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y de tantos otros, tiene una entidad imaginaria que nos consuela de aquella inefabilidad o invisibilidad que hace inatacable a lo real verdadero, y que, además, no es una, sino muchas, tantas como miradas. Como si la última verdad de sus respectivas realidades, no fuera, en efecto, aprehensible sino que estuviera más bien determinada por una especie de partición originaria, del tipo de la expuesta por Jean-Luc Nancy en sus libros La partición de las voces o La partición de las artes. Para mí, desde luego, esa entidad imaginaria o imaginística de Madrid es inseparable del contraluz soleado de su bruma de invierno. Pero esa tela de luz puede ser vista, dicha, de muchas maneras. Es la que adensa levemente el aire del Retiro mientras dura el paseo de Pío Baroja entre las largas sombras de la mañana pura, en las fotos de Alfonso. El que atempera la cascada de luz que se derrama sobre la Gran Vía en las fotos que CatalàRoca hizo para acompañar al texto de Juan Antonio Cabezas en una Guía de Madrid de 1954 (que junto a sus fotos de Barcelona vimos en la estupenda exposición del Museo Reina

Sofía hace unos años). El que captó Cas Oorthuys por las mismas fechas y en los mismos lugares, la Gran Vía, el Rastro, la Ciudad Universitaria, con la misma cámara (Rolleiflex) para uno de los libros sobre ciudades de Contact, en un mayo madrileño de frescas mañanas, según vimos en 2006 en la Fundación Carlos de Amberes. Y el último episodio, la última partición de las voces del contraluz de Madrid, es el que veo en las fotos que hizo mientras residió aquí en la primera mitad de los años noventa –disfrazado de fotógrafo de los cincuenta– el fotógrafo alemán Florian Bolk. Berlinés de 1967, Florian Bolk tomó, como se decía en las viejas asociaciones fotográficas, imágenes del aire de Madrid –todas en blanco y negro, como sus predecesores en el tañido de esta cuerda– mientras una luz arropada de polvo y bruma descendía por el hueco de las callejas que cruzan la Gran Vía, encajonada entre los farallones de los edificios. Apenas si consigue tocar el suelo algunas veces, esa luz. Otras, la anchura de la Ciudad Universitaria deja que la suave ceniza se expanda en el espacio

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Catálogo Madrid Hacia 1990. Florian Bolk  

Catálogo Madrid Hacia 1990. Florian Bolk  

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