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Dame una ola

La otra noche volví a tener el sueño de la ola gigante. Hermoso y terrible, como siempre, pero a la vez diferente. En sueños anteriores me despertaba (¿encontrarse de pronto en el sueño es despertar a él, es dejar de dormir?) en medio del agua, flotando cerca de la playa o de un acantilado; entonces venía el empuje imparable, la masa gigantesca que me hundía o me arrojaba contra la pared arenosa, que me proyectaba hacia tierra firme a toda velocidad: a velocidad, sin duda, mortal. Así, fascinado, me despertaba (en el sentido literal), completando en el mundo real la sensación de caída, el vértigo en el estómago. Pero la otra noche fue distinto, de alguna manera más pacífico. Yo estaba acostado en la playa mirando al cielo y ella (¿mi novia?) estaba tendida a mi lado. Creo que permanecíamos silenciosos. El cielo era de un azul tirando a turquesa, si no lo estoy inventando ahora: un cielo de tarde templada, agradable, engañosamente interminable. Y entonces la ola. El súbito tsunami, levantándose de la nada, diez, veinte, treinta metros, qué sé yo. Una masa de agua inexplicable en ese mar particularmente calmo, desobediente de las leyes de la física, empezando porque la cresta era finita y de un color verde claro, de lago artificial, y siguiendo porque la ola se había tirado hacia adelante, había como saltado, sin que su base se adelantara. Ahí estábamos los dos, secos en una playa seca, yo pensando algo así como uyuyuy pero sin suficiente alarma, con toda esa agua dispuesta a desplomarse sobre mí, sobre nosotros. Hermosa. Terrible. Ahí me desperté. Lo primero en que pensé fue en el cine. En cierto sentido era obvio: hay un paralelismo fuerte entre ese sueño y por lo menos una escena famosa del séptimo arte, aquella de Deep impact en la que Jenny y su padre se abrazan en la playa a la espera del tsunami que, fiel a la cita, se lanza sobre la costa y los engulle. Hay cosas, en fin, que soñamos porque el cine nos lo dice, porque nos han sido susurradas directamente al inconsciente. Pero no era por eso que pensé en el cine. Pensé en el cine porque comprendí, o vi, o creí ver, un abismo deprimente que se agranda. “Esto no se podría hacer en una película”, pensé. Puede parecer injusto pedirle al cine que sea capaz de reproducir un sueño. Lo que puede tomar la cámara, lo que puede producir una escenografía o un encuadre, permanece en un

universo meramente audiovisual y contractual (estoy acá sentado viendo una película, no en otra parte; no me he despertado de improviso en este lugar, no estoy desorientado, sé lo que hago; mi experiencia se reduce a la imagen y al sonido, no hay tacto ni olores aquí) que, por definición, carece de la sustancia de los sueños o, quizá, posee demasiada sustancia. Sin embargo, si en cada ceremonia de entrega de premios en Hollywood se nos dice que el cine se dedica a plasmar y dar forma a nuestros sueños, quizás es debatible pedir un poco de juego onírico, un intento de llevar ahí, a la imagen, los rasgos del inconsciente, la textura de lo soñado: la sensación vertiginosa de la arena en la espalda y esa agua rara que está por bañarnos por completo. La tarea no es tan imposible. La relación entre el cine y el sueño es larga y variada. Hay cineastas cuya obra puede ser definida como onírica: David Lynch viene a la mente, o Gondry, en La Science des rêves pero más en Eternal sunshine of the spotless mind, donde el artificio no requiere grandes proezas técnicas (el mar invadiendo la casa, objetos y personas que cambian de lugar, iluminación surreal, el propio rostro en el cuerpo de un chico, libros que se van borrando solos) pero está puesto al servicio de un mapeo del

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N° 4  

Considerando que una buena parte de nuestra vida se nos va en el acto de dormir, durante el cual nuestro inconsciente juega con nosotros, co...

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