idea de que investigar es “algo vinculado a un gran descubrimiento; y la enfermera tiene un potencial importantísimo, pero ¿cuál es el problema? Que no se contempla la investigación en los tiempos de asistencia, por lo que la que quiere hacerlo debe hacerlo fuera del trabajo”. Para poder salvar estos obstáculos, aboga por crear espacios para la reflexión dentro del ámbito asistencial y promover que las enfermeras puedan ir a congresos, acceder a bases de datos y a sesiones. “La investigación no debe ser solo cualitativa, sino cuantitativa, porque también es la manera de que la enfer-


mería se haga visible y se genere conocimiento dentro de la propia profesión”. Desgraciadamente, la enfermería aún arras­­tra demasiados estereotipos. “Con todo el conflicto abierto con el tema de la prescripción enfermera se está demostrando que en algunos entornos a la enfermera se la sigue viendo como la secretaria del médico. Yo tenía un compañero médico que me decía: “Vosotras sois mis manos”. Y, yo, indignada, le replicaba: “No, tú tienes tu cabeza y tus manos, y yo tengo mi cabeza y mis manos. Tú no eres mi cabeza pensante, porque aquí estamos todos para sumar y trabajar, pero cada uno es autónomo en su disciplina y las enfermeras somos expertas en cuidados. Hay que darle valor a nuestra profesión”. “Deberíamos creérnoslo más, estar más presentes en los centros de decisión”.

“En el ámbito geriátrico la enfermera puede desplegar todas sus habilidades” Pero dentro del propio colectivo enfermero también hay clichés que deberían desterrarse. “En ocasiones, el ámbito geriátrico sigue considerándose como algo de segunda división, pero es aquí donde podemos desplegar todas nuestras habilidades, porque la enfermera es la auténtica líder en la atención a las personas mayores y puede aportar muchísimo”.

compañeras, no nos reconocemos, y en otros casos frenamos a quienes quieren ir hacia adelante. A la persona que abre camino y que es líder, que innova y rompe moldes, enseguida son las propias enfermeras que la frenan”. Nerea Suárez sabe bien de lo que habla. Porque a ella, durante su trayectoria como enfermera, le han llegado a decir: “Nerea, para, para, para”. ¿Y qué pasa si hay enfermeras que quieren desarrollar todo su potencial?

A veces los obstáculos para avanzar en el mundo de la enfermería se hallan dentro del propio colectivo. “En algunas ocasiones, las enfermeras no damos valor a lo que hacen las propias

Si algo tengo claro como enfermera es que intento no juzgar a nadie. Busco en todo momento ser flexible y especialmente poner en valor la CERCANÍA, para lo que se necesita ser abierta de mente y evitar arrastrar estereotipos. Ser cercana implica también tener capacidad de escucha y de compartir y colaborar. Cuando sea una anciana me gustaría que no me impusieran nada, que me escucharan, con cariño pero sin paternalismos. Que me dejen decidir y, si me equivoco, me equivoco yo sola.

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Juan Manuel Fernández Profesor de la Facultad de Enfermería, Fisioterapia y Podología de la Universidad de Sevilla

“La enfermera es quien mejor puede sacar a relucir todo el potencial de la persona mayor”

S

u infancia huele a jaboncillo, a los dulces caseros que se hacían en su hogar, a cáscara de limón, canela y ajonjolí. Pero si ahora, desde esta cafetería moderna en las alturas de un edificio emblemático de Madrid, donde nos hallamos, le pedimos que haga el ejercicio de transportarse 48 años atrás a La Puebla de Cazalla (Sevilla), el pueblo que le vio nacer, también se acuerda del olor a alcohol. Y entonces le viene la imagen del practicante del pueblo, Don Carlos, un hombre gordito, bajito, de carácter afable, que venía a su casa a pinchar a todos los miembros de su familia, pero también a cuidarlos. Su llegada al domicilio familiar era todo un acontecimiento, y aquel niño que lo seguía con su inocente mirada y que más tarde acabaría eligiendo ser enfermero lo recuerda muy bien. Saludaba a toda la familia y, con toda la parsimonia, abría su maletín, en el que tenía colocados todos sus utensilios de manera ordenada. Mientras, la madre ya tenía preparado el alcohol, el algodón y las toallas limpias. 50

Lejos de asustarse, el pequeño de la familia se tranquilizaba al ver al practicante, con su cara dulzona. Entonces, cogía su jeringuilla de cristal y la flameaba, pues aquel era el método de esterilización del momento. Durante la década de los años 70, la figura del practicante, al igual que la del médico y del cura, era uno de los referentes en su pueblo.

“De pequeño ya soñaba con ser enfermero. Recuerdo el practicante de mi pueblo, un hombre cercano, empático, que entraba en todas las casas” Por eso, de pequeño, Juan Manuel Fernández (La Puebla de Cazalla, Sevilla, 2 de febrero de 1970) soñaba, de mayor, con formar parte de aquella profesión, que él intuía ya muy distinta a la de médico. “Era cercano y lo suyo era ofrecer unos cuidados desde el consejo, desde su experiencia. Llegaba a lo más íntimo y a lo más doméstico, todo mezclado”, asegura.

Aquel niño se hizo amigo de todos los practicantes de su pueblo, ellos le respondían de forma sincera y le regalaban jeringuillas nuevas para que él pudiera jugar. No se podría decir en qué momento empezó a tener contacto con las personas mayores, porque siempre estuvo rodeado de ellas. En su pueblo, como en la mayoría de las localidades, las mujeres eran quienes cuidaban de los ancianos en las casas, pero en aquellos años también existía un asilo, perteneciente a las Cruzadas Evangélicas, donde él, cuando ya tenía más edad, iba a pasar todas las tardes, con un grupo de jóvenes. “En aquel centro viví el suicidio de un anciano al que admiraba, pero también tuve la oportunidad de acompañar a personas muy cercanas que te contaban su historia de vida. Eran gente del pueblo y nos conocíamos todos”. Aquel sueño infantil se fue afianzando y, al acabar los estudios generales, este enfermero se formó como auxiliar enfermero y posteriormente como técnico de laboratorio. Vio en aquella vía una oportunidad para realizarse profesionalmente de manera más rápida y directa. Empezó a trabajar como auxiliar en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital San Juan de Dios de Sevilla. Ya no se acuerda en qué momento tuvo su primer contacto con la muerte, solo sabe que todas las despedidas le han resultado duras. “Siempre he pensado que, como enfermero, enfrentarse a la muerte de una persona supone acompañar a cerrar un ciclo y, a menudo, es un descanso para el paciente”.


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En algunas ocasiones, la enfermera se va con el dolor a su casa. “A veces me había ido con el duelo personal, y esto te dura. Lo más difícil es cuando los familiares te contaban cómo era la persona que había fallecido. Pero para poder continuar, mi truco era no parar y seguir con la rutina, pues sabía que otras personas me necesitaban”.

“Las enfermeras estamos delegando los cuidados básicos, y esto no es una buena noticia” Con el paso del tiempo, reconoce que trabajar en la red de centros de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios “forma parte de una manera de cuidar muy específica”. “Es un modelo en el que cuidan a los profesionales y además se ofrecen unos cuidados muy humanizados”. Durante aquellos años como auxiliar, Juan Manuel Fernández asegura que lo aprendió “todo” sobre los cuidados más básicos, así como aquellos aspectos más importantes relacionados con la higiene y la alimentación. Este enfermero, que nunca olvida sus inicios, coincide en una crítica que acostumbran a hacer algunas compañeras de su profesión: “La enfermera ha delegado los cuidados básicos, y nuestros pacientes, a veces, tienen más vínculo con las auxiliares y las limpiadoras que con nosotras”. Y va todavía más allá. “Nos estamos colocando en puestos con más prestigio profesional, mucho más técnicos, pero estamos delegando esos cuidados en las auxiliares y dejamos 52

más de lado al paciente. Y esto no es una buena noticia”. En cualquier caso, este tipo de situaciones se producen con más frecuencia en el ámbito hospitalario. Él tiene confianza en que eso cambiará. “Hay que trabajar con la cabeza, pero también con las manos. Si tu premisa como enfermera se basa en los cuidados humanizados, tendrás mucho más éxito y los pacientes estarán mucho mejor”. Tras aquella experiencia como auxiliar, Juan Manuel Fernández decidió estudiar Enfermería en la escuela de la Universidad de Sevilla. Tras titularse ya como enfermero, empezó a trabajar en la atención primaria. Era la etapa posterior a la celebración de la Exposición Universal de Sevilla, en 1992, y conseguir trabajo no era fácil por la gran cantidad de enfermeras de toda España que habían venido a trabajar a la ciudad. Así fue como, finalmente, decidió irse a las islas Canarias, donde descubrió una atención primaria ya reformada y muy diferente a la que había conocido en Andalucía. “Estaba a años luz en recursos, en la forma de atención y en el rol que allí teníamos las enfermeras. Todo estaba muy bien gestionado e informatizado”. La añoranza le hizo volver a su tierra al cabo de cuatro años. Inició entonces una nueva etapa como enfermero en los servicios de Urología y Ginecología del Hospital Universitario de Valme y en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Virgen del Rocío, en Sevilla. Paralelamente empezó a participar en

un proyecto de creación de viviendas tuteladas en Sevilla. Fue en 2007 cuando antiguos profesores suyos de la facultad se pusieron en contacto con él porque necesitaban apoyo para dar algunas clases de la asignatura de Enfermería Geriátrica. Juan Manuel Fernández aceptó la propuesta y, poco a poco, empezó a coger el gusto por la docencia. Esperanza Valderrama, su mentora, en aquel momento docente en la universidad, fue clave para que él siguiera adelante con su nueva singladura profesional. “Me acogió, me ayudó y me lo enseñó todo”.

“Si como enfermera ofreces unos cuidados humanizados, tendrás más éxito y los pacientes estarán mejor” Ahora, tras más de una década de experiencia como docente, asegura que logra captar la atención de los alumnos y que consigue que sus clases estén repletas. No explica exactamente el secreto de su éxito, pero nos da algunas pistas. “Las personas mayores responden a grupos muy heterogéneos, no hay patrones ni directrices. Cuando años atrás me di cuenta de ello, vi la magnitud de lo que la enfermera tenía entre manos. Ahora con mis alumnos juego con esto y no les doy todo hecho. Les dejo con la miel en los labios para que lo descubran ellos”. Desde 2015, es presidente de la Comisión Nacional de la Especialidad de Enfermería Geriá­ t­rica y Gerontológica del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. “El principal


problema es que no hay muchas plazas para formar a especialistas, pues salen solo una veintena al año para toda España, y en algunas comunidades autónomas, como la andaluza, ni tan siquiera se crean plazas”. Otro tema pendiente es reconocer la categoría profesional.

“En España faltan plazas para formar especialistas y reconocer la categoría profesional” ¿Por qué desde el sistema sanitario no se apuesta definitivamente por esta especialidad enfermera si la población en España está envejeciendo? “Hay una falta de cultura

de cuidados. Desde el sistema público no se ve todo el potencial que podemos ofrecer. Ayudamos a que el paciente mayor salga del hospital en buenas condiciones, pueda estar más tiempo en casa y tenga menos reingresos”. Este enfermero, que desde 2016 es vocal en Andalucía de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), conoce a fondo esta realidad. “La persona mayor tienn un potencial enorme, que hay que sacar a relucir porque, si no, se pierde, y la enfermera es la única profesional que puede hacerlo posible”.

hacia este colectivo de población. “Me hacen sentir útil, despiertan mi creatividad y soy feliz”, asegura.

El día que Juan Manuel Fernández descubrió cómo la atención a las personas le permitía desplegar todos sus cuidados enfermeros se quedó definitivamente atrapado por el trato

La persona mayor es un buen espejo porque te muestra su parte buena y mala. Lo expresa con el cuerpo, y la enfermera requiere de un bagaje que te ayude a respetar a la persona, sin prejuicios. Y esto te lo da la MADUREZ. Me intento acercar al anciano desde un profundo respeto, tanto si viene arreglado como más desaliñado. No creo en la foto del abuelito perfecto de la televisión ni tampoco lo trato desde el buenismo, si cayera en esto lo estaría fragilizando. A mí, espero que no me cuiden, porque aspiro a llegar al final de la vida con las botas puestas, pero si me veo en la situación, desearía estar en mi casa, pero con unas garantías. De no ser así no tendría problema en ir a vivir a una residencia.

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María Victoria García

Profesora de la Facultad de Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Castilla-La Mancha

“El sistema sanitario y social no favorece la autonomía de los mayores”

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usca lo más vital no más, lo que es necesidad no más y olvídate de la preocupación, tan solo lo muy esencial para vivir sin batallar y la naturaleza te lo da”. Así comienza una de las piezas musicales más conocidas de El Libro de la Selva, una película de Walt Disney que se estrenó en 1967. Ha llovido mucho desde entonces, pero María Victoria García (Alcollarín, Cáceres, 2 de junio de 1956) conoce bien la letra. Esta enfermera, ya veterana, en el aula de la Facultad de Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Castilla-La Mancha, durante su asignatura de Enfermería Geriátrica, interrumpe la clase y, rompiendo todos los moldes, les pone esta pieza musical a los estudiantes para que se muevan. ¿El objetivo? Destensar al alumno y, sobre todo, transmitirle la fuerza, la pasión y el empuje que, a su entender, debe tener una buena enfermera. Pero por encima de todo, busca que el estudiante vibre con la enfermería y por ello le intenta motivar en cada instante. “¡Hoy vamos a aprender algo impresionante que os va a valer para el resto de vuestra vida!”. Es una 54

de las frases insignes con las que suele empezar sus clases. Esta enfermera es, para qué negarlo, un ejemplo de buena energía constante, ya que por encima de todo le gusta lo que hace, y esto se percibe cuando escucha, cuando habla y cuando se expresa.

“Una buena enfermera se nota hasta en los andares. Es dinámica, rigurosa, ordenada y metódica con su trabajo” Con los años, siguiendo las lecciones de María Antonia León, la directora de la primera escuela donde ejerció como docente, sabe cuándo tiene delante a una buena enfermera. “Se nota hasta en los andares, porque mantiene una actitud dinámica, además de ser ordenada, metódica y rigurosa con su trabajo”. Una mañana, cuando solo tenía 17 años de edad, su padre entró en su habitación, la interrumpió de su sueño y mientras ella apartaba las sábanas de la cama, le entregó una

carta en la que le confirmaban que acababa de ser admitida a la entonces escuela de Ayudantes Técnicas Sanitarias Femeninas (ATSF) de Toledo, para estudiar Enfermería. Y ella se puso a dar saltos de emoción, porque era su ilusión. La sorpresa del padre fue mayúscula, porque en aquel entonces perseguía que su hija hiciera otros estudios, supuestamente de más estatus social, como Farmacia. Él se limitó a preguntarle: “¿Por esto te alegras?”. Suerte que con los años cambió su mentalidad, pero en aquellos tiempos esta era la imagen que algunas personas tenían de la enfermería. De pequeña no tenía demasiado claro a qué se dedicaría de mayor, solo quería trabajar en algo que la mantuviera al lado de las personas, en que se primara su cuidado. Los primeros años de vida marcan, y en el caso de Victoria García, también. “Las personas mayores en mi familia han sido siempre el centro absoluto de la unidad y tuvieron un lugar privilegiado. El recuerdo de María, mi abuela materna, que vivió sus últimos años con nosotros, es imborrable. Era tremendamente entrañable, me escuchaba, me entendía, me protegía. Tenía una muy buena conexión con todos sus nietos pero yo sé que para ella yo era su niña”. Al entrar en la escuela de ATSF de Toledo, que entonces dependía de la Universidad Complutense de Madrid, pronto se dio cuenta de que la formación que se daba a las enfermeras era para desarrollar “una función absolutamente delegada, en la que se esperaba que respondieras a una demanda médica”. Entonces las estudiantes llevaban zuecos, cofia, una identificación con uno, dos o tres galones, en fun-


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ción del curso, y también puñetas, una especie de manguitos que se ponían para recoger las mangas dobladas, y medias blancas. “Íbamos perfectamente uniformadas porque mi escuela era muy estricta con ello”.

“La formación que recibí como estudiante era para desempeñar una formación absolutamente delegada. Llevábamos zuecos, cofia, galones y puñetas” De aquellos años, en que estudió en régimen de internado, recuerda las prácticas que le aproximaron a la asistencia y especialmente su primer contacto con la muerte, una experiencia verdaderamente terrible, ya que se produjo el primer día que entró como estudiante. Aquel día en el Servicio de Medicina Interna del hospital había un señor ingresado que sufrió, de golpe, una hemorragia digestiva, lo que obligó a todos los médicos y enfermeras a ponerse en marcha de forma inmediata. Todavía hoy recuerda cómo corrían todos los profesionales para intentar salvarle la vida. “Más sangre, más sangre, más sangre”, vociferaban. Había tal barullo de personas alrededor de la cama, que aquella joven estudiante de Enfermería se limitó a palpar la mano de aquel hombre. “Los demás sabían lo que hacían, estaban siendo ágiles y muy eficaces, y pensé que yo debía acercarme a él y tocarlo”. Pese a todos los esfuerzos, el hombre acabó falleciendo, pero María Victoria García sigue 56

recordando aquel momento no como una experiencia traumática sino como un instante en el que la pena la invadió por dentro. Cuando en 1976 salió de la escuela, empezó a trabajar de inmediato en los servicios de Medicina Interna y Traumatología del Hospital Virgen de la Salud. Un año más tarde, el director del hospital, junto con la directora de la escuela de ATSF de Toledo, le ofrecieron, con su expediente de calificaciones en mano, entrar a formar parte del equipo docente, para convertirse en lo que entonces se denominaba monitora. Aquella escuela, pese a que desde 1977 en España los estudios de Enfermería ya habían entrado en la universidad porque se había creado la diplomatura, permaneció abierta hasta 1980, y hasta aquel año estuvo formando ATS. Aunque en la escuela en la que trabajaba como profesora la realidad era un poco ajena a los cambios del momento, María Victoria García, a nivel personal, sí que se vio envuelta en el movimiento de reivindicación que durante aquellos años vivió la enfermería española para defender el lugar que le correspondía, no solo en el plan de estudios, sino en las organizaciones sanitarias. “Fueron años muy fuertes, porque cuando algunos colectivos profesionales tienen poder les cuesta dejarlo. Teníamos enfermeras líderes increíbles como Mari Paz Mompart, una mujer generosa que fue mi maestra y un modelo a seguir, ya en mi segunda etapa como docente, y también estaban Rosa María Blasco o José Ramón Martínez”.

Tras el cierre de aquella escuela, en 1980, esta enfermera se fue a trabajar al Servicio de Neurofisiología Clínica del Hospital Virgen de la Salud. Pocos años después empezó a trabajar en líneas de investigación junto al jefe del servicio, con quien analizó las consecuencias que el consumo del aceite de colza tuvo para la salud de las personas. Un día, este mismo médico la llamó para anunciarle que había la posibilidad de pasar a formar parte del equipo de la dirección enfermera del hospital. “Lamento que te vayas, porque se va la mejor enfermera del equipo, pero considero que debes irte”, le dijo. Y Victoria García se fue para poder volar y aceptó el reto. “En aquellos años, los hospitales y el ámbito de la gestión dieron un vuelco increíble, las enfermeras éramos autónomas y gestionábamos nuestros propios equipos”, asegura. En su caso, tenía a su cargo a 330 enfermeras y auxiliares. Entrar a formar parte de aquel equipo no fue fácil, pues el primer año recuerda que prácticamente vivía en el hospital, pues estaba mañana, tarde y noche. Durante aquellos tiempos ya empezó a catar la soledad de la gestión. “Yo tenía que discutir y unirme a la dirección, pero por otro lado estaba mi equipo, con el que siempre tuve respaldo, pero a veces me sentía como un sándwich”. Además de adjunta a dirección enfermera, fue la responsable de formación continuada, y en aquel entonces empezó a crear protocolos para sistematizar una manera de trabajar. En 1989 se abrió la Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia de Toledo dentro de la Universidad de Castilla-La Mancha y, en este caso, Mari Paz Mompart la llamó para


incorporarse al equipo de profesores. Empezó a impartir la asignatura de Fundamentos de enfermería y posteriormente ya fue docente de la materia de Enfermería Geriátrica y de la asignatura Dependencia en la vejez, de la que fue pionera. Actualmente, además de Enfermería geriátrica, imparte la asignatura de Enfermería ante la fragilidad, cronicidad y dependencia.

“En la SEEGG me arroparon profesionalmente cuando más lo necesitaba” Aquel mismo año, la propia Mari Paz Mompart le habló de la existencia de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica (SEEGG) y la animó a asociarse. “Aparte de Javier Soldevilla, que fue el impulsor, estaban enfermeras

pioneras como Misericordia García, Pilar Torres y Esperanza Ballesteros. Tengo que reconocer que pertenecer a la SEEGG es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”. Para Victoria García, formar parte de SEEGG, de la que ahora es vicepresidenta, tras ocupar durante años el cargo de vocal de Castilla-La Mancha, le permitió dar un empujón a su carrera profesional. “Javier Soldevilla hizo un gran tándem con Misericordia García porque para elaborar mi proyecto docente y un programa para la asignatura los tuve como referentes. Nos dijeron a las docentes: ‘estamos para lo que necesitéis’. Y esto es lo que hace la SEEGG: arropar”. Llegará algún día en que esta enfermera, al igual que el resto, puede que necesite ser

cuidada. Entonces, ¿cómo le gustaría que la atendieran? “Yo no quiero que me estereotipen en cuanto a una sola forma de verme. Soy una persona, con mis manías y mi historia de vida”. “Creo que algunos modelos de atención deben cambiar porque en mi generación somos bastante independientes, tenemos capacidad de decisión y también un nivel cultural y un cierto poder adquisitivo. Actualmente el sistema social y sanitario no favorece la autonomía del mayor, y en algunos centros hay una gran despersonalización”. ¿Su mayor ilusión? Sueña con que llegue un día en el que todos los centros de atención al anciano tengan una filosofía holística, porque la persona mayor requiere de enfermeras, muchas más enfermeras.

PASIÓN, pasión, pasión. Me parece fundamental para cualquier enfermera, pero especialmente para las que atienden a personas mayores, porque es clave hacer lo que te gusta. Finalmente cojo la tiza con firmeza y escribo la palabra elegida. He estado dudando hasta el último momento, porque hay también otra cualidad básica, que es la empatía, acercarse, mirar a la persona que atiendes, escucharla, que te cuente lo que necesita, lo que espera y que tú, como enfermera, hagas lo máximo para cubrir sus expectativas. Las enfermeras que atendemos a mayores, indefectiblemente, dejamos huella porque les acompañamos cuidando, no unos días, unas horas, sino de manera continuada.

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María Zamora

Enfermera de la Unidad de Hospitalización de Agudos de Geriatría del Hospital Clínico de Madrid

“Hay que romper la conspiración del silencio que existe alrededor de la persona mayor”

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aría Zamora (Madrid, 18 de octubre de 1990), cuando de pequeña entraba en una zapatería se pirraba por tener aquellos típicos zuecos blancos con agujeritos diminutos. Y cuando veía a su prima María, que era enfermera, le gustaba escuchar las historias humanas que le contaba. Siempre le atrajo aquel mundo. Por esta razón, cuando tuvo que decantarse para escoger su futura profesión lo tuvo claro. “Elegí Enfermería y no Medicina, pese a que mi padre hasta hace dos años todavía me insistía para que me hiciera médico por aquello de la reputación social, pero yo veía que las enfermeras son las que están las 24 horas al lado del paciente, y a mí lo que me gusta es acompañar y no tanto diagnosticar”. En el primer curso de Enfermería, cuando apenas sabía cómo se colocaba un termómetro, empezó a hacer prácticas en el Servicio de Neurocirugía del Hospital Clínico de Madrid. De allí recuerda el impacto que le supuso la muerte de un hombre ingresado en estado de coma y que tenía unos 60 años de edad. “Como nadie le venía a ver yo me escapaba

para pasar algunos ratos con él, porque me daba mucha pena”. Cuando ya estaba en la recta final de sus prácticas decidió hacer su trabajo final basado en el caso de aquel paciente, pero antes de terminarlo éste falleció.

“Lo importante es ver cómo morimos, no que muramos” “Llegué a casa llorando y no pude más que contar a mis padres que aquel hombre se había muerto solo, sin nadie al lado. Y claro, ellos me respondieron que la vida, a veces, aunque sea injusta, es así. Aquel señor jamás abrió los ojos, jamás me habló, pero yo siempre intenté acompañarle y su marcha fue dura para mí”. En aquel momento echó en falta alguna enfermera más veterana que la arropara. “No tenía ninguna herramienta para enfrentarme a todo aquello, aunque después con el tiempo y sobre todo gracias a haber estudiado Enfermería veo la muerte como algo distinto, como algo natural. Forma parte de la vida, igual que nace un niño fallece una persona, aunque esto no quita que te pueda dar pena”.

Lo que ahora, ya como enfermera, lleva peor, es ver que la persona muere habiendo sufrido. “Nuestro objetivo, cuando sabes que esta persona fallecerá, es que llegue hasta el final de la mejor manera posible y con el máximo confort. La muerte es algo normal, todos nos vamos a morir y lo que está seguro es que aquí no va a quedar nadie. Lo importante es ver cómo morimos, no el hecho de que muramos”. Tras finalizar la carrera y sus prácticas en la Unidad de Cuidados Intensivos, logró continuar durante los meses de verano haciendo sustituciones en el mismo servicio, pero al terminar el mes de agosto se quedó casi un año en el paro, por lo que decidió seguir estudiando mientras combinaba algunos contratos sueltos y la búsqueda de un empleo más estable. Pero la realidad era desesperante. Al cabo de unos meses, una compañera suya empezó a prepararse para el examen de Enfermera Interna Residente (EIR), y entonces pensó que sería una buena opción para conseguir un poco de estabilidad laboral. Hacía tiempo que se había puesto a aprender francés, porque tenía en mente marcharse a Francia a hacer de enfermera, pero finalmente lo descartó. Tras aprobar el examen se decantó por la geriatría, porque sabía que a través de esta especialidad no solo podía centrarse en la atención a personas mayores, sino adentrarse en el ámbito de los cuidados paliativos, una de sus pasiones. Estuvo casi dos años formándose como especialista en Enfermería Geriátrica y Gerontológica, pero lo dejó cinco meses antes de conseguir el título. “En aquel entonces 59


yo ya había conseguido una plaza fija en el Clínico como enfermera generalista y sentía que, aunque me gustaba la geriatría, aquella formación no estaba cubriendo mis expectativas y lo dejé”.

“La diferencia entre una enfermera generalista y especialista es abismal” Pese a no tener el título de especialista, María Zamora se considera una experta en la atención a las personas mayores. “Tengo el 75 % de la especialidad —bromea—, y lo que está claro es que la diferencia entre una enfermera especialista y una generalista suele ser abismal. Cuando nos formamos como especialistas estamos trabajando promoviendo líneas de investigación, participando en sesiones e intentando aportar evidencia científica a todo lo que realizamos, y esto es clave para ayudar en el avance de la enfermería”. María Zamora trabaja desde abril de 2016 en la Unidad de Hospitalización de Agudos de Geriatría del Hospital Clínico de Madrid. Como enfermera dedica el tiempo que sea necesario a acompañar no solo a la persona ingresada, sino a apoyar y a comunicarse con sus familiares. “Con los ancianos hay todavía mucha conspiración del silencio: muchos familiares resuelven no decirles que padecen una enfermedad por el miedo de que se vayan a morir de pena, y esto me parece muy cruel”. Con esta decisión, a su entender, “le negamos a la persona que pueda decidir sobre su vida. 60

Ello muestra que nos da miedo la muerte, porque no la queremos ver, porque estamos inmersos en una sociedad en la que lo que está de moda es la felicidad, la belleza y la alegría permanente, y hablar de ello nos parece horrible”. Hay una historia que esta enfermera vivió recientemente y que explica esta conspiración del silencio, que ella reclama romper mediante más y mejor comunicación. Es el caso de una mujer ya mayor que estaba al final de sus días. Su marido, enfermo de Alzheimer, le acompañaba permanentemente al lado de su cama, supuestamente ajeno a lo que le estaba sucediendo a su esposa. La hija de ambos estaba muy agobiada porque no sabía cómo manejar la situación. Al verlo, María Zamora pensó: “¿Cómo este anciano no va a saber que su mujer se está muriendo si lleva toda la vida con ella?”. Entonces empezó a tratar de averiguar más de aquella historia, hasta que la hija se dio cuenta de que no contar la realidad a su padre le producía todavía más sufrimiento. Y finalmente se decidió: —Papá, mamá está muy malita y se va morir —le contó. —Si, ya lo sé —le replicó su padre. Al cabo de unas horas, cuando aquel hombre regresó a su domicilio, se encontró una vecina en el rellano que le preguntó por su mujer. Y él, simplemente, le contestó: “Bueno, pues ya no va a volver a casa”. Unos días después, la propia hija les contó, aliviada, a las enfermeras: “Ahora sé que mi padre ya lo sabe y durante unas semanas, las que sean necesa-

rias, estaremos mucho más pendientes de él, porque ahora estará más triste”. Este fue sin duda el mejor camino. De otra forma, ¿qué habrían hecho? En este caso, puede que la hija hubiera decidido ocultar la muerte de su madre al padre, lo hubieran protegido para que no fuera al funeral y al final su esposa se hubiera ido para siempre sin que él pudiera iniciar su proceso de duelo.

“Algunas familias ocultan a sus mayores que sufren una enfermedad y les niegan el derecho a decidir sobre su vida” Humanizar la asistencia sanitaria. Este fue uno de los objetivos que se marcó la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid en 2016, cuando Jesús Sánchez Martos estaba al frente de este departamento. María Zamora, siempre interesada por el proceso de final de vida, no dudó en llamar a quien había sido su profesor de universidad para interesarse por el proyecto y entrar a formar parte del grupo de trabajo. Y lo logró. “Fomentar la humanización en la atención sanitaria me parece esencial, porque a veces solo nos centramos en el diagnóstico, y el sistema trata a la persona como si fuera un número, pero no nos paramos a pensar en más”. La sociedad no solo vive de espaldas a la muerte sino también a la vejez. Pero a María Zamora el contacto con los mayores le reconforta. “Aunque algunos mayores tienen su carácter, yo siempre me quedo con


su dulzura, es algo que me atrapa, porque tienen mucho de lo que todos deberíamos aprender”. Con los ancianos todo el mundo se atreve. “Si se quedan viudos se les desautorizan los duelos y enseguida se les pone la etiqueta de deprimidos o, peor aún, se les dice que su pareja, con la que ha compartido toda su vida, ya ha vivido muchos años o que era ley de vida. Son frases hechas pero que dan a entender la falta de empatía que con frecuencia hay con los mayores”. “A veces los tratamos como niños grandes, pero un niño no tiene una historia de vida, y un anciano sí. Para crear esta relación de confianza, siempre necesaria entre paciente y enfermera, más que hablarles del día a día es mejor comunicarse a través de su pasado y no del ahora”.

Esta enfermera de sonrisa ancha y de mirada sincera participa en todo lo que puede para avanzar en la profesión, y desde ya hace algunos años ha encontrado en su perfil de Twitter una manera para compartir sus pensamientos y reflexiones, y especialmente estar abierta y conectada con la profesión. Estar presentes en las redes sociales es clave a la hora de dar esta visibilidad que tanto reclaman las enfermeras. “Debemos estar donde está la gente, y si la gente está en Facebook o Twitter, hay que estar allí. Necesitamos que los cuidados sean visibles para poder cambiar la vida de las personas”.

se hace así porque siempre se ha hecho así es un clásico. ¿Pero por qué quien intenta hacer las cosas distintas se encuentra con tantos obstáculos?”. Posiblemente es una actitud muy humana que esconde miedos y recelos. A veces, esta enfermera se ha sentido así. Pero ella, en las clases que imparte en la academia para preparar enfermeras que quieren acceder a la especialidad, siempre les intenta dar una pequeña lección. “A vosotras no os pagan por hacer, os pagan por pensar. Si no, es mejor estudiar otra carrera”. Y no le falta razón.

Aparte de promover la comunicación, María Zamora reivindica la necesidad de llevar la evidencia científica a la práctica enfermera o, como mínimo, no poner trabas a quienes persiguen esta meta. “Aquello de decir que esto

COMUNICACIÓN, comunicación y más comunicación. En la carrera de Enfermería eché en falta más asignaturas relacionadas con la comunicación, algo fundamental a la hora de acercarse al paciente y también de promover la capacidad de escucha y la relación de ayuda. Cuando estoy al pie de cama de una persona mayor me intento acercar mucho, me presento como una más e intento preguntar a las familias, averiguar cómo se encuentran, si han descansado. Yo soy de aquellas enfermeras que se sientan al lado del paciente a ver la televisión, y esto me parece genial. Cada vez que entro en una habitación paro el reloj, como si el tiempo no existiera, como si aquel momento fuera único para la persona.

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José Manuel Mayán

Catedrático de Enfermería Geriátrica y Gerontológica de la Universidad de Santiago de Compostela

“La enfermera deja huella en el anciano porque traba una confianza, y esto solo se logra con el tiempo”

E

ste compostelano de corazón, aunque se define como ciudadano del mundo, se pasea por las empinadas calles de Santiago de Compostela como buen anfitrión que es, en busca de un rincón donde invitarnos a una buena tapita. Profesionales, empleados del campus universitario y vecinos de esta ciudad imponente, cosmopolita, artífice de la buena comida, abierta al mundo y a la acogida de miles de pelegrinos, lo paran por la calle para saludarle afectuosamente con el trato de “profesor”. Y él, pese a mantener la distancia, sonríe y se deja querer.

“A los nueve años de edad ya anuncié que, de mayor, quería ser médico” Por fin se le ve relajado, ciertamente mucho más cómodo que a primera hora de la mañana, cuando nos ha recibido en su despacho de la Universidad de Santiago para explicarnos por qué alguien como él, desde otra disciplina profesional, la de médico, decidió, 44 años atrás, dar un espaldarazo a algunas 62

de las primeras enfermeras y enfermeros que empezaron a adentrarse en el ámbito del cuidado de las personas mayores y forjaron el camino actual. La conversación se ha convertido en un juego de preguntas y respuestas difusas, con idas, venidas y más rodeos, que solo abrían más y nuevos interrogantes. Este médico de larga trayectoria profesional, catedrático de Enfermería Geriátrica y Gerontológica del Departamento de Enfermería de la Universidad de Santiago de Compostela, ha logrado plantear la charla casi como una partida de ajedrez, donde él se ha erigido en un hábil entrevistado, escurridizo, ante una contrincante que no ha dado su jugada por perdida. Posteriormente llegó la sesión de fotos. Antes de seguir las indicaciones de la fotógrafa, ha comprobado que el nudo de la corbata estuviera en su sitio y que los puños de las mangas de camisa sobresalieran ligeramente por debajo del traje, como mandan las normas básicas del buen vestir. Entonces se ha mostrado de lo más natural, como aquellos hombres y mujeres que, como él,

también han catado las andaduras del mundo político. José Manuel Mayán (A Coruña, 6 de enero de 1945) descubrió su vocación de médico de muy pequeño. Pasó su infancia en la sierra de Outes, donde se crió con sus abuelos. Un buen día, el párroco de la aldea propuso llevarse a un primo suyo a Santiago para ingresar en el seminario. “Yo insistí en acompañarlo y cuando estaba esperando fuera del aula donde se llevaba a cabo la prueba de acceso, un cura me vio y me obligó a entrar en la sala”. Sorprendentemente, aquel pequeño de 9 años de edad fue el único que, contra todo pronóstico, ingresó en el Seminario Menor de Belvís. “El primer año solo aguanté hasta Navidad, pero regresé al segundo curso, aunque al terminar les dije a los curas que me quería marchar”. Y entonces vino la gran pregunta. Ante la petición de aquel pequeño aspirante, que no quería proseguir allí, los curas solo atinaron a replicarle: —¿Cómo renuncia usted a curar almas? —le dijeron. —Yo lo que quiero es curar cuerpos, quiero ser médico —les replicó. Así fue como José Manuel Mayán abandonó el seminario con solo nueve años y medio de edad. Posteriormente, se fue a vivir con sus padres a Santiago, donde estudió en dos o tres colegios privados y se tituló como bachiller, antes de acceder, en 1964, a la Facultad de Medicina, estudios que finalizó en 1970.


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“Fui pionero en acupuntura desde el punto de vista docente y universitario” Antes de descubrir su interés por el ámbito de la gerontología, hizo la especialidad de Anestesia, Reanimación y Dolor. Fue en aquella etapa —porque entonces no había unidades de dolor en los hospitales— cuando el joven Mayán aprendió una técnica, entonces nada usual en nuestro país, que se llamaba acupuntura, y empezó a ofrecer los primeros cursos de esta disciplina, hoy muy extendida, en la Universidad de Granada. “Fui pionero en España en acupuntura desde el punto de vista docente y universitario”. Empezó a aplicar esta técnica en una pequeña clínica privada en Santiago, donde montó una unidad del dolor que frecuentaban muchos vecinos de su ciudad, quienes pudieron comprobar los beneficios que la acupuntura tenía para su salud. “Estuve 20 años trabajando como médico acupuntor y todos los días recibía más personas que iban a mi consulta, muchas de ellas personas mayores, algunas con artrosis, que gracias a las agujas conseguían aliviar el dolor”. Allí descubrió su atracción por el colectivo de personas de edad más avanzada. “En primer lugar, me atrajo de ellos el hecho de que podía ayudarles a reducir el dolor y, en segundo lugar, el trato que establecía con estas personas”, explica. José Manuel Mayán empezó en 1981 como profesor de la Universidad de Santiago, im64

partiendo la docencia teórica y práctica de la asignatura de Enfermería Geriátrica en la Escuela de Enfermería de la Universidad de Santiago. De esta manera, inició su larga trayectoria como docente en la universidad y en 1992, finalmente, logró su plaza como catedrático de Enfermería Geriátrica y Gerontológica. Actualmente ya no imparte clases, pero todavía hoy recuerda los mensajes que habitualmente solía transmitir a sus alumnos cuando entraba en el aula. “Les decía que un viejo es alguien que tiene 10 años más que ellos. ‘Piensen así y no lo verán como alguien lejano’”, les advertía. Este médico, quien logró convertirse en el 25 catedrático de España en Enfermería Geriátrica y Gerontológica, también trasladaba a sus estudiantes la siguiente afirmación, que hoy todavía defiende de manera firme: “No hay enfermedades de viejos, hay enfermedades”. Hay tres cuestiones que siguen siendo claves a la hora de envejecer, insiste. “La dieta debe ser saludable y no vale comer de todo, es importante practicar actividad física y también es esencial tener una actitud positiva ante la vida”.

“De las personas mayores me atrajo el trato que establecía con ellas” Hoy ya hay muchos expertos que defienden estas últimas ideas, pero él hace muchos años que lo tiene absolutamente claro. “Yo dirigí

la primera tesis sobre educación física para personas mayores. Llegada esta etapa no se trata de hacer menos actividad física, como suelen decir algunos, sino de adaptarla a los mayores, en función de sus capacidades”.

“Una dieta saludable, practicar actividad f ísica y tener una actitud positiva ante la vida es clave para la persona mayor” ¿Pero cómo llegó a ser reconocido entre las primeras enfermeras y enfermeros que se dedicaron al cuidado de las personas mayores? Ante esta pregunta, Mayán se muestra escurridizo y no se atreve a explicar más. “Sí… fui un agente importante”, responde con una timidez repentina. En el año 1988, cuando se celebró en Logroño el primer congreso de la Sociedad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), bajo la presidencia de Javier Soldevilla, este médico, que hacía años que formaba parte de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, ya asistió al encuentro. Ahora, tres décadas después de aquel acontecimiento y viendo todo el recorrido realizado por las enfermeras y enfermeros auspiciadas por esta sociedad científica, no puede más que alabar los logros obtenidos: “La aportación de la SEEGG al desarrollo de la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica ha sido muy importante, porque, en su día, se pusieron los pilares y dio forma a lo que actualmente es la especialidad”.


“Desde la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica se pusieron los pilares para desarrollar la especialidad” José Manuel Mayán tiene una visión amplia del rol y los cambios que se han producido en el ámbito de la enfermería, ya que lo ha vivido muy de cerca. “La disciplina enfermera ha mejorado muchísimo. Existe una formación muy amplia, en todos los ámbitos, y actualmente hay enfermeras preparadísimas. La gran ventaja que siguen teniendo las futuras enfermeras, cuando entran en la universidad, es que desde el primer momento hacen muchas prácticas, y esto es fundamental”.

¿Qué huella acaba dejando la enfermera que opta por cuidar de los ancianos? “Ellas tienen una relación que va más allá, porque han trabado un vínculo de confianza, y esto solo se logra con el tiempo”, reconoce. Este médico sigue con su relato y aquí también vuelve a aparecer, una vez más, el vocablo pionero. ¿Pero en cuántas cosas abrió camino este hombre? A partir de 1994 desde la Escuela de Enfermería de la Universidad de Santiago creó el primer programa de doctorado, lo que permitió que enfermeras —a través de otras licenciaturas— pudieran hacer tesis doctorales vinculadas con la enfermería geriátrica y gerontológica. Impulsó másteres en este ámbito y también formación especializada para dirigir centros de mayores, así como cursos para auxiliares en el ámbito de la geriatría.

Fue el creador del programa universitario de formación de personas mayores y ha impulsado un sinfín de proyectos vinculados con la tercera edad, como la influencia de la musicoterapia, los beneficios de los animales de compañía o la instalación de circuitos saludables. Y con toda esta experiencia, ¿qué cualidades como médico ha desarrollado con las personas mayores? “He aprendido a hablar y dejar hablar”. Simplemente esto. Al final la comunicación sigue siendo esencial, también cuando de lo que se trata es de curar.

Me preguntan cómo me gustaría ser cuidado en el futuro y me quedo pensativo. La verdad es que todavía lo veo como algo lejano, pero si me paro a reflexionar creo que lo importante es que lo hicieran de acuerdo con mis características en el proceso de envejecimiento, porque los cuidados no son iguales para todos. Es decir, si yo puedo andar, que no me pongan en una silla de ruedas, y si pierdo capacidades, que me atiendan promoviendo al máximo mis posibilidades de autonomía. La PACIENCIA es la principal cualidad que debe tener una enfermera que cuide a personas mayores, aunque también es clave contar con una formación adecuada para atender a este colectivo de población.

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Javier Soldevilla

Enfermero en el consultorio de Ausejo y profesor de la Escuela Universitaria de Enfermería de Logroño

“Una buena enfermera acaba siendo la extensión de la persona mayor”

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a recorrido un largo camino en vehículo privado con su hermano, quien se ha prestado para acompañarle hasta Madrid, y hoy regresará por carretera a su casa de Logroño, tarde, cuando ya haya caído la noche. En las últimas semanas ha estado ocupadísimo con su trabajo como enfermero asistencial, sus clases en la universidad, y su participación en decenas de congresos y reuniones que le han obligado a viajar de forma continuada. Irrumpe, por una puerta trasera, en el salón donde le hemos citado para iniciar nuestra conversación, de forma inesperada, y entonces todo el entorno se llena con su presencia. Es un hombre de aplomo, corpulento, de carácter abierto y bondadoso, pero de convicciones seguras, firmes y asentadas. Es escrupuloso con cada palabra que utiliza, y por encima de todo sabe comunicar y conmover con sus mensajes, que le salen de forma natural, sin fingimientos ni miedos. Se nota que ya hace años que reflexiona sobre los quehaceres de la enfermería geriátrica y gerontológica, especialidad de la que ha 66

sido maestro de maestros. Sus compañeros le admiran por su capacidad de liderazgo y por haber abierto camino, senda que nunca ha abandonado. Javier Soldevilla (La Rioja, 1962) fue el fundador y el primer presidente de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), sociedad científica que nació el 20 de noviembre de 1987 desde el seno de una fría sala de hospital, como reza la canción, donde él, junto con dos compañeras más, María Teresa Santolaya y Ana Rosa García, elaboraron los primeros estatutos que dieron pie a su creación. Hoy, 30 años después de la fundación de la SEEGG, que presidió a lo largo de 17 años y de la que todavía es vocal por la Rioja, de haberse convertido en un referente en el ámbito del tratamiento de las úlceras por presión y heridas, de los premios cosechados —que él no cuenta— y de participar en un sinfín de sociedades científicas de ámbito internacional, organizaciones profesionales y grupos de investigación, ha vuelto recientemente a trabajar en el consultorio de Ausejo, un

pueblo de la Rioja de poco más de 800 habitantes. Aparte de ser el enfermero de este pueblo, controla otras dos aldeas más, en las que viven una docena de personas. Todos los vecinos son mayoritariamente personas mayores, a las que se acerca, trata y atiende. Ahora es un enfermero rural. Y es feliz. Javier Soldevilla descubrió la atención a las personas mayores de forma chocante, un día de verano de 1981. Le llamaron desde la Diputación de la Rioja para ir a trabajar en una unidad de larga estancia, lo que coloquialmente todo el mundo conoce como geriátrico. “Desembarqué con 18 años de edad en un engendro, una jaula en la que vivían 80 ancianos, y el shock fue tan grande que estuve tres días llorando. Pensé que me había equivocado y no quería volver”.

“El doctor Javier Delpón me dio una primera lección de humildad y de cómo acercarme a las personas que no he olvidado jamás” Empezó trabajando como auxiliar enfermero, sin ningún tipo de formación. “Me podrían haber puesto en mantenimiento; me dieron un uniforme y me dijeron que mi función sería la de cuidar: llevar a los ancianos al baño, vestirlos, darles de comer, acariciarlos y demás”. Las primeras imágenes de aquella escena fueron, para él, oscuras, lúgubres y tremendas.


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“¿Para qué negarlo? Yo vivía en un mundo en el que no creía que eso pudiese existir. Al principio lo veía como un prototipo de asilo, pero cuando rasqué y me incorporé al equipo de trabajo, que mayoritariamente eran auxiliares con muy poquita cualificación pero que llevaban toda la vida cuidando a personas mayores, todo cambió”. Allí conoció también a un gran equipo de médicos geriatras y a alguien que marcaría de manera definitiva su carrera profesional. “Estaba mi jefe, es al único que he proclamado así: mi jefe. Fue la persona que me animó a seguir en esta aventura. Se llamaba Javier Delpón Sarasúa, era médico de formación y uno de los pioneros de la geriatría española”. Fue este médico quien le enseñó cómo acercarse a las personas mayores y, por encima de todo, a saber respetar su opinión, y lo hizo con una primera lección que Javier Soldevilla no ha querido olvidar jamás. Seis meses después de haber empezado como auxiliar en aquel centro, empezó a estudiar Enfermería en la universidad. Inició sus primeras prácticas en la Unidad de Agudos de Geriatría del Hospital de la Rioja, donde coincidió con aquel médico geriatra, que era el jefe de servicio, y que en aquel momento estaba en una habitación, junto a una paciente. Aquel día, el todavía aspirante a enfermero llegó a la unidad impecablemente vestido. Lo hizo mostrando todo lo que tenía, un hombre alto, elegante, de metro noventa y con ganas de comerse el mundo. Le presentaron al doctor Delpón, quien fingió no conocerle. Este médico le invitó a entrar en la habitación 68

de aquella mujer que permanecía encamada y pidió al joven estudiante que atase los cordones del zapato del cuidador o del familiar que estaba junto a la paciente que estaba visitando. “Fue una lección de humildad, bajar al suelo más absoluto. Desde aquel momento aprendí que la atención debe empezar desde la base, y la base está en el zapato”. Meses más tarde estuvo trabajando en una Unidad de Medicina Familiar llevada por médicos residentes, enfermeros de tercer curso en prácticas y trabajadores sociales, justo cuando el movimiento de la medicina familiar empezaba en España. Seguramente fue allí, en aquel equipo interdisciplinar formado mayoritariamente por alumnos, donde Javier Soldevilla cogió el gusto por dedicarse al cuidado de los ancianos. “Allí lo aprendí todo, me engancharon las personas, fue mágico. Creo que nadie en su sano juicio, cuando debuta en la enfermería, decide ser enfermera gerontológica. No es lo más atractivo, porque la imagen que tenemos de la vejez es la que es”.

de ancianos— ha formado parte de su realidad asistencial. “Las enfermeras intermediamos a veces con los familiares para ayudar a morir en paz a los pacientes, quienes, al final, cuando fallecen, siempre se llevan un trocito de ti”.

“La vejez también es una oportunidad para enriquecerse” Tras finalizar sus estudios de Enfermería, hizo las oposiciones y entró a trabajar primero en una residencia de ancianos y después y durante 20 años en la Unidad de Geriatría del Hospital de la Rioja, la misma en la que había empezado de estudiante. De bien joven empezó también su trayectoria de docente, sustituyendo al que él siempre ha considerado su jefe, e impartiendo al cabo de poco la asignatura de Enfermería Geriátrica y Gerontológica en la Escuela Universitaria de Enfermería de Logroño. Y hasta el día de hoy.

Durante su primer año como estudiante de Enfermería tuvo también su primer contacto con la muerte. Durante sus prácticas en el Hospital General de la Rioja entró en una habitación y se encontró que el paciente ya había fallecido. Entonces no pudo ni acercarse, salió nervioso y solo atinó a avisar a la enfermera.

¿Qué es lo que intenta transmitir a sus alumnos una y otra vez? “Intento explicarles que la vejez es una etapa de la vida, además, la más larga de todas, y uno se puede seguir enriqueciendo y puede continuar conquistando cosas. No podemos perder 20 años de nuestra vida por haber ingresado en el mundo de los viejos”, afirma de manera contundente.

Tras este acontecimiento, el acompañamiento a la muerte —al igual que para el resto de las enfermeras, especialmente las que cuidan

Entonces, cuenta su pasión por el cuidado y la atención a las personas mayores. “Cuando ya era especialista, unas enfermeras vete-


ranas, al saber que estaba en el ámbito de la geriatría, se apenaron por mi elección. Hubiera podido escoger otra salida, pero no existe una versión más depurada de cuidar a las personas de la que una enfermera pueda disponer”. “Las personas mayores son cándidas, aunque no podemos olvidar que son un fiel reflejo de lo que han sido a lo largo de su vida, y todas tienen su personalidad. Cuando llegan a una fase de fragilidad y ya no pueden valerse por sí mismos, la buena enfermera es aquella capaz de dejar huella en el anciano porque acaba siendo una extensión de este”. Si hay alguien que puede contar los orígenes de la SEEGG es Javier Soldevilla. La idea nació de una conversación entre dos médicos

geriatras integrantes de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología —aquí vuelve a salir una vez más en la trayectoria profesional el doctor Delpón—. “Uno de los médicos comentó que había escuchado que iba a salir la especialidad de las chicas y que la deberían regular los médicos”. Aquello sublevó a aquel joven enfermero, quien replicó que la formación enfermera la decidirían las propias enfermeras. Y entonces se puso manos a la obra, buscó el apoyo del presidente del Colegio Oficial de Enfermería de la Rioja, Felipe Herrero, quien le puso en contacto con el Consejo de Enfermería de España, que, a su vez, le asesoró con los trámites para registrar la sociedad.

La SEEGG se presentó en sociedad en su primer congreso, que se celebró los días 19, 20 y 21 de noviembre de 1987 en Logroño, en un evento que reunió 500 asistentes. Se tocaron temas muy atractivos, algunos revolucionarios para el momento, como la sexualidad en la vejez, a partir de una conferencia del médico Jesús Calvo, uno de los padres de la geriatría moderna en España. El acta fundacional de la SEEGG se firmó en una sala de Santo Domingo de la Calzada, un pueblecito de la Rioja, que hoy, 30 años después, sigue siendo el patrón de la SEEGG.

El TACTO, que es una habilidad que he ido desarrollando con el paso del tiempo, es una de las grandes destrezas que debe tener toda enfermera gerontológica. Después está la empatía, el saber escuchar, evidentemente estar hiperformada, y partir de una alegría y actitud positiva frente a la vida. Pero en este equilibrio de ciencia y arte que es la enfermería, saber tocar es esencial. Es clave saber hacerlo desde el respeto hacia la persona mayor a la que atendemos, dejándole espacio y margen para que pueda elegir, personalizando los cuidados según sus preferencias y necesidades. Así es como me gustaría que me cuidaran cuando sea viejo.

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Misericordia García Profesora de la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona

“Envejecer es vivir”

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os invita a entrar en su despacho de la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona, que comparte junto con otras compañeras de su mismo departamento. Se coloca detrás de su mesa y, poco a poco, se va relajando y parece encontrarse algo más cómoda cuando relata sus inicios como enfermera, su trayectoria como docente, así como su participación directa con la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), sociedad de la que empezó a formar parte en 1987 como vocal de Cataluña y de la que acabó siendo presidenta a lo largo de ocho años, sustituyendo en el cargo a su antecesor, Javier Soldevilla. Posteriormente, cuando salimos del edificio en el que nos hemos citado para hacer la sesión de fotografías, empieza un momento algo más complicado, y ya nos advierte de que no le gusta que le tomen fotos, y menos posar delante del objetivo de una cámara. A pesar de todo, no escatima esfuerzos y pone en práctica toda su paciencia para que la fotógrafa pueda concentrarse en su trabajo. En sus adentros piensa que todo sea por la SEEGG y por contribuir a dar visibilidad a lo

que es o debería ser la enfermería geriátrica y gerontológica, especialidad en cuyo desarrollo ella ha contribuido tanto. Misericordia García (Reus, Tarragona, 27 de junio de 1955) es una mujer de carácter fuerte, con un discurso sólido y sin fisuras, y cuenta con una gran habilidad para reflexionar sobre los retos de la profesión enfermera. Habla claro, analiza los progresos que se han hecho en los últimos años, especialmente en el ámbito gerontológico, y no evade las preguntas que le hacen ni tampoco cuando debe hacer autocrítica desde dentro del colectivo.

“Aspiro a que mis alumnos tengan otro concepto de la vejez al finalizar mi asignatura” Esta enfermera empezó su trayectoria como docente en 1982, inicialmente como profesora asociada de la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona. En aquel momento, ella ya trabajaba como enfermera en la Unidad de Cuidados Inten-

sivos del Hospital Creu Roja de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), por lo que empezó impartiendo la asignatura de Enfermería Medico-quirúrgica. Pocos meses más tarde, en la Escuela de Enfermería, se decidió dar más peso a la asignatura de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, por lo que se buscaba una docente que pudiera impartir más horas. Y así fue como esta enfermera empezó a dar clases de una especialidad enfermera de la que hoy en día sigue siendo un referente. Desde siempre, esta profesora ha sido consciente de que cautivar a sus alumnos para que acaben eligiendo enfermería geriátrica y gerontológica no será fácil. Sabe que de aquella aula va a atraer a pocos aspirantes, porque a la mayoría de los estudiantes, cuando empiezan, les gusta más el ritmo trepidante de emergencias u otras materias más quirúrgicas. Aun así, su objetivo es que “cuando el alumno termine mi asignatura tenga otra visión de lo que es la vejez”. “Cuando el primer día de clase pregunto a los estudiantes si quieren envejecer, el 90 % responde que no. Y cuando les pregunto qué es para ellos la vejez, contestan enfermedad y decrepitud”, asegura. Entonces se propone romper estos estereotipos, que de hecho son los que tiene la propia sociedad. “Les digo que vayamos al hospital oncológico o a la sala de trasplantes, para que vean que la gente que está allí es más o menos de su edad o un poquito más mayor, y tiene una enfermedad gravísima y no es vieja. Por lo tanto, ni todos los viejos son enfermos 71


ni todos los jóvenes están sanos”. Y saca a relucir uno de sus principales lemas: “envejecer es vivir” porque “si no se vive no se envejece”.

días, la monja me dijo que la madre superiora había aceptado mi nueva tarea y me pusieron un vestidito de enfermera, con la cofia”.

Llegados a este punto, todos los alumnos callan y se ponen a reflexionar en serio. En su interior, la profesora sonríe por debajo de la nariz y allí se empieza a dar por satisfecha. Una vez más, ha logrado romper ciertos prejuicios y cambiar la idea inicial que muchos de sus alumnos tienen del mundo de los viejos.

Eran otros tiempos, y entonces en aquel hospital todavía no había enfermeras, solo religiosas que cuidaban de los enfermos. A aquella joven le atrajo el trato directo con las personas y el hecho de poder hablar y acompañarlos, hasta tal punto que al terminar el Servicio Social aceptó el ofrecimiento de empezar a trabajar de auxiliar enfermera en el turno de noche.

Escoger una opción profesional durante la juventud no es fácil. A veces descubres lo que acabará siendo la profesión por casualidad, porque alguien te invita a descubrir un mundo desconocido que finalmente te acaba atrapando. Misericordia García lo sabe bien, porque de jovencita jamás pensó en ser enfermera.

“Descubrí el trato con los pacientes cuando hice el Servicio Social en el Hospital Sant Joan de Reus” Tenía 15 años de edad cuando se propuso hacer el Servicio Social, una actividad formativa obligatoria que debían hacer todas las mujeres durante el franquismo, para poder obtener el pasaporte y viajar a Francia. Mientras se sacaba el bachillerato, le mandaron al Hospital Sant Joan de Reus, entonces regentado por religiosas, donde le pusieron a planchar. Fue gracias a la mediación de una de las religiosas que finalmente pudo abandonar aquella tarea tan tediosa y acompañarla a planta con los pacientes. “Al cabo de tres 72

Tras obtener el título de bachiller, decidió definitivamente que sería enfermera. Llegó a Barcelona el 16 de julio de 1973 y, mientras estudiaba para ayudante técnico sanitario (ATS) en el Hospital Clínic, empezó a trabajar como auxiliar en el Hospital Creu Roja de Hospitalet de Llobregat, centro en el que posteriormente obtendría una plaza como enfermera. En aquellos años, para una chica de provincias ir a estudiar a Barcelona era abrir ventanas y descubrir un mundo de libertad y de pensamiento que hasta aquel momento había sido ajeno a su vida. Era una época de cambios, absolutamente politizada, y ella no se quiso quedar al margen. No fue hasta 1977 que las escuelas de ATS se integraron en la universidad para convertirse en escuelas universitarias de Enfermería, logrando de esta manera una de las aspiraciones de gran parte de la profesión, que durante aquellos años se movilizó con sus reivindicaciones.

“La enfermera debe llevar sus ansias de investigar en su ADN” La enfermería se estaba profesionalizando a marchas forzadas y de ello fue consciente Misericordia García cuando posteriormente, a finales de 1976, empezó a trabajar como enfermera en el Hospital Creu Roja. “Ya empezaban a entrar muchas enfermeras y no eran únicamente religiosas las que cuidaban de los enfermos”. Pese a que en 1982 empezó sus clases en la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad de Barcelona, siguió como enfermera asistencial hasta que, en 1986, consiguió sacarse la plaza titular de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, la primera que salió en España por concurso-oposición. Fue obligada por la denominada Ley de incompatibilidades a dejar atrás el contacto directo con el paciente, lo que reconoce como “error garrafal”. “Nadie que esté trabajando en el ámbito de la salud puede estar desvinculado de la asistencia”. No obstante, desde el primer momento intentó suplir esta deficiencia siguiendo muy de cerca las prácticas de los estudiantes. Aun así cree también que todas las enfermeras asistenciales nunca deben olvidar la teoría y deben armarse de argumentos y buscar espacios de reflexión, también para investigar. No es fácil, porque la presión asistencial apremia, pero no hay que rendirse. “Me doy cuenta con los alumnos; al cabo de unos años de empezar a trabajar, veo que el sistema se los está comiendo”.


Entonces, ella es muy dura con ellos. “Si vuestro trabajo se basa puramente en la práctica repetitiva, no hace falta hacer una carrera en la universidad, mejor una carrera práctica, de formación profesional”, les advierte. Misericordia García va más allá en su reflexión. “Somos una profesión esencialmente femenina, por lo que lamentablemente la evolución de la disciplina está marcada por el rol y las dificultades que las mujeres tenemos todavía en la sociedad actual”. En el caso de la enfermería geriátrica y gerontológica, las dificultades van más allá. Ella lo sabe bien no solo por su vínculo histórico con la SEEGG, sino también porque hasta 2014 fue la presidenta de la comisión nacional que asesoró al Ministerio de Sanidad, Servi-

cios Sociales e Igualdad en el desarrollo del programa formativo de la especialidad. “No partíamos de ningún modelo pero logramos hacer un buen programa, que hoy debería empezarse a revisar”. Ahora, reconoce, “tenemos un montón de especialistas y ninguna trabaja en su especialidad. Ni se les reconoce ni se les paga como tal”. Cambiarlo no es fácil, pues depende de las decisiones políticas, se lamenta.

Aun así, sigue esperanzada al asegurar que los cambios en toda la profesión enfermera se irán consiguiendo, pero “no por tener muchos doctores, sino por ser capaces de investigar” y, para esto, “se debe ir al campo de batalla, ya sea en un hospital, en un centro de atención primaria o en cualquier otro dispositivo”. “La enfermera debe llevar la investigación en su ADN”.

“El programa formativo de la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica debería empezar a revisarse”

Cuando voy al centro de atención primaria como usuaria, hay momentos en que siento que algunas de mis propias compañeras enfermeras me infantilizan, y no lo soporto. Tampoco tolero que cuando se dirigen a mí hablen en plural. “Nos vamos a tomar la tensión, nos vamos a hacer un análisis de sangre”. Entonces es cuando les pregunto si primero se pincha ella y luego me pincho yo. Para mí es una falta de respeto. A una enfermera gerontológica le pido que no me infantilice, que me deje decidir. La EMPATÍA, ponerse en el lugar del otro, respetando sus preferencias y dejando decidir, es clave cuando de lo que se trata es de cuidar a personas mayores, y esto es algo que se logra con el tiempo.

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Fernando Martínez Presidente de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica

“Una sociedad se mide a nivel ético por cómo cuida a sus mayores”

A

ntes de bajar a pasear por el centro de Oviedo, ciudad en la que vive desde hace muchos años, se acomoda en el sillón de su salón, buscando el confort y la tranquilidad tras un día de trasiego en el Centro Polivalente de Recursos para Personas Mayores El Cristo, perteneciente a la red de Establecimientos Residenciales para Ancianos del Principado de Asturias (ERA), donde trabaja como director. Este enfermero de hablar pausado y de mirada dulce tiene siempre la puerta de su despacho, situado en la planta baja de la residencia, abierta a todos, por lo que las interrupciones son habituales en su día a día. Es así como debe ser.

“Una buena enfermera es la que encuentra el equilibrio entre la técnica y el acompañamiento” Fernando Martínez (Grado, Asturias), 19 de abril de 1967) parece que ya está preparado para dejarse llevar por el viaje de idas y venidas por estos ya 30 años como enferme74

ro, una profesión que empezó a conocer de muy pequeño, aunque sin tener demasiada conciencia de ello, a través de su hermana, quince años mayor que él. “Ella estudiaba para enfermera y en aquella época, cuando yo tenía cinco años de edad, las agujas todavía debían afilarse, por lo que cuando se estropeaban siempre jugaba con ellas”, asegura rememorando su niñez y la etapa de los juegos infantiles. Pero aquel niño, el menor de tres hermanos, que le cobijaron como el pequeñín de la casa, creció, hasta que llegó el momento de escoger los estudios que le ayudarían a forjar su futuro profesional. Sus primeras opciones fueron Medicina o Enfermería, pero finalmente eligió la última. “Empecé Enfermería con la ilusión de enriquecerme y, al principio, sobre todo de aprender y de indagar sobre la persona y el funcionamiento del cuerpo, pero el mayor aprendizaje llegó con las prácticas, al ver la importancia del acompañamiento y de la relación de ayuda que aportamos como enfermeras”.

Al terminar sus estudios estaba convencido de que su futuro estaba en el mundo hospitalario. “Pensaba que era donde más técnica aprendería, pero entonces empecé con un contrato de seis meses en el ámbito de atención primaria, donde trabajé en la zona de Mieres”. Allí encontró el apoyo de enfermeros experimentados e inició sus primeros pasos como profesional.

“De la atención a la persona mayor me atrapó el contacto permanente y la autonomía que tenemos como enfermeras” Trabajó seis meses en el Hospital de Cabueñes de Gijón, en el servicio de Cuidados Intensivos, donde descubrió el gusto por el control de las bombas de insulina, la morfina, los electrocardiogramas y los respiradores. Pero entonces, su trayectoria profesional dio un giro inesperado, aunque él, en aquel momento, todavía ni lo sospechaba. Un compañero le propuso presentarse a unas oposiciones que acababan de salir para el entonces Instituto Nacional de Servicios Sociales (INSERSO) y él aceptó para probar. En aquel momento estaba pendiente de empezar a trabajar en el Servicio de Urgencias de su mismo hospital, pero tras aprobar la oposición al INSERSO se adentró en un ámbito distinto. Su primera experiencia como enfermero con las personas mayores


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la inició en 1989 en la Residencia Mixta de Gijón. Al principio pensó, erróneamente, que lo único que le aportaba aquel ámbito de atención eran cuidados básicos, pero poco a poco fue descartando esta idea y se le abrió un nuevo mundo enfermero que desconocía. “Me atrajo el contacto directo con la persona mayor y el hecho de ver que en el ámbito residencial esta relación es diaria, porque sabes que en un 99 % de los casos, aquel residente ya no se marchará. Existen unos cuidados básicos, una relación permanente y como enfermeras tenemos una gran autonomía”.

“El día de mañana a las enfermeras nos van a pedir responsabilidades por el plan de cuidados a la persona mayor” Allí vivió su primera experiencia con la muerte. “Fue algo tranquilo, se trataba de Arturo, un hombre ya mayor, al que de repente la auxiliar vio empeorar. Recuerdo que pasaron varios minutos entre que le hicimos la valoración, le tomamos las constantes vitales, detectamos que ya estaba al final y pudimos asegurarnos de que aquella situación de fin de vida fuese digna y confortable. Luego se apagó y nos dejó”. Contrariamente a lo que algunos pudieran imaginar, lo recuerda como un final dulce. “El amortajamiento no me impactó, pero sí que me hizo reflexionar sobre cómo sería el después de hacerle la higiene, de vestirle”. 76

Ya han pasado muchísimos años, pero a Fernando Martínez todavía hoy aquel momento le lleva a preguntarse si hizo lo adecuado. Asiente afirmativamente, aunque le queda una pequeña duda. “Puede que todo fuera demasiado rápido”, afirma. Aquellos 18 años como enfermero asistencial en una residencia geriátrica le llevaron a conocer no sólo el ámbito de los cuidados sino la vertiente humana de su profesión. “La persona mayor es muy agradecida: con una sonrisa, un gesto, una palabra y con el contacto te devuelve todo lo que le ofreces como enfermera. En algunos casos ves como gracias a tu intervención puede llegar a mejorar su bienestar, a potenciar su autonomía, aunque siga siendo dependiente a la hora de realizar sus actividades de la vida diaria”. ¿Pero cómo es posible que una persona sea autónoma si no puede seguir comiendo, lavándose, peinándose o andando por sí sola? Él lo tiene claro. “Pese a todo ello, a muchas personas todavía les queda la opción de elegir: escoger si quieren vestir aquel pantalón, la camisa a cuadros o lisa, salir al jardín, desayunar en la habitación y después ponerse a mirar el paisaje desde la ventana de su habitación. No nos damos cuenta y a veces son estas pequeñas cosas las que les dan calidad de vida”. Durante toda aquella etapa como enfermero asistencial, Fernando Martínez también creció profesionalmente en el ámbito de la investigación y de la docencia. Aunque tuvo oportunidades de incorporarse a la universidad, la propuesta de dirigir un centro público para mayores en Asturias le tentó y le animó

a conocer de más cerca el mundo de la gestión. “Me gustó esta idea de trabajar en un equipo —integrado por enfermeras, fisioterapeutas, auxiliares, psicólogos, terapeutas ocupacionales y trabajadores sociales— con el que poder diseñar lo que queríamos que fuera el cuidado a las personas mayores, basándonos en el respeto hacia sus valores”. La vida en una residencia geriátrica, contrariamente a lo que se pueda pensar desde fuera, no son sólo normas y procedimientos. “Intentamos adaptarnos a lo que el mayor quiere hacer con su vida, ser sensibles a los hábitos y horarios que tenía antes de entrar en la residencia, y le facilitamos canales de participación para que pueda transmitir sus deseos y propuestas”, explica.

“Falta crear más plazas para especialistas y reconocer la categoría profesional” Fernando Martínez es actualmente presidente de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG), sociedad que conoció en 1994 a través de un congreso al que entonces no pudo ir. Él y sus compañeros se fijaron el objetivo de presentar al congreso del año siguiente un proyecto de investigación, y desde entonces nunca dejó de acudir a los certámenes de la SEEGG. En 2000 se incorporó a la vocalía de esta sociedad científica de Asturias y empezó a trabajar con los miembros de la junta directiva, con Javier Soldevilla y Misericordia


García al frente, quienes “fueron nuestros maestros y nos abrieron camino”. Cuatro años más tarde ocupó el cargo de vicepresidente hasta que en 2012 fue nombrado presidente de la SEEGG.

“Javier Soldevilla y Misericordia García han sido nuestros grandes maestros en la SEEGG” En 2007, y dos años después de la aprobación del decreto que desarrollaría las especialidades enfermeras, se creó la Comisión Nacional de la Especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, tras muchos años de presiones, de espera y también de

un trabajo realizado desde la SEEGG, que desde sus inicios batalló para lograr el reconocimiento de la especialidad. En el marco de aquella comisión, desarrollaron el plan docente, así como el marco de competencias de la enfermera especialista. En aquel momento, en España sólo había tres unidades docentes. Actualmente hay 15 unidades docentes, 7.000 enfermeras especialistas acreditadas por la vía excepcional y otras 76 enfermeras especialistas por la vía de Enfermera Interna Residente (EIR). Pero hay una asignatura pendiente muy importante. “Falta no sólo crear más plazas para especialistas sino reconocer, de una vez por todas, la categoría profesional”. En 2050 España será el segundo país más envejecido del mundo y se triplicarán los

mayores de 80 años de edad. A la vista de estas cifras, ¿a qué estamos esperando para dar un empujón que ayude a avanzar esta especialidad enfermera? “El día de mañana nos van a pedir responsabilidades por el plan de cuidados de la persona mayor, y nosotras, como enfermeras, debemos ser capaces de defenderlo y de liderarlo y exigirlo ante otros profesionales”. Pero en todo ello hay implicaciones que van más allá de la enfermería. “Podemos medir el nivel ético de una sociedad por cómo cuida a sus mayores”, afirma tajante. “Hoy muchos mayores están ingresados en una institución por la ausencia de cuidadores que puedan seguir cuidándoles en su entorno habitual, como sería su deseo”, reconoce.

Cuando sea mayor me gustaría seguir tomando mis propias decisiones, ser autónomo y no ser una carga para nadie. Si un día llega el momento que deben cuidarme, desearía que me tuvieran en cuenta como persona, con toda mi trayectoria y mi historia de vida. Tras años de recorrido profesional, ahora sé que las enfermeras dejamos huella en la persona mayor porque la acompañamos hasta el final, pero lo hacemos respetando sus expectativas y valores, aunque no coincidan con los nuestros. Y en todo ello, intentamos proteger un valor esencial: la necesidad de HUMANIZAR nuestras acciones, protegiendo el contacto y la mirada con el otro.

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Anna Sabadell “Por la mañana me levanto y me digo a mí misma: debes maquillarte”

N

o tengo miedo a morir, pero sí a dejar de valerme por mí misma, porque ya tengo una edad. Mañana mismo voy al médico, pero si no me llama antes uno de mis dos hijos para acompañarme, tampoco pienso decir nada; cogeré un taxi e iré sola. Al fin y al cabo la paciente soy yo, es a mí a quien visita y ya me sé presentar. Nací en 1929, antes de que se proclamara la República, y conocí muy de cerca las vicisitudes de la Guerra Civil: el hambre; la difícil etapa de la posguerra; el esfuerzo para forjarme un futuro, primero como tendera y más tarde como propietaria de una pollería en el mercado del Ninot de Barcelona. Luché para subir dos hijos, tras quedarme viuda; y finalmente empezar una etapa, al lado de un nuevo compañero de vida, para viajar y abrir una ventana al mundo. Hace años que vivo sola en este piso del barrio de Gracia de Barcelona. Tras todos estos años, la familia sigue siendo un referente para mí, aunque me gusta ir a mi aire. Jordi y Narcís, mis dos hijos, a pesar de que ya hace mucho tiempo que no viven conmigo y hacen su propia vida, como debe

ser, me llaman todas las noches para preguntar qué hago, cómo estoy y cómo he pasado el día. Celebramos juntos los cumpleaños y los veranos, y desde hace tres años me voy de vacaciones con la ONG Amics de la Gent Gran (Amigos de las Personas Mayores). Después de morir Jaume, mi compañero, pensé que los lunes, día en el que en los últimos años y durante todas las semanas le iba a visitar a la residencia, los podría dedicar a personas que lo necesitaban, y entonces vi un anuncio de esta ONG en el que hacían una llamada para buscar voluntarios y me presenté. Una vez allí, el director nos contó todo lo que podían hacer los voluntarios, como acompañar a personas mayores al médico o visitarlas en su piso dos horas a la semana. Pensé que todo aquello era fantástico pero que no me veía capaz de hacerlo. Entonces me propusieron que en lugar de hacerme voluntaria yo fuera beneficiaria de todos aquellos servicios. Y así fue como comenzó toda esta historia. Si hay una celebración o me voy de vacaciones con ellos, les escribo una carta de agrade-

cimiento por todo lo que hacen, pero cuando algo no me gusta también se lo hago notar. Debo reconocer que de Anna Sabadell siempre se acuerdan. Ahora tengo dos voluntarias que me vienen a visitar a casa para hacerme compañía. También dispongo de un teléfono de teleasistencia, aunque el avisador que nos dan en forma de medalla habitualmente lo tengo colgado en la cabecera de la cama y solo me lo pongo cuando voy a la ducha. Hace unos meses probé la experiencia de ir a vivir a una residencia. Era un hotel maravilloso, con dos piscinas, salas de espectáculos, un suelo que parecía un espejo y con una habitación que era casi un piso. Al irme de casa un vecino ya me dijo: “Anna, tú allí no te vas a estar mucho tiempo”. Y solo estuve ocho días.

“Me pone triste que el cuerpo ya no me siga como antes” No me gustó la comida y el ambiente me pareció demasiado cerrado, aunque todos los días salía por la mañana para ir a comprar el periódico, para así mantenerme al día de la actualidad. Al principio nadie hablaba, pero cuando me fui ya me conocía todo el mundo. Creo que las personas mayores que viven en residencias parecen domesticadas, no se quejan, no dicen nada. Hoy he ido a caminar, he arreglado las plantas y he fregado un poco los platos, pero mis huesos y articulaciones se cansan. La mente, sin embargo, sigue estando clara. Me disgus79


ta que el cuerpo ya no me siga como antes, me pone triste. He vivido mucho, he tenido dos hijos, un marido y un compañero, cuatro nietos y ahora una bisnieta, Marina. He trabajado mucho y también he dado mucho. Escribir me ayuda a ordenar el pensamiento, a explicar mis sentimientos, pero lo hago cuando estoy sola, cuando tengo un momento de recogimiento. Cuando por la noche estoy en la cama siempre hago la reflexión del día y estoy contenta porque tengo el corazón en paz.

“Hace poco el médico me dijo que me había adelantado a mi tiempo. Quizás tiene razón” La vida actual es muy diferente a la de antes, ahora las parejas son muy independientes y también lo son las mujeres, porque casi todas trabajan. Cuando yo era joven esto no se concebía. Ahora cada miembro de la pareja también se realiza por su parte y esta, para mí, es la mejor manera de entenderse y funcionar. La ilusión de cuando uno se casa, lo de mirarse en los ojos de él, ya no se lleva, porque si se lleva uno ahoga al otro. Concibo la relación de pareja como dejarse un espacio, donde cada uno mantenga sus amistades, para no romper con la propia vida. Hace poco el médico me dijo: “Usted se ha adelantado a su tiempo”. Y probablemente tenía razón, quizás nací fuera de tiempo. En el hospital, después de operarme de la rodilla, las enfermeras me subieron las baran80

dillas de la cama, y aunque al principio me negué, después tuve que aceptarlo. Lo que sí que no utilicé ni una sola vez fue la cuña, porque aunque fuera con las muletas, yo sola me levantaba para ir al baño. ¿Mi objetivo? Valerme por mí misma. Aunque la pierna ya no me duele tanto, mi cuerpo no es el de antes, pero no me dejo vencer. Sin embargo, no quiero que nadie venga a casa a cuidarme, ya tengo dos personas que me envía el Ayuntamiento y que me ayudan y, de momento, para cocinar ya me espabilo sola, aunque con los años me he vuelto más perezosa. Me sigue gustando decidir con libertad para seguir viviendo con independencia. La montaña ha formado parte de mi vida, porque desde los 14 años de edad y hasta que pude he subido muchos picos y he realizado miles de excursiones. Ahora, que ya empiezo a bajar el pico de la vida, leo las necrológicas en el periódico y veo a personas más jóvenes que yo que han fallecido, y entonces pienso cuál será mi final. Ojalá muriera de un infarto y siguiera siendo autónoma hasta el último momento. En mi terraza tengo un tiesto con dos pequeños robles que desde hace meses están creciendo con fuerza, después de mi estancia en la residencia. Un día que salí a pasear por los jardines que rodeaban aquel centro, cogí una bellota, me la guardé y al llegar a casa cogí un puñado de tierra y un poco de agua y la planté. El día que me muera me gustaría que mis hijos cogieran este par de arbolitos y depositaran mis cenizas en ellos. Sé que el roble es un árbol fuerte.

Cuando reflexiono sobre la vejez, pienso que las personas deberíamos poder cerrar los capítulos de la vida cuando nosotros elegimos. “De ahí en adelante, ¿qué vendrá? Muy probablemente me llegará la decadencia. ¿Por qué esperarla?”, me pregunto a menudo.

“A partir de ahora muy probablemente me llegará la decadencia. ¿Por qué esperarla?” Al final de mis días lo que me da miedo es sufrir y hacer sufrir a los demás y, por ello, ya tengo hecho mi testamento vital, pues todos tenemos que poder decidir cómo queremos vivir nuestro final, cuando ya no nos podamos expresar o valernos por nosotros mismos. La muerte para mí es un dejar de existir, es como dormir y no despertar del sueño. Nadie puede afirmar que después no exista algo más. Yo pienso que no se pierde todo, porque si quemas un papel, este se transforma en ceniza y sale humo. ¿Por qué las personas debemos tener un final diferente? Definitivamente creo en la energía y que esta también está en las personas, cuando ya no estamos. Las personas queridas que murieron me acompañan, las siento conmigo. He integrado mis muertos con naturalidad, siempre los he recordado, primero los lloré pero hace años que me siento feliz por haber podido compartir la vida con ellos. Si me preguntan si creo en Dios, yo respondo: “¿Qué es Dios?”. Creo que fue un hombre


muy valiente, Jesucristo, que marcó todos los tiempos, se fue al cielo y resucitó de entre los muertos, pero no creo en un Dios de barbas blancas ni en un Dios que castiga. Creo en la bondad.

“La vida me ha hecho ser como soy: una mujer libre e independiente” Me gustaría que me recordaran como soy. Nunca me he dejado vencer, nunca he callado y siempre he dicho lo que pensaba. A estas alturas no me planteo el futuro, procuro no pensar en la decadencia, aunque la veo, pero sigo luchando, cada día salgo un poco a la calle y me esfuerzo. Sé que ahora no tengo

el dinamismo de hace unos años, pero todas las mañanas me miro al espejo y pienso: “Anna, debes maquillarte”. Y me pongo un poco de polvos en las mejillas y me pinto los labios para verme mejor. Nunca quise que nadie se compadecería de mí ni en mis peores momentos. Tengo mi dignidad.

Ahora sé que soy un poco rebelde y que cuento con una superación interior que me conduce a ir siempre adelante. He llegado donde quería, pero nadie me ha dado nada. Todo me lo he hecho yo. A pesar de haber nacido fuera de tiempo, la vida me ha hecho ser como soy: una mujer libre e independiente.

Hace casi 80 años, durante la posguerra, en medio de tanta lucha y sufrimiento, levanté la cabeza y le pregunté a mi madre qué sería cuando fuera mayor. Observaba a mis amigas de la escuela, que vivían una vida más acomodada que la mía, y me miraba a mí, que en aquel momento no solo tuve que abandonar los estudios sino que trabajaba en el mercado para ayudar a mi familia. Entonces no sabía qué me depararía el futuro.

Unos meses atrás, en el ambulatorio, presenté una sugerencia en la que proponía que nos visitara un profesional de la salud de nuestra edad porque posiblemente esta persona se haría cargo de lo que sufrimos y las dificultades que con frecuencia tenemos los mayores. Deberían escucharnos más y dedicarnos más tiempo. Las enfermeras a veces no ofrecen las manos amables que deberían tener, porque sufren escasez de profesionales y no pueden llegan a todo. Las personas mayores a veces nos sentimos demasiado solas y necesitamos ser tratadas con más respeto y dignidad por parte de la sociedad. Todo el mundo debe ser consciente de que llegará a viejo, y pocas personas lo son. La AMABILIDAD casi siempre es la clave de todo.

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Dejando huella

La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica ¿Cómo se forjaron los inicios de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica? Conoce más de cerca cómo ha ido creciendo la SEEGG a lo largo de sus 30 años de historia.


Tres décadas de vida

La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica (SEEGG) nació el 20 de noviembre de 1987 para fomentar y defender dentro de su ámbito todo lo que esté relacionado con la enfermería geriátrica y gerontológica en sus aspectos deontológicos, ético-legales, de dignidad y prestigio técnico, cultural, científico y de investigación. Uno de sus principales objetivos es fortalecer el rol de la enfermera, impulsando su desarrollo profesional, así como apoyar, con sus acciones, cuidados de calidad para personas mayores, en situación de salud y enfermedad. La idea de fundar la SEEGG nació del enfermero Javier Soldevilla, a raíz de una conversación que presenció en la que médicos geriatras integrantes de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología defendían la conveniencia de regular la especialidad de Enfermería. Aquello le sublevó de tal manera que se decidió a fundar una asociación que fuera un nexo de unión para las enfermeras y que ayudara a regular la futura especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica. 84

Buscó el apoyo del presidente del Colegio Oficial de Enfermería de la Rioja, Felipe Herrero, quien le puso en contacto con el Consejo de Enfermería de España, que, a su vez, le asesoró con los trámites para registrar la sociedad. El acta fundacional de la SEEGG, que actualmente cuenta con 600 personas asociadas, se firmó en una sala de Santo Domingo de la Calzada, en la Rioja. Pero los inicios de esta asociación se empezaron a forjar algunos meses antes, en una sala de hospital, donde Javier Soldevilla, su fundador, junto a dos compañeras más, María Teresa Santolaya y Ana Rosa García, empezaron a redactar los primeros estatutos, asentando las bases para su creación. La SEEGG se presentó en sociedad en su primer congreso, que se celebró los días 19, 20 y 21 de noviembre de 1987 en Logroño, en un evento que reunió 500 asistentes. Tras aquel primer encuentro, esta sociedad científica no ha dejado, hasta el día de hoy, de celebrar sus congresos anuales por toda España. Un total de 28 ciudades han acogido este cer-

tamen, punto de encuentro de la enfermería geriátrica y gerontológica, que reúne los principales expertos del sector. Aparte de ofrecer cursos de formación y celebrar jornadas específicas para contribuir al desarrollo profesional, desde esta sociedad científica también se organizan talleres para profundizar en áreas de interés y visitar centros e instalaciones de referencia en el cuidado a las personas mayores. A lo largo de estos años, desde la SEEGG se ha intervenido oficialmente en numerosos foros científicos relacionados con el envejecimiento en España y en países iberoamericanos, así como en debates con responsables de los sistemas de salud y servicios de salud a nivel estatal y autonómico, grupos de familiares, colegios profesionales y otras sociedades científicas. Aparte de la elaboración de documentos y guías profesionales, la SEEGG cuenta desde 1990 con una publicación trimestral de referencia en el sector. Se trata de Gerokomos, su revista oficial y órgano de expresión del Grupo Nacional para el Estudio y Asesoramiento en Úlceras por Presión y Heridas Crónicas (GNEAUPP) y de la Fundación Sergio Juan Jordán para la Investigación y el Estudio de las Heridas Crónicas. Desde sus inicios, otro de los retos de esta asociación fue el de contribuir al desarrollo de la especialidad de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, cuyo programa formativo finalmente vio la luz en noviembre de 2009, tras años de esfuerzo y contribución de un grupo de enfermeros de la SEEGG que trabajaron en el marco de la primera comisión asesora creada en 2007 por el entonces Mi-


nisterio de Sanidad y Consumo. Designados por dicho ministerio, la presidencia de esta primera comisión recayó por consenso en la presidenta de la SEEGG en esos momentos, Misericordia García; Javier Soldevilla ostentó la vicepresidencia, al igual que Cristina Castanedo, durante aquellos años vocal de la SEEGG en Cantabria y vicesecretaria. El entonces vicepresidente de la SEEGG, Fernando Martínez, fue otro de los integrantes designado por las sociedades científicas. Josep París, socio de la SEEGG, formó parte de aquella comisión en representación del Consejo General de Enfermería, y se cerró este núcleo de personas con los cuatro representantes del Ministerio de Sanidad y Consumo,

1987

Virtudes Niño y Amelia Lerma, ambas socias de la SEEGG. En mayo de 2015 se renovaron estos cargos de la comisión, perteneciente al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. En esta ocasión se nombró a Juan Manuel Fernández y a Rosa Martínez como presidente y vicepresidenta, respectivamente, de dicha comisión, en representación de la SEEGG.

La imagen actual de esta sociedad científica representa el acompañamiento a las propias enfermeras, a la persona mayor y a sus familiares y cuidadores, colectivos que se han ilustrado con tres huellas. Estos símbolos dan a entender la importancia de las enfermeras de dejar rastro, pero también pone de relieve el valor de la memoria y de la sabiduría de la persona mayor, uno de los colectivos al que también pretende llegar la SEEGG.

La SEEGG, cuyos cargos de representación son elegidos democráticamente cada cuatro años, fue presidida desde 1987 hasta 2004 por Javier Soldevilla, posteriormente por Misericordia García, quien le sustituyó en el cargo hasta 2012, y actualmente por Fernando Martínez.

1989-2016

2017

Las sucesivas imágenes que han identificado la SEEGG desde sus inicios hasta la actualidad. La marca actual, renovada en 2017, evoca los colectivos a los que la SEEGG se dirige: las enfermeras, la persona mayor y sus familiares, y los cuidadores.

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Un viaje por los 30 congresos de la SEEGG 20 y 21 de noviembre de 1987 Logroño

I Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica

19, 20 y 21 de mayo de 1988 Valencia

II Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica

20, 21 y 22 de abril de 1989 Barcelona

III Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica “Envejecer es vivir”

25, 26 y 27 de octubre de 1990 Zaragoza

1. Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica

10, 11 y 12 de abril de 1991 Murcia

IV Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “La vejez: una etapa de la vida”

7, 8 y 9 de mayo de 1992 Salamanca

2.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Envejecer en salud: un reto para Enfermería”

22, 23 y 24 de abril de 1993 Toledo

V Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “El envejecimiento no es una ruta a seguir, es un camino a construir”

5, 6 y 7 de mayo de 1994 Sevilla

3.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “El anciano terminal”

27, 28 y 29 de abril de 1995 Santander

VI Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “El reto del envejecimiento para Enfermería”

as

22, 23 y 24 de abril de 1996 Santa Cruz de Tenerife

4.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Calidad de vida en la vejez”

28, 29, 30 y 31 de mayo de 1997 Barcelona

VII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 1.er Congreso Internacional de Enfermería Geriátrica “Sociedad nueva en un mundo envejecido”

86

26, 27 y 28 de marzo de 1998 Aguadulce, Almería

5.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Intégralos en tu vida, su vida”

22, 23 y 24 de abril de 1999 Bilbao

VIII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Hacia el futuro”

7, 8, 9, 10 y 11 de abril de 2000 Logroño

6.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 1.er Congreso Iberoamericano de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Una profesión y una lengua en común”

10, 11 y 12 de mayo de 2001 Gijón

IX Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 2.o Congreso Internacional de Enfermería Geriátrica “Hacia una vejez saludable”

18, 19 y 20 de abril de 2002 Huelva

7.as Jornadas Nacionales de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 2.o Congreso Iberoamericano de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Entre culturas: Alzheimer, un reto a los cuidados”

22, 23 y 24 de mayo de 2003 Alcalá de Henares

X Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “El envejecimiento del envejecimiento: nuevas necesidades de cuidados”

22, 23 y 24 de abril de 2004 Vitoria

XI Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Humanismo en el arte de cuidar”

21, 22 y 23 de abril de 2005 Santiago de Compostela

XII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “La vejez, futuro de jóvenes”

27, 28 y 29 de abril de 2006 Palma de Mallorca

XIII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “La calidez en los ancianos”


3 y 4 de abril de 2014 San Sebastián

XV Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica “Cuidar con el anciano”

XXI Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica VI Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “La aventura de envejecer”

16 y 17 de abril de 2015 Segovia

XVI Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 3.er Congreso Internacional de Enfermería Geriátrica I Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores Málaga “Cuidar ante el reto de las demencias”

XXII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica VII Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Avanzando en la calidad del cuidado”

7 y 8 de abril de 2016 Córdoba

XXIII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica VIII Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Creciendo con el paso de los años”

30 y 31 de marzo de 2017 Alicante

XXIV Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica IX Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “El empoderamiento de las personas mayores”

12 y 13 de abril de 2018 Girona

XXV Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica X Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Dejando huella”

9 y 10 de mayo de 2019 Santander

XXVI Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica XI Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “De la Enfermería Geriátrica a la Gerontológica”

19, 20 y 21 de abril de 2007 Cáceres

XIV Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica 1.er Simposio Transfronterizo Hispano-Luso “Vejez: patrimonio e historia viva”

17, 18 y 19 de abril de 2008 Valencia 23, 24 y 25 de abril de 2009 Málaga

15 y 16 de abril de 2010 Guadalajara

XVII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica II Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Facilitar la independencia del anciano frágil”

7 y 8 de abril de 2011 Murcia

XVIII Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica III Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Envejecer: un éxito vital”

26 y 27 de abril de 2012 Tarragona

XIX Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica IV Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “De Senectute: dos mil años después”

25 y 26 de abril de 2013 Valladolid

XX Congreso Nacional de Enfermería Geriátrica y Gerontológica V Jornada Nacional de Auxiliares, Gerocultores y Cuidadores “Detectar la fragilidad y actuar en la cronicidad”

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Dejando huella Las Juntas Directivas de la SEEGG

Las diferentes Juntas Directivas de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica, que se han sucedido desde 1987, lo han hecho por un mandato de cuatro años y fruto de la elección en la asamblea de socios, previa presentación de candidatura.


Las juntas directivas

Junta Directiva SEEGG 1988

La historia de la SEEGG, igual que la de cualquier asociación profesional, se escribe no solo con el nombre y los apellidos de sus socios y socias, sino también de aquellas personas que, desde 1987, han formado parte de las distintas juntas directivas. Todas ellas, con su tiempo y dedicación, se han implicado a la hora de diseñar las actividades y las líneas de acción de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica.

Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

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Javier Soldevilla Agreda Emilia Araujo González Ana Rosa García Marín Isabel Martínez Pascual María Teresa Santolaya Sobrón

Vocales por comunidades autónomas Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

Juan Antonio Villalobos Márquez María Dolores Azúa Blanco Paula Romero Llana Misericordia García Hernández María Rosario Escobar Sobrino María Luisa Mazariegos Romero Raquel San Martín Valdovino Esperanza Miró Albero

Pedro Oliver Cirer Felipe Herrero Alegre Concepción Fernández Caminos Pilar Pintos García Diego Nicolás Torres


Junta Directiva SEEGG 1990 Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Junta Directiva SEEGG 1992 Javier Soldevilla Agreda Emilia Araujo González Ana Rosa García Marín Isabel Martínez Pascual María Teresa Santolaya Sobrón

Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Javier Soldevilla Agreda Misericordia García Hernández María Teresa Santolaya Sobrón Esperanza Ballesteros Pérez Ana Rosa García Marín

Vocales por comunidades autónomas

Vocales por comunidades autónomas

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

María Concepción Muñoz Hurtado María Dolores Azúa Blanco Cristina Castanedo Pfeiffer Misericordia García Hernández María Rosario Escobar Sobrino María Luisa Mazariegos Romero Marilia Nicolás Dueñas María Carmen Chasco Parramón

Pedro Oliver Cirer Cecilia Bañuelos Ochoa Concepción Fernández Caminos María Teresa Rey Otero Diego Nicolás Torres

María Concepción Muñoz Hurtado María Dolores Azúa Blanco Trinidad Bartolomé Salinero Cristina Castanedo Pfeiffer Pilar Torres Egea Jordi Manuel López María Luisa Mazariegos Romero Marilia Nicolás Dueñas María Carmen Chasco Parramón Magdalena Perianés Ferreiro Miguel Ángel Elizalde Oroz Carmen Castro Veiga Pedro Oliver Cirer Paloma González Pérez Concepción Fernández Caminos María Cruz García García Diego Nicolás Torres

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Junta Directiva SEEGG 1996 Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Junta Directiva SEEGG 2000 Javier Soldevilla Agreda Misericordia García Hernández María Teresa Santolaya Sobrón Esperanza Ballesteros Pérez Ana Rosa García Marín

Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Javier Soldevilla Agreda Misericordia García Hernández María Teresa Santolaya Sobrón Esperanza Ballesteros Pérez Ana Rosa García Marín

Vocales por comunidades autónomas

Vocales por comunidades autónomas

Andalucía

María Concepción Muñoz Hurtado

Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

María Dolores Azúa Blanco Trinidad Bartolomé Salinero Cristina Castanedo Pfeiffer Pilar Torres Egea María Victoria García López María Luisa Mazariegos Romero Marilia Nicolás Dueñas María Carmen Chasco Parramón Magdalena Perianés Ferreiro Miguel Ángel Elizalde Oroz Carmen María García Martínez Pedro Oliver Cirer Paloma González Pérez Concepción Fernández Caminos María Cruz García García Diego Nicolás Torres

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

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María Concepción Muñoz Hurtado María Dolores Azúa Blanco Trinidad Bartolomé Salinero Cristina Castanedo Pfeiffer Pilar Torres Egea María Victoria García López María Luisa Mazariegos Romero Marilia Nicolás Dueñas María Carmen Chasco Parramón Magdalena Perianés Ferreiro Ana Canga Armayor Carmen María García Martínez Julia Gallo Estrada Paloma González Pérez Concepción Fernández Caminos Fernando Martínez Cuervo Diego Nicolás Torres


Junta Directiva SEEGG 2004 Presidenta Vicepresidente Secretario general Vicesecretaria Tesorera

JuntaDirectiva SEEGG 2008 Misericordia García Hernández Fernando Martínez Cuervo Manel Quintanilla Martínez Cristina Castanedo Pfeiffer Isabel Llimargas Doña

Presidenta Vicepresidente Secretaria general Vicesecretaria Tesorero

Misericordia García Hernández Fernando Martínez Cuervo Rosa Martínez Sellarés Ángela María Toronjo Gómez Manel Quintanilla Martínez

Vocales por comunidades autónomas

Vocales por comunidades autónomas

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

Ángela María Toronjo Gómez María Dolores Azúa Blanco Trinidad Bartolomé Salinero Soraya San Emeterio Peyón Josefina Vernet Aguilló María Victoria García López Ana María Vázquez Casares Pilar Gotor Pérez María Carmen Chasco Parramón Magdalena Perianés Ferreiro Ana Canga Armayor Carmen María García Martínez Julia Gallo Estrada Javier Soldevilla Agreda Olga Díaz de Durana Martínez María Luz Lago González María Beatriz Lidón Cerezuela

María Carmen Jiménez Díaz María Dolores Azúa Blanco Emilio Fariña López Soraya San Emeterio Peyón Josefina Vernet Aguilló María Victoria García López Ana María Vázquez Casares Pilar Gotor Pérez María del Mar Alcañiz Garrán María Teresa Durán Medina Ana Canga Armayor Carmen María García Martínez Julia Gallo Estrada Javier Soldevilla Agreda Ana Orbegozo Aramburu María Luz Lago González María Beatriz Lidón Cerezuela

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Junta Directiva SEEGG 2012 Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Junta Directiva SEEGG 2016 Fernando Martínez Cuervo María Luz Polo Luque Rosa Martínez Sellarés María Victoria García López María del Carmen Cabot García

Presidente Vicepresidenta Secretaria general Vicesecretaria Tesorera

Fernando Martínez Cuervo María Victoria García López Xènia Sist Viaplana María Amorín Bayón Rosa Martínez Sellarés

Vocales por comunidades autónomas

Vocales por comunidades autónomas

Andalucía Aragón Canarias Cantabria Cataluña Castilla-La Mancha Castilla y León Comunidad de Madrid Comunidad Valenciana Extremadura Comunidad Foral de Navarra Galicia Islas Baleares La Rioja País Vasco Principado de Asturias Región de Murcia

Andalucía Juan Manuel Fernández Sarmiento Aragón Blanca Samper Lamenca Canarias Emilio Fariña López Cantabria Carmen Sarabia Cobo Cataluña Victoria Morín Fraile (hasta 2018) Julia González Vaca (desde 2018) Castilla-La Mancha Alica Hanzeliková Pogrányivá Castilla y León Virtudes Niño Martín Comunidad de Madrid Emilia Puche Togores Comunidad Valenciana María del Mar Alcañiz Garrán Extremadura María Luisa Nula Navarrete Comunidad Foral de Navarra Ana Canga Armayor Galicia Carmen María García Martínez Islas Baleares Francisca Pozo Rodriguez La Rioja Javier Soldevilla Agreda País Vasco Ana Orbegozo Aramburu Principado de Asturias María Luz Lago González Región de Murcia Carmelo Gómez Martínez

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María Carmen Jiménez Díaz María Dolores Azúa Blanco Emilio Fariña López Carmen Sarabia Cobo Victoria Morín Fraile Alica Hanzeliková Pogrányivá Virtudes Niño Martín Emilia Puche Togores María del Mar Alcañiz Garrán María Teresa Durán Medina Ana Canga Armayor Carmen María García Martínez Julia Gallo Estrada Javier Soldevilla Agreda Ana Orbegozo Aramburu María Luz Lago González María Beatriz Lidón Cerezuela


Dejando huella Dieciocho visiones sobre las enfermeras geriátricas Humanidad, respeto, empatía, paciencia, comprensión, compasión, madurez, flexibilidad, comunicación, cercanía, implicación, pasión… Estos son algunos de los valores que aparecen en la pequeña pizarra, objeto omnipresente en este libro, que ayuda a reforzar la importancia del cuidado enfermero. Dejando huella recoge el perfil de enfermeras y enfermeros dedicados al ámbito de las personas mayores, que, a partir de su testimonio, reflexionan sobre la profesión y el proceso del envejecimiento, con el trasfondo de los 30 años de historia de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica.

Dejando huella

9 mm

Dejando huella Dieciocho visiones sobre las enfermeras geriátricas

Dejando huella  
Dejando huella  

Humanidad, respeto, empatía, paciencia, comprensión, compasión, madurez, flexibilidad, comunicación, cercanía, implicación, pasión… Estos so...

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