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LA TÉCNICA DE LA IMAGINACIÓN.

Por

era toda en 3-D: sólo los últimos diez minutos. El momento de ponerse los anteojitos (celofán azul para un ojo, celofán rojo para el otro) lo marcaba la propia historia: uno de los personajes decía que para meterse en el mundo de Freddy Krueger (porque la cinta era Pesadilla 6: La muerte de Freddy) había que ponerse unos anteojos especiales, y todos los futuros fiambres que estaban en pantalla procedían a colocarse los aparatejos, señal de que uno, en su butaca, debía imitarlos. Los personajes, sin embargo, no tenían que soportar por mucho tiempo el insulto a la estética: al instante de ponerse los anteojos, éstos se disolvían en un chisporroteo de efecto especial barato. A uno no le pasaba lo mismo. En fin.

Sebastián Lalaurette

No sé adónde se habían ido mis hermanas pero lo cierto es que yo estaba solo, bueno, rodeado de extraños, y mareado y con un terrible dolor de cabeza y un revoltijo en el estómago que amenazaba con concretar su promesa náusicaa. Ya era de noche y cada tumbo del colectivo me empujaba más adentro de ese pozo oscuro e inestable. Que hubiera que atravesar calles de adoquines no ayudaba; tampoco el tener que ir parado porque todos los asientos estaban ocupados. Hasta que se liberó uno. Más que sentarme, me deslicé, caí en tirabuzón sobre él. Pero un brazo poco amigable me llevó otra vez al infierno.

Pesadilla 6 fue la primera película en 3-D que vi en mi vida. Había habido otras antes (la primera exhibición comercial de un filme tridimensional fue ¡en 1920!) pero sólo un par habían llegado a los cines argentinos. Martes 13 parte III la vi por televisión, con el efecto anulado. Pero la historia de Freddy y su muerte “definitiva”, con comillas más irónicas que nunca, fue mi bautismo de fuego.

–¿Qué hacés, flaco? Le estaba dando el asiento a la señora. Apenas miré al que hablaba; apenas vi el cuerpo de la vieja que se aproximaba al asiento que yo ocupaba sin derecho moral. Me levanté pesadamente, sin fuerzas siquiera para argumentar que me sentía mal, que necesitaba estar sentado, estable. El resto del viaje fue lo mismo: ir montado sobre la náusea y golpeándome contra el techo opresivo que el dolor de cabeza les pone al cuerpo y a la mente.

No fue bien. A diferencia de mis hermanas y de, aparentemente, todo el resto de la concurrencia, la batalla final entre el monstruo y su hija (una Lisa Zane cuya belleza todavía me persigue en sueños, como Freddy pero mejor) me dejó nocaut. Fue una experiencia extraordinaria, repito, pero también dolorosa: hacia la mitad del segmento en tres dimensiones la cabeza empezó a dolerme y el estómago a retorcerse como queriendo escapar de esa aberración espaciotemporal. Cuando salimos del cine, todos sonreían, y yo hacía una mueca de dolor. Todavía tengo los anteojos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces. De hecho, el 12 de septiembre de 2001 se hubiera celebrado seguramente una década de lo que dio en llamarse “Freddy Krueger Day”, si no fuera porque algo más monstruoso y horrible golpeó a los Estados Unidos el día anterior. Pasada la novedad del 3-D anaglífico,

La culpa la tenía la película. Era mala, dicen hoy los críticos, pero para el Sebastián Lalaurette de 1991 había sido una experiencia extraordinaria. Y eso que no 14

la película fue olvidada, y hoy es Avatar, de James Cameron, la referencia obligada para quien quiera hablar de las posibilidades del cine tridimensional, ahora con una tecnología mucho más avanzada que no me produce incomodidad alguna y que no alcanzo a comprender. (En serio, es luz polarizada o algo, hay unos diagramas en Internet, pero el principio físico del funcionamiento de estos nuevos anteojos, que son mucho más caros que los otros y por lo tanto no te los regalan, se me escapa.)

el famoso bullet time y otras innovaciones visuales, para comprobar una y otra vez que la fantasía y la ciencia ficción, cuando no han inaugurado las tecnologías en la industria, han producido sus expresiones más acabadas y populares. Es imposible hablar de stop-motion sin recordar la técnica de Dynamation con la que Ray Harryhausen animó a los dinosaurios de sus épicas imposibles en las que los humanos se enfrentaban a reptiles prehistóricos. Jurassic Park lo haría en digital cuarenta años después, pero antes de eso, en 1998, Ron Howard, en Willow, utilizó por primera vez el morphing digital que tan indispensable resulta hoy en cualquier película de hombres lobo o extraterrestres con el poder de cambiar de forma.

Pesadilla 6 fue una más en la desparejamente ilustre serie de películas que inauguraron o perfeccionaron los principales avances tecnológicos en el cine. No es de extrañar que casi siempre se trate de filmes de fantasía, incluyendo a las variantes del terror y la ciencia ficción. No sólo porque esas películas son las que tienen mejor taquilla, sino porque, con o sin razón, tendemos a reputar como merecedoras de ser “bien” vistas a las escenas de acción, a los paisajes extraños, a los seres inventados, a los efectos especiales. Para los dramas, los documentales y las historias de iniciación nos alcanza con la forma “convencional” en nuestra época.

Habría mucho más por decir: quedan fuera de este recuento películas como Tron, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? o Star Wars, que introdujeron técnicas decisivas para la producción fílmica. El papel de la fantasía, en cualquiera de sus formas, en el avance de las tecnologías visuales y sonoras es imposible de sobreestimar y es incluso más importante que el del porno, un género conocido por haber empujado las fronteras de lo posible innovando, primero en el ámbito de la filmación, hoy en el de la compresión y distribución digital de video.

Es así como Murnau pudo innovar en la genial Nosferatu (1992) y llevar al gran público las maravillas del stop-motion, el color (¡filtros azules, verdes, anaranjados superpuestos a las imágenes en blanco y negro!) y el juego con las características del soporte fílmico (inversión, sobreexposición). Es así como El Mago de Oz, diecisiete años después, se benefició con el desarrollo de técnicas adhoc que permitieron trabajar el color como hasta entonces no era posible. Por esto, por orgullo y ganas de mostrar lo que tenían, los realizadores cambiaron las zapatillas plateadas que aparecen en el libro por unas de un rojo furioso, que los espectadores poco acostumbrados de la época habrán encontrado espeluznante. Por cierto, El Mago de Oz aspiraba al Oscar a la mejor película del año, pero fue derrotada por Lo que el viento se llevó, otro filme pionero en trucos visuales. No hay que llegar a La Matriz (1999), con

¿Por qué la fantasía? Probablemente porque el cine nos da la oportunidad de construir en el mundo real nuestros sueños y nuestra imaginería inconsciente (despotriqué contra el desaprovechamiento de esta capacidad en una columna pasada, Dame una ola, en esta misma revista, pero el principio general es eso: la posibilidad, no el desperdicio). Las historias que más queremos ver y oír son las que hacen necesario innovar, buscar formas de representar lo que hasta el momento es irrepresentable. La fantasía presiona las paredes de la realidad y termina por transformarla, en todas partes, pero muy visiblemente aquí, en el ámbito del cine. Demonios, la primera película comercial en 3-D (ya perdida) dentro de poco va a cumplir

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N°8  

Volvemos. Porque las ideas y los proyectos que tienen fuerza no solamente no se abandonan, sino que mejoran. Porque si hay un grupo detrás,...

N°8  

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