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Escaleta No sé lo que es una casa ¿Es un abrigo? ¿O es un paraguas por si llueve? La he llenado de botellas, harapos y patos de madera Cortinas, abanicos. Pareciera que nunca la quiero dejar, Luego es una jaula Que aprisiona al que pase por allí, Incluso a un pájaro como tú, sucio con nieve. Pero lo que ambos sabemos Es que es tan ligero que no puede ser encerrado. -Es buena -Es muy triste -No, nos da algo de esperanza. Todo saldrá bien Poema de Tonino Guerra para Andrei Tarkovski en Tiempo di viaggio (1983)

INT. Mi abuelo Aurelio camina por el pasadizo de su apartamento, en el tercer piso de la casa. De repente, la casa vibra y se escucha un fuerte golpe que proviene de la calle. Mi abuelo se altera, camina hacia la cocina donde está mi abuela. La casa vuelve a vibrar, Huy! Juepuchica ahora si ya fue, dice. Mi abuela Aramita detiene su tarea en la cocina y preocupada pregunta que está pasando. Ahora si nos van a tumbar la casa, agrega mi abuelo. Calle esos ojos Aurelio. La casa vuelve a vibrar. Mi abuela se ve angustiada, seca sus manos en el delantal que lleva puesto. Vaya repare que pasa afuera, le dice a mi abuelo. La voz de Carmenza, mi madre, se escucha desde el segundo piso. Llama a mis abuelos, me llama a mí. Mi abuelo dice que esa máquina, que trajeron, va a tumbar su casa. Todos bajamos por las escaleras mientras la vibración y el fuerte sonido continua. Aurelio ayuda a Aramita a bajar las escaleras. Mi madre casi no puede abrir la puerta de la casa, parece atorada. La vibración se ha detenido. Mis abuelos salen de la casa y ven una retroexcavadora con martillo que intenta derrumbar la casa de al lado. Mucha gente observa todo desde el andén del frente. Mi madre alterada le pregunta al operador de la retroexcavadora, si va a tumbar la casa. El


hombre guarda silencio y apaga la máquina. Mis abuelos preocupados, observan los escombros de la casa vecina que están sobre su andén y los daños en la fachada de su casa: el alero y el muro del segundo piso de su casa se han agrietado. Mi abuela Aramita mira angustiada su casa. Llega el encargado de la demolición de la casa vecina. Es un hombre gordo, luce botas, jeans y una cadena de oro. Mi madre descontrolada, le recrimina por utilizar esa bendita máquina. El hombre preocupado trata de calmarla, pero ella no deja de reclamarle, va a llamar a la policía. Aurelio observa todo desde la puerta y Aramita perturbada mira los escombros y al operario de la máquina, reclamándole, le pide que no continúe, que cumplan en lo que habían acordado: demoler a mano la casa de al lado. Los hombres se comprometen a no seguir su labor con la retroexcavadora. Llega Patricia, la esposa de mi tío pablo. Mi madre, por celular, llama a la policía. El hombre que dirige la demolición manda a recoger los escombros antes que lleguen las autoridades. Mis abuelos resignados, después de un tiempo, entran en la casa, intentan cerrar la puerta pero no pueden. Mi abuela sale mira el marco de la puerta, preocupada vuelve a entrar y fuerza la puerta para que cierre, la logra cerrar. LA CASA DE AURELIO Y ARAMITA Aurelio y Aramita se despiertan. Aurelio entra al baño y Aramita, en la cocina, pone agua para el tinto. El reloj de la cocina muestra la hora: 4:30 a.m, ambos toman tinto en el pasadizo. Aramita va al cuarto de su hijo Alfonso, le dice que se bañe. Alfonso mi tío de 45 años, sale con la toalla en su hombro y entra al baño. Mientras Aurelio termina de tomar tinto, habla de unas tejas rotas en la terraza y de unas tablas de madera que tiene que organizar. Aramita le advierte que es mejor que se quede quietico y no comience como mico por allá en la terraza, no se busque otro golpe por allá arriba, dice. Aurelio hace caso omiso al comentario. Aramita se levanta y le dice a Aurelio que mejor se aliste, tienen que ir a la plaza a traer una cubeta de huevos, unos quesos y unas acelgas para el almuerzo. Alfonso sale del baño y Aramita le sirve un tinto. La puerta de la casa se abre. Aurelio entra, guarda las llaves en un monedero que cuelga de su cinturón. Lleva consigo un costal lleno, al aparecer, de frutas y verduras. Aramita entra cansada, lleva consigo una cubeta de huevos. Suben las escaleras hasta el segundo piso. Aramita saca un queso del costal, entra al apartamento de su hija Carmenza y la llama. Carmenza responde desde adentro. Aramita le dice que ahí le deja un quesito. Cansados, llegan al tercer piso. Aramita


saca del costal las cosas que compraron en la plaza. Aurelio sale rápidamente de la cocina sin decir nada. En la terraza, Aurelio observa las tejas de zinc que se baten por el viento, le falta asegurar algunas tejas. Desde allí, se alcanza a ver el tejado gris de la empresa privada, que cubre toda la cuadra. Mientras mueve unas tablas de madera, Aurelio recuerda cómo se fracturo el brazo, al caer a la casa vecina: eso fue hace poco; pero siempre fue duro el golpe, el hijo me tuvo que sacar con una manila, me abrí un hueco aquí en la cabeza –muestra donde se golpeó-, y me rompí este hueso –se arremanga la camisa y muestra una cicatriz en el bícep de su brazo derecho. Riéndose cuenta que el error estuvo en no poner una tabla sobre las tejas para pisar bien. Antes de bajar de la terraza, por un hueco de la pared, observa como algunos obreros terminan de demoler la casa de al lado. Eso fue rápido, dice Aurelio, ¿si ven que podían terminar a mano? Aurelio entra en su cuarto, le dice a Aramita que va a hacer las terapias de su brazo. Se quita la camisa y se recuesta en la cama. Ejercita su brazo. Realiza movimientos repetitivos mientras cuenta hasta diez. Descansa. Comienza un nuevo movimiento. Se levanta, se apoya en la pared y con un balón realiza diferentes ejercicios mientras susurra los números hasta diez. Mi madre Carmenza habla por teléfono con pablo, mi tío. Se queja por la falta de interés, de sus otros hermanos, por el tema de la casa, dice que la empresa tiene que responder por los daños. Tiene una carta en la mano. Mira incomoda la cámara y hace una señal indicando que no la grabe. Mi hermana Sara de 8 años, se para y me dice que no la grabe. Con un saco de lana, tapa el lente de la cámara. Carmenza escucha lo que le dicen por teléfono, luego, agrega que la carta le parece el colmo: la empresa recomienda que la familia refuerce las bases de la casa, ellos no se harán responsable si la casa de mi abuelo se cae por x o y razón, por el contrario, las instalaciones de ellos se pueden ver afectada. Debemos defender la casa de mi papá, dice mi madre. Sara vuelve a insistir con que no grabe a su mama y vuelve a tapar el lente de la cámara con el saco. Carmenza sigue hablando por teléfono. Se escucha la voz de Sara, se ve traída por la cámara, ahora es ella quien quiere grabar. Toma la cámara y graba a su mama. Juega con el zoom y el foco de la cámara, mientras Carmenza termina de hablar por teléfono sobre la casa de mis abuelos. La olla hierbe. Un suculento sancocho de gallina se cocina en la estufa. Mi abuela dirige la tarea mientras sus hijas Carmenza, Marina y Carolina le ayudan a preparar el almuerzo. Todas hablan al tiempo mientras David, Juan y Sara, los nietos más pequeños, juegan por el pasadizo.


Toda la familia come en la mesa. Mientras disfrutan del sancocho de mi abuela, todos hacen chistes, se ríen y hablan de temas que cambian rápidamente. Mi abuela le da la mitad de su presa de pollo a su hijo mayor José, es un bocadito, dice. Se levanta para servir la bebida, pero sus hijos la detienen. Todos mandan a Alfonso, el hijo más noble, a que sirva el jugo. Cuando los niños se retiran de la mesa, José comienza a hablar de la casa, cree que no deberían ir a ofrecer la casa, la empresa es la que está interesada en comprar. Mi hermana Sonia no quiere que vendan la casa que su abuelo construyo hace 50 años. Algunos creen que deben estar preparados por si la empresa viene a ofrecer algo por la casa. Hablan de la suma de dinero que recibieron los vecinos cuando vendieron sus propiedades. Todos creen que deberían cobrar un poco más, ya que es la última casa de la cuadra. Mi hermana vuelve a afirmar que los abuelos no quieren irse de la casa, ellos no quieren vender. Todos guardan silencio. Lo que Dios quiera mija, dice Aramita. Aurelio, con inocencia, habla de un posible precio y hace reír a sus hijos. Aramita manda a callar a Aurelio, los hijos son los que saben de esas cosas. Carmenza cree que no deben dejarse amedrantar de la empresa y Pablo considera que toca ser diplomáticos o sino podrían salir perdiendo. Aurelio y Aramita guardan silencio mientras los demás siguen hablando de la casa. Aramita levanta la mesa y Alfonso le ayuda. Los hijos en común acuerdo nombran a Pablo y a Carolina como representantes ante una posible negociación. Todos se han ido. Aurelio y su hijo Alfonso miran televisor en la sala. Aramita descansa de la vena varice, está recostada en su sillón con las piernas hacia arriba. De repente, Aurelio comienza a hablar vagamente del precio de la casa, como si estuviera pensando en voz alta. Precios van y vienen, habla de posibles formas de negociar, etc. Alfonso, como si no le prestara atención, le dice que sí a todas las ideas de su padre, mientras mira televisión. Aramita le dice a Aurelio que deje de hablar tanta cosa y mejor lea la biblia. Alfonso se levanta y sale de la sala, Aurelio apaga el televisor y Aramita se sienta. Alfonso regresa con una biblia, busca un pasaje y lee: “…A los que aman al señor, todas las cosas les ayudan para bien…” Alfonso termina de leer. Estuvo muy buena la palabra, dice Aurelio. Alfonso hace una reflexión y luego una pequeña oración. Termina de orar y bosteza. Aramita se levanta para calentar la comida y le pregunta a Alfonso si ya bajo las toallas y tapo los pájaros. Alfonso sale hacia la terraza. Aurelio se queja por el frio que está haciendo, se levanta y con un icopor tapa toda la ventana que da a la calle. Aurelio se sienta en la sala y guarda silencio. Carolina, llega a la casa. Aramita que esta recostada en la cama se levanta para ofrecerle algo de comer a su hija. Va a la cocina, le trae un tintico con pan. Carolina


no quiere que su mama se moleste. Mientras come, Carolina les comenta a sus padres que la empresa ofreció un buen precio por la casa, ella cree que deberían aprovechar y venderla lo más pronto, la mayoría de hijos están de acuerdo. Aurelio y Aramita guardan silencio, solo escuchan la propuesta de su hija. Alfonso llega con un mandado y se sienta junto a ellos en silencio. Carolina les dice que lo piensen, la decisión es de ellos. Termina de comer y se despide, tiene que ir a su apartamento. Aurelio, Aramita y Alfonso permanecen en silencio mientras terminan de tomar tinto. Mi hermana Sara sube donde los abuelos y los graba con su cámara casera de video. Va donde su tío Alfonso quien está revisando los recibos públicos del agua y la luz. Alfonso abre un cajón de madera, donde hay algunos papeles viejos y algunos folios que contienen muchos recibos públicos. Sara, curiosa, esculca el cajón y hace preguntas sobre algunos objetos, de los 80´s y 90´s, que los abuelos guardan en aquel cajón. Se aburre, va donde su abuelo y lo graba mientras este se afeita en el baño. Luego, va donde su abuela que está descansando en la cocina. La ve pensativa y le pregunta en que piensa. No pasa nada mija, dice Aramita. Ella le ofrece jugo de mora a su nieta. Sara termina el jugo, siente el calor que proviene de la pared y se recuesta en ella. Apoya todo su cuerpo contra la pared, le gusta porque está caliente. Esa pared se calienta desde que tumbaron la casa de al lado, dice Aurelio, pero no se cae, es fuerte, no como las paredes de la casa de mi hermano, que quedaba aquí no más en esta misma cuadra y que ya se vendió; Antonio mientras levantaba paredes, le metía de todo: latas, madera, juguetes, muñecos, todo lo que se encontraba le metía al relleno de las paredes. Alfonso se ríe, recuerda la tapa de un inodoro incrustada en el techo de la casa de su tío. Sara, sorprendida, se ríe con el relato de ambos. Aurelio y Aramita llegan con su hijo Pablo y su cuñada Patricia. Hablan de las casas que estuvieron viendo en el norte de la ciudad. Patricia entusiasmada, comenta que esas casas son muy bonitas y están ubicadas en un muy buen sector donde podrían vivir los abuelos. Aramita pone agua en la estufa para hacer café. Patricia continúa con sus comentarios entusiastas sobre las casas que acabaron de visitar. Luego de un momento, Aurelio afirma que aunque las casas que vieron si están muy bonitas, él no quiere irse de su barrio, allí tiene a sus amigos, a sus conocidos, además la plaza de mercado está cerca. Si no consigo una casa bonita por aquí, yo no me voy, dice. Pablo y su esposa insisten que en algunos sectores del norte de la ciudad se vive mejor. Aramita guarda silencio.


En la terraza de la casa, mis hermanas, Sonia y Paula, ayudan al abuelo a empacar unos tarros viejos de pintura en una bolsa negra. Paula recuerda nuestros juegos de infancia en la terraza: Señala la ruta que trepaba por las cerchas del techo. Siempre me gusto que la terraza fuera amplia, parecíamos micos recorriéndola, dice. Aurelio encuentra una canasta vieja de gaseosa lux cola con botellas viejas llenas de polvo. Paula y Sonia hacen preguntas sobre el trabajo del abuelo. Él narra cuando repartía gaseosa lux cola en varios pueblos de Cundinamarca. Salíamos con el camión cargado pa` los pueblos y volvíamos bien tarde con pura botella vacía, así fue que levante la casa, también le traía a los hijos, una o dos canastas de gaseosa a la semana pa` las onces, dice. Aurelio saca la canasta y con añoranza lava las botellas. Toda la familia está reunida celebrando los cumpleaños de Aramita. Cantan enérgicos el feliz cumpleaños, aplauden y la felicitan. Mientras comen el ponqué hablan de la nueva casa de los abuelos que está ubicada a algunas calles de allí. Algunos se ven optimistas y alegres, otros hablan con un tono melancólico por el cambio. Aurelio y Aramita guardan silencio mientras observan a su familia. Desde la terraza vemos el techo gris de la empresa que ocupa casi toda la cuadra. Recorremos la terraza que se ve medio desocupada. Algunas maderas, objetos viejos y basura están arrinconados en una pared. Las cuerdas donde se tiende la ropa están libres y el espacio donde estaba la lavadora está vacío. Aurelio revisa que no se le queda nada en la terraza, baja al tercer piso donde algunos de sus hijos les ayudan a desarmar las camas y a empacar los objetos en cajas. Aramita está recostada en el sillón, que ahora está en el pasadizo, dice que le duele la vena varice, está descansado. Aurelio se sienta un momento junto a ella. Luego se levanta y baja al segundo piso. Su hija Carmenza está empacando las cosas en su apartamento junto a sus hijos. Aurelio le pregunta si necesita algo de la calle, va a salir un rato. Su hija no le alcanza a escuchar. Aurelio baja con lentitud, recorre el primer piso de la casa que ya está desocupado. Abre la puerta de su casa, sale y mira pasar la gente. Pasa la calle y, desde el andén del frente, observa su casa. Luego de detallar en silencio la fachada, Sara mi hermana se asoma desde el tercer piso y lo saluda. Él se sonríe y la saluda. Ella entra y cierra la ventana. Aurelio observa el contraste de colores que tiene su casa junto a las paredes blancas que la rodean. Mira con nostalgia la casa por última vez, cruza la calle y se aleja.

A mis abuelos.


Investigación

Durante mucho tiempo, desde el inicio de mi carrera y sin estar plenamente consciente, he capturado material intangible para mis trabajos audiovisuales. Gran parte de este material tiene que ver con mi familia, con su pasado -que también es mi pasado-, con su día a día y con sus particularidades; pero un tema ha sobresalido en los últimos años, la posible venta de la casa de mis abuelos maternos. Mis abuelos, Aurelio y Aramita, llegaron hace 55 años a Bogotá, provenientes de Jenesano (Boyacá), su pueblo natal. Con tan solo un hijo, arrendaron una habitación donde vivieron 5 años antes de comprar un lote, para construir su casa propia, en el mismo barrio. Con su trabajo como repartidor de gaseosas, mi abuelo reunió los recursos para construir su casa que ahora tiene 4 pisos, y donde nacieron sus otros 6 hijos y sus 5 primeros nietos. Desde que se pensiono, en los años 80, ha dedicado sus días a cuidar de la casa. Desde esta época, Bogotá enfrentó una profunda crisis urbana que comprometió su desarrollo. La ciudad fue creciendo de manera arbitraria, sin ninguna planeación ni control. Hasta comienzos del siglo XXI la ciudad tomo conciencia de los graves problemas que la de planeación acarreo, y decidió implementar el plan de ordenamiento territorial (POT). La casa de mis abuelos está ubicada en una localidad que se ha caracterizado por ser un sector industrial. A pesar de esto, varias familias han vivido por varias décadas en estos barrios. Según el plan de ordenamiento territorial, todas las viviendas de este sector deben desaparecer y dar paso a construcciones industriales y comerciales. Una de estas viviendas es la casa de mis abuelos. La casa siempre ha sido una de las cuatro casas que estaban en la cuadra, el resto de territorio, estaba ocupado por una gran bodega donde se construían bombillas. La bodega fue adquirida, hace 4 años, por una empresa privada prestadora de salud (EPS). Con el proyecto de construir un mega-edificio en toda la cuadra, la empresa ha adquirido tres de las cuatro casas que estaban en el lugar. La única casa que no se ha vendido, es la casa de mis abuelos.


Consciente de lo que sucede en el hogar y de lo que están viviendo mis abuelos he tratado de consignar los hechos en borradores y propuestas como esta que estoy haciendo al FDC 2013. Ahora acompaño a mis abuelos en su cotidianidad, en sus actividades diarias que comienzan a verse afectadas por la posible venta de la casa. Busco momentos donde se refleje esa quietud, esa humildad, ese espíritu servicial que caracteriza a mis abuelos. Encuentro imágenes y momentos concretos que me hablan de la casa y de su posible desaparición. Al compartir con mi familia, con una actitud menos desprevenida, y aprovechando los momentos de integración, he indagado sobre la posición de cada integrante de la familia sobre el tema de la casa. He notado las tensiones, las preocupaciones y los intereses. La investigación trae momentos únicos e imágenes memorables que alimentan esta propuesta, para lograr un buen documental, donde las experiencias humanas específicas, hablan de la condición humana en general y logran emocionar al espectador. La selección de los momentos que más me han interesado, que he registrado y que están por devenir, están expuestos en la propuesta de estructura narrativa.

Soportes de investigación Página secretaria de planeación

Propuesta conceptual

"Lo que les ofrezco hoy no es una imagen, o la búsqueda de una sola imagen, sino la imagen de una búsqueda: la que permite el cine". Rithy Panh

El dispositivo de registro principal es la observación. Durante mucho tiempo, he registrado la cotidianidad de mi familia, esto ha hecho que la cámara sea un elemento aceptado en la realidad de los personajes de este documental y se convierta en un objeto casi invisible. Pero mi intención no es tener una cámara netamente invisible, sino lograr una puesta en escena documental honesta, que se acerque -a lo que llama Alejo Hoijman- la poética del acontecimiento, la cual surge como fruto del encuentro entre la cámara y los personajes; que los acompañe de manera sutil en momentos de quietud, que de libertad y confianza para que estos se muevan naturalmente por los espacios de la casa. El trabajo de Ramiro Gómez en


“Tierra Roja” ejemplifica el trabajo de observación que quiero conseguir. Al igual, quiero permitir tal libertad, que en ciertos momentos, si mi familia lo desea, integren la cámara o al el equipo de realización de la escena. El trabajo de observación se realizara durante un buen periodo de tiempo, la mayoría de veces trabajando con un equipo técnico de confianza y reducido – cámara y sonidista-, los cuales ya han trabajado conmigo en la casa y se han ganado la confianza de mi familia. Quiero dar prioridad a aquellos momentos donde los personajes al recordar, al convivir y al compartir entre ellos logren emocionarse, ya sea por el conflicto de la casa o simplemente por su cotidianidad, para así mismo, emocionar al espectador. Capturar los momentos y seguir a los personajes con cámara en mano, pero una cámara en mano fluida y sobria, de movimientos tranquilos que sean orgánicos con la acción del personaje. En momentos de quietud, la cámara en mano debe tomar un carácter sutil, casi inmóvil. La cámara de Gastón Girod, especialmente en “El ojo del tiburón” ilustra lo que quiero lograr. Es evidente la necesidad de los planos completos y medios para integrar a los personajes en los espacios de la casa, que el plano nos permita ver la conexión del personaje con el lugar. No quiero desaprovechar el paisaje humano del rostro, especialmente porque se trata de fotografiar mis familiares compartiendo emociones. El montaje será consecuente con el estilo de cámara. Pausado y generoso con los momentos de cada personaje, que deje reproducir el tiempo necesario para compartir esos momentos reales. El ritmo será impuesto por la larga duración de los planos y los movimientos de cámara. El sonido muy fiel y sincrónico con lo que estamos viendo, estará acompañado en ciertos momentos por música extradiegetica minimalista que fortalezca la intención dramática del documental. A pesar que la mayoría de imágenes capturadas para el documental se hará con una cámara de alta definición, se anexara material capturado en cámara dv, como en la primera escena que describo en la estructura narrativa, la cual da inicio al documental, o el material que graba mi hermana Sara con su cámara casera. El resto de imágenes serán capturadas cuidadosamente en HD, aprovechando la luz natural de cada espacio.

La Casa de Aurelio y Aramita  

Proyecto de investigación documental, para ser exhibido en festivales clase A, (Cine latinoamericano)