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Lámparas de sueño

Leticia

Cortés


Guadalajara, 1980.


Esta manía de saberme ángel, sin edad, sin muerte en que vivirme, sin piedad por mi nombre ni por mis huesos que lloran vagando. ¿Y quién no tiene un amor? ¿Y quién no goza entre amapolas? ¿Y quién no posee un fuego, una muerte, un miedo, algo horrible, aunque fuere con plumas, aunque fuere con sonrisas? Siniestro delirio amar a una sombra. La sombra no muere. Y mi amor sólo abraza lo que fluye como lava del infierno: una logia callada, fantasmas en dulce erección, sacerdotes de espuma y sobre todo ángeles, ángeles bellos como cuchillos que se elevan en la noche y devastan la esperanza. Alejandra Pizarnik


A los columpios y a los pĂĄjaros A los rĂ­os y a las ventanas A tus labios que se unen a mi carne A la sangre de mi sangre


Grito primero He de utilizar una lengua labrada en silencio un idioma de agua y de tierra. Debo aprehender las palabras, romper la carne, el himen de nuestros nombres, desflorar tu mudez impotente porque sólo así comprenderé todo el amor que sucede en los ojos. Tengo que hablar, esconder mi rostro, parir este dolor de haber nacido irreductiblemente asustada por el grito primero y el primero de mis llantos en esa madrugada tangible para mi madre que sentía entre las piernas una medusa que le comía el corazón.


Morusas de lluvia Deletreo mi nombre y en la cabeza retumba: “Leticia” no es “La que trae alegría” “Leticia” es “la que jala el gatillo sobre las sienes de otros nombres” Intento decirme y escupo hienas, dioses, navajas de odio. Digo “Leticia” y me palpo muerta, me lloro y exhalo “redención” “enfermedades de Octubre” Me da miedo escribir “Leticia” y lacerar los pasos. Contraer mi voz que se vuelve insoportable. El eco sofocado que se vuelve insoportable. El llanto que se vuelve insoportable. Oler mi nombre como a muertos girasoles. Quiero perderme porque tengo huracanes en lugar de ojos, anzuelos por dientes, saliva de veneno. Morusas de lluvia en el rostro. Porque están mis labios desollados y cosidos y porque tengo muñones en el corazón. Son tantos los pecados que en mi nombre habitan.


Julia Para Adriana Díaz Enciso Soy Julia. Y cuando soy Julia, juego a enfermarme. A sentir ardor en la piel. A llorar. Mirar cómo las hojas se levantan del suelo y se unen a sus ramas. Y el agua se detiene antes de la caída, penetra el aire, se hace espiral, y se levanta para unirse de nuevo a la nube. A encontrar sobres agarrados con caligrafía para que las palabras no escapen. Dime qué sientes cuando pisas los charcos. Y al tratar de borrarte me toco, me desmaquillo, me hago lágrimas. A veces soy Julia. Cuando recuerdo que encuentro el amor cada que me siento enferma. Cuando las llagas laceran mis recuerdos. Cuando la fiebre congela las pocas ideas que me quedan vivas. La ternura corre a mis ojos. Y soy Ana con algo de Julia. Ojos de Ana con sangre de Julia. Manos de Ana con piel de Julia. Y busco cuerpos en la regadera, me desvanezco cuando despierto y me veo vacía, me veo sangre y pared. El ardor en la garganta el ardor. Como siempre. Vuelve. El ardor siempre vuelve en forma de recuerdos. La enfermedad. El amor. La soledad. Soy Julia. Y cuando soy Julia juego a enfermarme. A no sentirme bien. A llorar.


Sueño De niña – recuerdo – mi voz era columpio. Habitaba con mis historias vestidos azules doblados en el ropero. Parecía que por detrás de las paredes alguien murmuraba leyendas que solo yo podría descifrar. A veces soy Beatriz y te espero detrás de la campana deseando que entres por esa puerta. Y mi mente tenía ojeras. Las manos se me destornillan cada seis hectáreas de sueño.


A fuerza de martillazos Porque se me rasgó el amor en las púas siniestras del destiempo; porque me desollaron vivas la dignidad y la esperanza. Enriqueta Ochoa

Porque me diagnosticaron mal el hambre, se me desnutrió el corazón. Por todo lo infértil que he sido, las ganas tempranas de acariciarme. Porque el himen se me fue por el lavabo, los ganchos se me desclavaron de la boca. Todas las noches que deshice el amor, las veces que como mantis copulé. Porque el óvulo se me rompía en el trayecto, Cuenta gota de reloj asustado. Es que dilapidé tus manos en mi pelvis, acepté a fuerza de martillazos tu lengua en mi camino. Hubo olores de pronto tan amargos como tu saliva, instantes de los cuerpos dormidos acumulándose en la muerte. Es que no me dabas tanto odio para amarte, no tenía las manos alineadas con la tierra, es que todo este amor de querer ser madre. Acepto mi debilidad mis labios de espina todo este amor que no tengo. Porque mi nombre está enfermo y me duele. porque empuño mi cordón umbilical y me veo aún enfetada.


Antenas en los ojos Me fui muda. Quedando vacía me fui. Despierto antenas en los ojos un tobillo hecho añicos. Me fui tonta y me fui vacía, encarcelándome a camas llenas de precisión. A contados días de tristeza hueca. Me toco ciega. Emplumada. Troca aportilla el asfalto de los martes y los doce. Estoy parque y estoy óxido. Multiplico las voces. Gusanos de manzanas en los poros. Me soy falange amputada. Me estoy quieta y me estoy

vacía


Ojo destilando No quiero coserme de nuevo a casa. Ni girar sin piernas como bailarina de caja musical. No mirar destrozada con el rabillo del húmedo ojo. Bebedero con caries en la alacena. Giramientos de perillas. La puerta está sonando agrio. Ciento un año y la coladera vacía. El ojo destilando agujeros. Grito de las garras nocturnas de gatos en seco. De escaleras altas y rubias. Cuadros colgados en el piso. Ojos destilando, como siempre, navajas de aire puro.


Modelo 512-7 Conectada a un tubo de palabras gasolíneo versos transparentes. He de morir el día que los pájaros se ronden, se destuerquen sus rótulas truene el vuelo. En la matriz tornillos hechos de arena átona. Voz eléctrica de infectos engranajes. Máquina haciendo cuerpos plásticos. Venas de pvc. Conexiones naranjas por ojos. Me uno y me desenchufo de tu toma. Mis manecillas a falta de ti se han amarillado. A veces eres azul icosaedro, margarita deshojada de tormentas dieléctricas. Y es que me sabes tan descompuesto. Tan tres cuartos de cable perdido. Tan perforadamente ácido. Modelo 512-7 estorbando mi analógica lengua. Mis manos digitales, mi corazón de bytes mecánicos. Y es que me soy tan dada a irme cambiando de canal, tan acostumbrada a tus círculos meridianos, a tu clavicordio de cometa, a tus mil veinticuatro gigas de plexo solar. Mi tornillo recto sube a tu micrómetro labio. Extiendo los párpados al aire. Y es que me soy tan estérilmente triste.


Lámparas de sueño A Raúl Bañuelos Los rostros vienen del viento de la mariposa que un soldado ve debajo de la tierra cuando un ojo cuelga de su órbita. Los labios se mueven porque quieren mirar colores. Los niños se atan bombas a las costillas. Nos queremos tocar para transformarnos en caricias, en el agua que escucha el llanto del pájaro. Nos alimentamos porque la muerte nos causa ceguera. Queremos ser nubes para extraer de nuestras sonrisas lámparas de sueño, sonrisas de agua, vientos de rostros.


Pesadillas con puños Pero morimos. Constantemente morimos. Por la mañana, en los cuadros, morimos. Levantamos el vuelo. Morimos. Los pájaros no han roto su promesa de canto. A mitad del vuelo sus muñones se cansan y morimos. Los sueños son dedos, las pesadillas son puños, se cansan, morimos.


Asentada raíz Como aire turbo tan sin boca. No me dejaré cortar esta vez por el otoño. No afilaré mis pies para rasgar lo que camino. Mis dientes se caerán temprano antes que atormenten de nuevo al Hombre. Es mejor tener un paraguas de papel cometa dibujar pájaros amarillos cayendo en garúa. Vestir cicatrices disimulando. No quiero llevar prisa para silenciar mi estruendo. Ni bajar los puños de repente. No quiero estar esquina con la puerta seca y los labios cerrados. Mi cuerpo astilla temprano madrugadas. Quisiera contar tu historia, quedarme muda. Decir que nos gustaba morir todas las tardes. Que la lluvia se nos escurría por las piernas y las bocas. Que me cambiabas de nombre cada que apretabas mis lenguas. No quiero recordar los veranos de trenes y ensueños. Asentada luz cayendo de repente hacia arriba. No mis manos que escuchaban tus verdades. Los árboles se quedaron siendo raíces. Quiero ser de nuevo diluvio, ese corazón desnudo de pronto. Una mano letra asomándose en pantallas.


Mariposa inquieta De noche se me enferma cada pluma Todo duele y se vuelve inabarcable Todo crece y se hinca en la mitad del alma. Patricia Medina Yo no sabía que se puede ser bailarina siendo esqueleto. Que uno puede ser viento estando tierra. Que puede uno desgastarse y agonizar a ratos. Que muerta podía recordar la juntura del presente con el pasado, cuando un segundo deja de convertirse en hoy y queda el olvido. Pero los autos, la calle de nuevo se incendia. El árbol cae sobre nosotros, nos esconde de la gente que llega a casa con espadas, de niños que gritan y se persiguen hasta el patio. De luces que van y nunca vuelven. Las noches de angustia y de tedio. El silencio siempre siendo silencio. Ahora trato de traducirte: cuando te abrazo me siento más secreto, más nube, cometa ambulante. Los pájaros mueren - algunos – ahogados de sueño. Y mi nombre de piedra rocosa, mi Leticia con tu lengua y en tus dedos mi infelicidad dictada a cuentagotas. Todo lo arregla tu amor lejano e incierto, el destino fingido que construyo con manos. Encuentro palabras que me repito una y otra y otra vez hasta arrodillarme muda. Quiero que mi boca se disuelva, esconder el poco amor finito que me queda, la sensación de estar media rota.


Color sepia … y en las campanas bisbisea el dolor de mi alma, descansan los brazos carcomidos por la eternidad. ¿por qué me miran los árboles? como si supieran que mis lágrimas contraen los ojos ¿qué hay de ti en las tumbas? que me hacen recordarte. Impulso la ruina del pie que tengo. Me veo como humo. Y en las campanas retumban los ecos del cuerpo. Las campanas matizan este paisaje color serpia.


Ausencia de piel Se me rompe el cuerpo. Se me astillan estas ganas de gritar. Desnuda de los labios te pronuncio con miedo. Y me basta mirar mis lรกgrimas para saber que tengo miedo. Se me rompe el ojo izquierdo. Se me revienta esta ausencia de piel. Conmovida por mis temblores te detengo en despedida. Y me basta quedarme callada para saber que tengo miedo.


Asfixio de telaraña Si la nube no me protege las calles se derrumban por montones me sepulto con todo y tu recuerdo con este puño de palabras este borbotón de sinsentidos y toda la angustia acumulada en las ganas de llorar todas las velas incendiándose apagadas todo el vacío horroroso que me acontece todas estas ganas de no ser. Entonces mi falta de aire se me cansa el asfixio de telaraña se me desencaja la epidermis en los tacones. No pretendo disimular todo el amor que tengo. No pretendo hacerme amarilla de repente como si el mar fuera bilis derramándose en la cruz. ¿Por qué sembrarte me resultará tan amargo? ¿Por qué te miro y mis pies se ahuyentan del camino? ¿Por qué nazco y me vierto en tu sombra? El cielo golpea en las arterias con martillos de relámpagos negros. El cielo no me protege. Ni la permanencia. Ni mis amaneceres de lirios.


Estado inmóvil Estamos inquietándonos porque nos duelen las rodillas, porque me sobra el asco porque vomito cuando me nombro y cuando no soy mujer membrana. Las aves amortiguan la caída de su carcasa el ventanal agrio de sus ojos el pico flácido y automático y mi lengua fálica mis dientes sucios y amargos. El canto veloz de un gusano asmático me engordece. (Estoy revuelta petrificándome con el frío estoy) Estamos inquietándonos porque embalsamamos la tierra en nuestra áspera saliva. Porque me agitan del agua los venenos estancados. Porque la distancia nos vuelve impacientes. Porque soy torpe cuando pienso y cuando no, soy jueves. Nos estamos temblando por dentro. Nos estamos luces agotadas, porque el olvido se nos aparece en forma de sexo, porque las tumbas se esfuman de pronto. (Y lloro, pero no te duelo) Y me miras con rabia, con recelo. Pero estamos inquietos, preocupados por nuestro estado inmóvil.


Dislocaciones A Hugo Plascencia ¿A qué te saben nuestros cuerpos cuando nos tocamos? Cuando mi espalda está a mitad de tu espasmo. ¿A qué? Te sabe el desnudo gemido repitiendo que me tomes de pronto. Mis omóplatos de gaviota en tu escalera, el oleaje de tu pelvis y mis huecos. Todas las palabras agazapadas en mis iliacos. ¿A qué te sabe, amor, la soledad pidiéndote a besos? Mi carne alojada en tu carne. Mi abandonado cuerpo cubierto de ti. La noche urgida que viene a llamarnos. Mis manos corriendo a tu boca. ¿A qué? La tibia enredándose en tu cadera, la cúpula ejercitando sus vocales en nosotros. ¿A qué te sé cuando lluevo sobre ti?


Enferma ternura Éramos capaces de quedarnos enmarcados para que nadie nos mirara. Patricia Mata Éramos capaces de ser asfalto, agua hirviendo en el sexo. Éramos capaces de mirar caleidoscopios lloviendo en puerta, adivinar sacudidas en el corazón, jardines en mosaicos de cantinas. Éramos capaces de ser ponzoña bajo la carne, mudos ante la cama. Nos movíamos en algazaras, vivos peces agitándose en la boca. Éramos capaces de quitarnos los zapatos y arrancarnos los dedos. Quedarnos quietos de las branquias y acosarnos. Ser dolor de pronto, una amortiguación trémula para la caída. Éramos esta ternura enferma. La tormenta serrando los huesos. Nos comíamos adheridos a las piedras. Sísifos enraizándose al recuerdo. Romperemos la noche, avanzaremos.


Caballo en Fa A Santiago Cumplido Por eso me quedé alcantarilla y atrapada, encafeterandome a tu estufa y a tu sol. Porque me dolía la garganta y el sueño. Las ganas atoradas y el cáliz inflamado. Me quedaba quieta como remolino enfurecido. Con las manos giratorias de papel. Seríamos campoabierto de nubes. Todo suave y cómodo. Tan positivo como mis ganas de ser. Lo común ya no sería besarnos, sino convertirnos en peces de jardín. Unas ganas prontas de ser arena. La ilógica razón de estar. Por eso me quedé así, automático caballo en Fa, desbocándome en cielos, nueve veces más tristes que yo.


[6:30] 1 Seis treinta pasos. Hierve la televisión. Bajo una luz sirvo la taza de tu nombre caliente vuela como albatros me sumerjo en la taza y te busco ciudades sepultadas en los posos. 2 Habías llovido. Exploté. Burbuja de alfileres sobre el aire. Encima de la mesa yo-vi. Se hinchó de madera el techo. Bebí. Crecí como telescopio. Me enredé. Pero mi amor se resquebrajó a ciento treinta decibeles. ¿Quién dijo que el sonido se mide por kilómetros? si la leche y el pan y tu lluvia se miden por voltaje ¿Quién dijo que la soledad es, a fuerza de palabras un lugar vacío? 3 Habías llovido. Yo me hubiera suicidado si no fuera porque un dolor me llegó de pronto. Árbol tristísimo cayendo. Lentamente-balanceándose hacia arriba. Intento decirte algo pero sólo llueves. Mis palabras revolcándose en tus ganas de llover. 4 Tengo huesos desfriáticos. Te escucho llover tormentas

partidas

por la mitad.


Sé que estallé, que lloviste cuando el aire se tornó más asfixiante que de costumbre. ¿Qué puedo hacer con este espacio de cuerpo y de sangre? 5 Llueves madera. Mis dedos xilófagos. Desclavo los pies para ir contigo hacia la partitura de tus sueños de hormigas blancas. Entonces mi cáscara, mi piel inmadura piel de larva se vuelve mariposa lingüística. 6 Y me sé pedazos. Me sé a trinchera. Mi casa está rota. El cuerpo de construcción deshecha. Casi nunca muero. Casi nunca me muero. 7 Mis ojos paralelepípedos arañan. Estoy piedra y lama Murmuro tus murmullos que se hacen lógica (La lógica me pulveriza) 8 Seis treinta pasos. Hierve la televisión. Bajo la luz una taza de tu nombre caliente.


Danza Si la soledad sólo fuera la inmolación de poemas el castigo de la carne un potro desmembrando cuerpos una sala de estar sin nadie un quirófano de voces asfixiadas Si tuviera muchos cuerpos bocas de quimera y nos tragara Si sólo fuera emparedarnos y escuchar la degollación del olvido esquirlas de fantasmas Si la soledad fuera sarcófago dama de hierro y agonizáramos en caída libre: derrumbe de materia: páramo de vida Si la soledad fuera una danza Si tan sólo fuera danza


Invierno de Lluvia A Mauricio Ramírez Tiemblo, y me sé situada entre viva y muerta. Me sé preñada por el agua y la tierra. Aquí no tengo miedo. Nada puede darme miedo. Las palabras aparecen como mariposas de tiempo. Tiemblo y aprendo el lenguaje claroscuro de los árboles y las nubes. El llanto crujido de la madera astillando mi cuerpo. Lloro y me busco en las manchas del agua. Intento gritarme desde entonces con silencios que conozco y traduzco. Araño el espacio que hay entre mi cuerpo y el vacío. Aquí la soledad no es grande. Es imposible que algo ocurra. Los gusanos se mudan a otros cuerpos. El sol me arrebata el agua. Soy testigo del proceso inverso de la lluvia. Desllueve la tierra, graniza sobre mí y tiemblo. Me sé situada entre viva y muerta. Me sé preñada y nada puede darme miedo. Enterrada no me sé miedo.


Animal de soledades A Iñaki El mundo está contaminado de soledad. De una lágrima brota una mujer. La nostalgia se advierte en el vaho de las ventanas, en las escaleras hechas polvo, en el agua estancada las moscas vuelan giran mueren. El mundo está generosamente solo. El vacío se percibe al fondo de la garganta, en las monedas que una niña no ha podido ganar y su madre la golpea la golpea la golpea. El mundo grita porque las entrañas se le rompen, porque se cansa. El hombre gira y tiene sexo, toma una taza con café, prende un cigarro, pero nunca vive, nunca se concilia con su sombra. El mundo se encuentra plagado de tristeza. La nostalgia está en los parabrisas apartando la lluvia. Animal de soledades extendiendo las fauces alas de tiempo se arrastran con lentitud hacia la boca del mundo. La Tierra no tiene brazos, ni cabeza, ni sexo, ni acaricia a nadie. También carece de lengua y de labios, de palabras y de idioma. La ausencia de palabras nos hace más fiera. Animal de soledades. El mundo carece de lágrimas. De una lágrima brota una mujer. El mundo tiene dentro de sí almas muchas almas: matrushka de humanos. La muerte se consume cuando dos se besan. El mundo está pariendo verbos. Animal de soledades bebes palabras en los senos de la mujer que te amamanta. El mundo carece de sentido y de tacto. La mujer se acerca al rostro de un niño muerto, arrojado por otra mujer de su vientre sin haber terminado su metamorfosis. El mundo no tiene orillas, en él existen muchos lugares para ver la luz del sol. Una mujer se fue a Bogotá.


Llevaba una maleta, ningún recuerdo. Atrás se quedaron los amigos que nunca tuvo. Su primera vida como un círculo que no pudo cerrarse. El mundo es un círculo cerrado, un diámetro incapaz de calcular. El hombre no calcula. En las paredes se proyecta la imagen de una mujer que odia a los gatos, los odia como a ella misma. Iñaki se fue, dejó su nombre plantado en los árboles acuñando tristeza en la infértil tierra que nunca ha engendrado flores. El mundo es un zoológico de sentimientos. La falta de apetito le provoca grietas en el cuerpo. No morimos: nunca morimos :nos aborta la vida. Nunca terminamos, volvemos en forma de letra o lágrima intacta de la cual brota una mujer. Una mano dibuja constelaciones de labios en la parte interna de una cueva. Una mano deja vestigios de lo que fue nuestro, de lo que amamos, lo que matamos. Animal de soledades que habita y deshabita la vida seglar. Animal de soledades bifurcas el pecado con tus ojos. Las ganas de estar solo porque el mundo está solo sin pies y sin manos. Un día el mar se suicidó. Se arrojó a las manos del hombre: también nos mató. Dejó restos, sombras de dioses. El mundo es un murmullo de cuerpos. La mariposa disimula que vuela, agita las alas, mueve con su lengua el firmamento. Animal de soledades. La creación es un murmullo en la sangre. El mundo existe desde que el Hombre se soñó haciendo el amor. La epidermis del cielo está herida. El mundo está dolido por la falta de aire, porque le sobran taquicardias.


El destino es un poso en la carne, una ausencia. Nievan colibrĂ­es. De los ĂĄrboles caen luciĂŠrnagas. El mundo no tiene un cuerpo cerca y no dice nada porque carece de esperanza. Porque no puede sentir. Animal de soledades extendiendo las fauces alas de tiempo se arrastran con lentitud hacia la boca del mundo.


El horizonte A mis padres y a mi hermano, en la eternidad Un hombre muerto. Una mujer dormida. O Yo, de lado, escondo los tobillos. El cáliz. Una mujer respira como oruga. Respira en su tronco mutilado. La niña vuela y el viento permanece intacto. Algunas palabras tienen pies y casa, viven colgadas en lastimosos percheros, les da pena y rabia estar ahí – en el papel – a fuerza. O se preñan, se hacen muchas con otras y viven en países errados. Yo frecuento sus contornos, las dibujo sobre el horizonte en ramas, en visiones que tengo por las noches cuando mudo de piel. Su estancia es una flor que mata / a quemarropa / es un cadáver del mundo que me reparte, me heredan y me avivan la enterrada llama de la creación. Yo tuve por infancia un grito, porté pasos mezclados con vasos llenos de leche heroica. ¿Cuántas veces no me creí valiente al beber un vaso entero de un solo sorbo? Me arrojaba de la cama con mi hermano y me creía valiente o lo veía tirar monitos por la ventana al techo vecino y yo reía porque el horizonte era nuestra diversión. Era una locura pero mi hermano fue un héroe, buscamos tesoros en un segundo piso. advertíamos la llegada de papá, nos desgarrábamos dedos con un pedazo de mosaico. Pero el horizonte, siempre el horizonte. Dormir en el Maverick blanco era un horizonte de alfombra azul y las palabras entonces no me arrullaban. Estaban dormidas. Hoy mueren. Se queman en pañuelos enmohecidos, gatos en bardas como si fueran corderos. ¿Qué tipo de fantasma es una palabra que juega a nunca irse? Y se queda en la ropa, se queda. Cuando era niña los dolores no se mezclaban en mi cuerpo. Nada podía dolerme.


Sólo perder una batalla. La distancia no existía para mí porque en el jardín trasero había infinidad de amigos y mundos. Pájaros y tortugas. Yo hablaba pero entonces no conocía de palabras y acentos. Revolucionaba los sonidos con botes atados a las llantas de la bicicleta. La cochera no era más grande que la calle, ahí había infinito espacio para la imaginación. Procuraba dormir temprano y despertar tarde. Mi papá me hacía volar. Me sostenía entre sus piernas. Volaba en el horizonte. Estiraba los brazos. Volaba. Hasta que pesé más de los cuarenta kilos. Comencé a ser horizontal en noches que sangraba. Yo nací horizontalmente. El horizonte desde siempre. Ahora creo ciudades con los horizontes llenos de polvo y de lujuria. Ahora ya no hay tesoros. Mis palabras ya no son ¿escuchas? hay un tesoro enterrado. Ahora me destrozo horizontalmente. Las casas se derrumban verticalmente pero morimos de manera horizontal. Mi papá ya no maneja su Maverick. Mi hermano y yo ya no buscamos tesoros. Mi mamá toca violín. Su arco se deriva de palabras musicales que suenan en el fondo de su mirada y el arco horizontal. Palabras ocultas con peldaños, raíces y bosques, palabras. Yo he visto cadáveres llorando que corren en ríos. He visto cómo mueren y regresan. Se entierran en arterias y las destierran. Hay palabras que nunca vuelven. Viaje sombrío. Palabras que vislumbran. con el rostro muerto, con palabras de navegación, mar enterrado, olas ambiguas que crecen, levantan tiburones. La ambigüedad bajo la danza de agua enterrada. Mi hermano es un héroe. Lo sé. Es un héroe y lo sabe y pasa. Pasa la vida como lluvia delirante. Para la vida y a él no creo que le preocupen las letras ni el horizonte. Él respira. Seguramente recuerda el Maverick y los juegos.


Pero ahora es el horizonte

las letras

el silencio

Lámparas de sueño  

Obra publicada gracias al apoyo de Literalia Editores (2007) dirigida por la poeta Patricia Medina

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