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Contra Angelina Divas, divas divinas, divas de la vida, divas de diván: hay algo en ellas que puede volver loco a un hombre o, por qué no, a una mujer. Habitan el Olimpo del celuloide y son, como toda diosa que se precie, inmortales. Vivien Leigh, Marlene Dietrich, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Lauren Bacall, Natalie Wood, la eterna Marilyn... Al evocarlas es natural tratar de identificar a sus herederas de hoy. Al fin y al cabo, todas las épocas son doradas, sólo que para distintas generaciones: así como esos nombres y rostros quedaron grabados en la memoria colectiva a lo largo de las décadas, seguramente en el caldo del cine actual se están cocinando (permítaseme la metáfora un tanto desagradable) manjares igualmente sabrosos. Y sin embargo... sin embargo, tiendo a pensar que no. El tiempo de las divas parece haber pasado. Yo no estuve entonces, y creo que ya no estaré. Con los cambios de época también sobrevienen a veces rupturas radicales: ya no habrá otros Beatles, otro Shakespeare, pero no porque se haya acabado el talento, sino porque los ámbitos en que ellos reinaron han sido demolidos o reformados y ahora vivimos 26

en otras casas, más coloridas y pequeñas. Pero basta de ellos; volvamos a ellas. Dicen los que saben (los que saben francés) que jolie significa “linda, bonita”; entre eso y las connotaciones celestiales del nombre de pila Angelina, tenemos una posible designación de la belleza máxima. Nadie debería poder llamarse Angelina Jolie si su mera presencia no nos deja boquiabiertos, preguntándonos si no hemos muerto y estamos en el Paraíso, contemplando el rostro y el cuerpo de un ser demasiado hermoso para este mundo. Lamentablemente, entre el ser y el deber ser hay un trecho, y ese nombre ha venido a pegarse a un ser bastante más terrenal. Se supone que Angelina Jolie es la diva de nuestro tiempo, por decirlo de alguna manera, y de hecho muchos la ubican en ese lugar. Tengo la impresión, sin embargo, de que no lo dicen en serio; o, más precisamente, de que la mujer de Brad Pitt ha venido a rellenar ese casillero a falta de algo mejor. Si no hay una Ornella Mutti, una Sofia Loren, una Liz Taylor, bueno, alguien tiene que haber, parece ser el razonamiento. Y ahí aparece ella, la chica de Brad, la hija de John Voight, casi predestinada al título. ¿Pero nos lo creemos de verdad? Así como el reality show es el sucedáneo, no de la realidad sino de la impresión de realidad (hacemos como que nos lo creemos cuando en realidad sabemos que no), Angelina Jolie es nuestro sucedáneo de diva, una mujer que ocupa el lugar que debería ocupar una Marilyn Monroe o una Rita Hayworth si existiera. En esto no está sola, por supuesto. La diosa de Google, la que protagoniza los sueños húmedos de buena parte del planeta, es por estos días Megan Fox, una especie de maniquí de ojos penetrantes y actuación silvestre; la nueva actriz fetiche de Woody Allen viene a ser Scarlett Johansson, a quien nadie le niega su parte en el fenómeno del calentamiento global pero nadie le reconoce, tampoco, la estatura de una Hedy Lamarr. El problema sigue siendo que ya no hay divas, o al menos lo que antes podíamos identificar claramente con ese rótulo. Hollywood y su periferia son una máquina de producir mujeres hermosas (sin repetir y sin soplar: Nicole Kidman Kate Beckinsale Sienna Miller Rosie Huntington Jennifer Connelly Halle Berry Keira Knightley

Cameron Díaz Monica Bellucci Elisha Cuthbert Kristen Stewart Charlize Theron Olivia Wilde Natalie Portman Eva Longoria Winona Ryder Emma Stone Anne Hathaway Milla Jovovich Gwyneth Paltrow Lindsay Lohan... y la lista sigue y sigue y sigue) pero de alguna manera la abundancia de material de calidad no produce la combinación justa, la mujer inolvidable capaz de elevarse por encima de la marejada y dejar una huella indeleble en nuestras retinas y en la historia (del cine y del deseo). ¿Por qué? Bueno, hay varias razones. La primera es que el nuevo milenio es la era del sexo a la carta, de la superabundancia de oferta de todo lo que tienda a satisfacer nuestros caprichos, ya sean modelos de celulares o mujeres deseables para soñar con ellas una noche o dos. Difícil que la sorpresa (la contundencia de unos labios o de un mentón delicado) perdure en el perpetuo desfile de beldades en masa en la pantalla del televisor y la de la computadora. Hay, hay muchas, pero no duran. La segunda razón es un refinamiento de la anterior. En un proceso que ya describía genialmente Lipovetsky, la hiperoferta produce una intensa personalización del consumo. Aquí, como en todo, el mercado está hipersegmentado: hay divas para todos los gustos, y tal vez por eso es tan difícil determinar quién ocupa el podio y quién no. Hay beldades rubias y pulposas, morochas y pulposas, pelirrojas y lánguidas, rubias con pecas abundantes, rubias con pecas menos abundantes, morochas de pelo salvaje, veinteañeras que parecen adolescentes, cincuentonas que parecen veinteañeras, criaturas susurrantes, mujeres fuertes, chicas que parecen inocentes y chicas que se comen el mundo, estrellas de rock, bellezas nerd, actrices de carácter, actrices de ocasión. Son diosas de nicho, cabezas de ratón; cada una le saca el aliento a un segmento poblacional bien definido, ninguna será recordada de aquí a una década y media. La tercera razón deriva de las dos mencionadas previamente: del hecho de que ante la excesiva oferta y el hedonismo de la personalización absoluta del deseo nos hemos vuelto demasiado exigentes. ¿Caprichosos diré? Al recorrer el catálogo inacabable de potenciales Afroditas se hace evidente que ninguna de ellas es perfecta. 27

N° 6  

Entre el éxito y el fracaso parece, en ocasiones, haber un trecho pequeño. Y lo recorremos, en ocasiones, sin saber hacia qué lugar nos va a...

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