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Seguridad Internacional

La Guerra Afgano-SoviĂŠtica 1979-1989: Naturaleza y desarrollo del conflicto asimĂŠtrico en el contexto de las "Nuevas Guerras" Pablo Touzon AI 009/2012 05 de junio de 2012


Resumen

En este trabajo se analiza el origen y desarrollo del conflicto bélico entre la Unión Soviética y las guerrillas muyahidines afganas, interpretando el mismo bajo la óptica de los conceptos de "Nuevas Guerras" y "Conflicto Asimétrico", abordajes que fueran desarrollados principalmente por el alemán Herfried Munkler, entre otros autores. Desde esta perspectiva, se llega a la conclusión de que esta guerra representa casi un tipo ideal del tipo de conflicto descripto por Munkler, y que estos conceptos constituyen a su vez la mejor herramienta teórica para su interpretación.

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La Guerra Afgano-Soviética 1979-1989: Naturaleza y desarrollo del conflicto asimétrico en el contexto de las "Nuevas Guerras" Pablo Touzon1

La guerra es por definición un concepto sujeto a infinitas y múltiples interpretaciones, que varían no solo en términos de su definición misma y alcances, sino también en relación a la época histórica en que le toca ser interpretada. Por esto, es necesario, en vistas a alcanzar un diseño metodológico de mayor precisión, avanzar de lo general a lo particular en la delimitación de un marco teórico que combine los elementos más perennes y constantes en la definición del concepto de guerra, con aquellas variables de tipo contextual e histórica que nos permitan analizar una guerra en particular. En este sentido intentaremos, aunque sea de manera somera, trazar un camino que nos lleve de una definición más general de la relación entre los conceptos de guerra y política a una historización de dicha relación insertando las variables contextuales (históricas, políticas y geográficas), para luego llegar a la dupla conceptual que existe entre los conceptos de "Nuevas Guerras" y "conflicto asimétrico", cuyos ejes teóricos, elaborados entre otros por Herfried Munkler utilizaremos para analizar, con mas detalle, el conflicto afgano-soviético desarrollado entre 1979 y 1989.

Guerra y Política En efecto, antes de avanzar en la definición (problemática per se) de qué constituye la novedad acerca de la "nuevas guerras" en relación a las "viejas", es necesario hacer un rápido repaso de las relaciones de intimidad profunda, casi diríamos co-constitutivas, entre los conceptos de Guerra y Política.

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El autor es Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires y Maestrando en la Maestría en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella. Además, es Director de Relaciones Internacionales de Generación Política Sur- Asociación Civil (GPS) y Coordinador del Área de Estudios Políticos Internacionales del Centro de Estudios Perspectiva Sur (CEPS).

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En muchas de las lecturas de los autores del Iluminismo sobre la guerra, puede observarse que solían clasificarla como un fenómeno fuera de la política, o cuya explicación y causa fundamental estaba dada por el fracaso de la esta (suponiendo así de manera implícita o explicita que la guerra es potencialmente erradicable de la existencia humana mediante el accionar y aplicación de la Razón). Por el contrario, pensadores como Carl Schmitt considerarán que la relación entre ambos conceptos constituye el núcleo constitutivo de lo que es "lo político": "La guerra no es, pues, la meta, el fin, ni siquiera el contenido de la política, pero si el supuesto, dado siempre como posibilidad real, que determina de modo peculiar las acciones y los pensamientos humanos y produce un comportamiento específicamente político (...) Es sólo en la guerra donde el agrupamiento político en función del amigo y del enemigo alcanza su última consecuencia. Gracias a esta posibilidad extrema adquiere la vida del hombre su polaridad específicamente política" (Schmitt 2006: 45). Karl Von Clausewitz, teórico de la guerra por excelencia, propondrá en "De la Guerra", la definición canónica de "la Guerra como mera continuación de la política por otros medios" que implica una relación causal entre guerra y política, en donde la primera estará subordinada en su sentido y dirección a la segunda, constituyendo a su vez el empleo de la violencia organizada una característica distintiva del accionar político propiamente dicho. La política como cerebro y como "lógica" real del accionar de la guerra establece una relación causal en donde se afirma la primacía de lo político por sobre lo estrictamente militar, en su sentido más profundo. En definitiva, lo que estos autores tiene en común, y que sirve como sustrato conceptual para nuestros análisis posteriores, es considerar a la relación política-guerra como normal, perenne e imposible de erradicar. En este sentido, y siguiendo a Colin S. Gray, los cambios en la modalidades y formatos de las "nuevas guerras" afectarán (de manera quizás radical) su "gramática", pero no su lógica intrínseca ni su "naturaleza". La Guerra en contexto: la historización de los conflictos Son notables y poderosos los cambios que los contextos históricos, políticos, sociales, económicos, geográficos y culturales pueden realizar en la manera en que se pelean y libran las guerras. Divorciar a la guerra de su contexto histórico, proponiendo modelos racionalistas aplicables en todo tiempo y lugar puede dar lugar a equívocos, deshistorizando problemáticas,

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haciendo de esa manera muy difícil su análisis empírico enmarcado en una dinámica histórica. Como señala José Fernández Vega, "De modo que las guerras de gabinete, con sus floreos, sus desfiles y sus maniobras que evitan el enfrentamiento son un producto genuino de la política del absolutismo dieciochesco; así como la estruendosa batalla y la enérgica dinámica de los sangrientos combates de las guerras revolucionarias son la consecuencia del cambio histórico de 1789 (...) Las guerras cambian su carácter según las épocas, cada periodo histórico tiene las suyas" (Fernández Vega 2005: 178). Al mismo tiempo, no solo las guerras son expresiones de los cambios históricos, sino que muchas veces reflejan las continuidades culturales, están en parte determinadas por condicionamientos de tipo geográficos o geopolíticos, e interactúan en conjunto con patrones étnicos y religiosos que las modelan y les dan forma. Además, es observable también como las necesidades de las guerras y sus finalidades políticas pueden afectar también el aparato y la estructura estatal, ejemplificado cómo en los siglos XVII y XVIII los Estados europeos tuvieron que regularizar y sistematizar la recolección impositiva y la centralización administrativa en vistas a poder "gerenciar" sus nuevos ejércitos permanentes. Por otra parte, el cambio tecnológico (que no flota en el vacío sino que es producto también del desarrollo de los procesos de industrialización y modernización) puede modificar de manera sustancial la forma en que las guerras son peleadas, y hasta conducir a nuevos paradigmas estratégicos (tal es el caso paradigmático del desarrollo de la armas nucleares en la post Guerra Fría y su influencia en la forma en que se configuró el orden bipolar). Contextualizar las guerras es entonces un movimiento lógico natural luego de afirmar la relación inalienable que existe entre ésta y la actividad política, teniendo en cuenta además que diferentes tipos de objetivos políticos darán lugar a diferentes clases de guerras. Nuevas Guerras y Conflicto Asimétrico Serán precisamente estos cambios contextuales los que darán forma a nuevos tipos de guerras, de características diferentes a las clásicas guerras interestatales típicas del periodo que media entre la formación y consolidación de los Estados europeos y el inicio del proceso de descolonización en la post Segunda Guerra Mundial. Estas nuevas guerras tendrán como patrón común el carácter asimétrico entre los contendientes, asimetría establecida por las diferentes posiciones de poder en términos económicos y bélicos y que tendrá fuerte influencia en la manera en como son peleadas estas guerras, y la estrategia político-militar que las caracteriza.

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Siguiendo la clasificación propuesta por Mary Kaldor, las guerras tradicionales o de la Modernidad tendrán como características no solamente el estar centradas en el Estado como agente legítimo para la contienda, sino también las distinciones de esferas que esto traía naturalmente aparejado, como "the distinction between the civil and the military, between domestic non-violent legal intercourse and external violent struggle, between civil society and barbarism; the distinction between the legitimate bearer of arms and the non-combatant or the criminal" (Kaldor 2007: 22). Inclusive en los escenarios de "guerra total" de las primeras y segunda guerra mundiales, y a pesar de la creciente desaparición entre esferas que este concepto implica entre la sociedad civil y los fuerzas armadas, los ejércitos nacionales seguirían siendo los agentes principales (no los únicos, si contamos a las fuerzas de resistencia de la Segunda Guerra) de la conflagración bélica, confrontación caracterizada a su vez por la relativa simetría de los contendientes. Por el contrario, las nuevas guerras, nacidas al calor de las luchas por la descolonización post 1945, en el combate a las ex potencias imperiales europeas y en la disparidad de fuerzas militares, y caracterizadas por el conflicto asimétrico entre fuerzas irregulares o partisanas y por la práctica de la guerra de guerrillas, se generalizaron en la segunda mitad del siglo XX. Si bien, como señala Rubin, "Asymmetric threats are not new, nor are strategist attention to them. In every era, from the pre-modern to the present day, weak forces utilize surprise, technology, innovative tactics, or what some might some consider violations of military etiquette to challenge the strong" (Rubin 2007: 1), la generalización de este método responde, como señalamos anteriormente, a las nuevas realidades históricas y políticas, y a las fuertes asimetrías geopolíticas resultantes. En su obra de 2005, "Viejas y Nuevas Guerras- Asimetría y privatización de la violencia", Herfried Munkler destaca algunos ejes conceptuales que definen tanto el contexto de surgimiento de estos fenómenos como algunas manifestaciones centrales y definitorias de su accionar político y militar. Sistematizando y agrupando las definiciones ofrecidas por Munkler, podríamos dividirlas a titulo analítico en tres: una caracterización geopolítica, una caracterización sociopolítica, y una más específicamente político-militar. Para Munkler, en efecto, la localización geográfica de estos conflictos suele situarse en las periferias o puntos de fractura de ex Imperios multinacionales o pluriétnicos, cuya disolución o decadencia suele traer aparejadas guerras de distinto nivel de intensidad entre sus antiguos súbditos. Es en estas zonas de descomposición (podríamos mencionar aquí al área del ex Imperio Otomano, Ruso, o el ya clásico ejemplo de los Balcanes), cuyos conflictos quedaban

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muchas veces en sordina por el peso político de la autoridad central o imperial, en donde veremos desarrollarse con más probabilidad el escenario geopolítico de este tipo de conflicto. Al tratarse, en consecuencia, de aéreas de valor estratégico, las guerras suelen verse potenciadas por la injerencia externa de otras potencias, que ven en estos conflictos un escenario más para la disputa geopolítica. Por otra parte, las características sociopolíticas que fomentan y son caldo de cultivo de este nuevo tipo de guerras son también distintivas. Suelen aparecer en regiones de baja o nula estatalidad, de fuerte conflicto político interno larvado o abierto (y sin posibilidad de ser subsumido mediante acuerdos o arreglos institucionales), apoyadas a su vez en estructuras sociales muchas veces tribalistas, clánicas, y de gran diversidad étnica, cultural y religiosa. Sin que estos factores tengan que ser necesariamente los principales en el desencadenamiento de la guerra, contribuyen a marcar las formas que llegará a asumir. La ausencia de un "centro", la proliferación de caudillos locales en la conducción de la estrategia guerrera, y las intensas divisiones que surgen vía los fuertes clivajes culturales (y que vuelven incrementalmente más "salvajes" a este tipo de guerras) son algunas de las consecuencias de este entorno sociopolítico. Porque, en definitiva, este contexto político e histórico será el que marcará las pautas de la confrontación militar: para el autor alemán, "su curso no lo determina el principio de concentración, sino el de dislocación de las fuerzas en el espacio y en el tiempo. Mayormente se desarrollan según los principios de las guerras partisanas" (Munkler 2005: 16). Determinado por la asimetría de las fuerzas en pugna (características de muchas de las nuevas guerras), se aplican algunos de los principios fundamentales de la noción de guerra de guerrillas (atacar cuando y donde el enemigo es débil y rehuirlo cuando éste es fuerte, evitando el enfrentamiento abierto, por ejemplo) y variantes del concepto maoísta de "defensa estratégica", sobre el cual volveremos. Esta estructuración hace imposible realizar la "batalla decisiva", la cual según Clausewitz hace posible la obtención del objetivo político, la finalización de la guerra y la consiguiente (y central desde el punto de vista político) construcción del nuevo orden vía los acuerdos de paz. La guerra se tornó crónica por la ausencia de paz definida, decantando en una suerte de interminable "low intensity war". Estas tres caracterizaciones serán los ejes que marcarán nuestra interpretación de la guerra Afgano-Soviética y modelarán la estructura de nuestro trabajo. Luego de una introducción histórica, en donde marcaremos algunos puntos centrales de la cronología y de la interpretación de las causas del conflicto, intentaremos, guiándonos con los conceptos de

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Munkler, abordar estas tres dimensiones de la guerra, utilizando este prisma para el abordaje analítico de este conflicto.

La Guerra Afgano-Soviética La guerra Afgano-Soviética, primera intervención armada del Ejército Rojo luego de la Segunda Guerra Mundial fuera de su área "formal" de influencia, marcará una era histórica, no sólo y obviamente para los ciudadanos de la Unión Soviética, sino para toda la política internacional, dado que contribuyó decisivamente al recrudecimiento de la "segunda guerra fría" de principios de los '80, en los albores de la era Reagan. Las causas de la guerra son aún hoy motivo de controversia entre los especialistas. Algunos, (y en consonancia con la interpretación de los decisores políticos norteamericanos de la época) la considerarán un ataque ofensivo soviético, motivado tanto por una voluntad proactiva de intervención dentro del denominado Tercer Mundo como por el deseo de expansión geopolítica hacia la rica zona del Golfo Pérsico, aprovechando la situación de debilidad relativa americana luego de la derrota en Vietnam y la crisis de los rehenes iraníes. Esta visión ayudará al recalentamiento de la Guerra Fría en todos los rincones del globo e intensificará el rol estratégico de la región para la política de defensa norteamericana: como señala Hughes, "Throughout the 1980s Washington preparared contingency plans for military intervention to resist a soviet incursion into the Persian Gulf, concluding secret deals for base rights and logistical support for Saudi Arabia and other Gulf States" (Hughes 2008: 333). A la vez, esta conclusión política hará de los Estados Unidos un actor indirecto pero permanente en el conflicto, armando y aportando apoyo financiero y logístico a las fuerzas resistentes a los soviéticos, y fortaleciendo una articulación de sistema de alianzas regional (con Arabia Saudita y con Pakistán, por ejemplo) que tendría fuertes consecuencias geopolíticas. Por otro lado, y desafiando esta perspectiva, interpretaciones más actuales y sostenidas documentalmente por la desclasificación de archivos soviéticos del periodo, hablarán de la invasión como una respuesta meramente defensiva a las tribulaciones de una compleja guerra civil en su misma frontera, y a la voluntad de no perder como aliado a este país en el proceso. Este análisis hará eje tanto en la situación de guerra civil de Afganistán previa a la invasión soviética (incluyendo a las luchas intestinas libradas dentro del mismo régimen comunista), como en la composición política y de decisión dentro de un Politburo soviético mayormente anquilosado, conservador y en plena transición de liderazgos a raíz de la enfermedad de Breznev.

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En este sentido, la invasión soviética será una reacción, e incluso una reacción tardía y largamente meditada, a la crisis política afgana y de su gobierno, en manos del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) desde 1978. Haciendo un breve repaso histórico resulta necesario en este punto recordar los principales acontecimientos que desde 1973 darán lugar a esta crisis. En aquel año, la monarquía afgana (aliada desde mediados de los años ‘50 a la Unión Soviética, principal proveedora de armas y recursos petroleros a ese país) fue derrocada por su ex Primer Ministro, Mohammed Daud, apoyado inclusive por una facción del PDPA. Sin embargo, este hecho significará, de cualquier manera, un cambio paulatino en las relaciones afgano-soviéticas, afectando su larga estabilidad. En efecto, la política exterior de Daud, con crecientes flirteos y acercamientos a Occidente (principalmente a través del Irán del Sha), y su política interna de represión creciente al comunismo afgano construirán una situación critica que culminará con el golpe de abril de 1978, llevado a cabo por el PDPA y que se dará en llamar "Revolución Saur". Este partido, ahora en el gobierno, presentaba (a pesar de su reciente reunificación formal de 1977, prohijada por Moscú) importantes divisiones, que se trasladaron de manera automática al nuevo régimen. Este se encontraba dividido básicamente en dos facciones: la representada por "El Parcham", sector cercano a la dirigencia soviética y que postulaba un camino paulatino y en etapas hacia el "socialismo", teniendo en cuenta las características fuertemente conservadoras y religiosas de la sociedad afgana, y "El Khalq", facción que creía en un sendero directo y sin escalas a la aplicación de las reformas defendidas por el Partido. Teniendo como referentes tanto al nuevo Presidente Taraki como al Primer Ministro Amin, este último sector se alzó con el poder interno dentro del nuevo gobierno, usando a la recientemente creada policía política AGSA para reprimir a los parchamistas y consolidar su victoria. Las reformas khalaquistas encontraron casi inmediatamente una fuerte resistencia en los sectores rurales afganos (ampliamente mayoritarios en el país) y en los clanes y tribus tradicionales, provocando masivas rebeliones armadas antigubernamentales a lo largo y a lo ancho de Afganistán. Para el PDPA, la situación no hizo más que deteriorarse, tanto política como militarmente, durante todo 1979: un régimen cada vez más debilitado tanto por la guerra civil desatada como por las nuevas luchas internas dentro del "Khalq" (esta vez, el enfrentamiento entre Taraki y Amin), recurrirá a los soviéticos en busca de ayuda para sostener la "Revolución Saur".

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Esta ayuda, sin embargo, tardará en manifestarse: la Comisión Afgana del Politburo (compuesta por el ministro de relaciones exteriores Andrei Gromyko, el jefe de la KGB Yuri Andropov, el Ministro de Defensa Dimitir Ustinov y el responsable del área Internacional del PCUS Boris Ponomarev), verdadero órgano decisorio sobre el tema visto el deterioro físico y mental del Premier Leonid Breznev, desconfiaba tanto de la naturaleza y accionar político del nuevo gobierno afgano dominado por el ala Khalq del Partido como de las consecuencias indeseadas de mezclar a la Unión Soviética en una guerra civil ajena. Durante todo 1979 se incrementó el envío de asesores técnicos y militares para el régimen Saur, sin terminar de definir sin embargo una intervención militar directa. Solamente luego del asesinato del Presidente Taraki por Amin (de quien el Politburó cuestionaba no sólo su línea política sino también de un posible acercamiento con los Estados Unidos), y en vistas a detener el colapso definitivo del régimen y el "pase" del país al campo político rival, la URSS intervendría. En las palabras del ministro Gromyko, recogidas por David Gibbs, este afirmaba que "We must proceed from a fundamental proposition...under no circumstances may we lose Afghanistan. For sixty years now we have lived with Afghanistan in peace and friendship. And if we lose Afghanistan now and it turns against the Soviet Union, this will result in a sharp setback to our foreign policy" (Gibbs 2006: 250). El objetivo político de la invasión, según esta interpretación, sería entonces doble: por un lado, restituir a la fracción parchamista en el poder del PDPA, en cabeza de su líder exiliado en Moscú, Babrack Karmal, en vistas a redireccionar la política interna afgana en un sentido de "moderación", que implicase cierto grado de acuerdo con las tribus y clanes musulmanes, dando pie a una solución parcialmente política de la guerra civil. Por el otro, evitar la salida de este país fronterizo del área de influencia soviética y procurar la consiguiente estabilización de este sector de la región de Asia Central. Sea por motivos "ofensivos" o "defensivos", o más plausiblemente, por alguna combinación de ambos, el 25 de diciembre de 1979 el Ejército Rojo invade Afganistán, ataca Kabul, instala a Karmal en el poder (matando a Amin en el proceso) y se prepara para lo que pensaban sería una corta intervención de "estabilización", de unos cuantos meses, para lo cual asienta en el país 75,000 hombres. Lejos de esto, la guerra se extendería por diez largos años, sobreviviendo a 4 liderazgos diferentes en el Secretariado General del Partido Comunista de la URSS (Breznev, Andropov, Chernenko y Gorbachov), con un saldo de 13,933 bajas soviéticas, provocando una sangría económica para la Unión Soviética que sólo terminaría con su retirada

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en enero de 1989, constituyendo un factor coadyuvante para la implosión misma del Imperio Soviético. Para entender el por qué de este proceso y su desarrollo, analizaremos el conflicto desde las tres dimensiones (geopolítica, sociopolítica, y de estrategia militar) ya mencionadas, sintetizadas a partir del trabajo de Herfried Munkler sobre las "nuevas guerras" y sus características. La dimensión geopolítica La historia y su posición geográfica dentro la estratégica región de Asia Central han hecho de Afganistán, durante cientos de años, una zona límite entre poderes de distinta naturaleza, a la vez que un escenario de lucha en donde se jugaban y dirimían los destinos de diversos diseños imperiales. Como refiere Seddon, "Central Asia was arguably less a region in its own right than a mosaic of linguistic and tribal groups, or petty kingdoms and khanates...and above all, the "place" where the great Asian regional empires met, collided, overlapped and clashed" (Seddon 2003: 179) Con la expansión imperial británica y rusa a partir de los siglos XVI y XVII, estos "grandes Imperios asiáticos regionales" cambiarán de naturaleza, transformando lo que solía ser una región estratégica a nivel regional en una relevante a nivel global, aunque más no sea por el peso y alcance de los intereses de los actores en potencial conflicto. Afganistán, en particular, se convertirá en protagonista central del denominado "Gran Juego" entre Inglaterra y Rusia por el dominio regional. A partir del siglo XIX, la ampliación terrestre de los dominios de Moscú y Londres hará que la separación entre ambos imperios se cuente en apenas unas decenas de millas. La preocupación británica de que los rusos utilizasen las rutas afganas para su expansión hacia el subcontinente indio convirtió al territorio afgano en un nuevo objetivo político de conquista. La idea de que ocupando Afganistán se evitaba el avance ruso fue una constante durante este siglo, llevando a dos guerras anglo-afganas, la primera de 1839 a 1842 (de mal resultado para los británicos), y la segunda de 1878 a 1879. Al mismo tiempo, la intervención de las potencias en la ya de por sí atomizada estructura de la sociedad afgana fomentaba sus tendencias centrífugas dificultando (en el caso de que ese fuese un objetivo) la centralización de un poder constituido y la unidad del Estado. Durante el siglo XX, Afganistán constituyó tanto la periferia oscilante como el límite sur del área del gran Imperio multinacional soviético: dependiente en gran medida de los recursos

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tanto de defensa como energéticos de la Unión Soviética. Afganistán, sin ser oficialmente una de las "republicas soviéticas", será, sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial y la retirada del Imperio británico en la India, la frontera volátil de la URSS en Asia Central. Los alineamientos de la Guerra Fría (en particular, el de Pakistán con los Estados Unidos) aumentarán los incentivos para esta política. Esta situación zigzagueante característica de la realidad histórica afgana, consistente tanto en constituirse como una suerte de "buffer state" entre Imperios y a la vez pertenecer a la frontera política "externa" de la URSS, harán de Afganistán un punto de fractura imperial por excelencia (puntos que, recordemos, son para Munkler los lugares más comunes para el desarrollo de las "nuevas guerras"). Parece no resultar casual que una vez más el enfrentamiento entre potencias rivales tenga como escenario su territorio. La intervención norteamericana ayudando a los muyahidines en su guerra contra el Ejército Rojo responde, ciertamente, a la lógica del enfrentamiento bipolar de la Guerra Fría, pero también a esta perenne realidad geopolítica. La dimensión sociopolítica Los factores endógenos, históricos, políticos, culturales y religiosos, también confluirán en hacer de Afganistán un territorio marcadamente proclive o vulnerable a funcionar como un "laboratorio" para el tipo de "nuevas guerras" definidas por Munkler. La constante, en cualquiera de estas esferas, serán la diversidad procesadas como división y conflicto, ejes que atravesarán transversalmente la sociedad afgana y marcarán el derrotero de su sistema político. Estructuralmente, la morfología del terreno (con su 12% de territorio cultivable y cruzado por desiertos y cadenas montañosas), conspira contra la organización y desarrollo político de cualquier poder central, "nacional" o extranjero, dada la dificultad intrínseca que plantea para controlar y dominar de manera uniforme el territorio. Históricamente, la división étnica entre Pashtunes (aproximadamente el 40% de la población), Tayikos (entre el 20 y el 25% de la población) Hazaras y Uzbekos (ambos representando cada uno aproximadamente al 9% de los afganos), y demás etnias menores (Turkmenos, Baluchis, Nuristamis, Pamiris, etc.), de orígenes raciales e históricos muy disímiles, y con lenguas diferentes (se hablan 5 lenguas principales y más de 20 lenguas menores) hizo casi imposible la constitución de un sistema político estable y sostenible en el tiempo.

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A pesar del establecimiento de una monarquía a partir de 1747, la autoridad real nunca existió de manera definitiva fuera del área de Kabul, coexistiendo y compartiendo el poder con los clanes y las tribus dentro y fuera de los diversos grupos étnicos. Como apuntan Meyer y Blair Brysac, describiendo la situación política de Asia Central en el siglo XIX, "Afganistán, en cambio, no era tanto una nación como una acumulación de tribus y clanes arraigados en ciudades-estado de fronteras y lealtades fluctuantes, cuyos gobernantes se lanzaban a las yugulares de los demás en sentido figurado y literal (...) Por añadidura, los afganos hablaban lenguas diferentes, ininteligibles para otros, y, aunque casi todos eran musulmanes, una minoría shií de habla persa malvivía junto a una mayoría sunní de habla pashtún" (Meyer et al. 2008: 97) Sobre esta compleja realidad operaban no sólo las grandes potencias, como ya hemos mencionado, sino además sentidos de pertenencia ligados a otras entidades nacionales de la región, siendo el caso clásico las demandas irredentistas pashtunes de unificación con los restantes miembros de su pueblo residentes en Pakistán, en el llamado "Pashtunistán". La independencia de Inglaterra en 1919 no modificará sustancialmente esta compleja y fragmentaria realidad sociopolítica. La estatalidad en Afganistán, en realidad, no se desintegró a lo largo de sus guerras civiles sino que realmente nunca llegó en verdad a constituirse, ni en el sentido "clásico" en términos de Estado-Nación (en la acepción del término que emana de la historia europea) ni tampoco en acuerdos que permitiesen el surgimiento de un Estado plurinacional ordenado y capaz de procesar los conflictos y diversidades dentro de un mismo marco institucional. En este contexto, la guerra y el conflicto no sólo no son la excepción, sino que constituyen más bien la regla, la forma que adoptó este particular sistema político para expresarse, y un modo de vida recurrente no sólo para los caudillos locales y señores de la guerra sino para gran parte de la población afgana a lo largo de la historia. La nueva guerra civil sobre la cual el Politburó soviético intervendrá a partir de 1979 tendrá en consecuencia todas las características de esta impronta histórica. Sumados a estas divisiones históricamente "estructurales" y a la hostilidad tradicional de los clanes contra cualquier intento de autoridad central, los soviéticos deberán lidiar también (y tomar finalmente partido) con la guerra civil larvada en el seno de sus mismos "socios" del PDPA, en el inicio de la invasión y durante su desarrollo. La incapacidad intrínseca del régimen para ser "estabilizado" influirá fuertemente en el curso de la guerra y en la dificultad de los soviéticos para encontrar una estrategia de salida del conflicto.

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Como analizaremos a continuación, estas dos dimensiones, geopolíticas y sociopolíticas, influirán y determinaran ampliamente el derrotero de la estrategia militar. La dimensión militar y el conflicto asimétrico Determinada tanto por el contexto político, histórico y geográfico, como por las características de los contendientes, la naturaleza del enfrentamiento militar entre el Ejército Rojo y sus aliados locales del PDPA y los muyahidines afganos estará signada por los atributos mencionados del "conflicto asimétrico" de Munkler, concepto que no sólo aplicará a las diferencias de poder bélico entre los adversarios sino también y principalmente al "cómo" de su desarrollo. Preparado y entrenado en hipótesis de conflicto con adversarios tradicionales dotados de ejércitos regulares y enmarcados en un conflicto de naturaleza simétrica (como los países miembros de la OTAN o el China), la 40º División del Ejército Rojo ingresó en Afganistán con metas a cumplir en un plazo relativamente corto, en consonancia con los objetivos políticos a lograr: la estabilización del régimen y el mantenimiento del país dentro de la órbita soviética. Estos objetivos se tradujeron militarmente en algunos principios estratégicos: la estabilización del país mediante el control de su infraestructura, ciudades, rutas y aeropuertos; la provisión de apoyo logístico y de inteligencia a las fuerzas del régimen de Kabul y el entrenamiento y equipamiento de las fuerzas armadas afganas leales. Tanto la política de ocupación de los puntos clave en términos de la infraestructura afgana como el entrenamiento de su ejército regular tenían como contraparte liberar a estas para que fuesen las fuerzas locales las que enfrentasen a los muyahidines, evitando de esta manera (en la medida de lo posible) tanto que las tropas soviéticas entren en combate directo contra los insurgentes, como su interacción con la población civil afgana. Rápidamente, estos dos últimos objetivos tuvieron que ser reevaluados: la escasa preparación de las tropas que respondían al PDPA, el limitado apoyo del régimen en la población afgana y el avance de los muyahidines obligaron al Ejército Rojo a intervenir directamente en la lucha contra las fuerzas irregulares. Este cambio abrió las puertas al escenario de una lucha abierta entre las tropas de la URSS y las diferentes milicias muyahidines, lucha de naturaleza contrainsurgente para la cual estas primeras no estaban preparadas, mi militar ni ideológicamente. Efectivamente, esta clase de guerras de guerrillas o de "partisanos" estaban tipificadas por la academia militar soviética como expresiones clásicas de la lucha de los pueblos colonizados

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contra sus opresores, lo cual planteaba una situación más que incómoda para el poder soviético, en términos políticos. Entrenadas para un tipo de enfrentamiento regular en el marco de la Guerra Fría, pronto el Ejército Rojo tuvo que vérselas con una versión particularmente intensa de la guerra de guerrillas, acentuada por las dificultades del terreno, la falta de unidad de mando en las fuerzas de los adversarios, la impopularidad del régimen defendido, y el fuerte apoyo internacional a los muyahidines. Estos últimos contaban con la ventaja de la defensa y el conocimiento del terreno, además de aquella proveniente de pelear un formato de guerra con el cual habían convivido durante gran parte de su larga historia. Desde las guerras afgano-británicas del siglo XIX el estilo de defensa asimétrica era una constante en la estrategia guerrera afgana. Por otra parte, tanto los constantes enfrentamientos internos como la naturaleza misma de la sociedad afgana favorecían este tipo de lucha. Como apuntan Shaw y Spencer, "The Afghan Mujahideen proved to be a natural guerrilla fighter. Although they could, and did on occasion, fight pitched conventional battles, their social and tribal organization led them to naturally form and operate in small groups, often based on tribal end even familial affiliation" (Shaw, Spencer 2003: 178). Por otro lado, la ausencia de conducción centralizada de la guerra contra la URSS que este tipo de configuración trae aparejada (y que fue una constante durante todo el conflicto) dificultaba a la dirección soviética, al no poder encontrar interlocutor político válido con quien eventualmente negociar. Si sumamos a estas "ventajas" la convicción religiosa insuflada por la fe islámica de estar peleando contra el ateísmo infiel en una guerra santa, y sus implicancias en la ferocidad y tenacidad en el combate, tendremos una radiografía bastante clara del tipo de combatiente muyahidín. Lo opuesto sucedía en el Ejército Rojo: quizás como una expresión militar de la política en la Unión Soviética, la planificación de las operaciones adolecía de una considerable falta de flexibilidad y de una excesiva concentración de las decisiones en el alto mando, lo cual afectaba la eficacia de las misiones en el terreno. Dada la naturaleza de la guerra y del enemigo, constituía una gran desventaja no contar con el tipo de "comando de misión" que pudiese otorgar más capacidad operativa para los oficiales. Por otra parte, el exacto reverso del muyahidín imbuido de fe era posible encontrarlo en el joven conscripto soviético, el prototipo más común del soldado soviético en Afganistán, carente por completo del celo de misión fanática del primero.

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Además, las implicancias geopolíticas de la guerra no tardaron en hacerse sentir en forma constante y sonante. De manera indirecta pero firme, todos los adversarios de la Unión Soviética prestaron apoyo financiero, logístico y de inteligencia a las milicias afganas. Este apoyo no se limitaba a los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN: China, Egipto, Arabia Saudita y Pakistán también pasaron a formar parte de esta variopinta coalición antisoviética, en conjunto con las milicias irregulares provenientes de países árabes y que convergían en Afganistán para pelear su yihad particular. Durante toda la guerra, pero principalmente durante los primeros años, el combate tuvo todas las características de la guerra de partisanos: atacar al enemigo cuando está débil (los muyahidines eran especialmente eficaces atacando los convoys soviéticos, afectando las líneas de reabastecimiento), someterlo a desgaste, llevarlo a su propio terreno, y evitar el enfrentamiento decisivo clausewitziano. Ante cada ofensiva soviética importante, las guerrillas se dispersaban en las montañas, dejando a los invasores avanzar sólo para atacarlos luego cuando estos perdían la ofensiva. Los insurgentes, por otra parte, conducían muchas veces ataques terroristas contra sedes gubernamentales y miembros del gobierno afgano, cuya respuesta invariable eran acciones de terror de estos y de los soviéticos contra la población general. Estas acciones deslegitimaban aún más al régimen, generando un círculo vicioso que hacía cada vez más difícil la victoria soviética en la guerra. El carácter crecientemente crónico de la guerra en este punto favorecía a los afganos, siendo parte esencial del concepto de "defensiva estratégica" el triunfo vía la mera supervivencia. Como señala Munkler, "en consecuencia, los partisanos tienen de su lado la prolongación de la guerra: mientras no sean aniquilados militarmente, causan a la larga al bando enemigo costes tan elevados que este quiere terminar la guerra" (Munkler 2005: 39). Este principio estratégico de la guerra asimétrica fue el que, a la larga, obligó al retiro de las agotadas tropas soviéticas en 1989. La guerra tuvo de hecho un altísimo costo económico, político y de posicionamiento internacional para la Unión Soviética, costos que la política de Gorbachov de la "Glasnost" y de la apertura a la transparencia no hizo más que aumentar, dada la creciente publicidad del disenso popular en la URSS. Para 1989, y luego de 10 años de conflicto, la guerra afganosoviética finalizaba, siendo el preámbulo de la caída de la Unión Soviética dos años después.

Conclusión

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Situada en la frontera histórica entre el mundo bipolar y el mundo de la post Guerra Fría, la guerra afgano-soviética de 1979 a 1989 ejemplificará en muchas de sus características esta transición estructural. Es posible observar en estos fenómenos típicos tanto del enfrentamiento indirecto entre las potencias o de las guerras anticoloniales del Tercer Mundo propios de la Guerra Fría, elementos que serán analizados como constitutivos de las nuevas guerras en las décadas subsiguientes a su finalización. En este trabajo, se ha intentado demostrar cómo esta guerra y su genealogía, desarrollo y final pueden ser analizadas bajo las categorías de "nueva guerra" y "conflicto asimétrico" trabajadas por Herfried Munkler en su obra. Los conceptos que analíticamente fueron agrupados en tres "dimensiones" aplican y sirven ampliamente para explicar no solamente las características del conflicto en sí, sino además lo que sería su futuro. El derrotero interminable de guerras civiles, de alta y baja intensidad, que hasta la actualidad y desde los años '80 vive Afganistán, así parece demostrarlo.

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La Guerra Afgano-Soviética 1979-1989