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GACETA

DE LITERATURA Y GRÁFICA

◊ NÚMERO 8 ◊ DISTRIBUCIÓN

GRATUITA

GEMA SANTAMARÍA

Ventana I Ventana: abre tu flor a las abejas fértiles.

II Abro los ojos.

III Ser verde es ser metal, caer con alas de helecho, envejecer los saltos ante la aguja dorada del día. Es coronar la delgadez con un sol exiliado con un ave abriendo su pecho.

David Hernández / Amartizando

gaceta de literatura y gráfica. Número 8 marzo de 2004. Publicación independiente. Las opiniones expresadas en los textos son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan las opiniones del equipo editorial. Dirección: Jocelyn Pantoja. Edición: Andrés Márquez. Diseño: Hernán García Crespo. Consejo Editorial: Andrés Maximiliano Cruz , Jorge Jurado, Alejandro Mendoza y Roberto Cruz. Colaboraciones: gacetaliteral@yahoo.com

www.kloakas.com/aire/literal

VERÓNICA VOLKOW

MARCELA SOLÍS-QUIROGA

Despedida

Esfinge

Que sea mi amor tan mudo como Dios, que te sea invisible y casi insospechado y aunque envuelto en la sombra o náufrago en la borrasca, que tras la noche brille si lo entiendes. Basta mirar para que exista, acatar lo profundo y somos una estrella. La luz es siempre poderosa pero se olvida fácilmente. El corazón tan sólo es un testigo, en luz no hay sombra. De más allá de mí quisiera amarte y estar en ti en la libertad cuando te encuentres en la razón que es magia y te devela profundo muy profundo. ◊

Te quedaste sentada –los ojos hinchadoscontemplando la agonía en el evanescente humo de un café tibio. Sonreías con la amargura de una esfinge herida y te aferrabas al barro, a las encanecidas astillas de un reloj sin tiempo. El encierro, el café, el tabaco, tu perfume envejecido... La soledad, el recuerdo, la conciencia de la muerte... Todo se reunía en tu propia imagen. Sin detenerse, un hielo congelaba tu leve y severa existencia: el irrevocable verdugo de tus días. ◊

Ser viento es ser arrebato, mordida constante, abrirse paso entre la fronda, venir en zumbido en espíritu de hojarasca. Es no mirar atrás, aferrarse a todas las músicas como temblor de pez a todos los mares. Ser árbol es ser testigo, espiral de vejez color de nostalgia. Es hilar la leyenda con los labios abiertos, y en la cueva del ojo guardar el silencio del búho. Es ser raíz, serpiente que habita la tierra y comparte el petrificado silencio de las montañas.

IV Mis ojos son la flor elegida por las abejas fértiles.

V Cierro los ojos. ◊


Gatéame, Cenicienta VERÓNICA BUJEIRO

P

David Hernández / Si la ciudades difíciles un amores invisible

MAYTHÉ RUEDA

Preguntas al espejo

Perita en dulce aGL

Quién te iba a decir que quedarías a estas alturas arrasado por la furia de las grises amapolas látigo incendiario encuentro de carne y arena vértigo exquisito de sal y ojos despiertos. ◊

Pera que fui en vos pero que soy yo misma el verdor furtivo pera perdida en la noche revuelta pera dolida alebrestada en silencio pera muda en la sombra del tiempo fragmentos en vilo que no acaban por caer del árbol de mi tortura pera de hechizo cuajado en ceniza niña indefensa al fin del encuentro. ◊

TERESA IRAZABA

A la niña de los zapatos plateados Qué desconocido es ahora tu cuerpo guardan tus restos con los juguetes abandonados de ese día sólo te violaron y sin levantar la mirada nada rescataste para ti. Te diagnostican que ya eres mujer con imágenes de otro color. Atraviesan tus ojos te inventa una nueva sonrisa. Tu rostro se pierde en la calle y con el encaje de himen tu padre el violador. ◊

David Hernández / Fucking Darwin

odrida, abandonada en la inmensidad de su cuerpo mutilado por las losas del edificio en donde la abandonaron sus padres por no corresponder a la imagen de comercial de cereal para niños en edad reproductiva, Cenicienta no parecía tener memoria de aquellas personas que circunstancialmente la habían echado al mundo. Ahora sólo tenía a las ratas del edificio que la alimentaban diariamente con los pedazos más grandes que encontraban y las dominaba desde su trono de pudrición, con su torso de 120 salados kilos y la ausencia de sus piernas, alimento temporal de ahora sus esclavas ratas que al devorar su información genética rindieron su voluntad a la Reina Cenicienta descifrando sus caprichos, como la Reina misma frente al averiado televisor de imágenes inconclusas sometida a los extraños designios de la transmisión. El espejo ya no puede mentir más, y no importan los injertos de nalga de recién nacido que tenga en los pómulos ni los 2 kilos de maquillaje de hueso humano. Al reflejar aquel rostro en el espejo, la piel amarillenta y cansada (con todo y la peluca de perro afgano y la dentadura de porcelana china) saltaban a la vista como piezas encajadas en un rompecabezas equivocado. Y a pesar de la falsedad, el milagro de la realidad a control remoto, el otro espejo, sólo reflejaba perfección, una perfección tipificada por los anuncios de ron barato que tanto dinero le habían dado a la Estrellita Prostética. Admiración, fama y fortuna… tan falsas y pertenecientes al fisco como sus pómulos de criatura muerta. Ruidos de cables que no trasmiten nada. Alimentada por sus súbditos con un trozo de pollo a medias, Cenicienta, contemplaba las infinitas rayas y trataba de adivinar la corriente, oyendo voces de ultratumba que hablaban de un mundo que hacía tiempo no veía, cristalizando a veces imágenes más perecederas que un deseo y borradas

con la interrupción nocturna en donde un sonido continuo llenaba la noche de indecisión. Mientras que sus ratas seguían la misma corriente continua, evitando trampas y mutando con los venenos, buscando piezas grandes para la insaciable Reina Cenicienta. Papeles que llenaban una caja, no importaba cuál era su denominación. Cartas y papeles que rellenaban un cuerpo y que con extrañas inscripciones le daban oxígeno. Objetos de extraña procedencia, buscando ciega y esperanzadamente una respuesta, como una sábana de un motel pegajoso con una mancha de sangre y la retardada caligrafía que inscribía: "Desearía que hubieras sido tú". Fotos muertas de mujeres desnudas, algunas más ginecológicas que otras, fragmentos de poesías masturbatorias y tantos otros falsos espejismos que reflejaban el cuerpo de la Estrellita Prostética. Del éxito a la cámara, de la cama de algún objeto con sexo aparente a la contemplación monstruosa de esa imagen en el espejo que ni el ruido sordo de los malos parlamentos parecía borrar. Nada parecía llenar el hueco tan fácilmente ocupado por objetos de disección. La vida transcurría con su lento proceso de descomposición el día que una rata se posó sobre la pantalla y cambio el alucinante vacío gris por una imagen de salvación. Ante los ojos de Cenicienta se veía la cara de un joven de cutis cuidado con placenta, de ojos soñadores y pelo de nido de rata que balbuceaba un fraseo tan pedante y recargado que la reina creyó estar viendo al mismísimo redentor: “No te vayas, yo podría ayudarte y cuidarte y tal vez hasta azotarte, tú eres la autora de mis noches de pesadilla, por favor regresa” balbuceaba el galancillo ante una foto dispersa. La Reina de la ratas contempló la imagen y la tatuó en su cabeza como el milagro que la salvaría de la inminente pus que avanzaba por sus piernas como el fuego otoñal sobre el bosque musgoso. Fue ese mismo día cuando los roedores notaron a Cenicienta un tanto más loca que otros días. La voracidad por los desperdicios había desaparecido y la mirada fija ya no intentaba buscar mensajes en las rayas del televisor,

David Hernández / Nocivo a bordo, tropimagas abstenerse

ahora se concentraba en el techo, como si buscara en el motivo de su desgracia un nuevo signo, alguna locución divina que la sacara de tal predicamento. Las ratas adivinaron la nueva obsesión seca de sus venas y se dieron a la tarea de buscar una carta de amor entre los escombros del edificio, hasta que al fin encontraron un sobre color durazno que despedía un perfume probablemente emitido por los gusanos que se habían tragado la fruta, pero que al olfato humano se sentía agradable. También se las ingeniaron para enviárselo al desperdicio de pollo que ahora apetecía la Reina. Había algo extraño en el olor a vida seca de esa carta. Quizás las frases no parecían sacadas de las peores canciones del radio como las demás. Y aunque el papel despedía un olor angustiante, el polvo acumulado en sus orillas parecía contar la historia de una vieja pasión. ¿Sería posible que alguien distinguiera entre tanta falsedad al rostro putrefacto de su verdad? Tal vez alguien, víctima de perversiones microscópicas, realmente estaba interesado en el opaco brillo de la Estrellita Prostética. Lo mejor era matar al gato y no morir con la urticaria nerviosa que empezaba a sentir en la entrepierna. Cenicienta parecía sedada por las líneas imaginarias que se proyectaban en el techo y las ratas, indecisas, no recibían a través del código secreto que comían por sus piernas, si seguir tragando o enviarle otra carta al motivo de su ausencia en el concreto. Por lo pronto, el hambre de la pesada Reina la había hecho aceptar unos trozos de galletas viejas que sus esclavas ratas con tanto esmero le encontraron. La idea de entrar a ese viejo edificio caído atemorizaba a la estrella. Estaba entre decidir y no a aventurarse entre los escombros de tan sólo pensar que sus encías pudieran infectarse con el viejo polvo. Además quizás no encontraría nada. ¿Cómo saber a quién llamar? ¿Bajo qué pretexto? Desde sus membranas sensitivas, uno de los pocos órganos originales que tenía, sabía que ella no era como las otras locas que postraban su frustración en el medio vítreo. Resolvió que no había mejor manera de saber si sus córneas estaban infectadas por alguna frustración, que enfrentarla y verla a los ojos aunque sus cavidades oculares estuvieran vacías. Así es que se adentró

en la bestia temiendo que su saliva seca derritiera el último de sus implantes de recién nacido y subió las escaleras que lo conducirían finalmente a la Reina Cenicienta. Con la pesada caja que había traído consigo para no llegar a su primera cita con las manos más vacías, cada escalón parecía desmoronarse con cada uno de sus pasos, aunque también marcaban su ascenso definitivo a la luz de la posibilidad. Cenicienta había despegado la mirada del techo y miraba impacientemente la puerta por donde habían evacuado sus padres para siempre, y de su cuerpo cosido por la pudrición se empezó a esbozar una sonrisa que a las ratas desconcertó tanto, que abandonaron los bocados de la tarde y huyeron por las misteriosas entradas y salidas de donde emergían. Desconocer que algo se aproxima, provocaba comezón a la Estrellita en todo el cuerpo y cuando atravesó la puerta que ridículamente se sostenía sin paredes la vio a toda ella en su inmensidad y su trono de mutilación y vísceras podridas. En ese momento la comezón cesó como si recordara que ese cuerpo que la padecía era un montón de pieles cosidas y aunque la Estrellita Prostética temblaba ante esa extraña reacción de un cuerpo que en realidad no le pertenecía, no dejó por ningún motivo caer la caja que lo acompañaba, lo detuvo en el gastado trono de la Reina Cenicienta y dejó caer su contenido como agua sobre la pantalla amarilla del ardiente desierto. El regalo era perfecto y verdadero: un par de pesada piernas de hierro que encajaron en Cenicienta como un ajustado corsé sobre la carne muerta. Moldeándola como carne para hamburguesas. La Estrellita Prostética vio en la Reina Cenicienta el espejo de sus células muertas. El fatal encuentro con la perfección había llegado: ya no había más necesidad de la peluca o la dentadura traslúcida de porcelana china, frente a Cenicienta y el calor de la tarde, que arranciaba su olor un poco más, ya no hacían falta los espejos de material vítreo y perecedero. Así que una vez puestas las piernas en su lugar la tomó, como al pedazo de carne que resta de un ser querido después de ser arrollado, y le susurró al oído (uno de sus órganos más limpios): "Gatéame, Cenicienta, hasta que alcancemos el borde". ◊


Gatéame, Cenicienta VERÓNICA BUJEIRO

P

David Hernández / Si la ciudades difíciles un amores invisible

MAYTHÉ RUEDA

Preguntas al espejo

Perita en dulce aGL

Quién te iba a decir que quedarías a estas alturas arrasado por la furia de las grises amapolas látigo incendiario encuentro de carne y arena vértigo exquisito de sal y ojos despiertos. ◊

Pera que fui en vos pero que soy yo misma el verdor furtivo pera perdida en la noche revuelta pera dolida alebrestada en silencio pera muda en la sombra del tiempo fragmentos en vilo que no acaban por caer del árbol de mi tortura pera de hechizo cuajado en ceniza niña indefensa al fin del encuentro. ◊

TERESA IRAZABA

A la niña de los zapatos plateados Qué desconocido es ahora tu cuerpo guardan tus restos con los juguetes abandonados de ese día sólo te violaron y sin levantar la mirada nada rescataste para ti. Te diagnostican que ya eres mujer con imágenes de otro color. Atraviesan tus ojos te inventa una nueva sonrisa. Tu rostro se pierde en la calle y con el encaje de himen tu padre el violador. ◊

David Hernández / Fucking Darwin

odrida, abandonada en la inmensidad de su cuerpo mutilado por las losas del edificio en donde la abandonaron sus padres por no corresponder a la imagen de comercial de cereal para niños en edad reproductiva, Cenicienta no parecía tener memoria de aquellas personas que circunstancialmente la habían echado al mundo. Ahora sólo tenía a las ratas del edificio que la alimentaban diariamente con los pedazos más grandes que encontraban y las dominaba desde su trono de pudrición, con su torso de 120 salados kilos y la ausencia de sus piernas, alimento temporal de ahora sus esclavas ratas que al devorar su información genética rindieron su voluntad a la Reina Cenicienta descifrando sus caprichos, como la Reina misma frente al averiado televisor de imágenes inconclusas sometida a los extraños designios de la transmisión. El espejo ya no puede mentir más, y no importan los injertos de nalga de recién nacido que tenga en los pómulos ni los 2 kilos de maquillaje de hueso humano. Al reflejar aquel rostro en el espejo, la piel amarillenta y cansada (con todo y la peluca de perro afgano y la dentadura de porcelana china) saltaban a la vista como piezas encajadas en un rompecabezas equivocado. Y a pesar de la falsedad, el milagro de la realidad a control remoto, el otro espejo, sólo reflejaba perfección, una perfección tipificada por los anuncios de ron barato que tanto dinero le habían dado a la Estrellita Prostética. Admiración, fama y fortuna… tan falsas y pertenecientes al fisco como sus pómulos de criatura muerta. Ruidos de cables que no trasmiten nada. Alimentada por sus súbditos con un trozo de pollo a medias, Cenicienta, contemplaba las infinitas rayas y trataba de adivinar la corriente, oyendo voces de ultratumba que hablaban de un mundo que hacía tiempo no veía, cristalizando a veces imágenes más perecederas que un deseo y borradas

con la interrupción nocturna en donde un sonido continuo llenaba la noche de indecisión. Mientras que sus ratas seguían la misma corriente continua, evitando trampas y mutando con los venenos, buscando piezas grandes para la insaciable Reina Cenicienta. Papeles que llenaban una caja, no importaba cuál era su denominación. Cartas y papeles que rellenaban un cuerpo y que con extrañas inscripciones le daban oxígeno. Objetos de extraña procedencia, buscando ciega y esperanzadamente una respuesta, como una sábana de un motel pegajoso con una mancha de sangre y la retardada caligrafía que inscribía: "Desearía que hubieras sido tú". Fotos muertas de mujeres desnudas, algunas más ginecológicas que otras, fragmentos de poesías masturbatorias y tantos otros falsos espejismos que reflejaban el cuerpo de la Estrellita Prostética. Del éxito a la cámara, de la cama de algún objeto con sexo aparente a la contemplación monstruosa de esa imagen en el espejo que ni el ruido sordo de los malos parlamentos parecía borrar. Nada parecía llenar el hueco tan fácilmente ocupado por objetos de disección. La vida transcurría con su lento proceso de descomposición el día que una rata se posó sobre la pantalla y cambio el alucinante vacío gris por una imagen de salvación. Ante los ojos de Cenicienta se veía la cara de un joven de cutis cuidado con placenta, de ojos soñadores y pelo de nido de rata que balbuceaba un fraseo tan pedante y recargado que la reina creyó estar viendo al mismísimo redentor: “No te vayas, yo podría ayudarte y cuidarte y tal vez hasta azotarte, tú eres la autora de mis noches de pesadilla, por favor regresa” balbuceaba el galancillo ante una foto dispersa. La Reina de la ratas contempló la imagen y la tatuó en su cabeza como el milagro que la salvaría de la inminente pus que avanzaba por sus piernas como el fuego otoñal sobre el bosque musgoso. Fue ese mismo día cuando los roedores notaron a Cenicienta un tanto más loca que otros días. La voracidad por los desperdicios había desaparecido y la mirada fija ya no intentaba buscar mensajes en las rayas del televisor,

David Hernández / Nocivo a bordo, tropimagas abstenerse

ahora se concentraba en el techo, como si buscara en el motivo de su desgracia un nuevo signo, alguna locución divina que la sacara de tal predicamento. Las ratas adivinaron la nueva obsesión seca de sus venas y se dieron a la tarea de buscar una carta de amor entre los escombros del edificio, hasta que al fin encontraron un sobre color durazno que despedía un perfume probablemente emitido por los gusanos que se habían tragado la fruta, pero que al olfato humano se sentía agradable. También se las ingeniaron para enviárselo al desperdicio de pollo que ahora apetecía la Reina. Había algo extraño en el olor a vida seca de esa carta. Quizás las frases no parecían sacadas de las peores canciones del radio como las demás. Y aunque el papel despedía un olor angustiante, el polvo acumulado en sus orillas parecía contar la historia de una vieja pasión. ¿Sería posible que alguien distinguiera entre tanta falsedad al rostro putrefacto de su verdad? Tal vez alguien, víctima de perversiones microscópicas, realmente estaba interesado en el opaco brillo de la Estrellita Prostética. Lo mejor era matar al gato y no morir con la urticaria nerviosa que empezaba a sentir en la entrepierna. Cenicienta parecía sedada por las líneas imaginarias que se proyectaban en el techo y las ratas, indecisas, no recibían a través del código secreto que comían por sus piernas, si seguir tragando o enviarle otra carta al motivo de su ausencia en el concreto. Por lo pronto, el hambre de la pesada Reina la había hecho aceptar unos trozos de galletas viejas que sus esclavas ratas con tanto esmero le encontraron. La idea de entrar a ese viejo edificio caído atemorizaba a la estrella. Estaba entre decidir y no a aventurarse entre los escombros de tan sólo pensar que sus encías pudieran infectarse con el viejo polvo. Además quizás no encontraría nada. ¿Cómo saber a quién llamar? ¿Bajo qué pretexto? Desde sus membranas sensitivas, uno de los pocos órganos originales que tenía, sabía que ella no era como las otras locas que postraban su frustración en el medio vítreo. Resolvió que no había mejor manera de saber si sus córneas estaban infectadas por alguna frustración, que enfrentarla y verla a los ojos aunque sus cavidades oculares estuvieran vacías. Así es que se adentró

en la bestia temiendo que su saliva seca derritiera el último de sus implantes de recién nacido y subió las escaleras que lo conducirían finalmente a la Reina Cenicienta. Con la pesada caja que había traído consigo para no llegar a su primera cita con las manos más vacías, cada escalón parecía desmoronarse con cada uno de sus pasos, aunque también marcaban su ascenso definitivo a la luz de la posibilidad. Cenicienta había despegado la mirada del techo y miraba impacientemente la puerta por donde habían evacuado sus padres para siempre, y de su cuerpo cosido por la pudrición se empezó a esbozar una sonrisa que a las ratas desconcertó tanto, que abandonaron los bocados de la tarde y huyeron por las misteriosas entradas y salidas de donde emergían. Desconocer que algo se aproxima, provocaba comezón a la Estrellita en todo el cuerpo y cuando atravesó la puerta que ridículamente se sostenía sin paredes la vio a toda ella en su inmensidad y su trono de mutilación y vísceras podridas. En ese momento la comezón cesó como si recordara que ese cuerpo que la padecía era un montón de pieles cosidas y aunque la Estrellita Prostética temblaba ante esa extraña reacción de un cuerpo que en realidad no le pertenecía, no dejó por ningún motivo caer la caja que lo acompañaba, lo detuvo en el gastado trono de la Reina Cenicienta y dejó caer su contenido como agua sobre la pantalla amarilla del ardiente desierto. El regalo era perfecto y verdadero: un par de pesada piernas de hierro que encajaron en Cenicienta como un ajustado corsé sobre la carne muerta. Moldeándola como carne para hamburguesas. La Estrellita Prostética vio en la Reina Cenicienta el espejo de sus células muertas. El fatal encuentro con la perfección había llegado: ya no había más necesidad de la peluca o la dentadura traslúcida de porcelana china, frente a Cenicienta y el calor de la tarde, que arranciaba su olor un poco más, ya no hacían falta los espejos de material vítreo y perecedero. Así que una vez puestas las piernas en su lugar la tomó, como al pedazo de carne que resta de un ser querido después de ser arrollado, y le susurró al oído (uno de sus órganos más limpios): "Gatéame, Cenicienta, hasta que alcancemos el borde". ◊


GACETA

DE LITERATURA Y GRÁFICA

◊ NÚMERO 8 ◊ DISTRIBUCIÓN

GRATUITA

GEMA SANTAMARÍA

Ventana I Ventana: abre tu flor a las abejas fértiles.

II Abro los ojos.

III Ser verde es ser metal, caer con alas de helecho, envejecer los saltos ante la aguja dorada del día. Es coronar la delgadez con un sol exiliado con un ave abriendo su pecho.

David Hernández / Amartizando

gaceta de literatura y gráfica. Número 8 marzo de 2004. Publicación independiente. Las opiniones expresadas en los textos son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan las opiniones del equipo editorial. Dirección: Jocelyn Pantoja. Edición: Andrés Márquez. Diseño: Hernán García Crespo. Consejo Editorial: Andrés Maximiliano Cruz , Jorge Jurado, Alejandro Mendoza y Roberto Cruz. Colaboraciones: gacetaliteral@yahoo.com

www.kloakas.com/aire/literal

VERÓNICA VOLKOW

MARCELA SOLÍS-QUIROGA

Despedida

Esfinge

Que sea mi amor tan mudo como Dios, que te sea invisible y casi insospechado y aunque envuelto en la sombra o náufrago en la borrasca, que tras la noche brille si lo entiendes. Basta mirar para que exista, acatar lo profundo y somos una estrella. La luz es siempre poderosa pero se olvida fácilmente. El corazón tan sólo es un testigo, en luz no hay sombra. De más allá de mí quisiera amarte y estar en ti en la libertad cuando te encuentres en la razón que es magia y te devela profundo muy profundo. ◊

Te quedaste sentada –los ojos hinchadoscontemplando la agonía en el evanescente humo de un café tibio. Sonreías con la amargura de una esfinge herida y te aferrabas al barro, a las encanecidas astillas de un reloj sin tiempo. El encierro, el café, el tabaco, tu perfume envejecido... La soledad, el recuerdo, la conciencia de la muerte... Todo se reunía en tu propia imagen. Sin detenerse, un hielo congelaba tu leve y severa existencia: el irrevocable verdugo de tus días. ◊

Ser viento es ser arrebato, mordida constante, abrirse paso entre la fronda, venir en zumbido en espíritu de hojarasca. Es no mirar atrás, aferrarse a todas las músicas como temblor de pez a todos los mares. Ser árbol es ser testigo, espiral de vejez color de nostalgia. Es hilar la leyenda con los labios abiertos, y en la cueva del ojo guardar el silencio del búho. Es ser raíz, serpiente que habita la tierra y comparte el petrificado silencio de las montañas.

IV Mis ojos son la flor elegida por las abejas fértiles.

V Cierro los ojos. ◊

Literal 08  

Gaceta de literatura y gráfica Nueva época Número 8 Distribución gratuita

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