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La mayoría de las mañanas, al despertar, es difícil para mí averiguar qué día de la semana es. Pero hoy no. Es domingo por la mañana. Lose, porque hoy me despierta el ruido de la gente en la calle. Personas de comunidades que vienen a la cabecera a surtirse de todo lo necesario para sobrevivir durante la semana. Es un ruido simplemente acogedor, sutil. Murmullos por aquí y allá. A lo lejos, se puede escuchar la música característica del hombre que vende Cd´s pirata en la esquina de abajo. El billar hoy abre temprano, así que se pueden escuchar las redecillas de hombres peleando ya alcoholizados desde la madrugada. Se escuchan los gritos de los vendedores de fruta “pásele, pásele, que va a llevar doñita, aquí lo más fresco de la semana”, mientras las señoras andan de aquí para allá con sus repletas bolsas de mandado cargadas por su señor, “vente viejo, ahora vamos a con Macías” se escucha decir a alguna por ahí. Además, es inevitable escuchar el argüende que se genera en la calle Hidalgo por el paso de vehículos. En pleno Diciembre, las calles están abarrotadas por norteños que con un sutil encanto se mueven de un lado a otro tratando de atraer la atención de las muchachas con sus camionetas del año. Quisiera seguir durmiendo, pero es domingo, día de fiesta en Valparaíso. Día en que las muchachas se ponen sus mejores galas para venir a la cabecera a encontrar a un norteño que sutilmente las enamore y las paseé en su camioneta. Me tocó un lugar especial para vivir. Justo en las calles en las que se pone el tianguis dominical, junto con todo el ruido que esto implica. Me levanto preparándome para ir a misa, como es costumbre en mi comunidad. Se oyen las campanadas de la iglesia de San Francisco. La gente se comienza a reunir. La mayoría tiene que quedarse parada para escuchar la misa. Mientras yo me dispongo a escucharla, me evita concentrarme niños gritando y llorando en rededor. Y llegamos al tianguis. Cientos de comerciantes tratando a como dé lugar de vender sus productos. Se ven pasar a las personas todas emperifolladas para no pasar desapercibidas. Para muchas muchachas es su única oportunidad de conocer hombres. Ya por la noche, Valparaíso no descansa. La mayoría de las personas se dispone a ir a disfrutar deliciosos antojitos al jardín municipal. Antojitos que van desde enchiladas, tacos, cueros preparados, agua fresca, etc. Las personas pelean por un lugar en la fila. Mientras que los muchachos y muchachas se disponen a conocerse dando vueltas por rededor del jardín, a mí, a mis escasos 5 años de edad, lo único que me interesa es que me compren un delicioso algodón de azúcar, una chapeteada o un globo con un dibujo estampado. La fiesta continúa por un buen rato. Las personas acostumbran a dar la vuelta en sus vehículos por la alameda municipal mientras toman con los amigos. Y así es como cerca de las dos de la madrugada, en aquel entonces Valparaíso comenzaba a dormir, para el día siguiente volver a las actividades cotidianas. El domingo era un día de festejos, para estar en familia, para descansar. Este era un domingo común en mi Valparaíso hace 15 años. Cuando aún las personas no temían salir a la calle.


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